Ernesto Fontaine está entre los profesores iconos del Instituto de Economía de la Católica. Hizo de nexo como traductor en los primeros contactos con la Escuela de Economía de la Universidad de Chicago y fue de los primeros en partir a doctorarse allá. Aunque no ha perdido ni la energía ni el humor, hoy está un poco desconcertado. Por los dardos contra el modelo. Porque le desarmaron el curso al que dedicó muchos años de su vida.

  • 21 septiembre, 2007

Ernesto Fontaine está entre los profesores iconos del Instituto de Economía de la Católica. Hizo de nexo como traductor en los primeros contactos con la Escuela de Economía de la Universidad de Chicago y fue de los primeros en partir a doctorarse allá. Aunque no ha perdido ni la energía ni el humor, hoy está un poco desconcertado. Por los dardos contra el modelo. Porque le desarmaron el curso al que dedicó muchos años de su vida. Por Héctor Soto; fotos, Gabriel Pérez

 

Es toda una experiencia conversar con Ernesto Fontaine el mismo día de la protesta contra el modelo neoliberal convocado por la CUT. Son las 16 horas, la ciudad está un poco rara, se diría que funcionando a media máquina, y desde su departamento en Presidente Riesco, cara a cara con el Club de Golf en este día soleado, limpio y con la mejor vista que se pueda tener sobre Santiago, la protesta se advierte más en lo que no está ocurriendo –hay poco tráfico– que en el furor de las masas vociferantes que no se divisan por ninguna parte.

 

Sin embargo, a él le gusta poco lo que está viendo en Chile. Figura emblemática del Instituto de Economía de la Universidad Católica, Ernesto Fontaine fue el tercer chileno que partió a doctorarse en el marco del convenio con la Universidad de Chicago. Lo hizo en diciembre del año 57, dos meses después que partiera su amigo Sergio de Castro con Carlos Massad, que procedía de Economía de la Chile.

 

Pero decir que le gusta poco lo que ve en la escena pública no es lo mismo que decir que esté alarmado. Sería abiertamente una exageración. La alarma, esa reacción crispada ante una amenaza, es un sentimiento que se aviene poco con su carácter. Tiene demasiado sentido del humor y demasiada ironía para tales sobresaltos. Esos ojos que se le achinan cuando dice una pachotada o un chilenismo oportuno le jugarían en contra. Profesor nato, de esos que antes se llamaban formador de juventudes, Ernesto Fontaine, no obstante ser de los economistas más jugados que ha tenido Chile y asumir su profesión con un cierto sentido misional, no califica ni siquiera como sospechoso de solemnidad. El hombre definitivamente no se maneja en los dominios de la gravedad. Tampoco es pomposo ni tiene la costumbre de hablar en difícil. Al contrario: puede llegar a ser burlón de tan directo y frontal que es.

 

-Me desconcierta todo esto –dice- ¿Contra qué se está protestando? ¿Qué diablos entenderá la gente por neoliberalismo?

 

De repente pienso que los economistas hemos fallado. Un amigo mío decía que la cocacola, además de ser buena, tiene que decir que es buena. La verdad es que no sé qué se pretende con este movimiento. A lo mejor soy muy ingenuo políticamente. Miren que ahora un obispo está hablando de salario ético. Miren que el ministro de Agricultura dice que el precio del pan no debería superar, no sé, los 600 pesos. ¿Iremos por el camino de Kirchner? ¿Cómo es posible que las autoridades digan lo que le corresponde decidir al mercado?

 

 

 

-Está bien. Pero convendrá en que si se hiciera referéndum nacional sobre el modelo, lo más probable es que sería derrotado…

-Claro. La palabra neoliberal está satanizada. Vaya uno a saber qué putas entiende la gente por modelo neoliberal… Quizás la pregunta debería ser otra. ¿Cómo está usted en relación a diez años atrás? O ¿cómo está comparado con lo que fue su padre? Y creo que todos aplaudirían. Por favor: el nivel de los ingresos se ha más que duplicado en los últimos diez años. Los niveles de pobreza se han reducido en forma signifi cativa. La indigencia se explica hoy fundamentalmente por los viejos. El progreso ha sido enorme. Hacia el 60, Chile tenía el mismo ingreso per cápita de Cuba. Y tú vas a Cuba hoy y es para llorar. Y teníamos el mismo per cápita de Grecia. Y hoy los griegos nos sacan la cresta. Ellos partieron antes. Las buenas políticas económicas se manifiestan en mayor crecimiento y el mayor crecimiento en menor pobreza.

