La bióloga Carolina Torrealba (40), miembro de la Fundación Ciencia & Vida, es una de las principales impulsoras del nuevo Ministerio de Ciencia y Tecnología. Sin embargo, dice que el proyecto “es poco ambicioso y a veces ingenuo”, y agrega que no vio una voluntad de Mario Hamuy, director de Conicyt, reconfirmado por Piñera, “de avanzar en los temas conflictivos”.

  • 12 abril, 2018
Fotos: Verónica Ortíz

Cuando en 1998, la traductora María Alicia Ruiz Tagle tuvo más detalles del nuevo trabajo que le encargaban, corrió a la pieza de su hija, Carolina Torrealba.

A fines de ese año, el físico Claudio Bunster, asesor científico del entonces presidente Eduardo Frei, había organizado una charla con el bioquímico estadounidense Bruce Alberts. Y como el ex mandatario no manejaba el idioma a la perfección, recurrió a una intérprete. “Mi mamá me había escuchado cien veces hablar de Alberts. Yo tenía su libro y lo estudiaba siempre. Entonces le dije: ‘Ah no, méteme en tu cartera si es que es necesario. Voy contigo’”, relata la encargada de nuevos proyectos de la Fundación Ciencia & Vida.

Así, Carolina Torrealba, quien recién había terminado de estudiar Bachillerato en la Universidad Católica e iniciaba el primer año de Biología, logró instalarse junto a su madre en la pieza de traductores contigua a un salón de La Moneda. “Era una reunión chica, yo no entendía nada, pero me di cuenta de que ahí se hablaba de algo importante. Vi cómo científicos chilenos y extranjeros conversaban con políticos, con el presidente. Eso me marcó. Pensé: ‘Esta es la manera perfecta de hacer las cosas’”, relata esta mujer de intensos ojos celestes desde su oficina en la calle Zañartu, en Ñuñoa.

Estas últimas semanas, su agenda ha estado copada. La bióloga ha defendido con garras la creación del nuevo Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, iniciativa que tambaleó el año pasado y que en marzo fue rechazada por el Senado: el proyecto de ley pasó a comisión mixta, luego de que se objetaran indicaciones de la Cámara Baja. “No me preocupa para nada. Lo que sí me alarmaba era que la discusión estuviera enmarcada en este ambiente de cambio de gobierno, que fue malo. Ahora se va a abrir un nuevo espacio al diálogo sin la presión política como de urgencia, casi de fin de mundo. Y espero que el ambiente tanto en el Parlamento como en el Ejecutivo esté más calmo”, apunta.

Su activismo sigue en carrera. La bióloga se reúne a menudo con autoridades, empresarios, parlamentarios; asiste a la Cámara de Diputados para explayarse sobre esta materia. Y, ahora último, ha tenido conversaciones con Hernán Cheyre, asesor del presidente Sebastián Piñera, que lidera este asunto. “Estamos remando para que esto resulte. La ciencia va a empujar a Chile al desarrollo”, asegura.

Los guarisapos y el desraje

Carolina (40) es la tercera de los cuatro hijos que tuvieron María Alicia Ruiz Tagle y Juan Pablo Torrealba, doctor en Economía Agraria y quien hizo carrera durante veinte años fuera del país, entre Estados Unidos, Colombia y Perú. La bióloga nació en Bogotá y luego de vivir en Lima por un año, aterrizó definitivamente en Chile, con cuatro años de edad.

De esa esa época no tiene recuerdos que la unan con la ciencia. Nada. Solo que era una niña a la que le gustaba abrir guarisapos con su hermano y destriparlos. “Todo lo que fuera naturaleza me gustaba. Era muy observadora. Era calladita. Pero soy la antítesis de la gente que te dice que desde los cinco años quiere ser astrónomo”, indica.

En su casa no se hablaba de ciencia. “No tengo ningún referente en mi familia. Nunca conocí uno. Y me costó mucho llegar a esto”, dice la mujer, quien desde 2016 integra el comité ejecutivo de Fundación Ciencia & Vida junto a los creadores de la organización, Bernardita Méndez, Pablo Valenzuela y Mario Rosemblatt.

Entre los temas que copaban su cabeza, estaba la política. En 1973 su tío MAPU, Eugenio Ruiz Tagle, murió en Antofagasta cuando tenía 26 años de edad, torturado en la Caravana de la Muerte. De ello, su madre ha escrito varias cartas en los diarios nacionales. Carolina también probó el ejercicio. Lo hizo en una revista dos años atrás. “Es un episodio doloroso. Pero desde que escribí esa columna y lo lancé a la esfera pública, me liberé”, confiesa.

