El vino chileno ha logrado sus mejores puntajes internacionales en los últimos años y está en una posición expectante pero cuidado: Argentina nos puede golear, por muy reciente que sea su irrupción en el mapa vitivinícola mundial. ¿La copa medio llena o medio vacía? Sepa la verdad de los concursos y los rankings de vinos, donde las medallas no pesan todas por igual.

  • 12 marzo, 2008

El vino chileno ha logrado sus mejores puntajes internacionales en los últimos años y está en una posición expectante pero cuidado: Argentina nos puede golear, por muy reciente que sea su irrupción en el mapa vitivinícola mundial. ¿La copa medio llena o medio vacía? Sepa la verdad de los concursos y los rankings de vinos, donde las medallas no pesan todas por igual. Por Marcelo Soto.

La escena fue memorable.Corría 1987 y en un lujoso salón parisino estaba la crema y nata de la industria vinícola francesa, junto a algunos productores del Nuevo Mundo. Había expectación por saber quién ganaría ese año la Olimpíada del Vino Gaultet Millau y nadie hubiese apostado, y menos los orgullosos representantes galos, que un tinto chileno se llevaría el trofeo máximo. El hoy legendario Santa Rita Medalla Real Cabernet Sauvignon 1984 venció a grandes Château en lo que se considera el primer gran triunfo de la vitivinicultura nacional. Ignacio Recabarren, el enólogo de aquel vino, todavía se entusiasma al recordar la velada: “fue como estar en los Oscar. Recuerdo que el vino mató, todo el mundo estaba impresionado. Era un vino de 30 dólares la caja, elegante, de estilo afrancesado, que competía con franceses que tenían que esperar 10 años para estar en su nivel óptimo. Llamé a la viña en Chile y les dije: Hay que subir el precio a 100 dólares, tengo un distribuidor que quiere 10 mil cajas ya. Ese fue el despertar de nuestro vino”.

La innovación que hizo Recabarren fue cambiar los viejos toneles de raulí, en que se guardaban los tintos tradicionalmente en el país, por barricas nuevas de roble francés. “El director de Château Margaux, Paul Pontallier, fue quien me recomendó que hiciera el cambio, porque teníamos vinos de mucha fruta y mucho color, pero que se estropeaban por la mala calidad de la madera. Después vino el boom y todos empezaron a imitarnos”, dice el enólogo, quien hoy trabaja en Concha y Toro, donde elabora el afamado Carmín de Peumo, un súper carménère cuya cosecha 2003 ha conseguido la mayor puntuación internacional para un vino local. El año pasado obtuvo 97 puntos, de un máximo de 100, en la revista The Wine Advocate, uno de los medios especializados más influyentes de Estados Unidos, dirigido por el todopoderoso Robert Parker. Se dice que todo lo que toca Parker, todo lo que bendice con su paladar, se convierte en oro y que en Burdeos algunos productores esperan su veredicto al borde de un ataque de nervios. Porque un buen puntaje en su revista hace la diferencia entre el cielo y el infierno, entre el éxito y el fracaso. Recabarren cree que es una exageración, pero admite que tras la publicación hubo un alza en la valoración del vino: si antes la caja llegaba a 350 dólares, ahora lo hace a 500. Carmín es un vino de producción limitada, pero sus cifras no dejan de ser llamativas. “La cosecha 2005 –la 2004 no tuvo la calidad requerida y no se embotelló– será de mil cajas, que ya están todas vendidas. De tal modo que este vino representa medio millón de dólares. No es poco”, bromea Recabarren.