 

 

-Pero no necesariamente en mayor igualdad.


-Es cierto que también se manifiesta en que hay gente arriba muy rica. Pero a mí no me molesta la desigualdad. Lo que me importa a mí –juicio de valor– es vivir en un país donde quien nazca pobre no esté condenado a serlo de por vida y quien nace rico no tenga su futuro asegurado. A mí me interesa la movilidad. Y no veo a este respecto una preocupación muy extendida. Por culpa del Colegio de Profesores, el niño que nace pobre y va a un colegio público está jodido. Eso es inmoral. Pero no es culpa del modelo neoliberal. Es culpa de la inamovilidad, del Estatuto Docente, del Piedragógico… Los pobres son pobres y se quedan ahí porque no tienen suficiente capital humano. Y el Estado es el responsable fundamental de darle capital humano a los pobres y no lo está haciendo como debiera. Para eso yo pago impuestos. Los colegios públicos son un desastre.

 

 

-¿Entonces el hueso duro de la falta de equidad está en los chilenos viejos y sin mayor educación?

-A ver, a ver… ¡no me hablen de falta de equidad! ¿Es equitativo que yo gane lo que gano? ¿Es equitativo que ustedes ganen lo que ganan? Una cosa es la desigualdad y otra la inequidad. Es perfectamente equitativo que Fontaine viva aquí, frente al Club de Golf. He ahorrado, he sido austero, he sido cagado, he trabajado muchos wikenes… Y tengo lo que tengo porque lo he ganado. Yo lo merezco. En esto no hay nada de inequitativo. Será desigual, pero no es inequitativo. ¿Es inequitativo que el obispo ande en Volvo y el cura de pueblo en burro? No, señor, no lo es. Uno tiene un rango y el otro no. Es desigual, okey, pero no inequitativo.

 

 

-Con que con ésas estamos…


-Es que me irrita un poco cuando se comienza a hablar de “mejorar” la distribución del ingreso. ¿Cómo es eso, por favor? El ideal, claro, es que las sociedades sean menos desiguales, pero no matando a los viejos ricos, ni cortándole el tendón de Aquiles a Matías Fernández ni las muñecas a Fernando González. Te aseguro que por esta vía mejoraríamos mucho la distribución. Al tiro. Lo que hay que hacer no es mejorar la distribución, sino buscar mecanismos para que en Chile –juicio de valor– nadie sufra, todos tengan una vida decente y puedan satisfacer niveles mínimos de necesidades básicas. Que nadie esté por debajo de ese piso. Y que las personas tengan mayores oportunidades disponiendo de capital humano y capital social, que es en lo que estamos fallando.

 

 

-El hecho concreto, Ernesto, es que todavía tenemos mucho de economía tercermundista. Medida por salarios o por ingresos, esto es, incorporando los bienes y servicios sociales que el Estado provee a los más pobres, alrededor de la mitad de los trabajadores de Chile queda por debajo de los 200 mil pesos mensuales…

-Por supuesto. Queda mucho todavía. La productividad de gran parte de nuestra fuerza laboral es bajísima. Quien transporta leña, quien transporta ladrillos a pulso, está sustituyendo, digamos las cosas como son, a un burro. Es triste decirlo así. Es triste ver a los cartoneros. Por lo mismo yo creo que no tenemos derecho a dormirnos en los laureles. Tenemos que seguir creciendo y tomando más en serio la causa de los pobres.

 

 

-Hay que reconocer que el desempleo ha bajado.


-Es cierto: ha bajado. Pero debería bajar más todavía. Aún no llegamos a los niveles que teníamos pre crisis asiática. Y si uno desglosa las cifras, el desempleo es feroz e inmoralmente alto entre las mujeres y los jóvenes. Eso se debe a que tenemos un salario mínimo demasiado alto. Es la verdad. Nosotros, como profesión, hemos fallado en convencer al político y a la opinión pública que es mejor ganar 90 mil pesos que no ganar nada. Y es mucha la gente que no gana nada. Los aumentos del salario mínimo, que parecen tan meritorios por un lado, siempre son a costa de perjudicar más a los más pobres. Digamos la verdad: el cabro que salió de un colegio malo y que habla mal está jodido en Chile. Y las políticas que se están proponiendo llevan a castigar más al pobre.

 

 

-La profesión, como dice usted, puede sin embargo anotarse varios triunfos.

-Bueno, claro. La gente que viene de afuera se impresiona con el nivel de cultura económica del chileno. Saben lo que es la UF, la AFP, saben que el precio del pan lo fija el mercado, saben que tenemos tarifas bajas porque las altas perjudican… De alguna forma, como profesión, hemos logrado meter estos conceptos.

