En esta edición aniversario reunimos a 50 lideres de opinión de los mundos político, empresarial y académico para que entregaran sus propuestas sobre cómo elevar la competitividad país. Además entrevistas a Edmundo Pérez Yoma, Andrés Velasco, Simon Anholt y un sondeo a 100 altos ejecutivos.

  • 9 julio, 2008
A este ritmo no llegamos 2-4
Tomando el pulso (sondeo a 100 líderes de opinión)
5

Edmundo Pérez Yoma
“No creo en un Estado gordo y fofo, sino en uno ágil, capacitado y competente”

6-9
Sueños del Bicenteneario
10,11

Andrés Velasco
“Los desafíos de los privados son tanto o más urgentes que los públicos”

12-15

Simon Anholt
Una cuestión de imagen

16,17

18-19
Ideas para un Chile competitivo


INNOVACION

Eduardo Bitrán
Carlos Alvarez
Claudio Orrego
Fernando Flores
Hugo Lavados
Ricardo Solari
Andrés Benítez
Claudia Bobadilla
José Molés

MODERNIZACION DEL ESTADO


Carlos Ominami

Laurence Golborne
Peter Hill

Carlos Cáceres

Hernán Somerville
Mauricio Larraín
Patricio Arrau
Cristián Larroulet
Cristina Bitar

EDUCACION

Felipe Morandé
Carlos Massad
Raúl Alcaíno
Carlos Eugenio Jorquiera
Vasco Moulian
Pablo Yrarrázaval
Daniel Fernández
Rosendo Fraga
José Guzmán
Fernando Chomali
LIDERAZGO Y CAPACITACION

Andrés Echeverría
Davor Harasic
José Said
Carlos Eugenio Lavín
José María Rabelo
Soledad Alvear
Andrés Concha
Eduardo Aninat
Ramón Aboitiz
Gonzalo Bofill
José Miguel Insulza
Alejandro Foxley
Andrés Allamand
Andrés Vicuña
Irene Mía
Carlos Cardoen
Antonio Vianna
Mauricio Rodríguez

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Inicio

A este ritmo no llegamos

 

Las cifras y los expertos indican que el panorama está claro: el país redujo su tranco, después de años de pujante progreso. Hoy mantiene su liderazgo competitivo en América latina, pero lejos de las principales economías mundiales. Preguntamos qué hacer y quién sería el personaje idóneo para dirigir un plan que permita retomar el ritmo perdido. Conozca los resultados del sondeo Capital. Por Elena Martínez C.

A comienzos de los 90, Chile se asemejaba a un atleta en buen estado, quizá no con la seguridad de ganar la carrera, pero convencido de alcanzar la meta. Con el paso de los años, el ritmo se aletargó y nuestro “estado de salud relativo” –como definen los expertos a la competitividad de un país– se vino al suelo.

A fines de los 80 y comienzos de la década siguiente, el país subió muchos peldaños en los rankings internacionales y llegó a ubicarse entre las economías más competitivas del planeta. Sin embargo, los últimos informes parecen un premio de consuelo. Chile mantiene su liderazgo en América latina, pero se ha alejado el horizonte que hace menos de 20 años parecía al alcance de la mano: ser un país competitivo a nivel global. Incluso esa privilegiada posición regional –ratificada por el reciente ranking del World Economic Forum, WEF– se ve amenazada por un Perú cada vez más atractivo para los inversionistas y que ha desplegado una audaz ofensiva para atraerlos. O Brasil y México.

La competitividad es hoy una preocupación en Chile, qué duda cabe. Está en la agenda pública, lo que es un avance. Está la certeza de que no todo es negativo y se han hecho esfuerzos importantes. Pero también está claro que éstos no han sido suficientes.

También han cambiado los parámetros. El concepto aparece hoy más vinculado a la capacidad de innovación, a hacer las cosas de una manera distinta que el resto, aun cuando persista la defi nición tradicional de efectuar una mejor oferta de valor. Un mismo producto o servicio, a menor precio o mejorado en sus características,determina si se es competitivo.

Un elemento clave: aquí la responsabilidad recae en la clase dirigente y formadora de opinión, porque de ahí surgen las acciones en un ámbito que, a diferencia de la salud o la seguridad, no es popular y no está en el primer lugar de las preocupaciones cotidianas del ciudadano. No obstante, repercute directamente en su calidad de vida, fin último –dicen los economistas– de esta aspiración de ser una nación competitiva.

Es justamente en una mirada propositiva que Capital eligió el tema como eje central de esta edición aniversario. Consultamos a gestores de los distintos sectores productivos, académicos y profesionales sobre los factores que amenazan a la competitividad, las tareas pendientes y los nombres que –a su juicio– podrían encabezar una estrategia nacional de competitividad.

La mayoría de los líderes de opinión consultados (51% lo marcó en primera prioridad) centraron sus dardos contra el sistema educacional (26% ponderado según las 3 prioridades votadas), seguido por la rigidez del mercado laboral y la burocracia. Más abajo, la escasa innovación en tecnología y la reducida productividad de la mano de obra.

Respecto de las áreas que se deben potenciar para desarrollar al país, la educación sigue en primer lugar, con 93 menciones (32% ponderado). Le siguen la capacitación laboral (68 votos), la infraes tructura (41) y el inglés (34), componente –por cierto– de la mejora educacional.

Con miras al 2010, la infraestructura asoma como el sector que más se potenciará a esa fecha, según los consultados. Concentra 59 preferencias, seguida de la educación (40), la innovación (38), la preparación tecnológica (36), la gestión macroeconómica (26) y la salud (24).

