Convencido de que hay un movimiento más generacional que ideológico, Carlos Peña no se suma a las voces que hablan de un estallido social gatillado por un malestar. Dice que hay más impulsos que ideas en juego. A su juicio, Piñera debe retomar sus promesas y conectar nuevamente con las mayorías. “El gran problema de la derecha –añade– es que vive en un mundo ensimismado”.
Fotos: Verónica Ortíz

  • 25 octubre, 2019

En el vértigo de estos días, muchas voces han intentado hacer una lectura de lo sucedido. ¿Qué gatilló lo que algunos llaman un “estallido social”? ¿Hace cuánto se incubaba este malestar? ¿Es realmente una rabia acumulada o es el despliegue de una nueva generación la que se tomó las calles? En el desconcierto de los analistas y la ebullición en redes sociales, la voz de Carlos Peña ha estado presente. Quizá las tesis solo sirvan para intentar dar una lectura de lo que está sucediendo, pero pueden servir para calmar los ánimos, dar ciertas certezas. A veces, cuando hay una explicación, es más fácil ver las puertas de salida.

El rector de la UDP y columnista dominical del diario El Mercurio ha lanzado argumentos que le han traído críticos y seguidores. De alguna manera, Peña ha funcionado como un espejo de la división de miradas que hoy recorre el país. “Los intelectuales en Chile tienen que hacer esfuerzos por imponer una mirada racional y no sumarse al coro de los excesos y del desvarío, porque así no vamos a llegar a ninguna parte”, dice este abogado en un día de marchas en Santiago.

-¿Se reventó una burbuja que no veíamos?

-En algún sentido se reventó una burbuja, pero no creo que sea una burbuja socioeconómica. Hemos presenciado la manifestación de una cultura generacional muy intensa. Yo no observo en estos acontecimientos un movimiento ciudadano o por los derechos civiles, como se ha dicho livianamente.

-¿Qué ves, entonces?

-Veo un movimiento pulsional, una cuestión instintiva de una generación –la nacida en los años 90– que por razones que habría que dilucidar, parece creer que basta tener la certeza subjetiva acerca de una causa, para que deba erigirse en principio de la acción social. Lo que veo es el fervor subjetivo y la acción instintiva, algo muy propio de esta generación. Eso es lo que hemos visto estos días.

-O sea, ¿los gatillantes han sido los millennials?

-Muy fuertemente son los millennials, pero desde luego no son solo ellos. Lo que pasa es que los jóvenes han sido el motor, el combustible de esto que ha ocurrido. Por cierto, esto va unido a otros factores sociales.

-Siempre ha habido un ímpetu juvenil. Lo vimos en la calle en 2006 con los pingüinos y en el movimiento universitario de 2011. ¿Por qué esto es distinto?

-El movimiento de los pingüinos tuvo un efecto público y social al poner de manifiesto un problema genuino. Pero la impresión que yo tengo es que a contar de ese momento, inadvertidamente, los más viejos empezaron a beatificar a la juventud.

-¿Y los vieron como sus salvadores? ¿Algo así?

-Claro, como que vinieron a sacarnos del marasmo, de la somnolencia en la que estábamos. Y todo esto, claro, ha erigido a los jóvenes en una especie de depósito de ideales puros. Basta que ellos lo sientan para que el resto deba seguirlos. Yo creo que ese es el problema en el que estamos.

-¿Y qué explica la rabia, la violencia de estos días?

-Primero, no son todos. Y segundo, se explica porque es un movimiento pulsional. Acá no están en juego ideologías, no hay un pliego de peticiones sociales, no son derechos ciudadanos. No, no. Son pulsiones, reacciones instintivas frente a la autoridad, frente al Estado, frente a la Iglesia. Se intentó  quemar la Cruz del Milenio en Coquimbo… No es que a mí me preocupe particularmente, pero son los símbolos de la autoridad. Entonces, estamos en presencia de una resistencia muy severa a la autoridad.

-Estos jóvenes tienen padres, abuelos. ¿No será que recogieron el agobio de sus familias, el cansancio por los abusos, las bajas pensiones?