 

 

Sobre premios y puntos

 

El tema de los puntajes y los concursos en el mundo del vino, donde la mirada del especialista no siempre coincide con la del consumidor, es complejo. Si revisamos los puntajes obtenidos por la industria local en los medios más importantes (Wine Spectator, Wine Advocate, Wine & Spirits y Wine Enthusiast en Estados Unidos, Decanter en Inglaterra y Wine Access en Canadá, entre otros) resulta evidente un alza en el último tiempo. Pero hay bemoles. Partamos diciendo que la calificación estándar del vino se realiza con una puntuación máxima de 100, en la que los vinos de más de 95 son clásicos y rozan la perfección; de 90 a 94, se trata de vinos extraordinarios, sobresalientes por carácter y estilo, que están entre lo mejor que cada país puede ofrecer; vinos de 85 a 89, son muy buenos vinos, con cualidades especiales, mientras que de 80 a 84 son correctos, sin defectos, sólidos aunque no impresionantes. Entre 75 y 79 son vinos mediocres que pueden beberse aun si tienen alguna falla; y los de menos de 74 ya derechamente no merecen la pena y deben descartarse.

 

 

 

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Patricio Tapia es uno de los wine writers más reconocidos de Latinoamérica, escribe en Wine & Spirits y tiene un programa en el canal El Gourmet. Así explica el procedimiento: “yo cubro para la revista toda Sudamérica y España. Nuestro sistema es de dos pasos. En el primero, un grupo compuesto por sommeliers, educadores, dueños de restaurantes y también periodistas cata una serie de vinos, siempre con un tema específico: región, cepa, área, etc. Este grupo divide los vinos en recomendados y no recomendados. Los vinos recomendados pasan a la segunda etapa en que el crítico encargado de ellos vuelve a catarlos y les asigna puntajes. Todas las degustaciones se hacen en Nueva York (con excepción de los vinos americanos, que se catan en la oficina de San Francisco) y son estrictamente a ciegas. Sin duda que existe una cierta responsabilidad cuando cato vinos chilenos pero, sobre todo lo que siento es una mayor seguridad, porque es el país que conozco mejor”.

 

 

¿Cuánto influye un buen puntaje en la venta de un vino? “En un país como Estados Unidos, donde los ranking de toda clase son parte de su cultura de consumo, los puntajes tienen gran influencia. Los más reconocidos son Robert Parker, Wine Spectator y Steven Tanzer. Nuestra revista tiene especial influencia en los restaurantes, a través de los sommeliers. Ese ha sido, históricamente, nuestro foco”, dice Tapia. Carlos Garrido, gerente de marketing Internacional de Santa Rita, aventura una explicación: “el vino chileno ha mejorado significativamente su calidad en los últimos 15 años. Con un mercado mundial altamente competitivo, y una gran cantidad de viñas chilenas exportando, se hace imprescindible innovar, y la industria lo ha hecho a través de nuevas zonas vitícolas (Casablanca, Leyda, Limarí), nuevas variedades plantadas, nuevos vinos, de diferentes estilos y mezclas. Esto indudablemente ha signifi cado obtener más y mejores puntajes o reconocimientos en los principales medios especializados y concursos. Ahora, ¿cuánto influye esto? Un reconocimiento sobresaliente ayuda a la venta, o al menos abre más puertas o posibilidades para colocar el vino. Pero su influencia, antes que a consumidores, llega a los distribuidores, al retail y agentes de comercio”.