Y si se trata de elegir un líder para un eventual plan pro competitividad, las preferencias se orientan al ex ministro de Hacienda Hernán Büchi, seguido por el ex presidente de la Confederación de la Producción y el Comercio Juan Claro. Más atrás: Sebastián Piñera, Cristián Larroulet, Bruno Philippi, Eduardo Bitrán,René Cortázar, Alejandro Ferreiro, Felipe Larraín, Javier Etcheberry, Nicolás Eyzaguirre y Sebastián Edwards, entre otros.

El mundo no espera

Complementamos los resultados de esta consulta con la opinión de expertos como Alfonso Gómez, decano de la escuela de Negocios de la Universidad Adolfo Ibáñez, plantel socio del WEF para elaborar el Informe de Competitividad Global; Enrique Manzur, del departamento de Administración de la facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile, que trabaja con el IMD de Suiza en el Informe de Competitividad Mundial; y Sergio Olavarrieta, decano de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad Diego Portales, quien integró el equipo Universidad de Chile-IMD.

De frases como “nos perdimos”, “hay que reaccionar”, “Chile se quedó un poco, aunque no completamente porque sería injusto” y “el mundo no nos está esperando allá afuera”, estuvo salpicada la conversación.

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Inicio

El diagnóstico está claro: el país no mantiene el ritmo de hace años y hay que actuar, porque los logros que se conseguirán en 10 ó 15 años dependerán de las decisiones que se tomen hoy. Y en eso, argumentan, “hemos sido demasiado lentos en reaccionar”.

Además, indican, hay elementos para partir, porque Chile cuenta con una serie de ventajas, como tener una población homogénea, lo que reduce la confl actividad que presentan otras naciones; y una política económica estable, más allá de los gobiernos de turno. Se agregan los abundantes recursos naturales en materia alimentaria, forestal, minera e incluso energética, pese a la actual crisis.

Para Alfonso Gómez, en la actual etapa “corresponde ser crítico con respecto al rol que cada uno de los actores
sociales está cumpliendo en este sentido, porque lo concreto es que Chile no lo está haciendo particularmente bien”. Y las exigencias –indica– son mayores en un contexto internacional cambiante, con un precio del petróleo, por ejemplo, que modifica sustantivamente el escenario que afrontan los países.

Una estrategia de país

Al minuto del diagnóstico, la rentabilidad de los recursos asoma como una causa de la actual situación. Sergio Olavarrieta sostiene que, en definitiva, “otros están invirtiendo mejor o Chile invierte en cosas que no necesariamente son competitivas o que no dan el retorno esperado”. Agrega a ello la escasez de innovación y el temor al riesgo, en lo que coincide con Enrique Manzur, quien afirma que “culturalmente, Chile es un país adverso al riesgo”, lo que se refleja en que cuesta formar profesionales que sean emprendedores y no empleados.

Olavarrieta amplía esta mirada hacia los empresarios, quienes –plantea– “no se arriesgaron estos años y no se esforzaron todo lo que podrían haberlo hecho, mientras que el gobierno privilegió equidad sobre futuro”.

En un escenario donde “se discute mucho y se hace poco”, recalcan, surge con fuerza la falta de una política nacional. Chile abrió su economía pero después de 10 años urge dar otro paso porque aquello ya no es ovedad. “Hay que eliminar los dogmas”, sostiene Sergio Olavarrieta. Añade: “los privados y un sector político dicen que el mercado lo hace todo y que la planificación no hace nada. Si uno analiza lo que pasa en China o lo mismo que pasó en Chile en los años del gobierno militar, se aprecia cómo funcionan a la par una iberalización económica, fuerza en los mercados, innovación, pero al mismo tiempo una cierta idea de plan hacia el futuro, que en el caso de Chile en la época de los 80 fue abrir la economía. Ese plan sirvió hasta los 90, cuando era una estrategia innovadora en todo el mundo”.

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Manzur enfatiza que contar con una estrategia-país implica tener los compromisos de todos los actores, lo que también implica recursos. Hoy eso no se da, y cita como ejemplo el proyecto de Imagen País, con fondos que apenas bordean los 8 millones de dólares.

Para Alfonso Gómez, también el plan es básico. Pero añade que “tenemos que pasar a la acción”. Porque el entusiasmo se queda en la conversación macro sin que el salto llegue a lo micro y a las iniciativas concretas.

 

 

El nuevo “analfabeto”

Ya en pleno siglo XIX, el ex presidente Aníbal Pinto reseñaba en una de sus obras que la educación chilena tenía el problema de no preparar para el trabajo, un diagnóstico que permanece a lo largo de los años.

Enrique Manzur sostiene que en el mundo cambió el concepto de analfabeto y hay que adaptarse a esa nueva realidad. Hace 50 años era alguien que no sabía leer ni escribir. Actualmente es quien no sabe inglés, computación ni tecnologías de la información.

Si la educación chilena se centrara en lo que son sus objetivos-país, aparte del inglés y la computación, los esfuerzos en las salas de clases deberían estar focalizados en un correcto uso del idioma español y algunas operaciones básicas de matemáticas. Con eso se funciona en el mundo de hoy. Lo demás viene después, opina.

Coincide Sergio Olavarrieta en que las políticas educacionales no están bien dirigidas a lo que la población debe aprender, que tiene que ser –afirma– “lo que el país necesita”. El inglés –que también emerge en la encuesta Capital– es una carencia clave en la actualidad. Se desaprovechan oportunidades atractivas, como convertir a Chile en país plataforma de inversiones foráneas, sencillamente, porque no se cuenta con personas bilingues.

