Bernardo Larraín, Presidente Sofofa.

  • 24 octubre, 2019

«Como muchos, jamás anticipé que esto pasaría. 

Y no me siento capacitado para sacar conclusiones, y menos definitivas. Quienes se van de tesis, desenfundan sus diagnósticos con un ‘les dije’, echan agua a su molino y proponen soluciones a implementarse en 24 horas, como si tuvieran una comprensión cabal de lo que quieren los chilenos, me parece que están cometiendo otro gran error y mostrando un oportunismo que será rechazado. 

Siento conmoción y perplejidad. A ratos, pena y rabia. Muchos sentimientos encontrados. 

Parte del problema, es que hemos levantado muchas tesis desde las cuales planteamos soluciones, muchas construidas desde la abstracción intelectual, y menos de la empatía y comprensión de lo que viven los chilenos. Es el momento de guardar los diagnósticos y soluciones que todos hemos construido. Resetear la cabeza y el corazón, y discutirlos de nuevo con una actitud humilde y muy dispuesta a escuchar muchas miradas. Una reconstrucción que en ninguna medida debe prescindir de las convicciones y del discernimiento racional, pero que sí debe integrar en mucho mayor medida el sentido común de las personas. 

No hay duda que hay malestar. Sin embargo, no creo que sea generalizado. Sí creo que hay expectativas frustradas y temores a volver a caer en la pobreza. Comparto el análisis de Carlos Peña: el proceso de modernización capitalista ha generado expectativas en quienes han pasado a las clases medias, las que solo se satisfacen con una economía en marcha que genera oportunidades de movilidad social para ellos. Cuando estas no se realizan, se desnuda la desigualdad y se hace evidente la dificultad para acceder a las oportunidades de otros. Esto genera indignación, la que se acrecienta cuando tengo temor de perder lo logrado, mediando una enfermedad o la pérdida del empleo. También se amplifica cuando hemos sido testigos de abusos. El desafío es ahora someter este análisis intelectual muy necesario, a la verdadera realidad de las personas. Al menos, en mi caso, siento que debo dedicar mucho más tiempo a conocer y comprender esas realidades. 

La primera responsabilidad del Estado es garantizar la seguridad de los ciudadanos y la integridad de los espacios públicos. Y las instituciones encargadas de resguardarla, merecen un apoyo total de todos para cumplir esta misión básica de toda sociedad civilizada. Los poderes del Estado y los distintos sectores políticos deben actuar unidos para erradicar la violencia. No caben matices en esto. 

A nadie le gusta ver nuestras calles custodiadas por militares.  Pero frente al desborde de violencia, es fundamental su presencia.  Sobre todo en circunstancias que lo pide gente humilde y los alcaldes de las comunas asotadas por la violencia. 

No hay diálogo y reflexión posible, si está secuestrado por la violencia. 

El imperativo de actuar unidos para erradicar la violencia no debe ser excusa para dar una señal contundente de todos los actores –política, sociedad civil, academia, empresa– de un compromiso profundo para iniciar un proceso de diálogo. 

Los cambios deben surgir de mucha reflexión y diálogo con la participación de muchos actores, no para postergarlos, sino para que estos realmente respondan a lo que Chile quiere. Tambiém para que representen respuestas institucionales de largo plazo y no solo ofertones para salir del paso. La responsabilidad de los cambios legales evidentemente la tiene la política, la interacción entre gobierno y oposición en el Congreso. Pero ese proceso debe nutrirse de la mirada y propuestas de la sociedad civil, academia y empresa. En la empresa también tenemos la responsabilidad de generar un cambio, una mayor empatía con las personas trabajadoras: para que se sientan más realizadas y felices.

En las políticas públicas, el proceso de diálogo y reflexión no debe ser excusa para postergar una agenda de cambios que, en nuestra opinión, debe tener cuatro patas que se requieren entre sí. Primero, el orden público y paz social constituye el más esencial derecho humano: el derecho de las personas a vivir tranquilas. No hay agenda social, de desarrollo o institucional si eso no ocurre. Segundo, una agenda social de corto plazo centrada en sectores más vulnerables y de clase media, que comprenda pensiones, medicamentos, transporte público, servicios básicos. Pero tenemos que hablar con franqueza: una agenda social no será sustentable si no emprendemos, al mismo tiempo, otra de reformas estructurales que nos lleven al desarrollo integral. Es la tercera pata de esta mesa. Y la cuarta, una agenda de modernizaciones institucionales, porque los chilenos se merecen instituciones que procesen sus demandas y les den respuestas sustentables.