Torrealba creció en un ambiente que ella define como “católico y conservador”, que se acentuó durante su enseñanza media, cuando entró a un colegio de congregación religiosa en Vitacura. “Es divertida la mezcla, primero estuve en un establecimiento inglés y laico y después en uno súper católico”, explica. En todo caso, dice que a pesar de hoy ser una persona agnóstica, agradece haber recibido esa formación.

En 1998 entró a estudiar Biología, un poco por descarte. “Quería ser psicóloga o dedicarme a la literatura. Y de repente, mientras estaba en Bachillerato, conocí un biólogo que era medio activista, le gustaban los delfines. Era el primer científico que conocía en mi vida. Toda su postura era medio charchel, pero era el primero que conocía fuera de Jacques Cousteau. Ahí tomé la decisión. Y mis papás me apoyaron”, recuerda.

En 2005 empezó su doctorado en Biología Celular en el laboratorio de Alfonso González, uno de sus maestros. “Mi carrera ha estado marcada por personas. He identificado gente, árboles a los que me quiero arrimar”, señala. Esos años fueron de academia pura y dura. De investigación. De laboratorios con ratones, de pipetas y microscopios. “Pero siempre fui muy inquieta y busqué más cosas para hacer”, indica. Así conoció a Sebastián Bernales, biólogo y la cara joven del equipo de la Fundación Ciencia & Vida. Un día, él le contó que quería traer a Chile a todos los investigadores del libro de Alberts y llevarlos a la Antártica. “Yo te ayudo”, le dije.

“Los quería conocer a todos y entre los dos organizamos el viaje. Así empecé a trabajar con la fundación aisladamente”, relata.

Al cabo de algunos años, y con el diploma de doctora en mano, Pablo Valenzuela, bioquímico de la Universidad de Chile y premio nacional de ciencias aplicadas y tecnológicas 2002 la citó a una entrevista. “La conversación fue directa. Tal como es Pablo. Me dijo: ‘Si quieres venirte acá a hacer un postdoctorado, ven. Si quieres hacerlo en colaboración con Peter Walter en California (con quien Carolina tenía lista una pasantía), ven; y si quieres ayudarnos en la administración, vente’”, recuerda. “Fue un apoyo, un ‘vente y juega’. Yo además estaba medio aburrida en la academia. Porque ahí alguien tiene que morir para que otro pueda participar”, relata.

Su primer desafío como directora de nuevos proyectos consistió en armar una página en Wikipedia. “Trabajaba en lo que fuera”, confiesa. Al poco tiempo, su rol empezó a tener mayor peso y sus consejos, más escuchados. Hoy, tras siete años remando, es pieza clave y voz importante del equipo. Desde su puesto trabaja en asuntos estratégicos de Ciencia & Vida; fundó la editorial de la fundación, que ya ha publicado tres libros; armó un programa de colaboración científica con el Institut Curie en París; e hizo una alianza con Catalonia que busca crear libros y ensayos científicos. “Trabajar con Pablo, Mario y la Berna ha sido un lujo, mejor que cualquier posgrado en Harvard o el MIT, son gente extraordinaria, a quienes debo mucho: este es un ambiente libre, creativo y basado en la confianza, y además, como diría Pablo, lo pasamos ‘el desraje’, apunta.

En términos educacionales, está muy entusiasmada con las academias científicas para colegios municipales. El programa, que parte en mayo y que fue elaborado junto a Fundación Ciencia Joven y la empresa alemana Merk, permitirá que siete establecimientos ñuñoínos tengan a un laboratorio de la fundación como una especie de padrino: con científicos a cargo de la enseñanza y preparación de los profesores. “¿Cómo los niños no van a poder conocer a un científico en su vida ni conocer a este lugar que está en su barrio, a cinco cuadras?”, indica.

Ministerio: “Sobran lugares comunes, faltan propuestas”

En noviembre de 2015, un grupo de científicos publicó “Nuestros gobiernos han elegido la ignorancia”, una carta abierta en El Mercurio y La Tercera, donde la comunidad realizaba un duro diagnóstico y exigía al gobierno tomar cartas en el asunto. Ella fue parte del grupo que redactó la misiva. “Todavía no sé si tuvo efecto positivo o no, porque al final se presionó a un gobierno que no tenía mucho interés en la ciencia y nos ha costado un montón”, enfatiza.