La estrategia que se necesita, coinciden los entrevistados, pasa por crear un eje coherente con la idea de futuro que comience en los colegios, siga en las universidades y esté conectado con los centros laborales. Y si de becas se trata, recuerdan que más que economistas especializados en lo macro, lo que se requiere son cientos de miles de gerentes en colegios, municipios, empresas y en el Estado, para mejorar la gestión.

 

 

Imitar, pero innovando

Sergio Olavarrieta cree conveniente mirar a los países que lo están haciendo bien; pero a todos, no sólo a los que tienen características similares a Chile. Siempre hay ideas interesantes y adaptables, sostiene. El punto está en que no basta con copiar o imitar. El mundo, cada vez más globalizado, pide innovación, entendida como una oferta novedosa respecto de la existente.

La imaginación se transforma en una pieza fundamental, como también la capacidad de perder el temor a incursionar en sectores que puedan parecer insólitos. Uno de ellos es la política migratoria. Dado que el país no cuenta con 5 años para formar doctorados que ya se requieren, pensar en cómo atraer científicos importantes del extranjero surge como una opción válida

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Tomando el pulso

 

 

Quisimos saber cuál es la percepción actual hacia el Gobierno y quiénes son las autoridades mejor evaluadas, a la vez que adelantar algunas proyecciones de los indicadores para este año y el 2010. Las respuestas de los más de 100 líderes de opinión –economistas, empresarios y políticos– nos permitieron contar con una verdadera radiografía del momento actual y de sus expectativas futuras.

 

 


Lo positivo: Las proyecciones al 2010 son favorables.
El PIB per cápita sube a $11.080 dólares; y la pobreza cae a un
11,9%. La mayoría cree que tendremos una mejor infraestructura,
mejor educación, más innovación y más preparación tecnológica.


h Lo negativo: La presidenta de la República y el ministro
del Trabajo fueron reprobados; y los entrevistados prevén que
la tasa de desempleo cerrará en 7,9%. El año pasado este índice
fue de 7,1%.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Participaron en la encuesta los siguientes líderes de opinión

Alejandro Alarcón, Alvaro Alliende, Gustavo Alcalde, Rafael Aldunate, Fernando Alvear, Marcelo Ariztía, Patricio Arrau, Luz María Arzola, Jorge Awad, Félix Bacigalupo, Jaime Bauzá, Rafael Bergoeing, Sebastián Bernstein, Cristina Bitar, Franco Brzovic, Ema Budinich, Carlos Cáceres, Darío Calderón, Juan Andrés Camus, Jorge Carey Tagle, Marco Cariola, Valentín Carril, Alberto Carvallo, Juan Manuel Casanueva, Alvaro Clarke, Enrique Correa, Rossana Costa, Francisco Costabal, Oscar Cristi, Jaime Charles, Arturo del Río, Jorge Domínguez, Javier Duarte, Pedro Donoso, Hans Eben, Fernando Echeverría, Eduardo Engel, Alfredo Ergas, Hernán Felipe Errázuriz, Pablo Errázuriz, Camilo Escalona, Javier Etcheberry, Cristián Eyzaguirre, Arturo Fernández León, Claudio Fischer, Tomás Flores, Julio Gálvez, Gonzalo García, Ricardo García, Michael Grasty, Ignacio Guerrero, José Guzmán, Juan Herrera, Peter Hill, Ernesto Illanes, Esteban Jadresic, Carlos Eugenio Jorquiera, Alberto Kassis, Cristián Lefevre, Andrés Lehuedé, Marcos Lima, Ernesto Livacic, Carlos Massad, Rodrigo Martín, Jorge Matus, Nicolás Monckeberg, Carlos Montes, René Muga, Luis Nario, Laura Novoa, Ismael Ossa, Enrique Ostalé, Franco Parisi, Patricio Parodi, Andrés Passicot, Luis Hernán Paul, Hernán Pfeifer, Carlos Plass, Baldo Prokurica, Joseph Ramos, Odde Rishmague, Alberto Romero, Mauricio Rosenberg, Jorge Rosenblut, Salvador Said, Baltazar Sánchez, Gonzalo Sanhueza, Andrés Santa Cruz, Juan Carlos Scapini, Miguel Schweitzer, Ernesto Silva, Felipe Silva, Hernán Somerville, Alfonso Swett, Guillermo Tagle, Víctor Toledo, Ramiro Urenda, Salvador Valdés, Manuel Vargas, Humberto Vega, Federico Valdés, Andrés Vicuña y Pablo Wagner.

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Edmundo Pérez Yoma

“No creo en un Estado gordo y fofo, sino en uno ágil, capacitado y competente”

 

El ministro del Interior habla de todo: desde su experiencia en Defensa, la situación política (“la actividad política en Chile está pasando por una grave crisis”), la Democracia Cristiana y, por supuesto, la reforma al Estado: la nueva bandera de su gestión y clave para elevar la competitividad del país. Por Patricia Arancibia Clavel.

Hombre de carácter, empresario exitoso, ajeno a la maquinaria partidista, Edmundo Pérez Yoma es un demócrata cristiano atípico que –al igual que su padre en el período de Frei Montalva– forma parte de ese selecto grupo de políticos que valora más el prestigio que la popularidad.