-No le daría un contenido de tanta racionalidad a este movimiento. Insisto: es una explosión emocional muy fuerte de ciertos grupos sociales, de jóvenes. Sin embargo, encontraron un escenario social totalmente adecuado para que algo así ocurriera.

-¿Y cuál fue el escenario social que dio el contexto?

-La modernización de Chile tiene como principio de legitimidad la promesa de expansión permanente del consumo y del bienestar. Y eso se frenó. Entonces, los mismos sectores sociales que abrazaron a Sebastián Piñera hace apenas 24 meses, hoy lo rechazan.

La amenaza autoritaria

-En su óptica, ¿estamos prisioneros de un mundo más bien infantil?

-Estamos prisioneros de un mundo que ha erigido la subjetividad como criterio final. Por otro lado, estamos acompañados de viejos que se han dedicado a glorificar a los jóvenes. Y sucede, además, que todas las fuentes de autoridad han desaparecido. Cada uno está entregado a sí mismo. Un mundo individualista es un mundo plagado de temores y tendientes a la violencia. El peligro es que si uno no produce orden está pavimentando el camino a soluciones autoritarias de derecha.

-¿En qué está pensando?

-En populismos de derecha, en liderazgos como el de José Antonio Kast… Son los típicos liderazgos que florecen en medio de este tipo de procesos.

-¿Florecen porque recogen el miedo?

-Exactamente. Se vuelven intérpretes de la pulsión básica de la vida social, que es el miedo al otro. Por decirlo brutalmente, la función del Estado es suprimir el miedo al vecino. Por eso es tan importante que el orden se cumpla. En momentos así, la gente empieza a demandar seguridad.

-¿Habrá una frustración por lo que Piñera prometió: crecimiento, seguridad?

-Hay algo de eso, pero tampoco yo vería en este movimiento un rechazo total al gobierno. No perdamos el foco. Acá hay un movimiento pulsional que tiene una dimensión de rechazo a la institucionalidad y al orden que es muy severo. Ese es el problema fundamental.

-Algunos dicen que la explosión social no se vio venir, pero otros dicen que el malestar venía incubándose. ¿Qué crees tú?

-Es verdad que hay un malestar producto de la modernización, pero ver en esto una especie de estallido social radical contra las instituciones me parece un exceso.

-¿Podría ser en contra del modelo?

-¿Qué nos llevaría a pensar que esta es una rebelión contra el modelo? Chile ha experimentado un proceso modernizador, qué duda cabe. Y buena parte de la gente que ha estado en la calle ha disfrutado de este modelo. Es decir, la gente reunida en Plaza Ñuñoa, esos adultos jóvenes que se juntaron en una acritud carnavalesca en medio del toque de queda, no eran precisamente sujetos abusados o que fueron privados de algo. No, no. Son personas que tienen altos niveles de bienestar.

-Pero han salido a las calles para decir basta de abusos, de la colusión, de privilegios…

-Es probable que esa sea una racionalización ex post de un fenómeno que, en mi opinión, es francamente pulsional. Pero no estamos en presencia de un movimiento social o ciudadano, con una agenda clara, ideológicamente orientada en contra del tipo de modernización de Chile. ¡Por favor! ¡No es eso! Lo que vemos estos días es rabia… Una rabia instintiva, totalmente irracional.

Lo que representa Piñera

-En este clima de malestar, ¿el hecho de que Piñera sea parte de un mundo social y cultural que es apuntado como un lugar de privilegios, abonó la crisis?

-Es verdad que eso irrita, y con toda razón. Pero yo no daría el paso argumental de que eso fue lo que movió las cosas. Los mismos sectores a los que eso les parece repudiable, son los mismos que votaron por Piñera hace 24 meses. Ese es el punto que tenemos que analizar. Somos una sociedad que está en medio de dos paradojas.

-¿Cuáles?

