Los escenarios a analizar para entender las consecuencias políticas, sociales y económicas que le esperan al vecino país son dos: el programa del gobierno que el próximo 10 de diciembre entrará a la Casa rosada y el futuro de cambiemos como principal fuerza opositora, acreedora del 40% de los votos.
Por: Eleonor Urrutia

  • 25 noviembre, 2019

Aunque la Argentina ha retrocedido mucho desde mediados del siglo pasado, a su modo ha sido un país pionero en administrar crisis gravísimas imputables a la propia incapacidad de sus políticos y esta última campaña no fue una excepción. Los candidatos de la pasada elección intentaron anotarse puntos atribuyendo todo lo malo a la perversidad o estupidez de sus contrincantes en lugar de presentar un programa de gobierno viable. Peor aún, aunque todos coinciden en que la crisis que sufre el país es de origen político, no hay señales de que la clase dirigente haya entendido que, para superarla, tendría que renovarse.

Así las cosas y pasadas las elecciones, los escenarios a analizar para entender las consecuencias políticas, sociales y económicas que le esperan al vecino país son dos: el programa del gobierno que el próximo 10 de diciembre entrará a la Casa Rosada y el futuro de Cambiemos como principal fuerza opositora, acreedora del 40% de los votos.

Empecemos por esto último. Aunque parezca mentira, en la Argentina existe lo que podría denominarse la algarabía de la derrota. Si alguien creyese que tras un revés en cualquier orden de la vida, los que pierden sufren sus consecuencias sin ninguna alegría de por medio, estaría equivocado. De lo contrario, habría que explicar la reacción del oficialismo después de conocerse los resultados de las últimas elecciones. Hubieran preferido ser los vencedores, pero haber sido derrotados no los ha dejado deshechos. Se imaginan como los futuros fiscales de una república que -según ellos- los necesitará más que nunca. Por esto Mauricio Macri traza planes para competir dentro de dos años en los comicios legislativos aún sin haber despejado varias incógnitas.

A esto deben sumarse otros datos de la realidad. Si la paridad en la Cámara de Diputados se extendiese al resto del aparato de poderes del país, habría razones para pensar que esa algarabía tendría sentido. Pero sucede que la futura conformación de la Cámara Baja es una excepción y no la regla. Ello no significa que el kirchnerismo podrá hacer lo que le venga en gana si quiere aspirar a ser medianamente democrático. Significa que la idea de un sistema bipartidista sólido resulta una ilusión. Aun así, y a pesar del consenso sobre el mal legado económico que dejará Macri, imputable solo parcialmente a su gobierno pese al error de no haber blanqueado la herencia kirchnerista, estaría haciendo un aporte político valioso a la República. Habrá modificado de manera positiva el panorama político nacional al brindar a los comprometidos con ciertos principios imprescindibles en una democracia la posibilidad de sumar fuerzas, algo que no se lograba antes por la fragmentación del voto antipopulista.

El futuro programa de gobierno de Alberto Fernández

Alberto Fernández se prepara para gobernar apoyado en un fuerte presidencialismo. Los poderes de carácter excepcional que pedirá apenas asuma trasparentan tanto sus pujos autoritarios como la necesidad de un cierto grado de discrecionalidad en medio de la crisis por la que atraviesa el vecino país. A la par, ha decidido ponerles paños fríos a algunas promesas que lanzó a correr en el curso de la campaña.

Definiciones más concretas se esperan a partir de esta semana, con el regreso de Cristina Kirchner de Cuba, para evitar discrepancias. Pero según los borradores que se conocen hoy, habrá tensiones entre el pragmatismo económico y el dogma, la ideología y el populismo. Por un lado, luego de la crisis en Bolivia y el exilio de Evo Morales en México, y del posible triunfo de Luis Lacalle Pou en Uruguay el 24 de noviembre próximo, Fernández evalúa que encontrará un escenario en el que quedará casi como único líder del progresismo en América Latina.

Pero, por otro lado, no puede soslayar el 54% de inflación que anticipa el INDEC para los últimos doce meses. Sin esperar el dato del PIB del 2019 ya es posible añadir que la Argentina también se ubica entre los países con peores registros de actividad económica. Con una caída del 3,1% estimada por el FMI, apenas seis países retroceden más que la Argentina, que es además uno de los catorce en recesión.

Ante este escenario, Fernández está pensando en un modelo económico un poco más alejado del discurso progresista que consistirá en políticas ortodoxas para resolver los problemas de la deuda y la macroeconomía, y apuesta a reactivar la producción y el ingreso de dólares con las exportaciones de combustibles, petróleo y gas. Pero así como Vaca Muerta no fue la solución para Macri, no lo será para el nuevo presidente. Se trata de un activo contingente que para funcionar necesitará cumplir con los requisitos esenciales, como que no baje el precio del petróleo y que se hagan las inversiones necesarias, ya que hoy los costos de producción son muy superiores al precio internacional y el país carece de infraestructura de transporte del gas.

Por lo mismo, se descuenta un incremento de las retenciones a las exportaciones agropecuarias. A paso firme avanza, además, un impuestazo a las propiedades o a los capitales de los argentinos en el exterior. Detrás de todo late la urgencia de sumar ingresos fiscales, ante un Estado que ni por asomo cuenta con los recursos del primer kirchnerismo.

La falta de definiciones o al menos de señales es norma en el espacio que gobierna Alberto Fernández, tanto porque corre riesgo de que la herencia macrista empeore como porque su gobierno será una coalición peronista en la que todavía no está claro quién tendrá el poder del mando. Por ello, la incertidumbre sobre lo que puede venir crece tanto en las empresas como en las personas. Pero una cosa está clara: el futuro presidente se debatirá entre los números de la economía y el dogma ideológico, presionado por sus eventuales jefes. Esa es la contradicción más grande que tendrá Fernández dentro y fuera del país y habrá que esperar más para saber quién ganará la batalla.