El 8 de enero llegó a las manos del periodista de La Nación, Diego Cabot, una caja con ocho cuadernos. En ellos, el exchofer de Roberto Baratta, hombre clave del ministro de Planificación del kirchnerismo, Julio de Vido, relataba con detalle todos los movimientos de millones de dólares que iban desde oficinas privadas a la Quinta de Olivos y despachos públicos. Aquí, Cabot cuenta en primera persona por qué decidió entregar los antecedentes a la Justicia antes de publicar su historia y cómo cambió su vida y la de Argentina a partir de ese día.
Por: María José López y Antonieta de la Fuente

  • 30 agosto, 2018

 

“Cinco mil dólares, ese es el precio que, según la justicia, se podría pagar por mi cabeza”.

 

 

Inicio

“Esta es una historia de traiciones.

Conocí a Jorge Bacigalupo porque era mi vecino en Belgrano, Buenos Aires. Vivíamos en el mismo conjunto de edificios, en distintas torres, pero compartíamos conserje. A fines de 2016 me pidió que le firmara el libro Hablen con Julio, que publiqué en 2007 y que contaba la historia de Julio de Vido (exministro de Economía y Obras Públicas de Néstor Kirchner y de Planificación Nacional, de Cristina, quien hoy está preso). Entonces me comenzó a contar cosas del entorno de Roberto Baratta, el segundo de De Vido. Me empecé a dar cuenta de que tenía información. Que conocía a alguien. Entonces mantuve esa relación y lo llamé varias veces para preguntarle cosas puntuales. Me dijo que él tenía un amigo que había conocido en sus años de remisero, quien había trabajado varios años como chofer de Baratta. 

En noviembre de 2017 me dice, ‘¿se acuerda de que yo tenía un cercano a Baratta?’ ‘Sí’, le respondí. Me contó que el señor se llamaba Óscar Centeno y que estaba asustado porque su exjefe había caído preso por corrupción y que le había pedido que le guardara una caja con cosas personales. ‘Si me pasa algo, ábrala. Ahí está toda la historia’, le aseguró el chofer a Bacigalupo. Me invitó a su casa a revisarla. No me dio más pistas. Sabía que había documentos, pero nada más.

Para las fiestas de fin de año lo llamé para saludarlo y pasé el 8 de enero por su departamento. Sin muchas más expectativas de que tendría un documento para escribir alguna nota. 

Nos tomamos un café y me trajo la caja. Estaba cerrada, toda envuelta en masking tape. Era la 1:30 pm. Adentro había una bolsa negra con unos cuadernos marca Gloria, unos CD, unas fotos y unas facturas. No recuerdo cuál agarré primero.

Sí me acuerdo de lo primero que hice: ver las fechas. Noté que había información de muchos años. Abrí uno de los manuscritos para mirar con más detención. Ahí empecé a ver lo que se decía y no lo podía creer. Me di cuenta de que el chofer trasladaba bolsos cargados con dinero. Y en varios de ellos remitía el nombre de Néstor Kirchner. No paré más. 

Le pregunté a Bacigalupo si sabía con lo que nos encontraríamos. Me dijo que no. Le expliqué que se detallaba un recorrido lineal de sus años de trabajo. ‘Sí, era muy meticuloso’, me respondió. 

Anotó todo, lo que imagines está escrito: desde quiénes se subían a sus autos, a quiénes les pasaba el dinero y qué sabor de helado prefería tomar. Con los años, los escritos también tenían opiniones y reflexiones personales.

‘Llévalo, míralo tranquilo y piensa qué vas a hacer con esto’, me dijo. Yo me quería ir corriendo antes de que se arrepintiera. Había dejado mi camioneta a un par de cuadras de distancia y en las luces rojas no podía parar de leer. No sabía dónde ir. Me fui al diario porque vi que había unos CD y me moría de intriga por saber qué había.

