En un territorio donde la Tierra tantea extremos, treinta alumnos del MBA de Wharton fueron a poner a prueba sus mentes y cuerpos con un solo propósito: ejercitar sus dotes de líderes en condiciones límite. Capital fue testigo por más de una semana de esta gélida experiencia académica, que discurrió como una caminata por la costra de hielo antártico bajo la atenta mirada de los guías de Vertical.

  • 4 abril, 2008

 

En un territorio donde la Tierra tantea extremos, treinta alumnos del MBA de Wharton fueron a poner a prueba sus mentes y cuerpos con un solo propósito: ejercitar sus dotes de líderes en condiciones límite. Capital fue testigo por más de una semana de esta gélida experiencia académica, que discurrió como una caminata por la costra de hielo antártico bajo la atenta mirada de los guías de Vertical. Texto y fotografías, Roberto Sapag Q.

 

En las antípodas del Artico está la Antártica, un territorio gigantesco, equivalente a dos veces Australia, que se desgarró hace 28 millones de años del supercontinente Gondwana y que, impulsado por quizás que fuerzas telúricas, viajó hacia el sur y se situó en un punto de la esfera terráquea sobre el cual los rayos de sol son incapaces de caer verticalmente.

Allí, donde en verano no hay noche y en invierno no hay día, se dan condiciones que llegan a ser una pesadilla para la mayor parte de las formas de vida. Allí, el ser y el estar se distancian al punto que lo segundo puede ser una amenaza para lo primero… Allí también, curiosamente, es hasta donde muchos viajan para someterse a prueba y conocer sus límites.

 

En cierta forma, no es tan descabellado que esas condiciones extremas sean las elegidas para testear con fines académicos el temple de las personas. El lugar óptimo para que quienes mañana dirigirán importantes corporaciones se pongan en condiciones de estrés, imposibles de recrear en las aulas, y ejerciten sus dotes de liderazgo, administración de recursos escasos y toma de decisiones en situaciones extremas.

 

Justamente eso fue lo que hicieron entre el 26 de diciembre pasado y el 2 de enero treinta alumnos de primer año del MBA de Wharton, quienes se trasladaron a una nevada Isla Rey Jorge (al noroeste del vértice de la Península Antártica) para peregrinar por esas frías latitudes por cerca de una semana, como parte del programa Wharton Antarctica Leadership Venture.

 

De la mano de los guías de Vertical y con la supervisión de dos ayudantes enviados por la propia universidad, estos estudiantes, de las más variadas nacionalidades y profesiones, debieron turnarse para liderar grupos, tomar decisiones críticas para sus dirigidos y aceptar al término de cada jornada el juicio de sus pares. Y no sólo eso. También se dieron el tiempo para discutir casos teóricos, en una dinámica académica que resulta impensable en esas condiciones.

 

Impensable, porque ¡vaya que cuesta hacer rutinas allí, en la antesala de la Antártica, que fue donde estuvimos! Se trata de un entorno donde el frío y el viento multiplican la sensación de estrés; donde la lluvia y la nieve hacen que hasta la operación más sencilla se sienta pesada; donde el terreno (que cede a cada paso) hace que la energía se consuma a tasas aceleradas.

 

Estos jóvenes, en su mayoría entre 25 y 30 años, lo hicieron rigurosamente y sacaron más de una lección. Durante esa semana los acompañamos, presenciamos sus dinámicas y, por cierto, fuimos testigos de su desgaste físico y de su crecimiento personal.

 

 

 

Alunizaje en el tablero

 

En un cómodo avión BAE 146 con asientos de cuero, operado por Aerovías DAP, nos trasladamos a primera hora del 26 de diciembre hasta la pista de la Base Aérea Antártica Teniente Marsh. Atendidos durante el viaje por una azafata sueca y otra danesa, que nos hicieron pensar en gélidos paisajes nórdicos, y acompañados por miembros de la familia Pivcevic (propietaria de DAP) y ejecutivos de la empresa que querían ser testigos del estreno del avión por esas latitudes, aterrizamos tras poco más de dos horas de fulminante vuelo.

 

Villa Las Estrellas y las bases que la circundan son lo más parecido que hay a la estación espacial internacional. Por cierto, no lo decimos por su expresión material, sino que por su esencia. En el fondo, lo que allí hay son personas puestas por meses en una zona límite del planeta, recluidas la mayor parte del tiempo en espacios reducidos, haciendo soberanía y estudios para sus naciones. En fin, es sólo una forma de ver.