Chile versus Argentina

En su edición de junio de 2007, The Wine Advocate por primera vez hizo una revisión exhaustiva de los vinos chilenos y siete botellas lograron 94 puntos, dos 95 y una, el mencionado Carmín, 97. Hubo felicitaciones y algarabía: nunca el vino nacional había logrado tan altos puntajes. Pero la fiesta duró poco. En la edición de diciembre le tocó el turno a Argentina y los resultados fueron impresionantes. Muchos, haciendo una analogía futbolera, hablaron de goleada. Seis de sus vinos obtuvieron 98 puntos, uno de ellos 98-100, o sea el cielo; dos, 97 y siete, 96. En honor a la verdad, arrasaron. {mospagebreak} Hilando fino, más que los puntos, fueron preocupantes los comentarios de Jay Miller, el emisario de Robert Parker encargado de catar los vinos sudamericanos. La nota dedicada a nuestros vinos estaba titulada con una pregunta: “Chile: ¿Merece atención?” y, si bien era positiva, estaba salpicada de cierta ambivalencia, un sí es no es de aprobación. “Mis degustaciones indican que el carménère criado en los microclimas adecuados puede producir vinos únicos, inolvidables. Sin embargo, la mayoría –especialmente los de menor precio– se vuelven horriblemente verdes y vegetales”, decía Miller. El artículo de Argentina, en cambio, derrochaba entusiasmo y calificaba al país trasandino como“una fuerza emergente”. “No hay que obsesionarse con los puntajes”, afirma Francisco Baettig, enólogo de Errázuriz, viña que tuvo su momento de gloria cuando en 2004 organizó la famosa Cata de Berlín, con importantes wine writers extranjeros, donde los vinos chilenos Viñedo Chadwick y Seña superaron a los franceses Château Lafite, Château Margaux y Château Latour y a grandes vinos italianos. “Los puntajes que Chile logró en Wine Advocate, si los comparamos con Argentina, fueron mezquinos. Hace tiempo que ellos nos están ganando. Porque hay un asunto central: nuestra imagen como país es débil”.

Similar opinión expresa Carlos Garrido, de Santa Rita: “si bien Argentina exportó 700 millones de dólares el año pasado, mientas que Chile llegó a 1.250 millones, los trasandinos vienen creciendo a tasas muy fuertes y se están acercando. La gran fortaleza de ellos es que Argentina es una marca, que se identifica de inmediato. El consumidor puede que reconozca a Chile como productor vitivinícola, pero no sabe qué somos como país ni dónde estamos.Hay una percepción confusa”. Baettig reconoce, eso sí, que Inglaterra –el mercado más importante para el vino chileno, junto a Estados Unidos– se ha vuelto “a encantar con nuestros vinos”. Agrega: “pasamos por un bajón que coincidió con esas declaraciones del wine writer Tim Atkins, que dijo que los vinos chilenos, eran confiables pero aburridos. Hoy están pasando cosas en Chile, aunque somos una industria joven y queda mucho por trabajar, sobre todo en la imagen como país”. Hace poco, la wine writer Lettie Teague se preguntaba luego de visitar nuestro país “¿qué defi ne a un gran vino chileno?”. Y aunque trataba de encontrar una respuesta, su artículo expresaba desconcierto. Una de sus conclusiones era que si los propios chilenos no saben cuáles son sus cualidades, qué los hace distintos o únicos, les va a ser muy difícil darse a conocer en el resto del mundo. “Respecto a sus vinos, los chilenos no pecan de falsa modestia (más bien lo contrario) ni dudan de su calidad (que nunca ha sido mejor), pero parecen tener graves problemas para comunicarlo”, escribió. Tarea para la casa.

Sospechas locales

Entre el medio nacional, los puntajes de Wine Advocate generaron no pocas suspicacias. De partida, el debut de Jay Miller en el país no fue feliz. “Cuando llegó el año pasado empezó reconociendo que no sabía que Chile producía pinot noir, lo que sorprendió a todos. No puedes llegar a un lugar sin antes saber de qué estás hablando”, comenta Eduardo Brethauer, editor de la revista chilena Vitis. “Me parecieron bajísimos los puntajes que le dio a Chile, pero peor que eso fue que premiara algunos vinos gordos, ultra concentrados, voluptuosos que te dejan un sabor dulce en la boca”, agrega el wine writer. “Y lo que más me intriga de Miller son los potenciales de guarda que vio en el vino chileno, en algunos casos de hasta 30 años. Nunca se había visto algo igual. Nos puso al nivel de los vinos del Viejo Mundo. Eso se lo agradezco profundamente”, desliza, con ironía. “Si se trata sólo de números, a Argentina le fue mucho mejor”, concede Patricio Tapia. “Creo que la irrupción de Argentina es un hecho. Hoy es la novedad, aunque por el momento sólo es la vedette entre los especialistas. Aún falta tiempo para que ese éxito se traduzca en la preferencia del consumidor”.