Sencillo, práctico, poco dado a las elucubraciones teóricas y poseedor de una fuerte vocación pública, el actual ministro del Interior ha sido llamado al “servicio activo” cada vez que se necesita cumplir misiones delicadas y riesgosas, de esas a las que le sacan el cuerpo los políticos profesionales. Ministro de Defensa Nacional en dos oportunidades bajo la presidencia de Frei Ruiz-Tagle, jugó un papel clave para asegurar la normalidad de las Fuerzas Armadas en el pase a retiro del general Pinochet, siendo luego el gran impulsor de la Mesa de Diálogo. Posteriormente, tuvo una lucida gestión como embajador en Argentina, encomendándosele más tarde una delicada misión diplomática en Bolivia, el más insatisfecho de nuestros vecinos.

También como a su padre en los últimos años de la presidencia de Frei Montalva, le ha tocado garantizar el orden público en tiempos de agitación laboral y estudiantil. Pero, más allá de la contingencia, lo mejor de su energía está volcada hoy en la modernización del Estado, imprescindible para mejorar la competitividad del país. Me recibe en La Moneda con la cordialidad y caballerosidad que le caracterizan.

-¿Qué se siente estar en el cargo que hace más de cuarenta años tuvo tu padre, aquí mismo en La Moneda?

-Es emocionante, pero las circunstancias históricas son obviamente distintas. En primer lugar, mi padre fue ministro del Interior de un gobierno demócrata cristiano y donde la mayor parte del gabinete estaba conformada por personas de ese partido. En segundo lugar, en ese tiempo, la Democracia Cristiana tenía una gran presencia en el Parlamento, tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado. Además, el Congreso se encontraba aquí en Santiago, entonces se hacía un poco más fácil la relación entre el Parlamento y el Ejecutivo. Yo me acuerdo que era muy usual reunirse con ellos a tomar té, caminar juntos desde La Moneda hacia el Congreso; es decir, una relación súper estrecha en lo cotidiano. Pero, en lo importante, mi padre fue ministro del Interior en un período muy complicado bajo el punto de vista de la efervescencia social, especialmente estudiantil y juvenil. Era la época de “seamos realistas, pidamos lo imposible”, de toda la explosión de los ideales juveniles, de las tomas universitarias; de Daniel el Rojo, el líder de mayo del 68, etc. Yo recuerdo ese período como muy diferente a lo que es hoy el ministerio del Interior.

-¿Las funciones siguen siendo las mismas?

-Digamos que lo que sigue igual es la subsecretaría del Interior y todo lo que depende de ella, pero –en general– con el tiempo, al ministerio se le han incorporado nuevas funciones. Por ejemplo, se ha agregado la subsecretaría de Desarrollo Regional, de gran importancia para el proceso de descentralización y, entre otros, organismos como el Conace, dedicado al control de estupefacientes.

-Siempre te han llamado al gobierno para enfrentar situaciones complejas y delicadas. Recuerdo, por ejemplo, que fuiste nombrado en Defensa cuando ese ministerio tenía una gran importancia política. Te tocó nada menos que el momento en que el general Pinochet debía dejar la Comandancia en Jefe…

-Efectivamente me fui a Defensa –podría, quizás, haber estado en otro ministerio– porque en ese momento la relación civil-militar era un asunto absolutamente prioritario. Había muchas difiultades, Pinochet era el comandante en jefe del Ejército y estábamos en pleno proceso de transición del gobierno autoritario al democrático. La relación con las Fuerzas Armadas no se daba tan fácilmente como ahora. El gobierno tenía que dialogar y tratar con una persona que había sido presidente del país, que era comandante en jefe y que tenía una influencia muy grande sobre las Fuerzas Armadas. Era obvio que no se trataba de un comandante en jefe común y corriente, había encabezado un gobierno y necesitaba un trato especial. Además, el ministro anterior no había tenido buenas relaciones con él y se habían complicado las cosas. Fue un desafío muy grande y yo lo asumí con mucho gusto y entusiasmo.

-¿Quedaste conforme con los resultados?

-Claro. No sé si te acuerdas, pero yo entendí que tenía que darle un nuevo carácter a ese ministerio, sacándolo del ámbito de los derechos humanos. Todo lo relacionado con ese tema debía verse por otros canales, como Justicia, por ejemplo, centrando nuestra atención en lo institucional. Yo usé la expresión quiero ser un escudo de las Fuerzas Armadas. Con esto, lo que quería decir era que la relación de las FF.AA. con el mundo político y de éste con las FF.AA. era a través del ministro de Defensa. El desarrollo institucional de las políticas de Defensa debía hacerse interactuando estos dos mundos a través del ministro. Así se trabajó el primer Libro de la Defensa y se desarrolló el concepto de política de defensa explícita. Hasta ese entonces, habíamos tenido una política de defensa sólo militar.

-Luego tuviste una especie de “veranito de San Juan” como embajador en Argentina…

-Es cierto. En verdad fue en un período muy fructífero de nuestras relaciones. Se habían resuelto muy bien todos los problemas fronterizos y sólo estaba pendiente el tema de Campos de Hielo. Allá mi misión fue fácil, se vivía una etapa de gran lucimiento y había gran voluntad de entendimiento entre el presidente Frei y el presidente Menem. Pero, al cabo de un año y tres meses, me llamaron nuevamente al ministerio de Defensa.

-¿Cuál fue el desafío, esta vez?