 

Hace 15 años que no caía tanta nieve.

El Mar de Drake plagado de témpanos.

Día de Zoo. Los bichos raros se toman fotos.

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Como sea, no bien pusimos un pie en tierra comenzaron las actividades. Complementar el equipo de aquellos que no llegaron con todo, organizar aspectos logísticos con el personal de soporte y despachar hacia el lugar del primer campamento el suministro de provisiones que se usará en la travesía, fueron las primeras medidas. Luego, mochilas al hombro y raquetas para la nieve en mano comenzó la caminata por una isla Rey Jorge que hacía muchos años no estaba tan nevada en esa época.

 

Una vez en el lugar del campamento y con las provisiones en tierra, comenzaron las charlas explicativas especializadas. Integrantes de cada grupo de seis alumnos fueron instruidos por los guías de Vertical en talleres simultáneos que generan expertos por grupo en todo lo que se refiera a montaje de campamento, navegación con GPS y lectura de mapas, cocina, técnicas de amarre y uso de raquetas y crampones, además de instrucciones de seguridad.

 

La instrucción es exhaustiva porque, a partir de ese momento, cada grupo y sus cordadas serán los protagonistas. Con uno de ellos como líder del día, serán los alumnos quienes decidan las rutas para llegar a los objetivos predefi nidos, quienes administrarán las provisiones, determinarán el uso de equipamiento de seguridad, etc. Y es que el diseño de la actividad contempla que los guías de Vertical pasen a ser acompañantes que monitorean las decisiones, sin influirlas, incluso si se equivocan. Pero si la decisión tomada pone en peligro inminente al grupo, sí hay intervención.

 

 

 

Las piezas y las jugadas

 

Interminables ¡Wooow! y ¡Yeaaah! exclamados ruidosamente al cabo de cada objetivo alcanzado, daban cuenta de la edad promedio de los alumnos participantes. Si bien sus nacionalidades eran variadas (había chinos, indios, rusos, canadienses, japoneses, españoles, belgas, brasileños, estadounidenses, zimbabuenses y coreanos), en eso todos se comportaron como perfectos gringos. Y muy gringos.

 

Como sea, cada día nos integramos a un grupo distinto de estudiantes y observamos de cerca sus dinámicas. Con el guía de Vertical asignado al grupo observando atento y a prudente distancia, los muchachos deliberaban sin cesar cada decisión, hacían pequeños meeting, consultaban sus mapas y GPS, se comunicaban por radio con los otros grupos y resolvían recorridos.

 

Cada determinación importaba, en particular en los días en que había cambio de ubicación de los campamentos y en que, aparte del peso de la mochila (entre 10 y 15 kilos), a algunos de los miembros les tocaba arrastrar un trineo con los tambores de provisiones. Las marchas sobre nieve, muchas veces de subida, con peso, viento y precipitaciones en contra, eran pesadas. Si el líder se equivocaba y hacía incursionar al grupo por la senda equivocada hasta, por ejemplo, la orilla de un lago o río congelados, la cosa se tornaba un poco más espesa.

 

Nosotros vimos de todo. Integramos grupos altamente eficientes, con tomas de decisiones rápidas, que administraban con criterio los riesgos y que, gracias a ello, llegaban primero a los lugares de destino, montaban sus carpas, se secaban y alimentaban antes que el resto.

 

También participamos de grupos lentos a rabiar, que se las daban de innovadores en rutas hasta el sinsentido, colocándose una y otra vez en situaciones de riesgo. Estos llegaban no sólo al último, sino que lo hacían con horas de retraso y extenuados.

 

Fue muy aleccionador presenciar estos procesos, porque pudimos apreciar con gran claridad cómo una mala decisión inicial, desata una cadena de hechos que hacen obvio el resultado. Por ejemplo, nos tocó integrar un grupo que decidió apostar por una ruta costera hacia la base uruguaya y que al final, al acabarse el camino costero por la acumulación de nieve, debió ascender a la explanada lejos del sendero lógico. ¿Qué pasó? El líder de ese día terminó cada 15 minutos tanteando manchones de agua congelada para ver si resistían el peso y una vez completó su indagación con media pierna hundida en el hielo. Con su actuar, el líder de esa jornada dio origen a sesiones de deliberación que no llegaban a ningún lado, lo que hizo que el grupo arribara al lugar de campamento más de una hora después que el resto… Según supimos, en el meeting de evaluación de esa noche lo “descueraron”.

