“Estos no son tiempos para vivir tranquilos. ¡Hay que dar la batalla! A veces se gana, a veces se pierde, pero hay que luchar por aquello en que se cree”, dice este vicepresidente de la Cámara de Diputados de Italia. “Católico, no liberal”, como se define, advierte que la tarea es difícil porque se combate contra enemigos que ponen en riesgo la sobrevivencia de la sociedad.

  • 20 agosto, 2008

“Estos no son tiempos para vivir tranquilos.¡Hay que dar la batalla! A veces se gana, a veces se pierde, pero hay que luchar por aquello en que se cree”, dice este vicepresidente de la Cámara de Diputados de Italia. “Católico, no liberal”, como se define, advierte que la tarea es difícil porque se combate contra enemigos que ponen en riesgo la sobrevivencia de la sociedad. Por Patricia Arancibia Clavel. Fotos, Verónica Ortíz.

Rocco Buttiglione es mucho más que un político demócratacristiano europeo. Es un intelectual de nota, filósofo, profesor universitario y una verdadera autoridad en materia de doctrina católica. Habla con soltura seis idiomas, ha escrito una docena de libros y más de 100 ensayos que dan cuenta de su cosmovisión. Su inteligencia y sencillez desarman. Tomamos desayuno juntos en el hotel en que se hospedó durante su estadía en Santiago y cuando le dije que quería conversar con él sobre temas más bien generales y no contingentes, hizo gala de todo su sentido de humor y me contestó con una carcajada: “entiendo, vamos a hablar entonces de la intuición onírica del espíritu semántico en la unión hipostática”. Hombre llano, abierto y cordial, está casado, tiene cuatro hijos y es poseedor de una cultura amplia y superior, esa que uno echa de menos en los círculos locales. Vino a Chile invitado a inaugurar el Centro UC de la Familia.

-Es un verdadero agrado tener la oportunidad de compartir algunos momentos contigo. ¿Cómo te ha tratado Chile?

-Muy bien. Yo soy amigo de Chile y Chile es amigo mío desde hace mucho tiempo. Vine por primera vez a fines de los 70, comienzos de los 80, cuando se estaban preparando las propuestas para Puebla y varios chilenos –muy activos– trabajaban para dicha Conferencia. Estuve en Ilades, en el Santuario de Schoenstatt, y me vinculé con personas muy interesantes, como el actual cardenal Francisco Javier Errázuriz, el padre Joaquín Alliende, el padre Fernando Alessandri… Pude conocer también a Pedro Morandé, Fernando Moreno y a otros tantos amigos a quienes seguí visitando más o menos una vez al año. Entre ellos, recuerdo con cariño a Eduardo Frei Montalva –un gran hombre–, a Patricio Aylwin y a Bernardo Leighton, con quien tuve una relación muy estrecha en Roma.

-Como intelectual y político católico, ¿crees que todavía es posible organizar la sociedad a partir de una antropología cristiana? ¿No te parece algo utópico o irreal en el mundo de hoy?

-No, yo no deseo organizar la sociedad a partir de valores específicamente católicos. Lo que pasa es que, como dice Juan Pablo II en su primera encíclica Redemptor Hominis al revelarnos Dios la verdad sobre sí mismo nos revela contemporáneamente la verdad sobre el hombre. Así, el mensaje cristiano contiene una visión del ser humano que le es natural. En todo caso, la verdad sobre el hombre, no es patrimonio exclusivo de los católicos y lo que está pasando en Occidente es que estamos en riesgo de perder lo propiamente humano; por lo tanto, a desaparecer y morir.

-Qué es lo que estás tratando de decir…

-Lo que digo es que la idea de lo humano está contenida en el cristianismo, pero para todos, creyentes o no creyentes. Porque hay algunas verdades que, independiente de que sean cristianas o no, son apriorísticas; o sea, en sí mismas evidentes, o como diría Husserl, en este mundo y en cualquier otro mundo posible. Por ejemplo, si en una sociedad no nacen niños, esa sociedad desaparece. Si las mujeres no quieren tener hijos, simplemente dejaremos de existir y bueno… se acabó. Todas las sociedades se enfrentan a la necesidad de sobrevivir, de educar a las mujeres a aceptar la maternidad como un don y una tarea, pero la nuestra no y ese es el gran problema antropológico de nuestro tiempo, que va más allá de una antropología cristiana.