-En esa segunda pasada, yo planteé a los comandantes en jefe que habíamos avanzado enormemente en la normalización de la institucionalidad militar, pero que no íbamos a lograr hacer más mientras no tuviéramos resuelto el tema de los detenidos desaparecidos. Que esa era una deuda histórica de la que debíamos hacernos cargo y que la única manera de lograrlo era juntando, en una mesa de diálogo, a todos los actores involucrados. Se trataba de que las Fuerzas Armadas, en conjunto con la sociedad civil, con los representantes de las organizaciones religiosas y de derechos humanos, abordáramos una misión común: buscar fórmulas para aclarar el destino de los desaparecidos. Ni siquiera se trataba de encontrar los cuerpos, sino de aclarar qué había pasado. Esto se tomó muy en serio. La Mesa de Diálogo fue uno de los avances más sustantivos en materia de reconciliación del mundo civil con el militar.

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-Pero todavía hay muchos uniformados que sienten que la justicia se ha aplicado sólo en beneficio de uno de los bandos…Adolfo Zaldívar dijo hace poco que “los juicios a los militares deben terminarse a la brevedad….”

-En esta materia, coincido plenamente con José Zalaquett, quien es para mí el gurú en materia de derechos humanos. El dice que la justicia no es incompatible con la clemencia y yo creo que ahí hay un camino que se debe explorar y seguir.

Por un Estado competitivo

-Hoy Chile busca alcanzar un mayor grado de competitividad para retomar el ritmo de crecimiento económico. Tú pusiste “el dedo en la llaga” al urgir por la modernización del Estado como un elemento clave de ese desafío. ¿Qué entiendes por modernización del Estado?

-Es difícil sintetizar en pocas palabras el concepto, porque es muy amplio y tiene muchas aristas, pero si me exigen una idea central de lo que yo entiendo como tal, diría que consiste en mejorar sustantivamente la capacidad profesional y de gestión de los funcionarios del Estado. Nosotros tenemos que mejorar brutalmente la capacidad, la formación, la instrucción, la profesionalización del funcionario público, de manera que pueda ser más eficaz, más eficiente, más rápido. Es importante aclararlo, porque muchas veces la gente asocia la modernización del Estado a despidos o reducción de personal.

-¿Existe un buen capital humano entre los funcionarios públicos?

-Sinceramente, tengo un alto concepto del funcionario público. Creo que ellos le han prestado un tremendo servicio al país y han hecho un esfuerzo enorme en los últimos 20 ó 25 años, trabajando no siempre en las mejores condiciones. Pero verdaderamente no les hemos dado las herramientas que necesitan, a veces no están los incentivos correctos ni les hemos entregado la capacitación adecuada para que mejoren su gestión.

-¿Cuál es el origen del problema?

-Lo que pasa es que hoy tenemos un Estado mucho más poderoso, con un presupuesto que desde 1990 ha crecido por lo menos seis veces. Un Estado al que la sociedad le demanda que preste muchos más servicios, pero que sin embargo cuenta con la misma gente, con las mismas capacidades profesionales, con las mismas tecnologías de antes. Urge, entonces, hacer más ágil y transparente la gestión del Estado, y para ello no sólo debemos capacitar y mejorar las competencias del personal que trabaja en él, sino que abrir espacios a profesionales con altas capacidades técnicas.

-¿A través de qué mecanismos?

-Incentivando, por ejemplo, el sistema de Alta Dirección Pública, posibilitando que entren allí los mejores. Es obvio que deben mantenerse ciertos puestos de confianza política, pero reduciéndolos al mínimo indispensable; sobre todo, porque estamos en gobiernos de cuatro años y lo que el país necesita es continuidad.No podemos estar rotando al personal y alternando cada cuatro años la planta, porque con eso realmente le hacemos un flaco favor al país.

-¿Hay consensos políticos para avanzar en este camino?

-Ha pasado algo bien curioso. Fíjate que al comienzo, cuando empecé a socializar el tema, surgieron los primeros comentarios típicos: que era una maniobra política, que no tenía el apoyo de la presidenta, de la Concertación, etc. Pero la idea es tan potente, que es impresionante ver cómo en todas partes se ha internalizado y concita el máximo interés, no sólo en el gobierno, sino que fuertemente en la oposición.

-¿El tamaño del Estado chileno es el adecuado?

-El Estado chileno es más bien chico. Todos los índices internacionales dicen eso y creo que hay espacio para poder aumentarlo significativamente. Pero, ojo. Yo no creo en un Estado gordo, fofo, sino en un Estado ágil, capacitado y competente. Por ejemplo, hay que entregar a las reparticiones públicas mayores grados de libertad, de autonomía, de autogestión. Si una repartición ha logrado un alto grado de eficiencia, si ha gastado bien su presupuesto y, a tiempo, ha mostrado capacidad para mejorar sus servicios, debiera tener más independencia. Hoy en día hay ministerios, como el de la Vivienda, que dirige Patricia Poblete, que ha demostrado una gran capacidad de gestión y debiera tener más autonomía que otros que no han demostrado igual capacidad en el manejo de los recursos.

-¿Por qué no se ha hecho antes?

-En Chile el grado de concentración de las decisiones es demasiado grande. Es urgente una desconcentración. En es tos momentos muchos ministerios están amarrados porque tienen, de una u otra manera que pasar por Hacienda. Es razonable y lógico que haya un orden y un cierto control, pero en la medida que los ministerios demuestren mayor capacidad de gestión, de autorregulación, esa concentración de decisiones en el ministerio de Hacienda debiera cesar. Lo mismo pasa con las regiones. El proceso de desconcentración de decisiones es vital y bueno, yo estoy en eso…

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-¿Hay medidas específicas?