 

 

-No solo ahí.

-También es cierto. La profesión triunfó en el IVA parejo. Acuérdate: fue una victoria enorme, teníamos a toda la industria en contra. Triunfó también, increíble, en los aranceles bajos y parejos. Y es impresionante. Esto también beneficia a los pobres…

 

 

-Triunfaron también Ernesto en lo que Mauricio Rojas, el chileno que es diputado liberal en Suecia, le decía a Capital hace algunos números: Chile debe ser de los pocos países donde la palabra globalización no pone en guardia ni aterroriza a las personas. Aquí, a un presidente que dice que firmó dos o cinco tratados de libre comercio lo aplauden. En otro país lo apedrean.


-Mira que es cierto lo que estás diciendo. A veces uno se olvida de dónde veníamos…

 

 

 

El arte de evaluar proyectos

 

 

La misma mañana de la entrevista ha aparecido en El Mercurio una carta de Ernesto Fontaine, en la calidad de director del ex Ciapep (Curso Interamericano en Preparación y Evaluación de Proyectos). El tema le hace bajar la guardia a este profesor inquieto, provocativo y hasta palomilla.

 

-Créeme que es muy triste lo que ocurrió este año. Estábamos de acuerdo con Mideplan que el curso se dictaría por última vez este año, porque después se iba a licitar, lo que yo también suscribía. El curso evaluaba cuatro proyectos al año, por lo que en sus casi 30 años evaluó 120 proyectos. La ministra y el rector se pusieron de acuerdo, la ministra Hardy firmó un decreto y en marzo lo retiró. Entiendo que se puso de acuerdo con el rector, quien no defendió para nada la posición y la cosa se cortó. Tuve que echar a mi secretaria, al subdirector, al junior y desarmar todo…

Yo ya había asumido compromisos, incluso con estudiantes extranjeros que iban a venir al curso que se iniciaba en mayo. Las formas no pudieron ser peores. El argumento que dio es que era muy caro.

 

Que fuera caro a él no lo convence, si es que las cosas se analizan en términos de costos y beneficios. “Yo creo que el curso –asegura– era una suerte de consultora al más alto nivel. Estaba dirigida por su presidente, el viejo Fontaine, el vicepresidente era Sergio Rudolphy, que lleva conmigo 28 años, gran ingeniero con estudios en economía y hombre de gran experiencia…

 

No éramos de esas consultoras contratadas para que digan que el proyecto es bueno. Hay muchas así. Pobre que diga que es malo. Se las arreglan. Yo como académico, por tradición y doctrina, por respeto a mi nombre, no me presto para eso. Si un proyecto es malo, es malo”.

 

De hecho, el Ciapep evaluó mal iniciativas como la extensión del ferrocarril de Temuco a Puerto Montt y también evaluó mal la segunda pista del aeropuerto de Santiago, porque la inversión era enorme y se ampliaba la capacidad operativa en no más de un 20%. Pero no les hicieron caso. Su gran orgullo es haber trabajado con muy distintos ministros. Con Sergio Molina, con Luis Maira, con Andrés Palma…

 

“Jamás tuvimos sesgos políticos. Venían de todas partes a mirar cómo funcionábamos. De Centroamérica, de Polonia, de Sudamérica… He tenido incluso egresados que han llegado a ministros en el curso nuestro… Este año desgraciadamente cambiaron los criterios y mentes muy poco renovadas –la ministra Clarisa Hardy y la directora del Departamento de Inversiones, Estudios y Planificación– le han restado peso a Mideplan en la evaluación de proyectos. Hacienda tiene un equipo potente, y hay mucha solidez en figuras como los ministros Tokman, Bitrán o Cortázar, pero Mideplan está asignando una subida proporción de los proyectos con criterio político y al margen de su racionalidad técnica.

