Los países toman medidas para enfrentar el alza de precios y la menor oferta mundial de alimentos. En Chile, a pesar del
incremento en la demanda, los valores de cereales tan importantes como el trigo no alcanzan a compensar el mayor costo de los insumos. ¿Resultado? Los agricultores están en problemas, aunque la decisión del gobierno es seguir apostando por la apertura comercial y el imperio del mercado.

  • 26 junio, 2008

Los países toman medidas para enfrentar el alza de precios y la menor oferta mundial de alimentos. En Chile, a pesar del incremento en la demanda, los valores de cereales tan importantes como el trigo no alcanzan a compensar el mayor costo de los insumos. ¿Resultado? Los agricultores están en problemas, aunque la decisión del gobierno es seguir apostando por la apertura comercial y el imperio del mercado. Por Cristián Rivas Neira.

Agricultor “tradicional” de Lautaro, Moisés Velasco confiesa que lleva varias décadas sumergido en el cultivo de sus tierras y las de su familia. Aunque sin desechar totalmente otras alternativas de negocio, el eje de su actividad siempre ha estado en el trigo. Al menos, hasta la temporada pasada. Ahora, iniciadas ya las siembras para la cosecha 2009, advierte que las cosas no marchan bien y que decidió jugársela por cultivos más auspiciosos. Calculadora en mano, y tras varias semanas de análisis, optó por dedicar sólo 400 hectáreas al trigo este año, una merma de 30% respecto al ejercicio anterior. Su vecino, Gastón Caminondo –agricultor reconocido en la Novena Región por liderar la Sociedad de Fomento Agrícola de Temuco (Sofo)– tomó un camino parecido. Pretendía sembrar unas 700 hectáreas de trigo este año, pero finalmente redujo sus aspiraciones a la mitad y dedicará parte de sus tierras a otras siembras, como avena, lupino o raps.

La decisión de Velasco y Caminondo no es muy distinta de la que, por estos días, está tomando la mayoría de los agricultores de La Araucanía, la región que muchos reconocen como “el granero de Chile”. Eso explica, en buena medida, que ahora se prevea una fuerte disminución en la producción chilena de trigo -que anualmente se ubica en torno al millón 200 mil toneladas–, presionando una mayor importación (vía por la cual el país ya debe satisfacer la mitad de su consumo) justo en momentos en que el mundo vive una escasez de oferta, un aumento en la demanda y la consecuente alza en los precios de los cereales.

Que los agricultores no quieran sembrar trigo resulta todo un contrasentido ante lo que se suponía un escenario de precios atractivos, demanda creciente y nuevas opciones de mercado (como la alimentación para salmones, por mencionar un ejemplo). Para que tenga una idea, en los mercados internacionales a comienzos de 2007 el valor del trigo se transaba en unos 180 dólares la tonelada y, en el margen de un año, superó los 405 dólares. El problema es que ese precio ha tendido a bajar en cuestión de semanas, situándose ahora en unos 260 dólares la tonelada, al mismo tiempo que subieron considerablemente los costos de producción.

 

 

Insumos por las nubes

¿Qué provocó este vuelco en menos de un año? Operó nada más que la lógica del mercado: el vertiginoso crecimiento de países de alta población, como China e India, sumado a los incentivos para producir combustible orgánico (particularmente, en Estados Unidos), generó un interés por aumentar las áreas de cultivo para cereales, se empezó a hablar abiertamente de crisis alimentaria, muchos cerraron sus fronteras a la exportación de granos y todo ello se tradujo en mayor demanda de semillas, fertilizantes, maquinaria, etc. Sume a lo anterior la conocida alza en los precios de la energía, obviamente necesaria tanto en la siembra como en la cosecha.

Como resultado, para que un agricultor local consiga aprovechar el buen precio mundial del trigo, tendría que invertir el doble de lo que gastó el año pasado, cuando la crisis alimentaria todavía no era un tema tan masivo.