Eran filmaciones donde se veía a Baratta esperando en la Quinta de Olivos, otras veces en algún bar o el departamento de los Kirchner. Y decía, ‘acá estamos esperándolo. El ingeniero se acaba de bajar con un bolso con 5 millones de dólares’, cosas así.

Estuve todo el día en el diario mirando esto. Los videos no tenían un significado enorme. Eran contundentes cuando tú conocías toda la historia. Estaban grabados medio escondidos, con mala imagen. En el camino de vuelta a casa pasé a buscar a mi hijo mayor, de 19 años, hoy estudiante de Economía, quien vio los cuadernos que tenía en el asiento del copiloto. ‘Qué es esto. Es una locura, de dónde lo sacaste’, me preguntó.

 

Bomba

Cuando empecé a mirar los cuadernos, ese 8 de enero, sentí una especie de temor de que todo esto no fuera una patraña. Al principio me puse muy crítico. Muy en mi papel de editor. Pensaba que si un redactor me traía esto, le pediría varias cosas para chequear. Cuando me di cuenta de que todo era verdad, dije ‘¡esto es increíble!’. Tiene un alcance que no me lo puedo figurar todavía. 

Al primero que le conté fue a José del Río, secretario general de Redacción en La Nación. Esto fue unos tres días después de haber recibido los cuadernos. Le expliqué: ‘Estamos a instantes de que sea la nada, o la gloria periodística. Podíamos no probar nada o todo’. Y le indiqué mi idea de ir con algunos chicos del máster que hacían pasantía en el diario, más outsiders, a investigar. El 12 de enero lo hablé con ellos, Candela Ini y Santiago Nasra, y aceptaron ayudarme. 

Mi mujer se llama Florencia. Es diseñadora del diario y entendía todo lo que yo hacía y lo que dejaba de hacer. El otro día alguien me preguntaba si ella no sospechaba nada raro cuando yo salía a trabajar de noche. Sabía que no estaba con otra porque en general donde nos juntábamos a trabajar, horas y horas, era en casa. En la mesa del comedor estaban todos los cuadernos. 

Siempre puse mucho freno al entusiasmo, nunca dije ‘mira, tengo esta bomba en la que estoy trabajando’, porque sabía que había tantos imponderables que podían afectar. Entonces nadie a mi alrededor tenía real conciencia de los efectos que podía causar semejante investigación.

En febrero me tomé dos semanas de descanso. Me fui con mi familia a la casa de mi suegro en la playa, en Cariló. Llevé los cuadernos para seguir leyendo, hasta que un día Florencia me pidió que parara. Que descansara y me olvidara del trabajo. La verdad es que yo logro desconectarme con facilidad. Y lo hice. Guardé los “Gloria” en el clóset y me olvidé completamente de su existencia. Tanto, que se me quedaron allá. Fui a recogerlos una semana después.

¿Dónde están los cuadernos? Hoy no sé. Cuando me los dan, en enero, Baratta estaba preso. Pero en marzo, lo dejan salir. Entonces Centeno le pide los textos de vuelta a mi fuente (Jorge Bacigalupo). Y él me los pide a mí. Me apuré y les saqué fotos en alta resolución, hice copias, y se postergó la entrega unos días. Estuvimos día y noche tipeando en el diario. Se los llevé a su departamento. Bacigalupo se reunió con Centeno a pocos pisos de donde yo estaba. 

Con Candela y Santiago chequeamos toda la información. Yo nunca tuve apuro por publicar porque consideraba que era algo que requería mucho tiempo. Era casi un trabajo artesanal el que había que hacer: ver si eso que estaba ahí realmente había sucedido como estaba relatado, con las herramientas que podías, sin contar demasiado. No podías interpelar a alguien y decirle ‘vos hiciste tal cosa’, porque descubrían lo que tenías. Fue un trabajo muy grande para convertir esos cuadernos en una base de datos. En algún punto tenía que escribir algo el fin de semana y pensaba: ‘No puede ser que tenga esto y no pueda publicar nada’.