 

 

La base china y
su muralla de nieve.
Aerovías DAP estrenó nuevo avión a la Antártica. ¿Dr. Zhivago? No: La base rusa.

 

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Guardando las proporciones (ya que no es comparable una expedición por la Isla Rey Jorge con un viaje al Polo Sur), piense un segundo en cómo terminaron las incursiones de Roald Amundsen y Robert Scott en su carrera por alcanzar la latitud 90°. El primero, que usó perros para trasladar la carga y vistió pieles animales para enfrentar el frío, no sólo coronó antes la meta, sino que completó su hazaña con vida. Del segundo, que se negó a usar tales recursos y que adoptó cada día una decisión peor que la anterior, mejor ni hablar.

 

 

 

No todo es sufrir

 

Pero no todo fue sufrimiento. La Isla Rey Jorge es un lugar encantador, cubierto en un 90% por glaciares. Hacer cumbre en el Domo o Glaciar Collins en una marcha cargada de emoción, sentir a pingüinos, focas y aves insólitas corretear a metros de las carpas y otear constantemente el mar con la ilusión de ver una cola de ballena, llenan por completo cualquier expectativa.

 

Es, además, un lugar que, pese a las numerosas dotaciones presentes y las visitas de turistas, se mantiene libre del impacto del hombre. De hecho, nuestro grupo tenía instrucciones draconianas de no ensuciar, las que se cumplían a cualquier costo. Más de una vez el fuerte viento arrebató de las manos algunos envoltorios, lo que desataba verdaderas estampidas de cacería por la isla, hasta que el famoso papelito era atrapado y almacenado en los tambores de basura. Si hasta los restos orgánicos de cada uno de nosotros (a buen entendedor, pocas palabras) fueron traídos de vuelta en bolsitas.

 

En fin, suena exagerado, pero en realidad cuidar la pureza del lugar es de mínima cultura.

 

Como ya dijimos el grupo estaba compuesto por jóvenes. Jóvenes que si bien trabajaron sistemáticamente en su programa académico, también bailaron a rabiar el día de Año Nuevo en una muy acogedora base uruguaya. Pese a que la gente se entonó con jugo en polvo, el bamboleo de trastes, los gritos y saltos no faltaron en una curiosa jornada donde los abrazos fueron a las 11 de la noche (12 en Uruguay) y con luz de día colándose por las ventanas.

Y como el ímpetu juvenil parece no tener límites, al día siguiente nada mejor para sacarse la resaca que una refrescante zambullida en el mar. Cuatro valientes (locos, en realidad) cumplieron su apuesta de bañarse en el océano Austral… Pocas veces habíamos presenciado a personas tan abrumadas por el frío, secándose muy apuradas entre sacudidas y temblores. Con todo, no se trató de nada grave. Nada que una buena sopa caliente no remediara en cosa de minutos. En fin, así es el divino tesoro de la juventud… Incluso en la Antártica.

 

Además de esas potencias palpables, en este continente hay muchas otras riquezas. Es cierto que es un territorio pobre desde el punto de vista biológico, pero es sabido que es muy rico en otros recursos. Resulta obvio decir que allí están las mayores reservas de agua del planeta (70% del total) y las mayores reservas de hielo (90%). Es tanta el agua almacenada, que su volumen explica que la Antártica sea el continente con la mayor altura promedio de la Tierra (2.300 metros), superando incluso al promedio de Asia, donde está la cadena de los montes Himalaya. Esa misma abundancia de agua explica que el mar que la circunda sea muy poco salado.

 

En fin, sume a todo eso que se presume que en esa zona hay descomunales reservas de combustibles fósiles y minerales en abundancia, cóctel que hace de esta zona una de gran importancia estratégica y geopolítica.

 

Guardando las proporciones (ya que no es comparable una expedición por la Isla Rey Jorge con un viaje al Polo Sur), piense un segundo en cómo terminaron las incursiones de Roald Amundsen y Robert Scott en su carrera por alcanzar la latitud 90°. El primero, que usó perros para trasladar la carga y vistió pieles animales para enfrentar el frío, no sólo coronó antes la meta, sino que completó su hazaña con vida. Del segundo, que se negó a usar tales recursos y que adoptó cada día una decisión peor que la anterior, mejor ni hablar.

 

 


Glaciares que dejó la ola. No es Antofagasta, sino una portada de hielo en la Antártica. Sí, se metieron al agua y ¡salieron!
Los chicos Wharton y sus guías en la cumbre del Glaciar Collins.