-Por una parte, está la paradoja de una sociedad que escogió a Piñera y lo levantaron con un triunfo inédito. Hoy lo rechazan. La segunda paradoja es que nunca había habido mayor bienestar en Chile que hoy día y, sin embargo, nunca había habido mayor descontento. Y hay una tercera paradoja: aspiramos a un mayor bienestar, pero se destruye aquello que nos brindaba confort. Estamos presos de paradojas sorprendentes. Entonces, leer esto como una pura cuestión de injusticia no sirve como factor explicativo de los problemas sociales.

-Pero algo profundo se abrió aquí. Pareciera ser una grieta, ¿no?

-Digamos que lo que hay es una incomprensión del fenómeno por parte de la clase política. Aunque suene crudo decirlo, los objetivos inmediatos siempre son restablecer el orden. Ninguna sociedad puede funcionar sin orden.

-Pero le ha costado a Piñera…

-No ha podido. Han sido incapaces, tímidos.

-¿Tímidos? Se declaró estado de emergencia, toque de queda…

-Lo que yo vi es que sectores inmensos de la sociedad estaban despoblados. En Puente Alto, los vecinos se agrupaban para defenderse. No había presencia policial, militar. La regla básica de controlar el orden es copar territorialmente los sectores problemáticos. Eso no se cumplió. Seguramente por timidez, por una prudencia excesiva o lo que fuere. Pero lo que yo querría subrayar es que, desde el punto de vista político, no se puede perder de vista que, si no hay orden, no hay política. La democracia descansa, paradójicamente, sobre la producción de orden. Este es el objetivo tras el cual debieran ponerse todas las fuerzas políticas.

-¿El tema no tendrá que ver con la legitimidad de quienes lideran para restaurar el orden? Ha habido lugares donde el toque de queda no se respeta…

-Es verdad, en partes importantes de la ciudad hubo una actitud carnavalesca, burlesca frente a la fuerza pública, que es propia de la generación de la que hablábamos.

-Hablas de racionalidad, ¿decir que se está en guerra tiene racionalidad?

-La expresión que utilizó el Presidente de estar en guerra es de las cosas más torpes que uno puede recordar en la esfera pública.

-¿Peligrosa?

-Muy peligrosa. Lo que uno espera de un presidente, y también del Estado, es una actitud de contención, orientación normativa, de ordenar cognitivamente el fenómeno, en vez de estar alentándolo o echando fuego a la hoguera. La expresión del Presidente es francamente absurda, llena de fervor y cierto nerviosismo. Nada de esto habla bien de él, digámoslo.

-¿Y qué dice del Partido Comunista pidiendo la renuncia del Presidente? ¿Parte de los impulsos?

-Esas son tonterías que ni siquiera tomaría en serio. Realmente, las fuerzas políticas han hecho un pobre papel. Lo de Gabriel Boric increpando a los militares en la Plaza Italia fue una mala escena. Yo creo que lo va a desprestigiar. Uno esperaría de un político con futuro, que sea capaz de manejar con mayor responsabilidad las cuestiones del Estado. Creer que se puede gobernar rezando padre nuestro –como decía Maquiavelo– es un absurdo.

-¿Le pareció más parecido a cuando era dirigente estudiantil?

-Boric nos había convencido de que era un diputado de la República, pero en esa escena descubrimos que seguía siendo un dirigente estudiantil.

Errores de diagnóstico

-En estos días, algunos dicen que las reformas de Michelle Bachelet II apuntaban justamente a evitar un estallido social. ¿Se podría haber evitado?

-Bachelet y la Nueva Mayoría esgrimían un diagnóstico de una sociedad atravesada por una gigantesca herida de desigualdad, con grandes mayorías abusadas, deseosas de redención. Y en el Frente Amplio se vieron a sí mismos como redentores de estos abusadores. Y, por otra parte, hubo un Sebastián Piñera que les habló a los grupos medios que tenían un bienestar que nunca antes habían disfrutado, pero que al mismo tiempo estaban acompañados del temor de perderlo todo por contingencias de la vejez y la enfermedad. Él ofreció hacerse cargo de eso.

-El tema es cuál era el diagnóstico correcto.

-Es que entre estos dos diagnósticos, el mensaje que les hizo sentido a las mayorías fue el segundo y no el primero. Entonces, todos los sectores medios que hemos visto rebelándose se han visto defraudados por esa promesa de Piñera. Pero no es que esos grupos medios –tampoco exageremos– hayan quemado las estaciones de metro.