 

 

 

 

Cuestión de valores

-En la Constitución de la Unión Europea se omitió, expresamente, cualquier referencia a sus raíces cristianas. ¿Qué está pasando en materias valóricas y morales?

-Hay algunos obispos que piensan que Europa es todavía cristiana y que es posible que el pueblo siga votando según las indicaciones de sus pastores. Creo que están equivocados. Hay otros obispos que creen que Europa ya no es cristiana y por tanto no les queda otro camino que replegarse, formar grupos pequeños, volver a las catacumbas… Pienso que también están equivocados. Europa no es cristiana ni no cristiana. Oscila entre ambas. El ser cristiano pasa por el corazón de cada hombre y ahí hay que dar la batalla. Siempre existirá la tentación de hacer un compromiso con el poder para que éste nos garantice que podemos estar tranquilos. Pero estos no son tiempos para vivir tranquilos. ¡Hay que dar la batalla! A veces se gana, a veces se pierde, pero hay que luchar por aquello en que se cree.

-¿Han ganado alguna de esas batallas?

-En Italia ha sucedido algo que nadie esperaba y que para muchos parecía impensable: hemos ganado el referéndum sobre bioética con una mayoría aplastante y hemos llevado a la calle un millón y medio de personas para dar un sí resuelto a la vida. Es un hecho increíble.

-En tus escritos otorgaste mucha importancia al comunismo en tanto elemento disgregador de la sociedad europea. ¿Es así todavía?

-No en términos políticos. El comunismo fracasó y la misma URSS se desintegró. Pero el mal que hizo como agente de deshumanización es muy profundo. De hecho, el fracaso del comunismo no llevó a sus intelectuales hegemónicos a decir: sí, estábamos equivocados, ustedes los intelectuales cristianos tenían la razón. No. Lo que ellos señalan es otra cosa: si la verdad comunista fracasó, quiere decir que no hay verdad. ¿Me entiendes? Ellos están dispuestos a reconocer que el comunismo no es verdadero, sólo a condición de una abolición total de la idea de verdad. En el ámbito francés, a esto se le llama deconstruccionismo…

-¿Cuál es tu crítica de fondo?

-Ellos sostienen que hay que deconstruir cualquiera apetencia de verdad. El problema es que hay verdades que no se pueden deconstruir porque resultan consustanciales a la praxis humana. Por ejemplo, la relación hombre-mujer, niños, familia. Cuando yo era joven, –veinte años– se habló mucho de la revolución sexual, que en buenas cuentas se reducía a separar aquellos términos, considerando autónoma la relación sexual de los eventuales hijos y de la crianza de ellos en el seno de una familia. Nació ahí la idea de comuna, una institución que tendría la tarea de cuidar y educar al incómodo producto del amor libre. Nada puede sustituir a la familia en la educación de los hijos, es antinatural.

-En tus afanes políticos e intelectuales, sé que tuviste oportunidad de conocer a Solzhenitsyn, quien acaba de morir…

-Sí, gracias a que fui muy amigo de Irina Alberti, un personaje extraordinario, quien fue, si tú quieres, un poco la mamá de todos los intelectuales libres de la URSS. Ella era una joven rusa que se casó con un diplomático italiano, quedando viuda muy joven. Tenía la doble ciudadanía, por lo que estaba protegida. Fue Irina –quien era muy amiga de Juan Pablo II– la que impulsó la divulgación del trabajo y de la obra de Solzhenitsyn. Fundó una revista que ha sido muy trascendente: Russkaya Mysl/ la Pensée Russe, que se hacía en París y se publicaba en francés y en ruso. A través de ella conocí a Solzhenitsyn, quien –pocos saben– tenía una relación muy particular con Liechtenstein.