Eduardo Meersohn, gerente general de la comercializadora de trigo Cotrisa, lo explica en términos simples. Para un agricultor con un nivel de tecnología medio, producir una hectárea hoy cuesta en torno a un millón de pesos, mientras que el año pasado la cifra no superaba los 500 mil pesos. Con el valor actual y un rendimiento en torno a los 70 quintales por hectárea (a nivel nacional hay agricultores que cosechan desde 30 hasta 80 quintales en promedio por hectárea), le significaría un costo por quintal de 15 mil pesos. El quintal importado –la competencia más importante para el productor local– cuesta hoy unos 17 mil pesos si proviene de Estados Unidos, incluido el flete. “Un productor mediano que no pueda competir con esta realidad tendría que optar por otro cultivo”, concluye. Y eso es lo que están haciendo los chilenos, en especial por el impacto que evidencia en los márgenes el incremento en el valor de los insumos.

 

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Las características del suelo chileno, como por ejemplo la relevancia del origen volcánico, obligan un uso intensivo de fertilizantes y es –precisamente– en estos productos donde más se aprecia el alza de precios. Bien lo saben los accionistas de SQM, la firma chilena dedicada al rubro, cuya valorización bursátil bordea los 8.000 millones de dólares, con un retorno anual sobre el 100%.

Tres son los fertilizantes más utilizados por la agricultura en Chile: fósforo, potasio y nitrógeno, cuyas propiedades son responsables del desarrollo inicial del cultivo, la protección contra enfermedades e impulsar su crecimiento, en ese mismo orden.

El fósforo es el que más ha incrementado su valor. En un año, la tonelada subió de 200 a 1.200 dólares; es decir, alrededor de seis veces. Con el potasio pasa lo mismo, aunque la variación en precios ha sido un poco menor: pasó de unos 200 dólares la tonelada a cerca de 800 dólares en un año.

En el caso del nitrógeno o urea, el fertilizante de mayor demanda, el alza va de 250 a 650 dólares la tonelada en el mismo período, explicada por una suma de factores. Luis Hernán Cruz, director ejecutivo de Anagra (firma especializada en la importación de fertilizantes) explica, por ejemplo, que su elaboración requiere gas natural, cuya valorización es conocida, pero lo más significativo es que China, primer exportador de nitrógeno en el mundo, prácticamente cerró sus fronteras a los envíos al imponer un impuesto de 135%.

Cruz agrega que a todos estos precios se les debe añadir el costo que implica su flete. Y pone como ejemplo que traer una tonelada desde Ucrania hace tres años costaba 30 dólares y hoy bordea los 120 dólares, tónica que se repite desde otros mercados distantes, como Estados Unidos.

“Mientras se mantenga el subsidio a la producción de etanol en Estados Unidos y sigan altos los precios del petróleo y los fertilizantes, es difícil que bajen los granos”, afirma el gerente general de la distribuidora de fertilizantes Coagra, Max Donoso. El alza de fertilizantes no sólo afecta a los agricultores. También toca a los empresarios ganaderos. Basta decir que para producir un kilo de carne de vacuno, otro de cerdo y otro de pollo, se necesitan en conjunto 13 kilos de granos, los mismos que hoy incorporan en precio todos los factores descritos anteriormente.

El gerente de finanzas de Agrícola Ancali, de propiedad del holding Bethia, Ricardo Poblete, sostiene que en el caso de los productores lecheros y de carnes, además del alza en los granos se ha tenido que lidiar con otros costos, como el precio de la energía. Por eso, han echado mano a la producción con generadores propios en horarios punta, pero hay algunos productores más pequeños que, incluso, han debido cambiar las horas de ordeña (las diferencias en el valor del kilowatt/hora pueden variar hasta en 6.500 pesos), con los consecuentes problemas laborales que implica movilizar personal a las 3:00 am.

Ancali tiene unos 10 mil animales en lechería y otros 8 mil en ganadería. Por ser un productor importante, Poblete reconoce que no se ha enfrentado a problemas como los que viven los más pequeños, cuyos costos se los están –literalmente– comiendo. En el sur es fácil encontrar a productores pequeños vendiendo novillos de 200 kilos a unos 120 mil pesos, con un costo de producción que puede superar los 100 mil pesos.

