Basura acumulada en las calles, tiendas internacionales que cierran sus puertas, la inflación desbordada, vagabundos en las principales avenidas, cortes del tráfico por protestas… La capital argentina sufre los azotes de la economía de Cristina K.

  • 25 abril, 2012

Basura acumulada en las calles, tiendas internacionales que cierran sus puertas, la inflación desbordada, vagabundos en las principales avenidas, cortes del tráfico por protestas… La capital argentina sufre los azotes de la economía de Cristina K.Por Roberto Cox

Una cosa es vivir en Buenos Aires y otra, claro, es visitarla. La realidad de esta ciudad de 13 millones de cabezas parece lidiar entre el paraíso turísticamente envidiable que venden las postales y la “ciudad de la furia” –con crisis eternas y descontento social–, que Soda Stereo retrató en una popular canción. En algún punto dicha división se cruza, ofreciendo el mismo panorama para unos y otros sin importar su procedencia.

Llevo cuatro años viviendo en la metrópolis rioplatense. Llegué en 2008 en plena crisis del campo, cuando en los supermercados no había carne; un año después vi caer estrepitosamente al kirchnerismo en las parlamentarias; fui testigo del resurgir K con el aplastante triunfo de Cristina, envalentonada por la muerte de su marido, y ahora soy víctima de una inflación desenfrenada difícil de sobrellevar.

El obelisco y las calles aledañas son los ejemplo más visibles del encuentro de esos dos Buenos Aires. Por un lado, la opulencia y la grandeza de una nación que supo ser el granero del mundo, y por otro, la evidencia latente de que todo pasado fue mejor. Bajo el marco de la autodenominada avenida más ancha del mundo, la 9 de julio, conviven las gigantescas pantallas de LED que pelean por ofrecer el plan de celular más barato, una enorme M de McDonald’s y una imagen colosal de Messi, el nuevo Dios che posterior a Maradona.

Al pie del monumento emblema de los porteños, deambulan mendigos y borrachos ajenos al vaivén del microcentro. El sospechoso movimiento de los vagabundos llama la atención. Amedrenta. Sólo un policía parece aportar cierta tranquilidad. Cuando el oficial se retira, alguien dice: “se fue, ahora sí”. Temeroso de sufrir algún atraco y ante lo llamativo de la cámara que cuelga de mi cuello, apuro el paso y me zambullo en la peatonal Lavalle.

Allí, recorriendo pocas cuadras, podemos encontrar el resumen perfecto de lo que la mayoría de los chilenos solía buscar en Buenos Aires hace un par de décadas: ropa, bife chorizo y un glamour de TV latina. La oferta sigue en pie, pero Lavalle muestra signos evidentes de decadencia. Los turistas deben zigzaguear entre dudosas y tentadoras ofertas cambiarias e insistentes invitaciones a turbios antros de prostitución VIP que suelen terminar en estafa. Los otrora concurridos cines fueron transformados en templos de fe evangélicos. El reputado cine Normandie dejó en sus enormes ventanales los afiches de la última película que exhibió antes de morir: Igualita a mí, filme argentino de 2010.

En la misma peatonal, La Cueva del Deporte es una pequeña tienda que, como tantas otras, se dedica a vender uno de los recuerdos más apetecidos: camisetas de fútbol. La más requerida es la de Boca Juniors. En 2003 este local la vendía a 89 pesos. Hace un año ya estaba en 330. Y hoy ya alcanzó los 400. El aumento es un ejemplo de la descontrolada inflación que bordeó el 25% en 2011 (aunque las cifras oficiales insistan en 9,5%).

El dueño de la tienda, Marcelo Alanis, rememora con nostalgia los años 98 y 99; según él, la mejor época de un negocio que lleva una década y media instalado en el mismo lugar. “Hoy vivo bien, pero no junto mucha guita”, reconoce. Si en los 90 cerraba su local a las dos de la mañana por el constante flujo de clientes que salían de los cines y restaurantes del sector, hoy a las 20 horas baja las persianas. Sobrevive gracias al persistente ir y venir de extranjeros que rondan por la zona porque, a pesar de los malos tiempos, el turismo sigue viniendo. Según las últimas mediciones hechas en los principales aeropuertos del país, en febrero de 2012 creció el ingreso de turistas un 2,5%. Sin embargo, los casi 210 mil extranjeros que arribaron a Argentina gastaron un 2,4% menos que el año pasado.

Nada es gratis
Para los adictos al shopping, el vitrineo y las nuevas tendencias en moda, Buenos Aires ya no es más la tierra prometida. La oferta de marcas internacionales y de diseñadores locales sigue estando presente (aunque varias tiendas, como Calvin Klein, han decidido irse), pero a precios que dejaron de ser tan tentadores como los de antaño.

Uno de los rubros que históricamente han sido atractivos para los turistas en busca de gangas es el de los libros, pero incluso este item se ha visto amenazado, luego del amague hecho por Cristina Fernández de impedir su importación. Bajo el cuestionado argumento de que las publicaciones extranjeras contenían altos niveles de plomo en sus tintas, la Casa Rosada quiso incluirlos en su tan de moda ola de trabas aduaneras.

Néstor Sciborna escribe columnas de economía en el diario La Nación –opositor al gobierno– y pone paños fríos a quienes auguran que los mecanismos de control cristinistas afectarán al turismo de consumo. “No creo que en un principio las trabas a las importaciones puedan afectar en términos de oferta. Sí pueden encarecer los precios de productos locales sustitutivos de importaciones, un fenómeno que ha comenzado a advertirse en los últimos meses. Esto puede llevar a una reversión de flujos turísticos, ya que muchos argentinos viajan a Miami para comprar ropa, a Uruguay para conseguir repuestos de auto o a Chile para adquirir artículos electrónicos”, comenta.

