El cronista participó en una cata vertical y vendimia de Don Melchor, el vino chileno de mayor prestigio en el mundo. Y obtuvo un par de lecciones POR M.S. Participar en catas verticales, cuando pruebas varias añadas de un mismo vino, es la mejor manera de descubrir cómo evoluciona una botella con la guarda. Sucede […]

  • 4 mayo, 2007

El cronista participó en una cata vertical y vendimia de Don Melchor, el vino chileno de mayor prestigio en el mundo. Y obtuvo un par de lecciones
POR M.S.

Participar en catas verticales, cuando pruebas varias añadas de un mismo vino, es la mejor manera de descubrir cómo evoluciona una botella con la guarda. Sucede que el vino va cambiando con el tiempo, como si fuese un ser vivo, vaya uno a saber por qué. En realidad hay un montón de explicaciones al respecto, que no explican todo, porque siempre hay algo misterioso, imposible de cuantificar.

En estas degustaciones, es fácil dejarse llevar por el prestigio de cierta vendimia o por la idea preconcebida, pero no siempre verdadera, de que todo vino mejora con el tiempo. Fuera de tecnicismos, la evidencia más simple para saber qué cosecha fue la que más nos gustó, sin importar la fama ni la antigüedad que ostenten, es mirar las copas después de probarlas y ver cuál de todas quedó menos llena. De esa forma resulta imposible engañarse, porque el paladar rara vez miente.

La semana pasada estuve en Puente Alto degustando algunas añadas de Don Melchor, el vino chileno de mayor prestigio en el mundo, y aunque había ejemplares clásicos de 1995 y 2001, la cosecha 2004 fue la que se robó mi atención. Mientras el enólogo Enrique Tirado hablaba a una veintena de periodistas extranjeros, yo seguía intrigado por este cabernet sauvignon del Maipo, que hoy mismo está listo para beberse, aunque tiene una vida excepcional por delante. Quince o veinte años, según el enólogo de Concha y Toro. Y hay que creerle.

Las conferencias de prensa, sean de vinos o del Festival de Viña, suelen ser surrealistas. No faltan las preguntas inesperadas, los comentarios fuera de lugar, por más especializado que sea el ofi cio. En esta cata de Don Melchor –cuya cosecha 2003 ocupó el cuarto lugar en el ranking mundial de Wine Spectator– un par de reporteros comentan que el vino “huele a pimentón”. Decir esto no cae bien, desde luego, justo cuando algunos críticos internacionales se quejan de los tonos verdes que tendrían ciertos tintos chilenos.

“Yo creo que más que verde, es especiado”, replica tímidamente Tirado, quien no obstante posee tal manejo que pronto se gana a la audiencia. Las muchachas lo escuchan encantadas. El tipo es atractivo, serio, pero relajado. Tirado sigue hablando y yo pienso que la cosecha 2004, la última disponible en el mercado, contradice aquella supuesta superioridad de los años impares en los vinos chilenos. Este cabernet sauvignon, con un 4 % de cabernet franc, quizá no sea tan famoso como otras añadas, pero es un tremendo vino.

Me gusta la delicadeza de la fruta, que esconde una complejidad que seguramente crecerá con el tiempo. Otra cosecha par, la de 1998, también llama la atención, pese a que fue un año marcado por los desajustes climáticos de la corriente del Niño, con mucha lluvia, bajas temperaturas y menor radiación solar. De hecho solo obtuvo 89 puntos en Wine Spectator, una cifra decepcionante para un vino de este nivel (y muy lejos de los 96 logrados por la añada 2003, que hasta ahora ostenta la mejor evaluación de una etiqueta chilena en esa infl uyente revista norteamericana). “Es un vino para beber con pastas”, dice el enólogo y una periodista caribeña le pregunta si acaso eso es peyorativo. Todos se ríen, salvo Tirado.

Aparte de haber participado en su elaboración, el enólogo defi ende el vino del 98. “A veces en los años difíciles uno logra buenas calidades. Me acuerdo que esa vendimia fue especialmente complicada. Teníamos un montón de estudios técnicos, pero en un momento dije: Vamos al viñedo, probemos la fruta y cuando esté madura la cortamos. Nos olvidamos un poco de los estudios y nos guiamos por la percepción personal. Y hoy el vino posee un balance, una frescura, que nunca imaginamos”.

Por supuesto, los vinos que se llevan los aplausos de la jornada –seguida de una mini vendimia– son los de 1995 y 2001, dos añadas clásicas de Don Melchor. No puedo dejar de sentir orgullo cuando varios de los presentes, periodistas de Costa Rica, Brasil o Ecuador, hablan de este vino “como uno de los mejores del mundo”. Todavía recuerdo cuando lo probé por primera vez, hace más de 10 años. Desde entonces he conocido grandes vinos, del viejo y del nuevo mundo, pero ninguno ocupa un lugar en mi memoria como Don Melchor. Reviso las copas y la 2004 está casi vacía.