 

 

 

 

 

El mundo se mueve

Partiendo de la base que buena parte de estos fenómenos alcanza dimensión global, conviene revisar las medidas que algunos países están tomando para enfrentar las dificultades; no sólo como ejemplos, sino porque –al largo o corto plazo– sus decisiones nos terminan afectando.

De seguro que usted conoce la crisis que vive Argentina, con una presidenta enfrentada sin tregua con los productores agrícolas. Preocupada por el incremento en los precios internos, Cristina Fernández de Kirchner decidió “cerrar” las fronteras para las exportaciones, aplicando un impuesto de hasta 40%. La “quita”, como le llaman los agricultores, los dejó sin posibilidad de optar a los suculentos precios internacionales, así que pararon sus actividades por más de 100 días.

La situación impacta a Chile. Después de todo, entre 2005 y 2007 Argentina fue el origen del 79% de las importaciones de arroz, del 76% de las de maíz, del 46% del trigo y del 40% de las adquisiciones de carne bovina.

En América latina, varios otros países han puesto en marcha medidas. En México, por ejemplo, el gobierno de Felipe Calderón anunció hace un par de semanas la eliminación de aranceles a varios alimentos y también a los fertilizantes. Más radical, días después optó por congelar los precios de 150 productos por todo este año.

Veamos más lejos. En China, además de cerrar el mercado de exportación de fertilizantes, se anunció recientemente la intención del gobierno de propiciar la compra de tierras de cultivo en el exterior para garantizar en el largo plazo la seguridad alimentaria de sus 1.300 millones de habitantes. La idea es alentar a las compañías chinas para que sigan este camino, del mismo modo que ya lo han hecho otras empresas en distintos rubros, como las petroleras y mineras que han cerrado contratos para abastecimiento futuro de recursos. El caso más cercano para Chile es el de Minmetals, que participa en proyectos con Codelco y posee compras a futuro de mineral de cobre.

Varios otros países en Asia ya han cerrado sus mercados. El encarecimiento del arroz ha llevado a naciones como India y Vietnam a reducir sus exportaciones para garantizar el abastecimiento del mercado interno.

 

 

¿Y nosotros?

 

Ema Budinich

Las visiones sobre lo que hay que hacer en Chile son diversas, pero casi nadie se muestra partidario de cerrar mercados. “Lo peor que puede hacer un país para enfrentar problemas de índole alimentaria es cerrar sus fronteras”, advierte la gerente de estudios de la Sociedad Nacional de Agricultura (SNA), Ema Budinich. A su juicio, lo mejor que puede hacer el país es continuar rigiéndose por una política de “precios de verdad”, que es la conjugación de los valores internacionales más el costo del flete y los seguros, porque las decisiones proteccionistas terminan matando los mercados. “El ejemplo de eso lo tenemos aquí al lado, en Argentina”, comenta.

A nivel político se sabe poco sobre las decisiones que el gobierno ha tomado para enfrentar la crisis alimentaria, aunque la ministra de Agricultura, Marigen Hornkohl, afirma que ya van varias, como la ampliación de los recursos disponibles para mejorar este año los programas de riego y con ello elevar la superficie para siembra. O el aumento de los fondos para el seguro agrícola, con el fin de proteger a los agricultores más pequeños.

Pero más allá de estos proyectos, dice que a través de los años Chile ha ido configurando una política agrícola basada en la apertura de los mercados, con una mayor competitividad en el mundo, la formación de capital humano para hacer más eficiente su operación y la inclusión de nuevas tecnologías. Estima que todo ello hace posible que el país esté en condiciones de enfrentar la escasez de alimentos y tomarlo con una oportunidad para seguir desarrollándose, incorporando más valor agregado a su producción.

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“Sólo en caso de que el abastecimiento mundial estuviera en peligro y se trabe el comercio, cabrían políticas defensivas… Como este no es el caso que se observa, la recomendación es perseverar en la estrategia de economía abierta”, concluye un estudio sobre el alza en el precio de los alimentos recientemente publicado por el ministerio de Agricultura.