Para cualquier extranjero, comer un bife de chorizo en Buenos Aires es toda una experiencia, más allá de la calidad misma del pedazo de carne. En un turístico restaurante del centro el cartel invita a comer una parrillada para dos personas por 180 pesos argentinos, unos 20 mil pesos chilenos. Sin embargo, esa misma parrillada costaba 15 mil pesos hace un año.

Marta tiene unos 50 años. Trabaja desde hace 10 en un local de chaquetas de cuero del microcentro. Junto con explicarme cómo ha aumentado el precio de sus productos –un 25%–, se queja también de la comida. “Antes salíamos todos los días a almorzar por la zona. Con 10 pesos te daban un plato de pastas con una gaseosa. Hoy traemos la comida desde casa, porque no se puede comer fuera por menos de 30 pesos”, cuenta. Los menús populares han triplicado su valor.

Según el último “Índice Big Mac” publicado por la británica The Economist, Argentina es el séptimo país más caro del mundo. En los locales porteños de McDonald’s, la famosa hamburguesa cuesta 4,64 dólares. Esa cifra, no obstante, es sólo la proyección del precio real que debería tener aquel emparedado: la práctica demuestra otra cosa. Existen teorías conspirativas que indican que el gobierno habría intervenido el precio del Big Mac para aparentar cierta estabilidad. Para comprobar la veracidad de tales rumores, decidí almorzar en McDonald’s. Mientras esperaba mi turno en la fila, observaba los llamativos carteles lumínicos con sus múltiples combos, ensaladas y “cajitas felices”.

El Big Mac brillaba por su ausencia, aunque al pedirlo no tuvieron problemas en dármelo a casi la mitad del precio que otras hamburguesas igual de contundentes. ¡Sí, la mitad!
La irrisoria diferencia de precios que se da en muchos negocios, junto a artimañas como la del exceso de plomo en los libros, no son los únicos problemas. A pesar de las promesas de Mauricio Macri y su campaña Juega Limpio para preservar la pulcritud de sus calles, Buenos Aires ha pasado a destacarse como una metrópolis sucia. Ese es uno de los primeros fenómenos que llama la atención del turista. El porteño se queja, pero parece aceptarlo como otra fatalidad más.

Los sectores más chic de la capital como Palermo, Recoleta o Belgrano, en los que se paga más por el denominado ABL (Alumbrado, Barrido y Limpieza) o el centro, principal postal a ojos del mundo, no se salvan. El Teatro Colón, emblema sudamericano de la alta cultura, permanece rodeado por montañas de basura a plena luz del día. La elegancia convive con la suciedad.

Acá no existen días ni horarios programados para la recolección de desechos domésticos. Si bien los camiones pasan todos los días unas tres veces, pocas horas bastan para desdibujar el panorama. Los bonaerenses simplemente apilonan sus residuos en alguna esquina elegida por sabe quién. Tras ellos acuden hordas de cartoneros que abren, seleccionan y se van, dejando a la vista los restos de lo que consume cada vecino.

Un feriado sin limpieza o uno de los reiterados paros del gremio recolector acentúa el problema hasta límites desagradables. Tan molesto como las incontables protestas que alteran constantemente el tránsito de la ciudad. Acá, pocos se toman la molestia de pedir permiso para marchar o agruparse. La moda, muy tolerada por el gobierno, es cortar vías de acceso a la capital o grandes avenidas que en poco tiempo generan caos. Los indignados son muchos y casi sin pensarlo se puede nombrar una decena de grupos. Están los veteranos no reconocidos de Malvinas, los indígenas que reclaman tierras (que directamente acampan en plena 9 de Julio), los pobladores de las llamadas villas miseria, los profesores, los estudiantes, los conductores de la línea 60 (la más grande), los del metro, etc… Al salir a “laburar”, el porteño, antes de saber si salió el sol o llueve, se acostumbró a preguntar si hay cortes o protestas.

Pero hay que ser justos… Buenos Aires sigue teniendo, como dice la canción, un indescifrable “qué sé yo”, una magia suficiente para encantar a pesar de sus crisis, para seducir más allá de sus defectos.

Marcelo, el vendedor de camisetas, lo explica así: “la poca plata que tiene el argentino la gasta en pasarla bien”. Y eso se nota. Hace de Buenos Aires lo que es. La entretención, pilar fundamental de una ciudad que vive las 24 horas del día, sigue de pie. Los teatros se agotan, los estadios desbordan de hinchas, en los restaurantes hay espera y en la entrada de los boliches es habitual ver largas filas. En el glamoroso barrio Las Cañitas es difícil conseguir una mesa para comer y los bares de Palermo Hollywood reciben a extranjeros y nacionales por igual, mientras Roger Waters se da el gusto de batir records con sus nueve presentaciones en el Monumental de River. La celebración del Bicentenario significó la reinauguración de varios edificios emblemáticos y, en los amplios y concurridos parques públicos, la juventud parece disfrutar y pasarla bien.

Quizás por eso unos amigos chilenos que me visitaron hace poco terminaron su estadía agradecidos y satisfechos. Al momento de despedirlos, el portero de mi edificio, mientras barría, observaba cómo el pequeño taxi que los llevaría al aeropuerto sucumbía ante el peso de sus maletas y de sus propios cuerpos. “Parece que la pasaron bien, ¿eh? Se fueron gorditos”, me dijo.

Buenos Aires ya no es la misma, pero aún sabe divertirse. ¿Hasta cuándo durará la fiesta?