A convivir se aprende, pero necesitamos con urgencia nuevas formas de reconocernos, reconectarnos y relacionarnos. Una convivencia basada en la valoración del otro y que esté más comprometida con la tolerancia como base solidificante de la comunidad.
Por: Ana María Raad, Antropóloga, experta en innovación y educación.

  • 24 octubre, 2019

Vivimos tiempos líquidos, caracterizados por relaciones intermitentes y de corta duración, en donde los vínculos con los otros son desechables, como quien consume una bolsa de papas fritas o cambia de grupo de WhatsApp. En esta sociedad, como nos sugiere Zygmunt Bauman (sociólogo de altísima capacidad comunicacional y cuyas ideas dieron vuelta al mundo revelando con claridad la sociedad actual), estamos forzados a navegar por los cambios radicales sin saber muy bien cómo hacerlo; y aquello que está en la base del ser humano, que es su capacidad de desarrollar redes cooperativas, expandirlas y formar verdaderos esfuerzos colectivos, se ha visto tremendamente debilitado y mutado hacia formas líquidas. Lo que vive hoy Chile, sin duda es analizable desde esta perspectiva también.

Paradójicamente, nunca antes tuvimos mayor capacidad de integrarnos por medio de las comunicaciones, las redes sociales, los mercados abiertos o las conexiones globales; pero hemos ido perdiendo poco a poco el sentido colectivo, evaporando las relaciones, profundizando brechas y generando una verdadera explosión de micro-realidades en las que nos solemos atrincherar. Pensábamos que a mayor capacidad de conectarnos, mayor sería también la capacidad de fortalecer nuestro tejido social y nuestra capacidad de reconocer e incluir al otro, pero lo cierto es que estamos más desconectados y desintegrados que nunca.

A esto se suma el miedo a lo diferente, porque mientras más diversidad y heterogeneidad demandamos, parecemos tener más dificultad para reconocer las diferencias. Lo que no conocemos o no entendemos nos genera suspicacia, miedo; entonces preferimos replegarnos en nuestras confortables burbujas y escucharnos dentro de nuestra propia caja de resonancia, propagando una supuesta convivencia social que es sorda, encapsulada y tremendamente autorreferente. Hasta que estallamos.

Necesitamos “re” aprender a convivir, como bien lo anticipó Claudio Naranjo antes de morir. A Claudio lo pude entrevistar durante una de sus últimas intervenciones, en una de las charlas sobre educación más multitudinarias y mediáticas del Congreso del Futuro, en la que logró cautivar y despertar el interés de una audiencia mayoritariamente de jóvenes universitarios: probablemente, varios de los jóvenes que hoy han salido a manifestar su malestar generalizado. Ahí, Claudio planteó la necesidad de tener como sociedad “una resonancia cognitiva común”: es decir, una visión compartida que nos una, pero no como un relato político o eslogan barato, de esos que se consumen rápido y se viralizan; sino como una forma de aprender a “con-vivir” con otros. Esta idea me parece absolutamente pertinente en un momento de máximo quiebre como el que estamos viviendo en Chile. Necesitamos con urgencia nuevas formas de reconocernos, reconectarnos, relacionarnos. Este es un llamado a una convivencia menos líquida, que se la juegue por la genuina valoración del otro y que sea más comprometida con la tolerancia como base solidificante de la comunidad.

A convivir se aprende: implica resolver conflictos sin violencia (desde las discusiones en el chat de los adolescentes, hasta los debates políticos). También involucra fomentar la cooperación, que no se trata de un ejercicio de ganar o perder, sino uno en el que todos ganamos más allá de nosotros mismos y a la vez, entregamos algo al servicio del otro. Esto requiere que nos hagamos preguntas de fondo, como “¿de qué forma educamos en valores y a la vez reconocemos la diferencia de quienes no los comparten?”, “¿cómo abordamos nuestras convicciones sin relativizarlas para dar paso a otras posibles ideas?”, “¿cómo solidarizamos sin pensar que estamos regalando o mirando al otro como menos o más débil?”.

Frente a los desafíos líquidos y cambiantes, pero también ante la emergencia de polarizaciones y desencuentros, requerimos más que nunca de una educación centrada en el ser: aquella que, frente a la racionalidad academicista del sistema educativo, priorice sin complejos la resiliencia, la empatía y la colaboración para prosperar en un mundo altamente polarizado y vaporoso.