El pensamiento liberal –ese que no encuentra eco ni en las filas de la centro derecha ni en la cúpula concertacionista– tiene en Alvaro Bardón un exponente fiel. Ajeno al discurso políticamente correcto, este economista, profesor y ex presidente del Banco Central dispara sin tapujos: “la derecha actual es una derecha culposa y acomplejada que no tiene cojones para defender los valores de la libertad. Aquí todo el mundo es culturalmente socialista”. Por Patricia Arancibia Clavel; fotos, Verónica Ortíz.

  • 14 mayo, 2008

 

El pensamiento liberal –ese que no encuentra eco ni en las filas de la centro derecha ni en la cúpula concertacionista– tiene en Alvaro Bardón un exponente fiel. Ajeno al discurso políticamente correcto, este economista, profesor y ex presidente del Banco Central dispara sin tapujos: “la derecha actual es una derecha culposa y acomplejada que no tiene cojones para defender los valores de la libertad. Aquí todo el mundo es culturalmente socialista”. Por Patricia Arancibia Clavel; fotos, Verónica Ortíz.

 

 

 

En los últimos años se ha convertido en cualquiera consignas lógica de la manada y que su estilo informal e irreverente suele “sacar roncha” a quienes se contentan con la consigna fácil. un tábano para esa parte de la sociedad que, cualquiera sea su posición ideológica, busca acomodarse con demasiada facilidad a las onsignas oficiales, a los lugares comunes o a las posiciones políticamente correctas. Es evidente que la afilada mente de este destacado economista no razona con la lógica de la manada y que su estilo informal e irreverente suele “sacar roncha” a quienes se contentan con la consigna fácil. Genuino representante del pensamiento liberal, Alvaro Bardón es un hombre apasionadamente independiente, que ama su libertad y la de los demás. Sencillo, informal y sin pelos en la lengua, este profesor universitario y ex-presidente del Banco Central, disfruta escribiendo, asistiendo a seminarios, haciendo clases y conversando con los amigos; actividades todas que tienen un punto en común: le posibilitan explayarse para difundir los beneficios y ventajas que tendría para Chile vivir en una verdadera sociedad libre y democrática.

Recuperándose de una operación difícil, nos recibe, ahora sin su sempiterno cigarrillo, en su acogedor departamento de San Damián, donde vive con su señora, Angélica Calvo.

 

 

-Me alegra verte bien Alvaro…

-Gracias, compañera. La verdad es que la quimio no me ha botado por completo. Sigo escribiendo con alguna dificultad y yendo a la universidad. Y si bien me canso un poco y ando más irritable que de costumbre, sigo conectado al mundo y tratando de llevar mi vida como siempre…

 

– Tú eres reconocido como uno de los representantes más genuinos del pensamiento liberal en Chile. ¿De dónde te viene esa pasión por la libertad?

– Como la gente es ignorante, no sabe que el primer gran liberal de la historia fue Jesúcrito. Me eduqué en el colegio Hispanoamericano, ahí en Carmen con Avenida Matta, con los curas escolapios, y ellos me enseñaron desde chico que el valor que da sentido y articula la vida social e individual es la libertad, que los individuos tienen derechos anteriores al Estado y que el progreso lo hace la gente libre… El cristianismo es una religión basada en el libre albedrío, donde cada cual responde de sus actos, sin distinguir entre razas, sexos o condición social. Esta manera de entender la vida fue reforzada en mi casa, donde no me limitaron innecesariamente…

 

-¿Cómo era tu padre?