-Entonces, ¿será plausible el argumento de que hay grupos violentistas organizados?

-No creo ni la hipótesis paranoica de que estamos en presencia de un designio maléfico que organiza todo esto, ni tampoco en la hipótesis catastrofista de que estamos en presencia de un derrumbe total de la modernización. No. Lo que hay son grupos espontáneos, pero generacionalmente identificables.

-Si la izquierda hubiese tenido presencia en los sectores medios, en las poblaciones, ¿esto no habría estallado así? ¿Es la ausencia de política lo que no logró contener?

-Bueno, claro. Donde hay fuerzas políticas organizadas, estas cosas se conducen normativamente, se orientan, se contienen. Tienen mayor racionalidad instrumental. Nada de eso ha ocurrido porque hoy día, la política no tiene ninguna capacidad de conducir a los sectores sociales.

Cabeza fría

-Eres parte de la generación que vivió la dictadura y se han venido muchos fantasmas estos días. ¿Tienes temor?

-Estamos muy lejos de la dictadura. Hoy, estamos en presencia de un momento de crisis de la convivencia democrática. No tengo ninguna duda que vamos a salir a condición de que el Presidente tenga la cabeza fría y una voluntad firme. Eso es lo que necesitamos. Y también espero que las fuerzas políticas no abandonen los procedimientos propios de la vida democrática. En democracia la voluntad colectiva se forma por las fuerzas políticas electas, por los representantes en el Congreso Nacional. Si abandonamos el camino institucional, el populismo va a estar en las puertas de Chile. Eso sí sería dramático.

-Cuando le pide a Piñera que enfríe la cabeza, ¿qué quiere decir?

-Yo creo que Piñera se ha distraído en el último tiempo por la tentación narcisista de situarse en la escena internacional. Esto ha ocurrido. Piñera es una personalidad narcisista. En él late el niño que le hacía gracias a su familia frente a su padre. Cualquier psicoanalista advertiría eso. Y esto hace que Piñera se pierda.

-¿Se perdió en haber querido convertirse en una gran figura internacional?

-Yo creo que esa es una tentación demasiado grande para él y es un error porque lo distrae de su deber fundamental. Lo segundo que yo diría es que Piñera tiene que recuperar el discurso con que accedió al poder y hacerlo de manera más eficiente. Él tiene que estar a la altura de la promesa que formuló: expandir el bienestar en los grupos medios, curándolos de los temores que los asaltan en frente de la vejez y la enfermedad. Nada de eso ha hecho.

-Pero ha desplegado un discurso en torno a la clase media protegida.

-Pero es un discurso que no se ha traducido en medidas concretas, de corto plazo, plausibles.

-Para otros analistas, se fue generando rabia por una cierta insensibilidad. O sea, que frases de ministros como Juan Andrés Fontaine invitando a la gente a madrugar para pagar pasaje más económico, o el consejo del ministro de Hacienda de comprar flores, hirieron a una mayoría. ¿Será así?

-Bueno, ese es el gran problema de la derecha: que vive en un mundo ensimismado, con rutinas tradicionales y familiares que le impide comprender la vida de las grandes mayorías. Incluso miembros del gabinete que uno esperaría que fueran más sensibles como Cecilia Pérez, que es una mujer inteligente, lo ha hecho muy mal. Cada vez que formula una declaración, atiza el fuego en vez de apagarlo.

-O sea, ¿ha faltado interpretar a las mayorías?

-Exactamente. Es un gobierno de derecha que en vez de estimular el esfuerzo personal, premiar a los grupos medios que han logrado ascender, en vez de insuflar de optimismo a esos sectores, hace declaraciones genéricas, se parapeta en su zona de comodidad y hace declaraciones estúpidas. Olvidamos tan fácilmente las cosas, pero recordemos al ministro Alfredo Moreno cuando iba a resolver el problema mapuche haciendo remedos de la cena de pan y vino. O sea, realmente hemos estado en manos de inexpertos.