Los vientos de cambio inundan Medio Oriente. Poblaciones jóvenes, aburridas del desempleo y la falta de oportunidades, se levantan en contra de gobernantes que parecen pegados en esa moda autoritaria que inundó a buena parte del mundo en los 70. Occidente, fiel defensor de la democracia, mira con recelo: ¿qué pasa si la alternativa que surja es peor? Por Marcela Corvalán.

 

  • 10 marzo, 2011

 

Los vientos de cambio inundan Medio Oriente. Poblaciones jóvenes, aburridas del desempleo y la falta de oportunidades, se levantan en contra de gobernantes que parecen pegados en esa moda autoritaria que inundó a buena parte del mundo en los 70. Occidente, fiel defensor de la democracia, mira con recelo: ¿qué pasa si la alternativa que surja es peor? Por Marcela Corvalán.

 

A mediados de los 70, buena parte del mundo aparecía dominado por juntas militares, dictaduras y regímenes totalitarios comunistas. La libertad económica y política parecía limitada básicamente a Europa occidental y América del Norte. En este escenario, Medio Oriente era una región más. Incluso, las condiciones de vida allí no parecían peores que en el bloque soviético o en Africa.

Hamad Al Thani, considerado un gran aliado de EEUU en la región, es el emir de Catar desde que en 1995 optara por deponer a su padre en un golpe de Estado. Gobierna con una asamblea consultiva, de la cual designa a un tercio de los integrantes. Muamar el Gaddafi gobierna Libia desde 1969, aunque –como aclaró hace algunos días a la prensaen realidad no ostenta ningún cargo público oficial. Seguidor sucesivo del panarabismo, anticomunismo, pro-sovietismo, panislamismo y panafricanismo, también avanzó desde la lucha contra Occidente a una suerte de alianza que Europa y hasta EEUU terminaron por privilegiar.

Pero se fue quedando atrás. Las juntas militares ya no gobiernan América latina, no hay regímenes comunistas en Europa del Este, se fueron Suharto de Indonesia y Marcos de Filipinas… En Medio Oriente y Norte de Africa (MENA, por su sigla en inglés), en cambio, los nombres son los mismos que hace 30 o 40 años, ya sea porque los mismos gobernantes siguen aferrándose al poder o porque sus familias se las han arreglado para perpetuarse –con frecuencia a través de manipulaciones constitucionales, plebiscitos fraudulentos o fuerza bruta, construyendo estados policías donde el disenso y la oposición son aplastados.

Hace algunos años, los problemas de Muammar Gaddafi (en el poder desde 1969) habrían sido celebrados con champaña en Occidente. Ronald Reagan se refería a él como “el perro rabioso” de Medio Oriente y Estados Unidos llegó a bombardear Trípoli en 1986, aunque no a invadir el país. Tras el atentado al avión de PanAm que terminó con 270 muertos en Lockerbie, fue considerado el estandarte del monarca terrorista. Irónicamente, en esos días Saddam Hussein, su par de Irak, era tolerado y armado por los mismos EEUU porque resultaba útil en la contención de Irán. Poco se habló de sus abusos contra su propio pueblo y de los ataques con gas sarín contra los kurdos en 1988.

Hoy, Saddam es historia, removido por los mismos estadounidenses que le ayudaron a afirmarse en el poder, mientras Gaddafi era hasta hace un par de semanas un miembro tolerado de la comunidad internacional. De hecho, hace un par de años, en la cumbre del G8 en Aquila, Italia, los líderes del mundo se reunieron con Gaddafi para hablar de comercio y seguridad alimentaria.

La crueldad de su regimen dejó de mencionarse en los últimos años, pero en Libia no existe institución alguna que funcione, ni siquiera el ejército. Gaddafi suele descabezar cualquier entidad que pueda conseguir algo de poder: hace un par de años decidió desmantelar el aparato estatal con la excusa de que así traspasaría los ingresos petroleros directamente a la gente. Y como vive en una región donde los hijos no siempre esperan a la muerte de sus padres para heredar el trono (o la presidencia), ha alentado la rivalidad incluso entre sus siete hijos varones. Gaddafi sigue el Libro Verde, su versión propia del Libro Rojo de Mao, que incluye una solución al “problema de la democracia”.

Qabus bin Said es el sultán de Omán, gobernante desde que derrocó a su padre en 1970. Aquí las cosas son simples: hay una especie de cámara baja de 83 miembros elegidos por unos 190 mil ciudadanos con derecho a voto. La cámara alta tiene 41 integrantes, pero escogidos todos por el sultán. Y si alguna decisión no le gusta, tiene poder de veto.

Ali Abdullah Saleh gobierna Yemen desde 1978. En 1999 participó de un proceso eleccionario en el que acaparó el 96% de los votos, pero sólo enfrentó a un correligionario suyo. Otros 29 candidatos fueron impedidos de participar.

Omar Hasan Ahmad al-Bashir, catalogado de “amenaza internacional” por EEUU y con orden de captura pendiente por parte de la Corte Penal Internacional, es presidente de Sudán y gobierna desde 1989. Aunque hay cierto atisbo democrático en la constitución del país, decretó estado de emergencia en 1999 y goza así de plenos poderes.