-Hay situaciones que deben ser resueltas por una ley, pero otras son meramente toma de decisiones administrativas. La presidenta Bachelet nos ha instruido con, a mi juicio, una de las decisiones descentralizadoras más importantes en estos últimos treinta años en materia de regionalización. Consiste, simple y llanamente, en algo muy sencillo y que sólo requería voluntad política: decirles a los intendentes señores, ustedes son los jefes políticos locales. Ustedes son los responsables de su gobierno regional; por consiguiente, nombran a sus seremis y a quienes los acompañaran en su gestión. Ustedes son los encargados de mantener los equilibrios políticos regionales y de supervisar que las cosas funcionen. Para ello bastó un llamado telefónico. Pero una cosa es decirlo y otra, hacerlo…

-Claro, porque se le quita poder a quienes tradicionalmente lo han concentrado…

-Por supuesto. Que los ministros acepten que el Seremi no sea nombrado por ellos, es bien difícil. Que los presidentes de partido acepten que el intendente regional haga su trabajo como él lo estime conveniente, sin la intervención partidista, tampoco es fácil. Pero lo hemos implementado gracias a la decisión de la presidenta. Esta es una revolución silenciosa que está trayendo efectos increíbles. Está empezando a funcionar, lo que significa que ahora el intendente es verdaderamente el jefe regional.

Sobre la Democracia Cristiana

-Vamos a un plano más político. ¿Qué sientes al ver que tu partido se está desintegrando?

-Creo que dado que el Partido Demócrata Cristiano es el más grande del país, acusa con más fuerza e impacto un problema que afecta a todos los partidos y a la actividad política en general. La actividad política en Chile está pasando por una grave crisis. Todas las encuestas, vengan de donde vengan, revelan que no goza de ningún prestigio entre la ciudadanía. Esto se debe principalmente a que el sistema político electoral que tenemos está dando muestras de un agotamiento completo.

-¿Por qué?

-Porque no permite la renovación al interior de los partidos, no atrae a las juventudes a que ingresen a la vida política, hace muy difícil que haya renovación del personal político. Los partidos tienen un poder brutal para determinar quienes serán o no diputados o senadores. Acuérdate de que en la última elección, muchos de los actuales senadores fueron designados prácticamente a dedo y, como van las cosas, en esta próxima elección una gran cantidad de ellos volverá a ser designada por las cúpulas partidarias. Todo esto significa que estamos en presencia de un sistema político de exclusión, que deja de lado cada vez a más y más sectores de la población.

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-¿Hay que eliminar, entonces, el sistema binominal?

-Creo fuertemente que el sistema binominal le prestó grandes servicios a la transición del país; que ha sido un sistema que, premiando a la segunda mayoría, permitió equilibrios políticos que posibilitaron que hubiera importantes grados de estabilidad. También produjo un ordenamiento en los bloques políticos.Pero, hoy por hoy, no da para más. Soy partidario de los sistemas electorales que producen mayoría y que, de alguna manera, impulsan a que haya dos grandes corrientes de opinión. Soy partidario de eso, pero creo que el sistema binominal produce efectos que son contraproducentes como, por ejemplo, ese subsidio exagerado a la segunda mayoría.

-Si entiendo bien, se trata de reformar el sistema, pero no cambiarlo…

-No, hay que cambiar el sistema electoral binominal por un sistema electoral mayoritario, en que existan mayorías y minorías, porque –como vamos– entraremos en un encajonamiento institucional complicado, tendremos empates en el Parlamento y los empates permanentes le hacen mal a la democracia y, tarde o temprano, las cosas se van a enredar más. Aquí existe una ceguera por parte de los actores de todos los sectores políticos, que no quieren ver el problema. ¿Por qué? Porque a los que están allí les conviene… Estamos empezando a excluir a sectores importantísimos de la sociedad y, sobre todo, no estamos produciendo un gobierno de mayoría.

-Te he escuchado hablar de la necesidad de conformar una nueva institucionalidad política “incluyente, transparente y participativa”…

-Claro. No sólo incluyente, sino que también transparente, de manera que los actos de los partidos políticos sean conocidos por la ciudadanía, sepamos cómo se eligen las directivas, que los padrones políticos sean manejados por el servicio electoral y no por el grupo de turno que dirige el partido… Debemos eliminar todas las prácticas viciosas de los partidos que hacen que éstos sean sistemas oscuros, no entendibles para la ciudadanía y cero atrayentes para la juventud.

 

-Es evidente que los jóvenes no están “ni ahí” con la política…

-Un muchacho joven, hoy, mira los partidos y lo que ve es un bloque de cemento, una pared. Se pregunta ¿cómo entro yo ahí? ¿Cuáles son mis posibilidades de influir? Y tiene razón, porque se encuentra con un parlamentario que lleva cuatro períodos y tiene una organización electoral que lo ha convertido en el dueño de su partido a nivel local. Entonces, salvo que exista una primaria interna del partido que no esté regulada por los de siempre y que haya financiamiento para esta actividad, ese joven no tiene ninguna posibilidad. Los partidos políticos son parte fundamental de cualquier sistema democrático, pero tienen que tener la capacidad de funcionar de acuerdo al mundo en que vivimos, con un financiamiento claro, transparente, que evite las cosas raras. Si no hay financiamiento se impide practicar la democracia interna en los partidos, porque la democracia tiene costos y esos costos hay que asumirlos.


-Bueno, pero en relación a la DC, ¿no ves acaso un fenómeno similar al del Partido Radical, que habiendo sido mayoritario se redujo a una mínima expresión?