 


Chile destaca por su infraestructura en la zona. Un día de verano en la Isla Rey Jorge. Las 10 de la noche en el único día de sol de la travesía.
Los guías y personal de apoyo de Vertical fueron comandados por Eugenio Guzmán (segundo de izquierda a derecha). Junto a él
están Sebastián Varela, Constanza Eggeling, Alessandro Boitano, Sofía Jordan, Jantine Brandsma, Guillermo Parra y Marcelo Cruz.

 

 

No todo es sufrir


Pero no todo fue sufrimiento. La Isla Rey Jorge es un lugar encantador, cubierto en un 90% por glaciares. Hacer cumbre en el Domo o Glaciar Collins en una marcha cargada de emoción, sentir a pingüinos, focas y aves insólitas corretear a metros de las carpas y otear constantemente el mar con la ilusión de ver una cola de ballena, llenan por completo cualquier expectativa. Es, además, un lugar que, pese a las numerosas dotaciones presentes y las visitas de turistas, se mantiene libre del impacto del hombre. De hecho, nuestro grupo tenía instrucciones draconianas de no ensuciar, las que se cumplían a cualquier costo. Más de una vez el fuerte viento arrebató de las manos algunos envoltorios, lo que desataba verdaderas estampidas de cacería por la isla, hasta que el famoso papelito era atrapado y almacenado en los tambores de basura. Si hasta los restos orgánicos de cada uno de nosotros (a buen entendedor, pocas palabras) fueron traídos de vuelta en bolsitas.


En fin, suena exagerado, pero en realidad cuidar la pureza del lugar es de mínima cultura.


Como ya dijimos el grupo estaba compuesto por jóvenes. Jóvenes que si bien trabajaron sistemáticamente en su programa académico, también bailaron a rabiar el día de Año Nuevo en una muy acogedora base uruguaya. Pese a que la gente se entonó con jugo en polvo, el bamboleo de trastes, los gritos y saltos no faltaron en una curiosa jornada donde los abrazos fueron a las 11 de la noche (12 en Uruguay) y con luz de día colándose por las ventanas.

Y como el ímpetu juvenil parece no tener límites, al día siguiente nada mejor para sacarse la resaca que una refrescante zambullida en el mar. Cuatro valientes (locos, en realidad) cumplieron su apuesta de bañarse en el océano Austral… Pocas veces habíamos presenciado a personas tan abrumadas por el frío, secándose muy apuradas entre sacudidas y temblores. Con todo, no se trató de nada grave. Nada que una buena sopa caliente no remediara en cosa de minutos.


En fin, así es el divino tesoro de la juventud… Incluso en la Antártica.

 

 

Más que un cubo de hielo


Ya sea mirando el caótico choque de olas y ráfagas de viento que permanentemente estallan en la superficie del Mar de Drake, o viendo cómo el viento sopla con fuerza brutal hacia el polo sur como atraído por un hoyo negro, queda claro que lo que abunda en la Antártica es energía. Sí, energía pura.


Prácticamente todo el año y en toda su superficie corren vientos poderosos que con frecuencia superan por varios días consecutivos los 100 kilómetros por hora. Es tan característico este atributo antártico, que estudios científi cos han establecido que éste es el continente más ventoso de la tierra, con registros récord de hasta 320 kilómetros por hora (sí, leyó bien).


Pero eso no es todo. En torno a los 13,5 millones de kilómetros cuadrados de superficie (en un 98% hielo) que conforman el continente antártico se movilizan corrientes y masas de agua de una magnitud difícil de creer. El Océano Austral en esto también ostenta récords. Su superfi cie es rasgada permanentemente por vientos huracanados y bajo ella corre la corriente marina más extensa de la Tierra: la Circumpolar.


Según datos extraídos del sitio internet del Instituto Antártico Chileno (Inach), cuando decimos corriente Circumpolar hablamosde un chorro de agua de cuatro kilómetros de alto y de entre 100 y 200 kilómetros de ancho que gira a lo largo de un perímetro de 20.000 kilómetros. Y lo hace a una velocidad que no es menor: medio metro por segundo. Para comprender lo que decimos es preferible usar una imagen del propio Inach: “ese flujo de agua es equivalente a 150 veces el flujo combinado de todos los ríos del planeta”.


Por último, habría que anotar que si el frío pudiera convertirse en energía aprovechable, allí hay una mina de oro. Sin ir más lejos, la información disponible indica que este continente ostenta el registro de la temperatura más baja jamás medida en la Tierra: 89,2 grados celsius bajo cero.