-Fue un inmigrante que salió de León, España, muy joven y que por los años 20 se estableció en Buenos Aires. Después se vino a Santiago, contratado por Gath y Chaves, el primer retail que conoció la capital. Aquí se casó y, más tarde, se cambió a Los Gobelinos, como jefe de sección. Vivíamos en San Miguel, en ese entonces una comuna chica que hacía poco había dejado de ser agrícola y en la que se estaba asentando gente de clase media, tipo Caja de Empleados Particulares, para que me entiendas. Después hubo una serie de tomas y se convirtió en una comuna socialista dirigida por Mario Palestro, quien creó una monarquía hereditaria que dura hasta hoy. Mi padre era un hombre leído, que escribía bien, sin faltas de ortografía, como buen hijo de profesor primario. Creía en el mérito y en la responsabilidad personal, en el trabajo bien hecho, en la familia sólidamente constituida… valores, todos, que no calzaban con la mentalidad socialista, tan dada a atribuir la culpa de las propias miserias a los demás: a la sociedad en abstracto, a los explotadores, a los capitalistas, a la CIA, a Pinochet, etc., etc.

 

-¿Por qué entraste a estudiar Economía?

-Más o menos por azar, por tincada, como tantas cosas en la vida. Di un buen bachillerato en Matemáticas y el padre Daniel Asanza –que era profe del colegio y vicerrector en la Católica- invitó a dar una charla vocacional al economista Juan Ramón Samaniego. Nos entusiasmó tanto que ocho tipos del curso estudiamos Ingeniería Comercial, seis de ellos, en la Universidad Católica. Yo preferí la Chile. Allí había más revoltijo de gente, de ideas políticas, de creencias religiosas… Además, esa escuela de Economía era más prestigiosa que la de la Católica. Entré el año 58 y egresé el 62.

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-En esa época, y en la Chile, era difícil que te dieran una formación proclive al libre mercado…

-En la facultad dominaban los masones, socialistas y la doctrina cepaliana. Todo tenía un marcado sello social demócrata, de planificación, de intervención del Estado. Entre los profesores estaban Pepe Cademártori, comunista, y José Vera, Osvaldo Sunkel y Aníbal Pinto, todos de izquierda, pero que brillaban con luz propia. Así y todo, me acuerdo que tuve como profe a Luis Escobar Cerda –el decano– que a pesar de ser un radical de viejo cuño, es decir, masón, bombero y feliz con sus zapatos de gamuza, enseñaba Teoría de Precios con un enfoque moderno. Fue el primero al que le escuché plantear que la educación superior tenía que ser pagada, ya que quienes ingresaban a la universidad provenían de hogares de altos ingresos y era injusto que el Estado los subsidiara. Me impactó escuchar ese cuento que era la pura y santa verdad. También me hizo clases Carlos Massad, que venía llegando de Chicago y nos hacía Teoría Monetaria. Ignorantes nosotros, igual que nuestros profesores, pensábamos que enseñaba puras cosas raras, pues nadie entendía nada…

 

-¿Ya te interesaba la política en ese tiempo?

-Claro que sí. Estuve tentado de entrar al Partido Liberal, pero al igual que hoy, la derecha de entonces no tenía ni proyecto ni programa. Cero atractivo. En cambio en el 58, comenzó a descollar la figura de Frei Montalva, un tipo preparado, que hacía buenos discursos en el Senado, que era católico, que hablaba de las encíclicas, de economía y era moderado. Me inscribí en la Democracia Cristiana e hice mucha vida de asamblea en mi distrito, el de San Miguel. No olvido ahí a René León Alquinta, quien ayudó mucho a mi formación. Luego me fui entusiasmando con la manera en que se había levantado Alemania después de la guerra gracias a la implementación de una economía libre propiciada por Erhardt y la democracia cristiana alemana, aunque me involucré mucho más en el partido a la vuelta de Chicago, en 1967.

 

-¿Y qué fue a hacer un DC en Chicago?

