Tan duro se han tratado Hillary y Obama, que muchos de los más acérrimos partidarios de cada candidato amenazan con renegar su voto demócrata si el elegido es el contrincante. Así las cosas, hasta ahora el principal ganador de la contienda parece ser el postulante republicano, John McCain. Por Claudia Heiss.

  • 15 mayo, 2008

Tan duro se han tratado Hillary y Obama, que muchos de los más acérrimos partidarios de cada candidato amenazan con renegar su voto demócrata si el elegido es el contrincante. Así las cosas, hasta ahora el principal ganador de la contienda parece ser el postulante republicano, John McCain. Por Claudia Heiss.

 

 

Por meses los electores estadounidenses han debido soportar los dimes y diretes de dos candidatos del mismo partido que parecen dispuestos a sacarse los ojos por la nominación a las elecciones presidenciales de noviembre. A partir del llamdo “súper martes”, a comienzos de febrero, la disputa entre Hillary Clinton y Barack Obama se ha tornado más y más violenta. lagada de descalificaciones personales, los analistas coinciden en que esta lucha fratricida ha tenido como principal ganador al candidato republicano John Mc-Cain, que desde una cómoda posición fuera del ring observa y toma nota. Más de un dato le podría servir cuando le llegue el turno de enfrentar a los demócratas.

Pero las encuestas son claras: la gente está exhausta de la guerra sucia entre los pre candidatos demócratas. Mientras en febrero sólo un 28% consideraba que la campaña era demasiado negativa, esa cifra alcanza hoy a la mitad de los encuestados. El grupo en que esa apreciación tiene un aumento más drástico –del 19% al 50%– es el de los propios partidarios demócratas. Aunque las tasas de participación en las primarias demócratas han sido altas, como suele ocurrir cuando hay mucho en juego, cada vez más adherentes a ese partido opinan que esta campaña ha sido interminablemente larga y cada vez más aburrida.

Ya en las primeras contiendas, en enero pasado, Clinton y Obama sentaron las bases de la que sería una campaña beligerante. Mientras se acusaban mutuamente de buscar pelea, el senador demócrata Tom Daschle advertía que ésta era la estrategia equivocada: “todos saben que está mal, y tiene que parar. Va a tener un enorme efecto, un efecto duradero, si no se detiene pronto”. Pero no sólo no se detuvo. Se puso peor. Y la mayor parte de la responsabilidad en el tono de la campaña primaria se atribuye hoy al estilo Clinton.

 

 

La beligerante Hillary

 

Las campañas negativas en Estados Unidos tienen una larga tradición y hay bastante literatura sobre ellas. Pero aunque puedan resultar beneficiosas en determinadas coyunturas, no parece que ésta sea una de ellas. Como un boomerang, los epítetos y acusaciones que ha lanzado la senadora Clinton contra Obama se están volviendo en su contra.

La senadora quiso mostrarse como una mujer con amplia experiencia en política, una sobreviviente a los múltiples ataques que ha recibido a lo largo de su carrera de parte de los republicanos. Adoptó la imagen de una luchadora incansable, capaz de sobreponerse a las dificultades. Con el lema de no rendirse jamás, repartió entre sus partidarios de Indiana guantes de boxeo autografi ados, y quiso contrastar esta imagen con la de un Obama débil, que prentende vender sueños sin sustancia.

Pero la fortaleza que Hillary Clinton quería proyectar se convirtió en la imagen negativa de una mujer sin escrúpulos, dispuesta a cualquier cosa con tal de ganar. Lo que para sus partidarios es fortaleza y tenacidad, para sus contrincantes es un carácter que divide a la gente y una inclinación a jugar sucio. Joe Andrew, un “superdelegado” que recientemente cambió su preferencia de Clinton a Obama, acusó a la senadora y sus partidarios de ser “los mejores exponentes de la vieja política, capaces de usar las mismas palabras que usaron los republicanos para atacarme cuando yo defendía al Presidente Clinton”.

Los Clinton son conocidos practicantes de campañas agresivas. Mientras trabajaba apoyando a su esposo, Hillary creó una “sala de guerra”, una habitación destinada a planificar los ataques a sus oponentes. Según el New York Times, su sede de campaña en Virginia tiene una prominente “pieza de guerra”, desde donde la senadora ha promovido la idea de golpear duro a Obama. “Insiders de la campaña dicen que ella generalmente está del lado de los asesores que son partidarios de un enfoque más agresivo al desafíar a Obama, de Illinois, en lugar de aquellos que defienden la moderación, preocupados de no reforzar los aspectos negativos de su imagen”, señala el New York Times.

Con todo, sus críticos reconocen que en el curso de su carrera política la senadora ha ido moderando esa tendencia confrontacional, mostrando mayor disposición a reconocer errores y a ceder en la búsqueda de acuerdos. Así lo demuestra una nutrida agenda legislativa en la que ha trabajado codo a codo con senadores republicanos.

Uno de los intercambios más agresivos entre Clinton y Obama se produjo poco antes de la primaria de Pennsylvania, el 22 de abril pasado. La senadora por Nueva York criticó a Obama por decir que los habitantes de pueblos chicos están amargados por la situación económica y que por eso se aferran a las armas y a la religión. Esas declaraciones le permitieron presentar a Obama como un personaje elitista, representante de la clase alta de las grandes ciudades que, en el fondo, desprecia el provincianismo del norteamericano blanco de pueblo chico. Obama, por su parte, la acusó de estar vinculada con intereses económicos que han financiado su campaña.