 

¿Cómo es posible, por ejemplo, que hayan evaluado bien ese elefante blanco que era el puente sobre el Canal de Chacao?”. Herido en una zona que le duele mucho, porque dedicó al “ex Ciapep” prácticamente 30 años de su vida, porque se especializó en estos dominios a instancias de su mentor intelectual, el profesor Arnold Harberger, y porque simplemente no le cabe en la cabeza que Chile se dé el lujo de subestimar una función que considera crucial para el gasto público, Fontaine no se queda pegado en el tema. Interiormente, quizás, ya dio vuelta la hoja. De hecho, pocos minutos después ya está en otros temas. Y está diciendo, por ejemplo, que es inaceptable que el país se doblegue ante un sindicalismo de pistolas cargadas, como lo caracterizó en su tiempo José Piñera: “Me parece una inmoralidad que los sindicatos hoy puedan paralizar una industria instalando piquetes e impidiendo el acceso a los trabajadores que no se pliegan a las huelgas o tomas ilegales; me parece desproporcionado que un sindicato tenga el poder de extraerte todo el excedente”. O está rescatando la frase del presidente Lagos cuando señaló que él no iba a aceptar que, siendo Chile un país con ingreso de 8 mil dólares, le impusieran medidas medioambientales de países de 30 mil dólares. Es de los que cree que los economistas van a tener que mirar con mayor atención el tema, porque sospecha que en este frente vendrán presiones, medidas de fuerza, irracionalidades, que ya se están viendo y que a su juicio le van a costar caro al país en términos de menor tasa de crecimiento, lo cual, como siempre, terminará perjudicando a los más pobres.

 

-El gran desafío que viene es el de los verdes. Tenemos una responsabilidad enorme de meternos más en los costos y beneficios de los temas medioambientales. No hemos logrado meter la cuchara en este tema. Ahí la batuta la llevan los Al Gore, las ONG con financiamiento sueco, el señor Kennedy que viene a impartirnos lecciones sobre cómo deberíamos manejar nuestros ríos. Creo que los economistas debiéramos tener más cosas que decir.

 

Al menos él las tiene. Como no le disgusta el oficio de francotirador, la carta que envió a El Mercurio a mediados del año pasado a raíz del caso Celco, preguntándose con frialdad cuánto valía un cisne, mantuvo agitada y con los ojos en blanco en la Tribuna del Lector a la conciencia nacional políticamente correcta durante semanas y meses. “En el humedal del río Cruces todo indica que va a terminar saliéndonos un millón de dólares el cisne”. Con la polémica que armó debe haberlo pasado bien porque le gustan las preguntas que descolocan y está acostumbrado a mirar los problemas desde perspectivas distintas. Es lo que ha hecho siempre en sus clases. Fue lo que hizo, por lo demás, en los años 90 cuando escribía una columna semanal en El Mercurio.

 

-Reconozco que me entretuve mucho. Me ayudó además la disciplina de tener que escribir todos los jueves. Y me permitió después sacar un libro, Nuestra economía de cada día. Repasé toda mi vida y la de mis padres y abuelos para recoger cuentos y casos ilustrativos con una moraleja económica detrás. Llegué a tener un pequeño fan club que me seguía. Me peleé con Domingo Durán y muchos agricultores más de una vez. No me podían ver. Yo atacaba el nivel de la banda del trigo tan alta y decía que solo servía para que el pan fuera más caro y los agricultores anduvieran en Mercedes Benz. Me odiaban.

 

Tengo la conciencia tranquila de haber defendido siempre a los más débiles, a Moya y a los débiles. Después me tuve que ir a Estados Unidos y cuando volví me propusieron que escribiera cada 15 días. ¿Y me creerás que escribir cada 15 días es más difícil que hacerlo semanalmente? Claro, porque uno se deja estar”.

 

Curioso personaje Ernesto Fontaine. Aunque estuvo trabajando algunos años en la OEA –porque “fui de los que me arranqué para la UP. Muy poco patriota”– lo suyo siempre ha sido la academia y la docencia. Dice que el 4 de septiembre del 70 estaba en su casa con Manuel Cruzat, Pablo Barahona, Rolf Lüders y Sergio Tejo de Castro, junto al profesor Harberger, cuando se preguntaron qué demonios iban a hacer. El futuro se veía complicado. Pero no paso mucho tiempo antes que recibieran tres llamadas desde Washington para ofrecerles pegas afuera. “El Tejo, Pablo y Manuel dijeron que se quedaban a pelear. Rolf y yo decidimos irnos. Ellos tuvieron la posibilidad de irse y no se fueron. Yo me fui por una razón muy dura que prefiero no decir. Tiene que ver con un episodio que afectó mucho a mi mujer. Me fui a la OEA y siento que no perdí el tiempo. Hice todo un programa de ayuda técnica en materia de evaluación de inversiones y proyectos. Desarrollé mi programa en 21 países, con expertos residentes, pero donde tuvimos más éxito fue en México durante un tiempo, en Costa Rica y en Chile”.

 

En ese momento Ernesto Fontaine Ferreira-Nobriga había encontrado más que una pasión intelectual. Había encontrado un destino.