-Cuéntame de él…

-Era un hombre cabal. Yo estaba en Liechtenstein dictando algunas conferencias cuando en febrero de 1974 lo expulsaron de la URSS por escribir El Archipiélago de Gulag. Lo embarcaron en el primer avión que salía, cuyo destino fue Zurich. Se bajó allí y al día siguiente tomo un tren hacia el principado y pidió hablar con el jefe de gobierno. Uno de los funcionarios lo anunció diciendo que afuera había alguien que hablaba un “alemán bien improbable”, como mi español contigo. ¿A qué iba? A darle las gracias por un acto de humanidad que había tenido lugar en 1945. Como historiadora, tú sabes que cuando los alemanes invadieron la URSS, en muchos lugares, especialmente en Ucrania, fueron recibidos como libertadores. Pensaron que los liberarían del comunismo, tanto así que se formó un ejército de voluntarios rusos, especialmente cosacos…

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-Claro, al mando del general Vlassov…

-Así fue. Entonces, al terminar la guerra, Stalin exigió a sus aliados que le entregaran a todos los rusos capturados por los alemanes y a los integrantes del ejército de Vlassov. Fueron asesinados culpables e inocentes, viejos, mujeres y niños, pero unos 800 de ellos llegaron a Liechtenstein y el príncipe dio su palabra de honor de que no los entregaría. Cuando llegó el general ruso a buscarlos, el príncipe se negó a entregarlos. ¿Sabe quien soy? –amenazó el ruso– represento a Stalin y tenemos el poderío más grande del mundo. Exijo que me entregue a los cosacos. El príncipe entonces le respondió: Sé perfectamente quien es usted. Pero ¿usted sabe quien soy yo? Soy el presidente del gobierno de un pueblo libre y tiene una hora para retirarse de aquí. Los cosacos se salvaron y Solzhenitsyn fue casi treinta años después a agradecer ese gesto. La anécdota habla por si sola.

-¿Cuál es el gran adversario del cristianismo, hoy?

-Teológicamente, nuestro adversario es el Diablo, que etimológicamente significa el que divide. La palabra viene del griego, Diábolos, y es una realidad que muchos intelectuales no quieren ver. En verdad, no somos totalmente responsables del mal que hacemos. Es el diablo el engañador, el que tienta a hacer el mal, el que hace que te equivoques, el que te hace traicionar, lastimar, herir… Y esa es una gran atenuante que permite la tolerancia y el perdón. Es una lástima que parte importante de nuestra cultura no lo entienda así y prefiera personificar el mal en ciertas personas, grupos sociales, corrientes de pensamiento. Culturalmente, eso es peligroso porque –como dice Maritain– el diablo siempre actúa enmascarado…

-Puesto en esos términos, nunca habrá verdaderos culpables…

-No debes olvidar que la naturaleza humana es contradictoria, que oscilamos permanentemente entre el bien y el mal, entre la fe y la incredulidad. El hombre que hoy quiere matarte o hacerte daño, tal vez mañana sea diferente. Quizás porque nos ha tocado vivir en una época demasiado ideologizada, cada uno ve en el otro no a la persona, sino su rol político, cultural o social. Juan Pablo II siempre habló a la conciencia del adversario: nunca lo consideró como la encarnación del diablo, sino como que hay seres humanos a los que el diablo extravía.

-Y eso es muy distinto…

-Claro que es muy distinto. Por eso él en Polonia hizo siempre lo posible y lo imposible para evitar el choque a nivel de violencia armada. Es interesante preguntarse porqué en Polonia no hubo guerrilla ni hubo insurrección y que pese a todos los problemas existentes, la nación escogió el camino de la protesta moral. Y es que detrás estaban el liderazgo de Juan Pablo II y el concepto que el enemigo también tiene conciencia. Una vez, conversando con él le dije: ¡Pero si los comunistas no tienen conciencia! Y él se rió y sin decir palabra abrió las manos, como para decirme: nosotros debemos actuar como si tuvieran conciencia. Y está claro que Dios le puso en el camino al menos dos comunistas que tenían conciencia: Jaruzelski y Gorbachov.

 

 

 

 

Sobre la DC

-¿Cuál es la razón de fondo que explica el derrumbe de la Democracia Cristiana italiana?

-Como historiadora sabes mejor que nadie que existe una pluralidad de causas convergentes que explican los acontecimientos históricos. En este caso, yo creo que la línea causal fundamental fue la progresiva secularización de su orientación doctrinaria. Llegó así, casi sin darse cuenta, a practicar una política del poder por el poder, incluso aliándose circunstancialmente con sus adversarios naturales. Entonces la juventud le perdió el respeto al Partido y, sintiéndose engañada, dio la espalda a la actividad política. El terreno quedó entregado a los pragmáticos u oportunistas y las consecuencias no se hicieron esperar: desilusión, corrupción, confusión. Jugó también su rol una cierta versión italiana del maritainismo: de su célebre fórmula distinguir para comprender, se pasó, en los hechos, a una separación total de los ámbitos de vida, de manera que la política dejó de ser parte del testimonio cristiano y se volvió un asunto electoral, un ejercicio banal, ocupado de asuntos más o menos misteriosos, que sólo interesan a las cúpulas. Así se perdió la relación ente los dirigentes y el pueblo.