 

Justicia

En abril tuve una conversación con un compañero del diario, Claudio Jacquelin (prosecretario general de Redacción del diario La Nación), y con otros tres o cuatro colegas que, sin contarles todo, llegaron a la conclusión de que lo que tenía era muy importante y que valía la pena hacer un upgrade. Yo les planteaba que quería ir a la justicia, pero mi aprensión era negociar con gente con la cual nunca había negociado nada. 

Ese mes decidí judicializarlo. Estaba convencido del peso que tenía esto y me parecía que, para que efectivamente causara efecto y terminara por descubrir una red de corrupción sistémica en Argentina, requería de las herramientas que el poder judicial tiene y un periodista no. Ellos pueden interrogar, hacer allanamientos, intervenir teléfonos, pueden hacer inteligencia. Entonces, para darle solidez a esta investigación el camino era ese, el de la justicia.

Había muchos empresarios poderosos que hubiesen pagado millones por esa información, entonces, lo que me preocupaba, era mucho más que la exclusiva. Podía perderse esa información en malas manos. Era un arma. Tuve temor de que hubiera impunidad, porque la historia en la Argentina dice un poco eso.

Conviví con esa cosa amarga de ver la doble moral que está instalada en la política. A veces miraba lo que sucedía a las 4 de la tarde en la Quinta de Olivos, donde Centeno relataba que le llevaba bolsos con millones de dólares, y veía los anuncios a las 7 de la tarde en la Casa Rosada ese mismo día y decís: ‘No puede ser que esta doble moral haya gobernado tanto’, entonces mi bronca era más esa. Temí que el escándalo quedara en el olvido. Eso hubiese significado que las cosas no salieran como las planeé. Con una filtración se caería todo. 

En el momento que uno dice ‘voy’, hay que entregarse y confiar. Obviamente que funcionó como un control cruzado: ellos también estaban preocupados de que yo no publicara nada porque les rompía su investigación.

Mi editor de Sudamericana me decía: ‘Por cada libro que publicamos, tendría que haber cinco o seis presos y nunca pasa nada’. Pero esta es una investigación que cambió el curso de los hechos. Claramente tenía dudas y pensé: ‘Capaz que igual no pase nada’.  Pero este era el cuadro con la descripción más perfecta de un sistema de corrupción muy impresionante que caló hondo en toda la Argentina, que tiene efectos que todavía estamos pagando y que vamos a pagar por generaciones. 

Suelo decirles a mis alumnos: ‘Por una mañana de tu vida que hiciste temblar al poder, vale la pena ser periodista’. 

Hechos

Soy un apasionado de esta profesión. Siempre tuve ganas de dedicarme al periodismo. Me interesó contar las cosas de una manera. Soy de la Pampa, que es una provincia que queda a 600 kilómetros de Buenos Aires. Ahí estuve hasta los 17 años, crecí en una familia de clase media, ninguno de mis padres son profesionales, y siempre me decían que estudiara una carrera tradicional. Ella era empleada pública y mi papá, trabajador del comercio. Él falleció el 98, con 55 años. A mí también me parecía que el camino correcto era ir por una carrera más dura, para después moverme donde quisiera. Además, para alguien del interior, era muy caro estudiar.

Decidí irme a Buenos Aires y entré a Derecho, siempre con la idea de moverme al periodismo alguna vez. Nunca pude dar el salto de una carrera a otra. Pero a los 30 dije: ‘Lo intento’. Postulé a un máster en la Universidad de Di Tella, que tenía un convenio con La Nación, pero me fue mal. Ese año hice un postgrado en opinión pública y medios en Flacso y al año siguiente lo intenté de nuevo. Me fue bien. Entré a La Nación ese año, 2003, y no me fui más.