-Antes eras poco conocida en este mundo. ¿Por qué decidiste sacar la voz y ser políticamente activa?

-Durante los últimos ocho años he trabajado en el interfaz entre ciencia y sociedad. Y si uno está ahí, es imposible no llegar a la política. La Bernardita (Méndez) y Pablo (Valenzuela) siempre han tenido un rol. Ellos ahora están menos presentes y yo estoy tomando ese papel. Y me interesa mucho hacerlo. Hace cuatro años empecé a participar de distintas maneras. Con columnas, cartas abiertas, a través del trabajo legislativo.

En la discusión por el nuevo ministerio, Carolina Torrealba ha tenido un rol activo. Sin embargo, lamenta que en el proceso de discusión “sobraron lugares comunes, faltan propuestas concretas”.

-¿En concreto?

-He escuchado a demasiados parlamentarios y no pocos científicos sentarse ahí a hablar de lo importante que es la ciencia. La relevancia de la energía solar, de la fibra óptica, de la jalea real de las abejas… ¡ese no es el punto! Es un lugar común que debe estar en la etapa prelegislativa. Ahora tenemos que hablar de qué herramientas usamos para concretar nuestros sueños, de dónde sacamos la plata, ¡que hasta el momento no está!, cómo financiamos el largo plazo, cómo vamos a usar el conocimiento que generamos. Tenemos que entrar a picar en la letra chica.

-¿Qué faltó?

-Tal vez tiempo. En el Senado estuvo varios meses, en el que se invitó a muchos y se cambió poco; harta socialización, poco diálogo. En la Cámara de Diputados estuvo apenas un par de semanas. Me faltó también un Ejecutivo más abierto. Y también eché de menos una Academia de Ciencias más aguda, que hubiera publicado un white paper con argumentos sólidos, que armara una comisión, que se metiera en serio, como lo hace la Academia de Ciencias gringa, por ejemplo.

-¿Es malo el proyecto de ley que se discute actualmente?

-No es malo, sería un grave error botarlo a la basura. Pero es poco ambicioso y a veces ingenuo. Enfoca el éxito de coordinación del ministerio en un comité interministerial, que es una figura probadamente fracasada. Además, tendrá que formarse exclusivamente a partir de los mismos funcionarios de Conicyt, porque el proyecto de ley los deja amarrados y no tiene ni siquiera los mínimos recursos para su instalación. O sea, estamos pensando en un Conicyt con chapita de ministerio. Espero que se logre avanzar en resolver algunos de estos puntos porque, si no, para que funcione, de ministro vamos a tener que poner a Mandraque el mago.

-Ratificaron a Mario Hamuy como presidente de Conicyt. Él fue el interlocutor del proyecto. ¿Logró aunar posiciones?

-Él representaba al Ejecutivo, y no vi una voluntad de avanzar sobre los temas más conflictivos. Estuvo disponible para hablar y escuchar, pero me hubiera gustado verlo moverse de su programa. Pero tal vez fue una buena movida política tenerlo ahí.

-¿Por qué?

-Porque todos lo respetamos mucho, es una persona que tiene un reconocimiento científico importante. Entonces, a la comunidad le cuesta contradecirlo. Tal vez ahora cuente con el apoyo de un ejecutivo más abierto a hacer cambios.

-Andrés Couve dijo que el gobierno de Bachelet no apoyó lo suficiente a la ciencia. ¿El cambio de gobierno es bueno para la ciencia? ¿O no?

-El gobierno pasado de Piñera tampoco apoyó. Prometió el oro y el moro. Y bueno, vino el terremoto, y pasó a segundo plano. Pero tengo esperanza. Soy súper optimista y tiendo a ver en estos cambios, oportunidades. Veo una actitud más dialogante ahora, de parte de los nuevos dirigentes. Es que en el proceso de discusión del ministerio en el período previo al cambio de mando se empobreció el contenido y eso se notó. La discusión se empezó a polarizar: si es que uno no apoyaba para que saliera rápido el proyecto, era porque querías boicotear al gobierno. Y a mí me importan tres cominos si es Bachelet o Piñera el presidente. Lo que nos importa es tener un buen proyecto que logre fortalecer a la investigación. Hubo poca reflexión en los temas fundamentales: coordinación, presupuesto, regionalización. Existió una obstinación de sacar el proyecto rápido, tal cual ingresó.
La bióloga se toma una pausa, y reflexiona: “Esta inmersión en la política ha sido bien interesante porque uno aprende mucho”.