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Lo cierto es que Hillary Clinton tiene mucho más apoyo que Obama entre los trabajadores y la clase media blanca, lo que podría tener más que ver con la percepción de que Barack pertenece a una élite económica y cultural que con el hecho de que es negro. Por otro lado, el voto afroamericano está abrumadoramente con Obama.

Aunque Hillary Clinton ganó la primaria de Pennsylvania, las encuestas empezaron por esos días a mostrar el rechazo de la gente al tono que había adoptado la campaña. Una encuesta del Washington Post y la cadena ABC News indicó a mediados de abril que sólo un 39% de los estadounidenses calificaba a la candidata como “honesta y confiable”, mientras que en mayo de 2006 esa cifra llegaba al 52%.

Al comienzo de la carrera por la nominación a las elecciones presidenciales de noviembre, Hillary Clinton superaba con creces a contrincantes demócratas como Obama y John Edwards en confiabilidad. Luego de lanzarse en picada en una campaña negativa contra Obama, hoy está 23 puntos detrás del senador por Illinois en lo que se ha llamado el “déficit de confianza”.

Los resultados de la primaria de Carolina del Norte son una prueba contundente de que la campaña negativa no dio los frutos esperados. Tras la derrota en ese estado y la débil victoria en Indiana –donde necesitaba ganar en forma abrumadora– la mayor parte de la prensa norteamericana ya da por terminada su campaña. La estrategia que lideró la senadora por Nueva York no contribuyó a fortalecer su candidatura. Por el contrario, perjudicó su imagen y, de paso, enalteció a su contrincante. Hoy las cifras indican que sus posibilidades de obtener la mayoría popular o el número de delegados necesario para ganar la nominación son casi nulas y su campaña se desangra por la falta de recursos.

En estas circunstancias, la negativa de la senadora a abandonar la carrera parece más fruto de la terquedad que de su constancia y firmeza. Tal vez la decisión de esperar los resultados de las próximas seis elecciones primarias no sea más que un gesto hacia quienes han trabajado por su candidatura y un esfuerzo por lograr una salida lo más digna posible de la carrera por la presidencia. Obama, por el contrario, se dio el gusto de aparecer magnánimo con su contrincante en el discurso que dio el 6 de mayo, tras su contundente triunfo en Carolina del Norte.

 

 

Hacia la reconciliación

 

 

Una campaña despiadadamente negativa huele a maniobra desesperada. Los candidatos en ascenso no necesitan irse a la yugular de sus oponentes. De hecho, fue la creciente popularidad de Obama lo que gatilló el giro negativo de la campaña de Hillary Clinton. Pero al dedicarse a criticar a su oponente, la senadora puso justamente el foco en él, en lugar de resaltar sus propias fortalezas. Quien lleva la delantera, en cambio, puede darse el lujo de ignorar a su contrincante, estrategia que a partir de ahora debería adoptar la campaña de Obama respecto de Hillary Clinton.

Pero la tarea para Obama, sobre todo en la perspectiva de ser el eventual candidato defi nitivo, tampoco es simple. Deberá ser capaz de reconciliar a un partido que quedó fuertemente dividido por la campaña, al nivel que muchos de los partidarios de cada candidato juran que jamás votarán por su oponente, aunque eso signifi que dejar que gane McCain. El fantasma de un retorno a la impopular era Bush alimenta las esperanzas de quienes confían en superar rápidamente estos meses de descalificaciones mutuas y movilizar al electorado demócrata tras su candidato presidencial, una vez que se defina oficialmente. Incluso hay quienes piensan que Hillary Clinton podría compartir la papeleta electoral con Obama, como su candidata a la vicepresidencia, algo que resulta difícil de concebir tras el nivel de los ataques mutuos que se han visto en los últimos meses.

Pero McCain no es Bush. Por muy complejo que resulte el legado de la última administración republicana, y aunque la baja en la popularidad del actual presidente ha alcanzado niveles históricos, McCain ha hecho esfuerzos considerables por distanciarse del legado del gobierno. A diferencia de los candidatos demócratas, McCain lleva meses promoviendo su programa, sin tener que preocuparse de los ataques de sus rivales. En eso el Partido Republicano lleva una clara delantera sobre los demócratas.

¿Tendrán los electores estadounidenses que soportar más campañas negativas en la contienda presidencial de noviembre? Es posible que la búsqueda del voto centrista modere el tono de los ataques, tanto por parte de Obama como de McCain. En Carolina del Norte, donde se realizaron las últimas primarias, el candidato republicano pidió a un grupo de activistas de su partido que retirasen dos agresivos avisos de televisión contra Obama.

Los avisos apelaban a prejuicios raciales, particularmente sensibles en el sur de Estados Unidos, para denostar al candidato demócrata. “El aviso de televisión que ustedes planean transmitir degrada nuestra civilidad y nos distrae de las verdaderas diferencias que tenemos con los demócratas. En los términos más duros, les imploro no transmitir este aviso”, escribió McCain al presidente del partido en Carolina del Norte. Está por verse si será ésta la tónica que prime cuando se enfrenten realmente por la presidencia de Estados Unidos.