Entré como periodista de política. En esos años el kirchnerismo empezó a regular muchas industrias y como abogado entendía del tema. Me especialicé y luego fui editor de Economía. Tuve suerte. En Argentina el periodismo es difícil, no puedes confiar en nadie. Entonces un poco por necesidad empecé a investigar, a fijarme en lo que pasaba, más que en lo se decía. Hay un desprecio enorme por los hechos. Y hoy, después de lo que pasó, espero que haya un reverdecer de la importancia de la información.

Siempre me gustó leer, los diarios y también contar lo que veía. Empecé a disfrutar la lectura con Julio Verne, fue una cosa reveladora. En general leo bastante ficción, no cosas de actualidad. En una época me interesó mucho la biografía de personalidades del mundo. Y ahora cada vez leo menos, llego de noche muy cansado. No tengo televisor en mi cuarto.

Decisión

A mediados de julio, el fiscal y el juez me dicen que la investigación está muy aceitada pero que, para que tuviera más solidez, se necesitaba que la persona, mi fuente, declarara. Necesitaban abrochar ese link que estaba suelto y que iba a generar una enorme suspicacia si no se sabía cómo habían llegado los cuadernos. Yo no le había dicho el nombre a nadie. Me fui de vacaciones a Misiones y cuando volví, el lunes 30, me llama el fiscal Carlos Stornelli y me dice que acelere el proceso. Llamé a mi fuente, le dije que lo quería ver el martes a las 9 de la mañana. No aguanté la ansiedad y le pedí luego que nos reuniéramos una hora antes. Nos vimos en un bar en pleno Belgrado y ahí le conté lo que había hecho, y que la justicia lo quería escuchar. 

Al día siguiente nos juntamos en su casa, cerca de la 1 de la tarde, con él y Stornelli. Él le dijo que necesitaba que declara: si lo hacía, la causa tenía solidez. Lo pensó, le dio vueltas. Debía ir a tribunales, dar declaración testimonial. Y dijo: ‘Estoy más cerca de Lázaro Costa (funeraria de Buenos Aires) que de mis hijos. Si esto es lo que me toca hacer, será. Tengo 73 años, voy a declarar’. Ahí el fiscal le indica: ‘Su amigo (Centeno) ya está detenido’. La policía había ido por él justo a esas horas. 

Fuimos a Comodoro Py (Tribunales de Buenos Aires) en el auto de Stornelli. Declaró esa tarde. Lo esperé y lo llevé a su casa. Supe entonces lo que pasaría en las próximas horas: ya estaba el chofer detenido, la justicia tenía el testimonio clave en su poder, lo que faltaba era allanar. Sospechaba quiénes caerían, pero no tenía la certeza. 

Eran las 6 pm del martes 31 de julio cuando fui al diario. Junté a 15 periodistas y les conté todo lo que había pasado desde enero. No podían creerlo. ‘Van a  salir unas cuantas detenciones, más de 10 (finalmente hubo 16)’, les expliqué. Estábamos en la sala de redacción de La Nación y lo que se vivió ahí pudo ser la escena de una película, como The Post.

Se generó una enorme discusión que, en lo periodístico, nunca voy a olvidar. Eran las 10 de la noche y no decidíamos qué hacer. Analizamos todas las alternativas. Porque existía el riesgo de que se filtrara en la noche. Sacábamos cuentas: si hay una división de policías con un equipo de veinte personas, por cada detenido, entonces había 200 personas que ya lo sabían. Qué hacemos si se filtra. Frente a eso, algunos dijeron, ‘lo damos todo. Publiquemos ahora’. Yo me negué. Habíamos esperado demasiado. No podíamos informar a los acusados tres horas antes de la detención. Alterarían el proceso.

En el momento en que tiras una tapa así, se entera la gente de la redacción, el quiosquero que lo recibe. No podíamos tocar la campana después de semejante acuerdo con la justicia. 

Luego les dije: ‘Yo hice un pacto de honor, muchachos. No lo vamos a romper por tres horas’. 

