Guillermo Hevia ha dado con algo así como la piedra filosofal de la arquitectura industrial. Sí, porque con sus diseños ha logrado armonizar formas funcionales y espacios productivos con instalaciones de cuidada estética que tienen un irrestricto respeto al medio ambiente. Ah, y de paso ha logrado generar economías a las empresas. Cuesta creerlo, pero es real. 

  • 10 agosto, 2007

Guillermo Hevia ha dado con algo así como la piedra filosofal de la arquitectura industrial. Sí, porque con sus diseños ha logrado armonizar formas funcionales y espacios productivos con instalaciones de cuidada estética que tienen un irrestricto respeto al medio ambiente. Ah, y de paso ha logrado generar economías a las empresas. Cuesta creerlo, pero es real. Por Paula Costa R.

 

En tiempos en que las banderas del calentamiento global, la conciencia ecológica y el medio ambiente son enarboladas por autoridades y movilizan masas, restarse de la corriente verde no solo puede ser políticamente incorrecto. En el caso de grandes inversiones, como la construcción de plantas, industrias y edificios corporativos, puede incluso significar mayores costos: de imagen, de competitividad e incluso económicos.

 

De la mano del arquitecto Guillermo Hevia (57), hoy es posible que estructuras de vidrio, metal y concreto, monstruos de 30 mil metros cuadrados, sean verdaderas construcciones verdes. No estamos hablando de industrias con un buen filtro en la chimenea, sino de obras que al incluir tecnología bioclimática son capaces de mantener espacios frescos –en pleno verano– sin la necesidad de equipos de aire acondicionado. O de calefaccionar en invierno, gratis. Se puede incluso, como si nadie lo hubiese descubierto antes, aprovechar la luz del sol y darse cuenta que sí es posible que una fábrica funcione sin las ampolletas encendidas. Increíble, pero cierto. Conceptos tan simples y básicos han comenzado a usarse en la arquitectura industrial solo desde hace unos cinco años. Con las enormes ventajas que trae este enfoque, no sorprende que haya prendido tan rápido, como cuenta el propio Guillermo Hevia.

 

 

 

Benditos italianos

 

 

Por casualidad más que por vocación, Hevia se fue especializando en la arquitectura industrial.

 

Egresado de la Universidad de Chile el año 76, comenzó trabajando en segundo año de la carrera en un lugar que le enseñó “cierto rigor y cosas que hoy no se enseñan”, la oficina de Carlos Alberto Cruz.

Luego intervino en algunas obras para la oficina de Cristián Boza. A poco de egresar partió a Colombia (en donde dice dejó a varios atónitos con sus proyectos, los cuales sin embargo no tomaron forma), volviendo a Chile en 1981. Tres años después vendría lo que define como un gran golpe de suerte: le pidieron ayuda con los planos para una planta de la exportadora de fruta italiana, Unifrutti, que se construiría en Teno.

 

Para el año 90, Hevia había creado las plantas de Teno, Copiapó, Coquimbo, Requinoa y Linares. Sin elegirlo, la arquitectura industrial se convertía en su especialidad. Tanta dedicación ha hecho que hoy, mirando hacia atrás, capte que son suyas obras como las plantas de Coca-Cola en Talca y Con-Con, de Wenco en Américo Vespucio, la casa matriz BMW en Avenida Las Condes, el edificio corporativo de Chilexpress y la industria Castaño. La lista suma y sigue.

 

Pero, ¿cómo fue que incorporó el sistema de bioclima a sus diseños? Una cosa es hacer una planta industrial y otra, mucho más elaborada, es hacer esa planta bajo el molde conceptual del bioclima.

 

Una fecha clave en este proceso personal que lo llevó a la arquitectura bioclimática fue un viaje que realizó en 2003 a un taller de arquitectura en Cartagena de Indias. Partió al seminario con una sola cosa dando vueltas en su cabeza: el encargo de hacer un centro de distribución para Farmacias Ahumada.

-Era un tema que me tenía muy enfocado porque los remedios necesitan condiciones especiales como, entre otras cosas, ser mantenidos entre 15 y 24 grados de temperatura, por lo que era necesario colocar aire acondicionado. Un monstruo de 21 mil metros cuadrados con aire acondicionado, más cámaras especiales para las vacunas. Tremendo.

 

Pasó mucho tiempo pensando en una propuesta viable, porque mantener operativo el aire acondicionado en una instalación de ese tamaño resultaba complejo y caro. Estaba en esos devaneos cuando un día un profesor de la universidad en que Hevia dictaba su taller (Jorge Ramírez) lo hizo entrar en el nuevo mundo de la tecnología bioclimática.

 

 

 
La planta de CristalChile, ubicada en Llay Llay, fue diseñada por Hevia en 2005 con dos objetivos claros: un irrestricto respeto al medio ambiente y un diseño que reconoce la geografía del lugar. Frente a su fachada principal, un tranque de 4.500 metros cuadrados que sirve como reserva en caso de incendio se disfraza en un enorme espejo de agua. Construido en 2003, el centro de distribución para Farmacias Ahumada es el proyecto pionero en sistema de bioclima en Chile, con el que se logró una temperatura que varía entre los 18 y 23 grados todo el año –sin sistemas de calefacción o aire acondicionado–. Hevia obtuvo el premio internacional de arquitectura ambiental en la Bienal Panamericana de Quito en 2006.