-Sé que sigues la política chilena con interés. ¿Ves alguna similitud entre lo que ocurrió en Italia y lo que le está pasando aquí a la Democracia Cristiana?

-Amiga mía, yo soy vicepresidente de la Cámara de Diputados de Italia, y no me puedo permitir dar una opinión sobre un partido extranjero a partir de la experiencia italiana.

-En otro ámbito, ¿cual es tu visión como católico de la economía de mercado?

-El mercado es la llave que abre muchas puertas, pero el peligro está en creer que abre todas las puertas. Después de la II Guerra Mundial, en Italia y Alemania su implementación permitió un desarrollo impresionante, de ahí que se hablara de milagro económico. Yo creo que el mercado tiene un valor moral, y lo tiene porque mercado significa libertad. ¿Cuál es la alternativa a la economía de mercado? Nosotros, los europeos, lo hemos aprendido muy bien con el comunismo: es la economía de mando. De mando significa que tú tienes que venderme tu reloj y yo sólo te pagaré por él 5.000 pesos. Tú no me puedes decir que no quieres venderlo a ese precio. ¡Vale mucho más!, me alegas. No importa: yo mando. El mercado en cambio, es el encuentro de voluntades libres, lo que presupone sujetos libres. ¡Ahí están su fuerza y grandeza! Si no quieres fracasar, el mercado te obliga a contratar a los que saben hacer lo necesario: no puedes utilizar el poder para dar altos cargos a tus amigos que no saben cómo manejar los asuntos que les confías. Por eso hay también allí un valor moral. No siempre los católicos lo entendieron, pero sí lo intuyeron.

-¿Qué puede hacer fracasar una economía de libre mercado?

-El gran enemigo del mercado es la corrupción. Mercado y corrupción son incompatibles. El mercado necesita un Estado de Derecho y de estándares éticos que no nacen del propio mercado, sino de ciertos valores fundamentales. No todo se compra y se vende. El amor, la amistad, la solidaridad son, por definición, gratuitos y existen otras esferas institucionales en que tampoco el mercado tiene aplicación como, por ejemplo, el de la justicia.

-Pero estás hablando como un verdadero liberal…

-No, yo no soy liberal, soy católico. Creo en el mercado, pero puede ser un bien que puede transformarse en un mal cuando se le exagera. El mercado debe respetar el conjunto de valores éticos que dan sentido al hombre y a la sociedad. Es como el sexo, una energía positiva que es buena en sí, pero que puede ser tremendamente destructiva cuando permite que el hombre pierda su esencia.

-¿Qué está pasando con el Estado de bienestar en Europa?

-El Estado de bienestar no funciona nada bien porque no podemos financiarlo. Por otra parte, el Estado debe ayudar a la familia, pero no sustituirla. Años atrás gastábamos menos para el bienestar de los ancianos y los ancianos no pasaban hambre, ¿por qué? Porque había una red de protección familiar. Hoy esa red no existe, la familia no asume su responsabilidad frente a los suyos y lo que pone el Estado nunca es bastante. Yo pienso que tenemos que pasar de un Estado de bienestar a una sociedad de bienestar, es decir, una sociedad en que el Estado no sustituya a la familia en el cumplimiento de sus deberes.

-¿Qué pasa con la izquierda europea?

-Ha sustituido la lucha por la justicia social por la lucha contra la Iglesia y los valores tradicionales. Ha perdido todo contacto con el pueblo trabajador y se ha transformado en una ideologíade élites intelectuales que apuntan al suicidio de Europa. Es una nueva ideología, la de la disolución: de la familia, de las relaciones interindividuales, de todo lo que representa valor y sentido de vida. Antes, se podía convivir con el comunismo. Era malo, pero tenía al menos una idea de construcción social, que funcionaba mal, pero que funcionaba. Hoy nos enfrentamos a una realidad mucho más compleja y dramática, porque se está atacando al núcleo básico de la sociedad que es la familia, y con ello la existencia de la sociedad misma.