Entonces armamos un diario que no lo íbamos a leer ni nosotros. Teniendo todos los datos, decidimos hacer una nota de portada en la que contábamos que habían detenido al chofer de Baratta y solo dábamos una pista: esto podría ser la punta de un ovillo. El artículo debió haber ido en la página 14, no tenía más relevancia que eso. Pero al tirarla como principal, dábamos la señal de que algo sabíamos.

Ese día fue histórico. Nos quedamos trabajando toda la noche. Teníamos guardia de fotógrafos y reporteros en cada lugar que suponíamos habría allanamientos. Y cuando partieron las detenciones, subimos toda la cobertura a la web. A las 6 am teníamos todo arriba.

Fama

¿Cuánto cambió mi vida después de este caso? Mucho. Perdí la posibilidad de gestionar mis correos, he quedado mal con bastante gente, he tenido que incorporar teléfonos. Ahora tengo tres celulares. No me sé ni el número de los nuevos. El histórico mío lo tiene todo el mundo. El otro día tenía 730 mensajes de whatsapp, imposible leerlos.

Yo nunca he sido motivo de cobertura y ahora sí. El otro día me pasó que fui al supermercado y alguien se quiso sacar una selfie conmigo y al día siguiente apareció en una red social. Que me paren en la calle no es lo mío. No me pasó nunca, no estoy acostumbrado. Y lo digo con un poco de pudor. 

Cuando partió todo me preguntaron si quería custodia. Pero éramos pocos los que sabíamos todo esto, entonces era relativamente difícil que hubiera una filtración. Así es que opté por tomar ciertos resguardos, pero no escolta. Y anduve con cuidado. En Argentina por este tipo de delito no se mata por venganza, pero sí se suele matar por silencio. Cuando hicimos la investigación, no tenía tanto temor. O fui un poco más inconsciente. Y cuando sentí miedo, traté de disimularlo para no involucrar a nadie más.

Yo sabía que esto podía tener un impacto enorme, pero la verdad es que la Argentina de los últimos años no se caracteriza por dar condenas ejemplares a casos de corrupción. Entonces siempre medí mis expectativas para que la frustración no fuera tan grande. Pero sabía que esto podría tener efectos para todo el mundo. Y los tuvo, los está teniendo ahora.

La justicia ahora busca el dinero y ofreció recompensa. Hay un cálculo que se hizo sobre la base de los montos de los cuadernos, y que habla de 160 millones de dólares que pasaron por ese auto, que no es ni por asomo el único. La fiscalía calcula que son 220 millones de dólares. Se cree que mucha parte está invertida, otro tanto habría llegado a la Patagonia: hay declaraciones de pilotos cercanos que cuentan que les tocó viajar con muchos bolsos, que iban llenos y volvían vacíos. Encontrarlo es otra película. 

Me han llamado de todos lados. Seguramente algo voy a hacer; algún libro, lo más probable que con la editorial que trabajé antes. Con ellos ya me junté. Me llegaron varias ofertas. Son cosas que tengo que ir resolviendo relativamente rápido porque hay más premura de lo que creí. Ya me contactó Netflix y productoras que les venden contenidos a ellos. Tengo que ver qué es lo que quiero hacer, si involucrarme en el guion o vender los derechos.

Fin

¿Irá a caer Cristina? En la justicia creen que ella es la jefa de la asociación ilícita. Que el dinero iba a terminar en Néstor o ella. Que no podía no saber todo lo que sucedía en sus sedes de gobierno. Ahora, ella tiene una posición política, que no tienen todos los que están presos. Vamos a ver qué pasa.

Me gustaría conversar con Centeno. Cuál es mi objetivo, nunca me lo planteé, me gustaría que la relación sospechosa del Estado con sus proveedores cambie de una vez por todas. Es frustrante ver cómo toda persona que se relaciona con el Estado se hace rico, mientras otros trabajamos y pagamos impuestos”.