Dejar que el mercado funcione es, también, la recomendación de Budinich, quien recuerda que los precios son señales de la escasez relativa de las cosas. “Si a Chile le llegaran a preocupar los efectos redistributivos sobre la población con menores ingresos, tiene herramientas de política social para compensar el efecto sobre estos hogares. Algo parecido a lo que ha hecho, por ejemplo, con los bonos del último tiempo”, advierte.

El problema es que a nivel mundial lo que está ocurriendo no es fiel reflejo de un mercado eficiente y transparente.

 

Marigen Hornkohl

Por eso que algunos demandan políticas adicionales para “cuidar” al sector agrícola local. Volvamos al caso de Moisés Velasco, el agricultor de La Araucanía, quien advierte que varios de sus colegas más pequeños podrían enfrentar problemas y, con ello, incidir directamente sobre el empleo. Sin profundizar en medidas específicas, su comentario apunta –por ejemplo– a bonificaciones o ayudas especiales para agricultores. Después de todo, en la repartición de medidas que el gobierno ha anunciado para paliar el alza del petróleo en diversos sectores, el agro ha estado ausente.

Budinich propone mejorar la política de ayuda del gobierno hacia los agricultores más chicos. No es que estén mal enfocadas, sino más bien apunta a rediseñar los programas de una mejor forma. Por ejemplo, si se entregan semillas, que los fertilizantes no lleguen meses después, cuando ya no se necesitan, que es una queja constante escuchada en la SNA.

Lo que queda claro es que, mientras la crisis alimentaria centra las preocupaciones en buena parte del mundo, en Chile pareciera que no es tema; que si nos falta producción local, somos lo suficientemente dinámicos para satisfacer la demanda vía importaciones. Eso, siempre y cuando los mercados mundiales sigan abiertos.

 

 

 

Así partió el problema
La situación de los agricultores en Chile es consecuencia directa de la crisis alimentaria que sacude al mundo, a raíz de los altos precios que alcanzaron, principalmente, cereales como el trigo, el maíz y el arroz.

La gerente de estudios de la Sociedad Nacional de Agricultura (SNA), Ema Budinich, dice que una suma de varios factores nos llevó a este escenario. Por un lado, la economía mundial ha crecido de manera sistemática “como casi nunca se había visto”, por lo que muchos países, especialmente asiáticos, se han ido incorporando al boom de mayores ingresos y con índices de consumo muy parecidos a países en vías de desarrollo, agregando a la dieta más carnes y cereales. Esto hace que los excedentes agrícolas, que a fin de cuentas es lo que se exporta,tengan ahora una demanda mayor que satisfacer.

A esto se suman problemas climáticos que han dejado cosechas precarias en varias partes del mundo, con sequías en Australia o inundaciones en una buena parte de Estados Unidos. “Por su forma impredecible, habitualmente generan fuertes shocks en los precios y la sucesión de varios años malos va generando una sensación mayor de escasez en el mercado”, sostiene.

Un factor también relevante es el de los biocombustibles. Con el afán de enfrentar la brusca alza del precio del petróleo, Estados Unidos ha impulsado vía subsidios la siembra de maíz para producir etanol. El problema es que se espera que el 50% de la producción de esa nación, que a la vez es el primer abastecedor mundial de maíz, se vuelque a los combustibles, dejando de lado la demanda de consumo humano y animal. La producción de carnes está asociada inevitablemente al maíz.

Budinich también cree que un factor relevante es el de la crisis financiera global, porque afectó la inversión especulativa. Dice que muchos inversionistas que antes utilizaban instrumentos financieros ahora emigraron al mercado de los commodities. Como se trata de inversiones de corto plazo, que se transan continuamente, eso genera un impacto en el precio final de los productos.

Para rematar, los precios cada vez más altos del petróleo y la energía terminan por completar un cuadro dramático que afecta a todos los niveles de producción de alimentos y particularmente de la cadena de distribución, desde los costos de fertilizantes hasta la cosecha, el transporte y el procesamiento de alimentos.