-¿A qué te refieres?

-Nosotros los científicos tenemos una formación que puede llevarnos a ser súper arrogantes, y creer que somos mejores que la sociedad. Yo a veces reconozco eso en mí y me carga. Me carga el científico cura. El que da cátedra acerca de verdades. La ciencia es un método, no un conjunto de verdades. También me preocupo cuando el discurso científico se transforma en uno más mesiánico. De que la ciencia va a resolver todo. La ciencia no va a resolver todo. Es un aspecto fundamental que puede aportar, pero desde la humildad. Creo que es una herramienta tremendamente efectiva que puede hacer cambiar el curso de cómo los problemas finalmente se solucionan. No hemos inventado como humanidad alguna otra herramienta mejor para ello. Pero no es la solución a todos los problemas.

-Hay varios que echan de menos a Claudio Bunster en la discusión.

-Él habló por mucho tiempo. Ya fue mucho. Decidió irse no más. Su centro (CECS) sigue, pero él no tiene vínculos con la comunidad. Yo no lo conozco. En todo caso, hay que sacarle el sombrero y dejarlo tranquilo. Hay pocos científicos en Chile que han incidido en las políticas públicas como él. Fue una mezcla virtuosísima de entender un problema científico y de influencia política. Asesoró a Frei y crearon las cátedras presidenciales y los institutos milenios, que fueron increíblemente innovadores, políticas arrojadas.

-¿Por qué Chile necesita más ciencia, más científicos?

-Porque no hay atajo al desarrollo. Dudo que exista algún problema que tengamos que enfrentar en el futuro en el que la investigación no tenga algo importante que aportar. Hoy se habla de bioseguridad, cyberseguridad, emprendimiento, productividad, medioambiente, migración, infancia… ¡en todos estos temas hay mucha investigación de la cual tomar evidencia! Eso es lo que nos dicen a gritos la OCDE, el Banco Mundial, etc. La investigación no solo aporta a la innovación y la economía, sino que tiene el potencial de nutrir la cultura, la educación, el encuentro social, la identidad país. Pero para lograr eso necesitamos una estrategia, muchos más recursos y una institucionalidad. Además, e igualmente importante, necesitamos la investigación, porque el conocimiento tiene un enorme valor en sí mismo, es una de las expresiones más bellas de la humanidad, es nuestro diálogo con la naturaleza y con nosotros mismos.

¿Futura ministra? “No”

-¿A qué políticos destacas por su aporte?

-Yo creo que Frei fue un buen presidente para la ciencia. A Bachelet y a Andrés Velasco les reconozco lo que hicieron con Becas Chile, independiente de lo que pasa hoy. Todos los critican, pero es lo mismo que me pasa cuando culpamos a Lagos con el CAE. Fue una súper buena política, sin embargo no la modificamos hace muchos años. Lo que hizo Velasco fue pensar en un Chile distinto, tirar el tejo pasado, mandar a todos a educarse afuera. Sé que esto es políticamente incorrecto, pero fue una política agresiva y ambiciosa, y yo la rescato. Hay que modificarla, repensarla. Ahora tenemos que fortalecer los doctorados nacionales, pero la idea original es buena.

-¿Algún otro político?

-A la Karla Rubilar (actual intendenta de Santiago) la defiendo ene. Es una mujer que jugó firme por la ciencia y trató de entender el sistema. Y también admiro el trabajo de Giorgio Jackson (RD) y me gusta que sea presidente de la comisión. En Evópoli hay un grupo interesante también. Entre las propuestas presidenciales programáticas, lejos la más interesante era la de Felipe Kast. El tejo pasado, soñando con el impacto en educación, niños yendo a museos, en economía, o sea, realmente, esto tenemos que engrosarlo y usarlo.

-¿Votaste por él?

-La única vez en mi vida que he votado por la derecha ha sido por Felipe Kast. En la segunda vuelta no voté.

-¿Te representa ese liberalismo, o eres liberal pro aborto?

-Soy más liberal. Me encanta lo que hacen, pero todavía los encuentro medio conservadores. Pero no pienso que no pueda apoyar a Evópoli porque él esté en contra del aborto y yo no. Me cuesta, sí. Pero entiendo que hay un grupo más relevante que eso.

-¿Qué opinas del Frente Amplio?