-En todas partes los partidos políticos son así: parten como grupo chico, lentamente, y a medida que captan el interés de la ciudadanía van creciendo. Después maduran y finalmente entran en períodos de declinación que pueden ser terminales, como sucedió con la Democracia Cristiana italiana, o pueden recuperarse, como ocurrió con la Democracia Cristiana alemana.

-¿Cómo podemos retomar las tasas de crecimiento que permitieron avanzar sustantivamente hacia el desarrollo?

-Aquí no hay llaves mágicas. A partir del año 1986-87, Chile se embarcó en una estrategia de desarrollo basada en la apertura al comercio exterior, una baja de los aranceles y el fomento de la minería a través de una serie de regímenes excepcionales, que entran en su apogeo cuando logramos zafarnos de las restricciones exteriores y comenzamos a negociar los tratados de libre comercio. Esto permitió un crecimiento espectacular: nuestro país quintuplicó su ingreso per cápita y ya estamos en los umbrales del desarrollo. No es realista pensar que podemos seguir creciendo como China e India, que son países que están saliendo del subdesarrollo y, por lo mismo, tienen mucho mayor espacio para crecer. Me parece que esa estrategia de desarrollo ya dio todo lo que podía dar, y si queremos dar un nuevo salto cualitativo necesitamos implementar un conjunto de políticas públicas que apunten a ese objetivo.

-A veces se escuchan voces al interior del gobierno que plantean cambiar la estrategia de desarrollo…

-No he escuchado a nadie, a ningún dirigente político responsable, plantear una vuelta atrás. Lo que estamos haciendo es buscar nuevos elementos que nos ayuden a generar políticas que nos den un nuevo impulso para seguir creciendo.

-Para terminar. ¿Te proyectas políticamente a futuro?

-El próximo año voy a tener 70 años y creo que ya he cumplido con creces mis distintos “servicios militares”. Pienso, además, que es muy necesario darle el pase a una nueva generación para que tome las riendas de la política. Los “viejos” no debemos seguir amarrados aquí, debemos abrir espacios a los jóvenes.

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Sueños del Bicentenario

 

Hace 10 años comenzaron a sucederse un sinnúmero de promesas para el Bicentenario. El ex presidente Lagos lanzó varias ideas, como que para esa fecha íbamos a ser un país desarrollado al estilo de España. El actual gobierno cambió la meta para 2020 y bajó la meta a Portugal, que hoy tiene un ingreso per cápita menor al de España. Como esas, son varias las propuestas que se han desinflado en el camino. Por Cristián Rivas N.

“Estamos en un nuevo milenio. En menos de una década cumpliremos 200 años como nación libre, como nación soberana. Propongo una gran tarea común para esa fecha: llevar a Chile al máximo de sus posibilidades, para tener en el 2010 un país plenamente desarrollado”. Esa fue una de las citas usadas el 21 de mayo de 2000 por el recién asumido presidente Ricardo Lagos, que había hecho suyas estas ideas desde la campaña presidencial del año previo.

Ese también fue el comienzo de los discursos y planes en torno a la conmemoración del Bicentenario, que dio pie a promesas de distinto tipo a través de los años. Muchas de ellas ya probaron ser inalcanzables, a tan sólo 26 meses de la conmemoración del aniversario patrio, el 18 de septiembre de 2010.

Para hacerse una idea de lo reiteradas que han sido algunas propuestas –y lo comentadas–, basta darse una vuelta por una de las páginas más visitadas en el ciberespacio: el buscador Google. En ella se da cuenta de 343 mil páginas web que contienen la palabra “Bicentenario”, sólo en Chile. Si le sumamos el concepto “promesa”, el número desciende a algo más de 25 mil sitios, en los que lo que más abunda son los blogs de gente quejándose por lo que todavía no se ha alcanzado.

¿De qué se habla? Básicamente, de lo que alguna vez se prometió que iba a ser Chile en 2010. Sin ánimo de ser pesimistas, y teniendo claridad en que el país ha avanzado en las últimas décadas en mejorar sus condiciones generales, nos propusimos echar un vistazo a las principales propuestas surgidas en los últimos años.

Dejando de lado los proyectos en infraestructura –la lista incluye más de 200 obras en distinto grado de avance y cumplimiento–, nos encontramos con propuestas como la meta de llegar al Bicentenario con un Chile totalmente desarrollado; la idea de llegar a invertir el 1% del PIB en investigación y desarrollo; eliminar completamente los campamentos y suprimir definitivamente del suelo chileno la indigencia. También surgieron propuestas en educación, como llegar al full inglés en enseñanza media o reducir a cero la deserción escolar; o en medioambiente, donde se pensaba llegar al Bicentenario con aire completamente limpio en las ciudades.

La opinión más tajante es la de los think tanks, que a comienzos de la década comenzaron a plantear que estos despliegues de ofertas para el Bicentenario significaban eludir compromisos reales.

El mayor de los ofertones

En septiembre del año pasado, el ministro de Hacienda, Andrés Velasco, se dirigió al país por cadena nacional, a propósito del envío al Congreso de la Ley de Presupuesto de la Nación. Más allá de los recursos asignados en el erario, lo que más llamó la atención fueron sus dichos sobre que Chile será un país desarrollado en 2020, al nivel de lo que hoy es Portugal.