-A estudiar, pues… A esas alturas, mediados de los 60, habían gallos en el departamento de Economía de la Chile que empezaban a argumentar en una línea más liberal, de libre mercado. Me acuerdo de Massad, Juan Braun, José Luis Federici, Carlos Hurtado… Eran bichos raros, que en las reuniones de investigadores de los miércoles, a las cuales yo asistía, se trenzaban en largas discusiones con los socialistas de todos los pelajes –entre ellos, Ricardo Lagos– defensores del dirigismo, la planificación estatal, el control de precios, el intervencionismo, las regulaciones y todo eso que nos llevó al desastre. Después nos íbamos a tomar una cerveza por ahí, a la Plaza Italia. Federici acarreaba a Lagos de su casa a la universidad. ¡Eran viejos tiempos! Ya con Frei en el gobierno, me reclutaron para el Banco Central, desde donde partí a Chicago, pese a que mi jefe en el departamento de Estudios, Ricardo Ffrench-Davis –que había estudiado ahí– no le gustaba que fuéramos para allá. A esas alturas, mi pensamiento ya se orientaba hacia la economía de libre mercado, por lo que me fui no más. Allí clarifi qué mis ideas y las reforcé. Volví más seguro para decir lo que pensaba…

 

-Volviste al Banco Central…

-Sí, y en el área política estuve metido en la comisión técnica del partido, como asesor. Vino la elección del 70 y, como muchos, en la Junta Nacional estuve en contra de la candidatura de Tomic, que era de izquierda pura. A mí me marginaron de la campaña y quedaron como asesores en lo económico Foxley y Ffrench-Davis, entre otros. Estuve en semi-sueño. El partido se dividió, surgió el MAPU y, luego, la Izquierda Cristiana. Yo seguí siendo freísta y todos saben cómo le afectó a Frei el triunfo de Allende.

 

-Fue en el tiempo de la UP que empezaste tus columnas en El Mercurio…

-Sí, en el año 71, aunque al principio sin firma. Me llevó Emilio Sanfuentes, compañero mío en Chicago. Dirigía el diario un personaje: René Silva Espejo. Comencé a soltar la mano y a decir todo lo que pensaba junto con asesorar a algunos senadores DC en materia económica como, por ejemplo, a Pepe Musalem. Frei comenzó a inflarme un poco, fui varias veces a su casa de calle Hindemburg, donde los diagnósticos de lo que venía eran dramáticos. En algún momento, Aylwin fue elegido presidente del partido y nombraron primero a Sergio Molina y, después, a Claudio Huepe como directores del departamento Técnico. Trabajé con los dos como segundo… A mí siempre me ponían de segundo, porque me deben haber encontrado un poco extremista… Fue en ese tiempo que reanudé mis vínculos con los Chicago de la Católica, a los cuales había conocido al regresar de Estados Unidos. Ya a fines del 72, un grupo de economistas independientes de derecha y DC, comenzamos a participar en la elaboración de El Ladrillo…

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-Es conocida tu participación en el gobierno militar. ¿Te incorporaste inmediatamente?

-No; aunque, si no me falla la memoria, a fines del 73 me llamó Manuel Cruzat para que estudiara qué hacer con el Instituto de Costos, que dependía del ministerio de Economía. A los 20 días, eché a la mitad de los funcionarios y a la otra mitad les dije que recomendaría el cierre del organismo. No servía para nada, sino para abultar el costo del Estado. Algunos pusieron el grito en el cielo y, como la gran mayoría de los militares, los civiles, las mujeres, los hombres, los empresarios, etc. se oponían a la implementación de políticas económicas liberales, tuvieron que pasar dos años para que se cerrara. Léniz, que era contemporizador, chuteó el cierre. De ahí volví a la escuela de Economía de la Chile donde era director y, desde mediados de 1974, comencé a formar parte del equipo de redacción de El Mercurio y a escribir de manera sistemática mis columnas. Pero en el 75 me cabrié en la universidad y me fui a hablar con Pablo Baraona, que estaba de vicepresidente del Banco Central. Trabajé con él, pero al poco tiempo vino un remezón y Jorge Cauas fue nombrado súper ministro para llevar a cabo el plan de recuperación económica. Pablo quedó como presidente del banco. Cauas me pidió que asumiera la vicepresidencia y Pinochet nombró a Sergio de Castro como ministro de Economía, el verdadero motor del cambio que se produjo en Chile.

 

-¿Hasta ahí tú seguías en la DC?