Saddam Hussein y Gaddafi son dos ejemplos de estudio sobre la política de Occidente hacia la región. Las autoridades de las potencias han tolerado regímenes autocráticos y monarquías autoritarias porque les han permitido mantener estabilidad suficiente en la región como para asegurar el flujo del petróleo, tener bajo control a grupos religiosos radicales y, en particular en el caso de Europa, contener migraciones. Si uno mira la política exterior estadounidense de los últimos años, puede ver cómo los llamados a la democratización de Medio Oriente son cada vez más escasos. Cuentan que George W. Bush quedó simplemente atónito cuando, después de insistir en que se realizaran elecciones en los territorios palestinos, el grupo islámico Hamas surgió como triunfador. La “excepción” árabe, la idea de que tal vez la democracia con elecciones justas y libertad de prensa, no era un sistema que se ajustara la idiosincrasia regional (para qué decir a los deseos de occidente), pareció afianzarse.

La colorida colección de autócratas, reyes y emires en la región es sorprendente por donde se la mire. Según datos de Freedom House, el mandato promedio de los actuales gobernantes de los 18 países en Medio Oriente es de más de 16 años. Este puro hecho, señala, explica por qué la política regional suele ser un ejercicio de suma cero, en el que el vencedor se lo lleva todo. Le pasó al presidente Ben Ali de Túnez, quien gobernó por 23 años. Su historia es la habitual: recién instalado como ministro del Interior, expulsó al presidente Habib Bourguiba (abogado y líder de la independencia) en un golpe palaciego en 1987. Su ascensión fue celebrada como una renovación necesaria luego de las tres décadas de gobierno de Bourguiba. Pero, en lugar de ampliar las libertades, las aplastó. Túnez llegó a tener más agentes de policía que Francia, un país con una población seis meses mayor.

La participación de la familia Ben Ali en la economía resulta sorprendente y su enriquecimiento sacaba ronchas en un país donde el desempleo, oficialmente de 14%, se acerca al 27% para el grupo de entre 20 y 29 años. Muhammad Bouazizi, graduado universitario cesante, intentó ganarse la vida con un puesto callejero de frutas y verduras. Cuando fue confiscado por la policía, Bouazizi se quemó a lo bonzo. Las protestas se hicieron imparables y Ben Ali salió al exilio el 14 de enero.

El caso de Bouazizi es lo que marca estas protestas y las distinguen de cualquier alzamiento anterior. Más que opositores, los manifestantes son jóvenes que no logran encontrar trabajo y quieren oportunidades que los regímenes actuales no ofrecen. En los países de Medio Oriente los menores de 25 años son fácilmente la mitad de la población y se encuentran más expuestos a la cesantía y la pobreza. Bajo estas preocupaciones inmediatas hay molestia por la corrupción, el mal gobierno y la acumulación de riquezas en la elite gobernante. Las empresas del ejército egipcio, que van desde embotelladoras de agua mineral hasta salas cuna, recién están saliendo a la luz: la prensa tenía prohibido informar sobre el ejército desde 1956.

Hosni Mubarak, ex oficial de aviación, gobernó Egipto por 29 años, y preparaba a su hijo Gamal para que lo sucediera en lo que se llamaría como presidencia hereditaria. Mubarak –según la cadena ABC, la inteligencia estadounidense estima que su patrimonio es de entre mil millones y cinco mil millones de dólares– fue designado vicepresidente en 1975 y asumió la presidencia en 1981, tras el asesinato de Anwar el Sadat. Mubarak fue confirmado cuatro veces en referendos en los que, por disposición constitucional, no había otros candidatos. Recién en 2005 hubo una elección con múltiples candidatos, la que ganó por paliza. Ayman Nour, contendiente opositor que acusó fraude electoral y pidió una repetición del voto, fue condenado a cinco años de trabajos forzados.

Algo más al sur, en Sudán, el presidente Omar Hassan Al-Bashir, un ex militar con 22 años en el poder, ha sido acusado de crímenes de guerra por la Corte Penal Internacional por su papel en las masacres en Darfur, luego de que iniciara la islamización forzada del país. Sus milicias árabes, los janjaweed, siguen traficando sudaneses negros como esclavos (el presidente en algún momento tuvo varios). Bashir era considerado una amenaza internacional por los estadounidenses, acusado de albergar terroristas. Pero desde los atentados del 11 de septiembre pareció moderar su posición y ha tratado de, al menos públicamente, reinsertarse en la comunidad internacional.

Los líderes de la región, sobre todo quienes cuentan con ingresos petroleros, han intentado contener las protestas con dinero. El rey de Bahrein prometió gastar 488 millones de dólares en los próximos dos años en subsidios alimentarios, mientras que Kuwait anunció en enero que daría mil dinares (unos 3.588 dólares) a cada uno de sus 1,1 millón de ciudadanos, como parte de un paquete por 4.900 millones: más de 4% del producto interno bruto. El sultán de Omán, Qabus bin Said al-Said, quien llegó al poder hace 41 años tras derrocar a su padre, prometió 50 mil nuevos empleos y 400 dólares mensuales en subsidios de cesantía.

En Arabia Saudita, el rey Abdullah regresó al país luego de varios meses en el extranjero para someterse a una cirugía y anunció un plan de subsidios por unos 35 mil millones de dólares, incluyendo aumentos de sueldo para los empleados públicos y la libertad para algunos deudores encarcelados. En Omán y Arabia Saudita, igual que en Jordania y Kuwait, hay una tradición real que da legitimidad a sus gobiernos, a diferencia de los regímenes de Gaddafi y Mubarak en el norte de Africa. Es posible que en estos países el resultado final sea el de la evolución hacia una especie de monarquía constitucional en lugar del autoritarismo de hoy, pero la construcción de las instituciones necesarias tomará tiempo.