Sus palabras no pasaron inadvertidas. En un par de minutos se echó al bolsillo los dichos de su antecesor, el ministro Nicolás Eyzaguirre, y los del ex presidente Lagos, que repitió incansablemente durante su gestión que Chile alcanzaría el estatus de país desarrollado en 2010. Lo peor es que ahora ni siquiera se piensa en alcanzar a España, cuyo ingreso per cápita superó el año pasado los 30 mil dólares,como venía siendo planteado hasta ese entonces, sino más bien a su vecino Portugal, cuyo ingreso es unos 10 mil dólares menos. Chile recién se empina sobre los 10.000 por persona (nominales).

La directora ejecutiva del Instituto Libertad, María Luisa Brahm, cree que alcanzar el desarrollo en 2010 y tener el ingreso per cápita de España era sin duda posible cuando Lagos hizo la promesa inicial.

¿Qué pasó en el camino? Su idea es clara: “tras el incumplimiento de las metas iniciales, y la fijación de objetivos menos exigentes, se esconde la incapacidad de nuestra economía de generar las condiciones microeconómicas necesarias, en términos de empleo, inversión y productividad de los factores, de tal forma que nuestro producto potencial crezca a una tasa más elevada”.

En la misma línea, la investigadora de Libertad y Desarrollo Rossana Costa sostiene que para que la economía crezca a un ritmo que permita alcanzar el desarrollo requiere todavía muchos cambios. “Los países compiten ofreciendo mejores oportunidades, mejor clima de negocios, mejores expectativas; y nosotros, pese a partir adelantados, nos hemos quedado, conformándonos con un ritmo ajeno al contexto mundial. Y las reformas pendientes siguen ahí”.

Mayor inversión en ideas

La inversión en investigación y desarrollo (I+D) es un componente importante detrás de las economías desarrolladas. Y es precisamente otro elemento sobre el que se hicieron promesas, pero pocos avances se han registrado en la práctica y ya varios dan por descontado que no se logrará para el Bicentenario una inversión de 1% del PIB en I+D.

La inversión de Chile en esta área no ha registrado alzas en varios años y se encuentra estancada en 0,7% del PIB, según reconocen en el mundo privado. Muy por debajo del 1,8% promedio que hay en Europa, el 1,3% de China, el 2% de Corea, o si miramos más cerca, el 1,1% de Brasil.

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Inicio

También es preocupante la composición de ese gasto, entre aporte público y privado. En Chile, el 65% de la inversión realizada es hecha por el sector público, mientras que el 35% restante la efectúa el privado. Estos porcentajes son al revés en la mayoría de los países desarrollados o en vías de desarrollo.

Este factor también es relevante en un contexto de crecimiento económico. De acuerdo con presentaciones realizadas a nivel de gobierno y en la propia Asociación Chilena de Empresas de Tecnologías de Información (ACTI), la investigación en I+D es muy importante si una economía busca crecimiento sostenible y estable pues, entre otras cosas, permite utilizar los recursos disponibles de forma eficiente y se ha convertido en uno de los principales factores de desarrollo de los países. En palabras simples, la inversión en I+D incrementa la productividad, lo que permite un crecimiento sostenido de nuestro producto potencial y con esto se acelera la transformación a un país desarrollado.

 

Contaminación, tarea pendiente

En medioambiente también se hicieron ofertas. Si bien se avanzó en perfeccionar la legislación y la institucionalidad ambiental, un área en lo que no ha pasado mucho es la descontaminación del aire en las ciudades. Patricio Aylwin planteó en abril de 1990 descontaminar la capital para el año 2000. Eduardo Frei diseñó un plan antipolución, creando el “estado de alerta” y Lagos en un comienzo anunció un 2005 libre de preemergencias. Fue él también quien prometió “llegar al Bicentenario con un aire limpio en todas nuestras ciudades”.

Datos que dejan en evidencia el poco grado de avance se han dado con creces en el último mes. Hasta inicios de julio, la Conama metropolitana había constatado seis episodios críticos de preemergencia ambiental en Santiago, lo que significa igualar todas las que se decretaran en 2007. Para qué mencionar las acusaciones sobre alertas ambientales no declaradas o cruce de responsabilidades entre distintos estamentos públicos, como la Conama o el ministerio del Medioambiente, y la idea de parlamentarios de llevar a los tribunales a las autoridades por el incumplimiento de las metas de descontaminación.

Así, la situación hoy no es diametralmente distinta a la que había hace una década: con índices altos de material particulado que afectan la salud humana, suspensión de clases de educación física en colegios, aumento de enfermedades respiratorias, paralización de industrias y restricción de vehículos, con la diferencia que ahora también caen a este saco los catalíticos.

Y esto no ocurre sólo en Santiago. Temuco, Los Ángeles, Chillán, Valdivia y Coihaique superan con creces durante el año las normas sobre emisión de material particulado principalmente por el uso excesivo de leña como combustible. La diferencia es que en estas ciudades aún no hay planes de manejo, como en Santiago.

 

Educación de primer nivel

“Me imagino para el 2010 una educación donde ningún joven abandone la enseñanza media, porque hemos generado las modalidades y los instrumentos para terminar con la deserción en la enseñanza media; donde todos dominen los conocimientos más revolucionarios en ciencias, matemáticas o humanidades, y donde se hable fluidamente inglés”. Esto también fue parte de aquel primer discurso de Lagos frente al Congreso en el 2000.

¿Qué pasó con todo esto? Vamos por partes. Sobre la deserción en enseñanza media, las últimas cifras disponibles en el ministerio de Educación hablan de una mantención de la tasa de deserción en torno al 7%, que se conservó constante durante toda la primera p