-Sí. Me acuerdo que no quise renunciar porque pensé que si yo estaba metido en todo ese enredo era, justamente, por ser demócrata- cristiano, porque en ese carácter, y como segundo del departamento técnico de la DC, había participado en la lucha contra Allende y en la elaboración de El Ladrillo y porque no veía incompatibilidad alguna de trabajar para un gobierno que buscaba levantar a Chile de la miseria a que lo había llevado la izquierda de este país. En todo caso, ligerito supe que me habían marginado. Raro, me dije yo: cómo me van a echar si los partidos están proscritos y cuando se echa a alguien hay que pasarlo por un tribunal de disciplina, enviarle una nota o algo, y a mí no me llegó nada…

 

-Y ahora, ¿te reintegrarías al partido?

-Tendría que estar loco. Se ha ido convirtiendo en un grupo de demagogos sin ideas ni ideales. Es una vergüenza que sigan sosteniendo consignas politiqueras de los años 30, como si el mundo no hubiera cambiado. Y por ahí no más anda la derecha, que cada vez está más alejada de los ideales de Jaime Guzmán. La derecha actual es una derecha culposa y acomplejada que no tiene cojones para defender los valores de la libertad. Aquí todo el mundo es culturalmente socialista: los de izquierda, de una manera; los DC, de otra; la derecha, igual. La consigna hoy es ser populista, demagogo, hay que ganar votos a cualquier costo porque lo que importa es llegar al poder para seguir dejando embarradas. Es increíble, pero mientras se denosta a Pinochet, la izquierda sigue ensalzando a Allende, el peor presidente que ha enido Chile, que nos dejó en la ruina más absoluta. ¡Si hasta estatua tiene en la Plaza de la Constitución!

 

-Pero los herederos de Allende, los de la Concertación, lo han hecho mejor, ¿no? Al menos, han mantenido la política económica que ayudaste a implementar…

-A ver: la Concertación en verdad no tiene una política económica definida. La Concertación es un acuerdo político que fue diseñado para tomarse el gobierno y que no tenía ningún programa. Más bien al revés, cuando llegó al poder, hizo todo lo contrario de lo que había dicho que iba a hacer. Todo lo contrario. Entonces, uno concluye que el modelo no era tan malo y criticable como lo pregonaban. El problema está en que lo que se está haciendo, se hace mal. Por ejemplo, uno de los problemas más serios de la economía chilena, y del que nadie se hace cargo, es que tenemos la participación laboral más baja del mundo. Debieran trabajar unos dos millones más de personas para estar en una posición similar a la media del mundo. ¿Por qué no hay trabajo para más chilenos? Porque la burocracia estatal, incluyendo la municipal, y la legislación que generalmente se aprueba por unanimidad, lo impiden. Mientras no cambiemos la estructura mental socialista que persiste en las cabezas de quienes generan políticas públicas, estamos perdidos… Hace unos días, leí que se acabaron los ¡peloteros en el tenis!, no hay caso…

 

-Ya que entraste en la contingencia, ¿cuál es tu candidato presidencial?

-Sebastián Piñera.

 

-¿En recuerdo de antiguas fidelidades?

-No me molesta mi pasado, pero entiendo que a mucha gente de la Alianza le irrite la cuna ideológica de Piñera. Peor para ellos: tendrán que comerse el sapo. Respeto su inteligencia, su formación universitaria y su desempeño como empresario. Un gallo que con su esfuerzo crea una fortuna no puede ser torpe, ¿verdad? Y, que yo sepa, Sebastián Piñera no heredó un peso y únicamente con su cabeza y trabajo reunió el patrimonio que tiene. Eso me parece más bien digno de ser imitado que de ser criticado. Pero en este país de envidiosos y de flojos… Además, sé que comprende el problema esencial de Chile: cómo superar la condición de pobreza de miles de familias. Ese desafío le quedó como poncho a la Concertación, porque las condiciones sociales que generan la pobreza, no se arreglan a lo nuevo rico, inyectándole más plata, sino liberando lastrabas que impiden que funcione un buen sistema educacional. ¡Hasta cuándo con el estatuto docente! ¡Libertad para crear colegios, libertad para enseñar, libertad para que quien sepa hablar haga clases!