-El año pasado, previo a las elecciones presidenciales, me junté con otros científicos con casi todos los candidatos, salvo Alejandro Guillier. Y quedé feliz. Me gusta mucho lo que está pasando en términos políticos en este país. Tanto en Evópoli como en el FA se ve compromiso. Estamos sepultando este binomio que generó la dictadura, de Sí y No. Y eso me parece muy interesante.

-¿Te gustaría entrar a la política activa y encabezar el nuevo ministerio?

-No. Pero encuentro desafiante el problema de la instalación. En el mundo entero ves que los sistemas científicos están cambiando, repensándose. Creo que es una oportunidad increíble. Está más o menos claro que este año, las proyecciones de Hacienda para la ciencia van a ser igual de negras que los otros años. Pero la instalación no requiere de plata, sí de inteligencia. Hay una oportunidad para que hagamos lo que sabemos hacer. Traigamos a cuatro cracks y construyamos un ministerio que sea moderno. No repitamos lo que los otros países ya se dieron cuenta que no está funcionando. Tratemos de ser más audaces. En ese proceso, participaría feliz.

Efecto Chino Ríos

-Sobre la relación entre ciencia y empresarios, dijiste hace un año: “A nivel país, estamos recién invitándonos a salir. Pero en el parque de ciencia y negocios de Fundación Ciencia & Vida, el coqueteo ya pasó a pololeo… y tenemos algunos casos de que van camino al matrimonio”.

-Yo creo que esa es una descripción de la realidad. Se han demorado ene en apoyar. Pero veo más interés. Todavía el empresariado no cree que tenga que usar ni que necesite la ciencia. Para que haya un cambio fuerte, un cambio cultural, estas personas primero tienen que darle el palo al gato con una inversión en ciencia. Y que le cuenten a todos sus amigos. Necesitamos que alguien la rompa…

-Como haber apostado a una buena acción…

-Claro, es como el efecto Chino Ríos. Y para eso están los followers y los líderes. Hoy hay líderes que están invirtiendo, son pocos, y si les va bien, los otros lo van a seguir.

-¿A qué empresarios destacas?

-Muchos están apostando distinto y creyendo en Andes Biotechnologies (donde se investiga una tecnología para el cáncer) y otras empresas del Parque de Ciencia & Negocios que tenemos aquí. Pero también hay otros casos interesantes. Por ejemplo, Juan Andrés Camus está haciendo un emprendimiento social basado en neurociencia, que se llama Conversemos Mamá, que se basa en los primeros mil días de la vida del niño. Alejandro Weinstein fue súper audaz en su apoyo en inversión a la ciencia. Esos son algunos de los casos que destaco.

-El caso más exitoso hasta ahora es el de Pablo Valenzuela con Luis Burzio. ¿Cómo va eso? Hace un año, 10 personas en California estaban siendo tratadas con la droga intravenosa.

-Es que estadísticamente aún no puedes decir nada. El proceso dura mucho y un caso particular no te hace una droga. Pero veo un cambio en las nuevas generaciones, los que están saliendo de sus doctorados tienen ganas de inventar algo nuevo. Veo a unos hípster de menos de 30 que están armando tecnologías nuevas, que se están probando en el mercado, que quieren conquistar el mundo. Tenemos también cercanos que no son científicos…

-Como el caso de Alejandro Tocigl, ingeniero civil que está en Sillicon Valley desarrollando su empresa Miroculus para detección temprana de cáncer a través de un pinchazo.

-Tal cual. Él es bien cercano a nosotros. Y cuando fue a la fundación a dar un seminario, pensé: en mi época no existía ni una posibilidad de que yo hubiera escuchado a un chileno contando lo que contaba Alejandro. No había nadie de mi generación que pensara en hacer algo así. A eso me refiero cuando digo que pensemos en grande.

-Pensaban en estudiar más que nada…

-¡Sí! O sea, yo me fui de la academia y para muchos fui una pérdida. Varios profesores decían “es que la Carolina se perdió”. Todos apostaban a que tenía que seguir una carrera académica. Pensar en hacer una empresa era como prostituirse, básicamente. Y casos como el de Alejandro, que ni siquiera es científico, hoy sí son respetados por la comunidad. Porque lo que hacen es un gran aporte a la ciencia, al país y al mundo.

-¿Crees que optaste por el camino correcto?

-Me encanta lo que hago, pero todavía no lo sé. Me fascina la literatura. Me gustan muchas cosas. Soy mucho más dispersa que el común de los científicos.