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Brethauer es un infaltable en los concursos, chilenos y extranjeros, y no tiene pelos en la lengua para decir que la mayoría posee pies de barro. “Hay varias razones. En primer lugar, las viñas no mandan sus mejores vinos a los concursos porque tienen mucho que perder y poco que ganar. En estos certámenes suelen ganar los vinos promedio, los vinos que generan consenso, pero no necesariamente los mejores. Por otro lado, los vinos de alto rango son de rendimientos bajos, más potentes y concentrados y por lo mismo, necesitan un tiempo en botella antes de salir al mercado. Y por presiones comerciales, participan en concursos sin estar listos”. Una de las críticas más repetidas, aunque nunca confirmada, apunta a la supuesta manipulación de los vinos que compiten. Es decir, botellas mejoradas que ganan medallas y después en el mercado el vino resulta de inferior calidad. “Eso sucede, lamentablemente”, dice Brethauer. “Los vinos son una mezcla de diferentes barricas, y se presume y se ha comprobado que algunas viñas no mandan la mezcla final que va a los supermercados, sino la de la mejor barrica, la barrica regalona del enólogo, que posee una calidad muy superior a la de la mezcla final que llega al consumidor. Es súper difícil de fiscalizar”. Sin embargo, hay concursos respetables y del medio local destacan Catador y Wines of Chile Awards, mientras que de afuera los más prestigiosos son el Mundial de Bruselas, Vinalies, International Wine Challange y Wine & Spirits, entre otros. Brethauer recomienda privilegiar estos certámenes. “Hay una proliferación cada vez mayor de concursos, estamos como los festivales, de la Sandía, del Huesillo, etc. Levantas una piedra y hay un concurso. Así, las botellas parecen arbolitos de pascua”.

Andrés Ilabaca, enólogo y director técnico de Santa Rita, precisa: “sinceramente, los concursos tienen menos impacto que una reseña elogiosa en la prensa especializada. Las críticas de medios como Wine Advocate o Wine Spectator influyen sobre todo en los distribuidores. El mercado norteamericano reacciona muy rápido ante este tipo de cosas. Te doy dos ejemplos: cuando el Medalla Real Cabernet Sauvignon Special Reserve 2004 fue elegido entre los mejores vinos de 2007 por Wine Spectator, en Andrés Ilabaca, director técnico de Santa Rita: “los altos puntajes provocan una reacción inmediata en el mercado norteamericano”. el puesto 49, generó una altísima demanda.Los distribuidores lo querían todo, pensando en que es un vino que apenas vale 19 dólares. Y hubo un alza: la cosecha anterior costaba 16. Del mismo modo cuando Wine Access de Canadá le dio 89 puntos a un pinot noir nuestro de 12 dólares, recomendando a la gente comprarlo antes que se agotara, desapareció de las estanterías canadienses al poco tiempo”. El factor suerte no carece de relevancia a la hora de concursar. Brethauer recuerda el Mundial de Bruselas de 2006, realizado en Lisboa, cuando Chile obtuvo 9 medallas de oro, todas por carménère. “Después se supo que el jurado, justo antes de catar los vinos chilenos, probó vinos de Europa del Este, duros, astringentes como piedra. Entonces después viene el carménère chileno, tan suave, tan amable, y los panelistas quedaron encantados. Y eso puede llevar a la idea peligrosa de que hay que puro plantar carménère en todas partes”. Más tajante, Recabarren declara que “a los concursos no les creo nada, muchas botellas llegan arregladas”, en tanto Ilabaca advierte que “la sobreabundancia de condecoraciones hace dudar sobre la verdadera categoría de tales honores”. Claro que hay certámenes que concitan respeto, empezando por la victoria ya mítica de aquel Medalla Real 1984 de Santa Rita, que puso al cabernet sauvignon chileno en el mapa. De manera incipiente, pero promisoria.