En todo esto, los empresarios tenemos responsabilidad, claro que sí. ¿Alguien puede decir que no tiene responsabilidad? No es el momento para pararse en un pedestal para apuntar con el dedo y traspasar responsabilidades a otros, ni decir ‘esto es culpa de los políticos’. Algunos dicen que políticos y empresas son parte del problema y no de la solución. Tenemos que mostrar que podemos colaborar y dar una salida a esta coyuntura. Asumir que la solución es política, pero que esta no puede prescindir de la empresa ni de la sociedad civil. Sería un gran error. Los que somos privilegiados, tenemos una doble responsabilidad.

Lo dije, los abusos han amplificado el malestar y no hay duda de eso. Sin embargo, debemos decir con orgullo, a pesar de los difíciles días que hemos pasado, que Chile sigue estando en la frontera de nuestra región en muchos aspectos. Pero ello no debe llevarnos a la autocomplacencia.   

Pensar en esta sociedad como una sociedad esencialmente abusada, creo que no es correcto. Por supuesto que hay abusos que debemos erradicar con decisión. Y es un desafío en el mundo empresarial construir culturas de integridad, que minimicen la probabilidad de ocurrencia de esos abusos, malas prácticas y delitos. Como lo tiene que hacer toda institución compuesta por seres imperfectos como tú y yo. Un canal de TV, una universidad, una empresa, una institución del Estado, deben estar siempre desafiadas a sostener una cultura de alta integridad, a elevar sus estándares de transparencia. Todos debemos hacer un mea culpa.

El lunes 28 teníamos nuestro encuentro anual de la industria, al que concurrirían el presidente, autoridades, parlamentarios y líderes de la sociedad civil. Hemos decidido transformarlo en una reflexión interna de la industria. No podemos seguir con nuestra agenda como si nada hubiera pasado. A partir de esa reflexión, haremos un planteamiento en los cuatro ejes mencionados. 

Andrónico Luksic se ha activado en el debate. Muchos otros, como Alfonso Swett y yo, también lo hemos hecho. Estamos dialogando con múltiples actores. Es un paso fundamental que muchos más en el mundo empresarial deben seguir. Y debemos hacerlo con horizontalidad y humildad. Tenemos que asumir nuestra condición de un actor social más en una cancha del debate público, donde también participan otros actores. Por mucho tiempo dejamos ese espacio a otros. Obviamente que por esa razón disminuyó la empatía y la comprensión por el mundo empresarial. Cometimos un gran error. 

Andrónico dijo: ¡Los que podemos, tendremos que pagar la cuenta¡’. Por supuesto que los que más tenemos, debemos aportar más. Es lo que hace la estructura tributaria chilena. Es fácil plantear aumentar tal o cual tributo. Eso no afecta a quienes están arriba consolidados. Tampoco a las empresas incumbentes consolidadas. Pero sí da una mala señal a ese emprendedor que ambiciona crecer innovando y tomando riesgos, que percibe que al final del camino, una buena parte de su esfuerzo se lo lleva el Estado. Lo que sí, es pertinente una pausa en la discusión tributaria. Y aprovechar la pausa, para poner todos las propuestas en la mesa. 

Nunca he pasado un mal rato en la calle por mi rol como dirigente empresarial. De hecho, hace poco, al entrar al Ministerio del Medio Ambiente, un trabajador de seguridad me preguntó, ‘¿usted es Bernardo Larraín? Siga así, es creíble y claro en TV’. Y hace un par de días, en el barrio El Golf, se me acerca una persona que, al reconocerme, me dice: ‘Qué grave lo que está pasando’. Yo asentí. Y me dijo: ‘Ustedes tienen una responsabilidad grande’. Lo hizo con respeto”.