 

 

 

Bienvenida panacea

 

 

-El bioclima se basa en una teoría que inventaron los griegos hace 4 mil años: la tierra –la dermis de la costra del planeta– tiene como temperatura media el promedio entre la más alta y la más baja, razón por la cual los griegos construían sus casas a media altura en el Mediterráneo. Tan antiguo es este sistema que uno ve los sistemas de ventilación que crearon los árabes: en la Alambra, por ejemplo, pueden haber 40 grados de calor en el exterior, pero adentro estás a 20 grados. Bueno, Chile tiene un clima que es ideal para un sistema que use a la tierra como intercambiador de calor.

 

¿Cómo se logra ese resultado? Simple. Se entierran unos ductos en la tierra y se hace circular el aire: el aire que entra caliente va tomando la temperatura de la tierra y se enfría o viceversa -explica.

 

El sistema es tan bueno, que no parece real. De ahí que Hevia temiera que no le creyeran. Sin embargo, destaca que en un acto casi heroico, la gente de Farmacias Ahumada se la jugó. Por lo de más, había un muy buen argumento a su favor: instalar aire acondicionado al centro de distribución (estamos hablando de 250 mil metros cúbicos) costaba un millón 300 mil dólares, más los costos de funcionamiento que en ese tiempo (2003) se estimaron en 67 mil dólares mensuales de consumo eléctrico. Eso, comparado con la inversión de 200 mil dólares que costaba la instalación de 530 metros de enormes ductos de más de un metro de diámetro a tres metros bajo tierra. El sistema requería de cuatro ventiladores para su operación, con un costo en energía de 600 dólares al mes, que serían los encargados de que el aire –los 250 mil metros cúbicos– fuera cambiado por completo cada una hora. En resumen, un enorme beneficio en términos de economía, a lo que se une que es un sistema limpio y no contaminante que los trabajadores al interior de la empresa agradecen, lo que se refleja en la productividad.

 

No había dónde perderse.

 

-Ante la crisis energética que vive el país y proyectándonos a futuro, debemos hacer todos los esfuerzos para ahorrar energía, cuidar el medio ambiente, usar energías eficientes y mejorar la calidad de vida. En otras palabras, debemos hacer una arquitectura responsable a nivel país. Para las autoridades ésta debiera ser una política de estado -sostiene Hevia.

 

 

 
Ubicado en Américo Vespucio con Lo Bozza, el centro de distribución de 14 mil metros cuadrados de Derco logró importantes ahorros con la implementación del sistema de bioclima, tanto por la ropa que se le debía proporcionar a sus trabajadores ante las temperaturas extremas, como por el alto porcentaje de repuestos oxidados por condensación. La fórmula del éxito para la construcción de Viña Terramater fue un proyecto que conjugase luz natural, ventilación eólica natural, y un edificio que debía representar la sensualidad del vino. Este proyecto de 2.800 metros  cuadrados y ubicado en Isla de Maipo logra confundir el ojo humano: revestido en pigmento de aluminio, en la mañana toma un color de acero inoxidable, mientras que al atardecer, su color champagne hace pensar que es de madera.

 

 

 

Desafíos que hierven

 

 

Hay que ser justo. Una cosa es que el bioclima le dé la pelea a las temperaturas externas o al calor humano, pero otra muy distinta es ponerlo a prueba frente a hornos que logran temperaturas superiores a los 1.500 grados. El desafío en la construcción de la nueva planta de Cristalerías de Chile, en Llay Llay, era ese.

 

Y, convengamos, lo logró. En la zona de los hornos consiguió unos bastante agradables 26 grados, gracias a corrientes de aire que entran por el costado del edificio y que salen por el techo a una velocidad de nada menos que 9 metros por segundo. Además, en verano la planta es capaz de operar durante 14 horas con luz natural, debido su techo de metal perforado que permite que la luz entre a chorros.

 

Todas las “gracias” anteriores fueron complementadas por Hevia con un impactante diseño exterior: una fábrica de líneas simples, de estética limpia y despejada, con muros exteriores de vidrio de 28 metros de altura, equivalente a un edificio de ocho pisos! Una planta de vidrio construida con vidrio parece lógico, pero lo cierto es que incorporar el sentido de la estética, la transparencia y la luz a una gigantesca industria de 28 mil metros cuadrados fue un verdadero hito. Imposible de obviar camino al norte en la Ruta 5.

 

-Una de las cosas que ha pasado con el sistema de bioclima, es que alguien se atrevió y alguien te creyó. Pero hoy se han dado cuenta que esto, además, redunda en beneficios económicos y beneficia a las empresas. Hay una responsabilidad importante: estas empresas son líderes en sus rubros, si ellas no dan el ejemplo, ¿quién? Se han convencido que lo que hicieron era una apuesta riesgosa, pero una apuesta exitosísima. Hoy ya no se dice “vamos a tratar de ahorrar”, hoy es “hágalo” -explica.