Por: Marcelo soto Fotos: Verónica Ortíz La vida de Roberto Ampuero parece una novela. De hecho, dos de sus libros de mayor acogida han sido “memorias imprecisas”, que combinan ficción y realidad: Nuestros años verde olivo y Detrás del muro. El escritor, por una rara cualidad, ha sido testigo, y a veces protagonista, de importantes […]

  • 1 octubre, 2015

Por: Marcelo soto
Fotos: Verónica Ortíz

ampuero

La vida de Roberto Ampuero parece una novela. De hecho, dos de sus libros de mayor acogida han sido “memorias imprecisas”, que combinan ficción y realidad: Nuestros años verde olivo y Detrás del muro. El escritor, por una rara cualidad, ha sido testigo, y a veces protagonista, de importantes episodios. Vio el paso de los Hawker Hunter rumbo a La Moneda, el 11 de septiembre de 1973, desde el Pedagógico, mientras los dirigentes estudiantiles brillaban por su ausencia. Entonces, decidió que nunca sería carne de cañón.

Como fiel militante de las JJCC, se exilió en la RDA, pero apenas pisó suelo alemán, al ver las alambradas que separaban los dos lados de la capital, intuyó que la promesa marxista era una fantasía. Partió a Cuba, pensando que el Caribe podría entregar un rostro más amable del socialismo, pero la decepción fue mayor. Se casó con la hija de un alto funcionario castrista, apodado no sin razón Charco de Sangre, por haber mandado a fusilar a centenares de enemigos de la revolución. Con ella tuvo un hijo, pero su quiebre definitivo con el PC lo obligó a dejar la isla y volver a Berlín Oriental.

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Acosado por sospechas y en la mira de los servicios secretos de ambos bandos, finalmente pudo pasar al otro lado. Rompió con la izquierda y se volvió liberal. Sus ex camaradas aún no lo perdonan. Varios de sus amigos tomaron las armas, algunos murieron en guerrillas en África o Centroamérica. Como periodista observó desde una ventana la caída del Muro. De vuelta a Chile, en su natal Quinta Región, se convirtió en empresario inmobiliario –realizó grandes proyectos en Jardín del Mar y Bosques de Montemar– y luego de ganar el Premio Revista de Libros de El Mercurio cumplió su sueño: dedicarse a escribir. Y lo hizo con gran éxito.

Hoy, después de haber sido embajador en México y ministro de Cultura en el gobierno de Piñera, dice que está tratando de recuperar su rutina (y bajar un par de kilos que ganó, con tanto almuerzo o cena de trabajo). Va a publicar un libro de conversaciones con Mauricio Rojas sobre cómo ambos pasaron del marxismo al liberalismo, y escribe una novela, que califica de “absolutamente lúdica”. Escapando de los inviernos, pasa medio año en EE.UU. –es profesor de literatura en Iowa City y dos de sus hijos viven en California: trabajan en altos puestos ejecutivos de empresas tecnológicas como Dropbox– y el resto del tiempo en Olmué, donde tiene un refugio que muy pocos conocen. A ese lugar están vedados los fotógrafos. “Decidimos con mi mujer –ex embajadora guatemalteca– venirnos acá para conocer el Chile profundo. Y aquí te das cuenta de que hay un divorcio total entre la clase política y la sociedad. La irresponsabilidad, la desconexión de nuestros líderes es vergonzosa”.

Preocupado de la crisis que acecha a Chile, Ampuero ve coincidencias entre las desconfianzas actuales y las que llevaron al golpe del 73. Dijo algo parecido el año pasado en Icare y le llovieron las críticas. Hasta Carlos Peña lo tildó de catastrofista… y de paso le dio un palo a su calidad de escritor. “Hubo una campaña en mi contra, pero eso es música del pasado”, dice hoy mientras almorzamos en El Copihue, un clásico de esta localidad rural, que en el último tiempo ha atraído a jóvenes profesionales cansados del estrés santiaguino.

“Ojo que cuando yo hice ese pronóstico, Bachelet todavía estaba arriba en las encuestas. Los hechos resultaron peores de lo que anuncié. Lo que sucede es que yo viví en muchos países que ya no existen, aunque parecía que iban a durar para siempre. No hay que dar nada por sentado, como dicen los gringos. No digo que vaya a pasar, pero Chile es como un avión a punto de estrellarse: las naves colapsan no por una causa, sino por una serie de hechos desafortunados que coinciden. Y eso está pasando en Chile. Se alinearon los astros por así decirlo: un pésimo programa, malas reformas que impactaron de inmediato en la economía, la desaceleración de China, un pacto de gobierno extremadamente inestable y una presidenta sitiada por el caso Dávalos y las boletas de Martelli”. Pese a ello, afirma, no todo está perdido: “Bachelet tiene la llave para salir de la crisis”.

-Aunque las señales no son positivas, Chile no se está cayendo a pedazos. ¿No es apocalíptica tu visión?

-Chile es claramente la prueba de algo delicado. Un país debe compararse consigo mismo. Ahora la Nueva Mayoría se compara con Brasil o Argentina, lo que es una mediocridad tremenda. Pero fuera de eso, la evidencia chilena es que cuando hubo una crisis política profunda no pudieron ponerse de acuerdo dos sectores, que se fueron radicalizando, y terminamos en lo que terminamos. Una dictadura feroz. No es que le haya pasado a otro país; nos pasó a nosotros. Cuarenta y dos años después, volvemos a encontrarnos con una clase política incapaz de resolver sus problemas de forma consensuada. Y estamos de nuevo en situación de tensión.

-¿Por qué dices que hay una desconexión total entre la elite y la sociedad?

-Tanto la izquierda caviar como la elite de derecha son asombrosamente autorreferentes. Ese defecto les impide identificar cuáles son las necesidades del país. En el caso de la izquierda, se dejó llevar ingenuamente por las marchas, pensó que ése era Chile: el de la calle, el que protesta en la Alameda. A la derecha lo que le ha ocurrido es creer que el país es el barrio El Golf, donde se nota y disfruta la modernidad. Pero si vas al Chile profundo, aparece otro país, muy pobre y desfasado. Descubrir esa disonancia, entre la elite y la sociedad, me dio pavor.

-¿Por qué decidiste refugiarte en Olmué?

-Chile es la periferia, pero yo quería ver esa periferia, desde la propia periferia. Lo más increíble es que estamos a una hora quince minutos de Sanhattan, pero es otro mundo, otro ritmo, otra gente. No quiero hacer una apología popular, pero la sabiduría de las personas con las que converso acá, me llama la atención. Aparecen los temas que de verdad les preocupan. Por ejemplo, la violencia. Varios me han dicho: mire, don Roberto, me compré mi arma, porque aquí no hay seguridad. Con respecto a las rencillas que ven en la política, comentan: esto va a terminar muy mal.

-En todo caso, apelar a lo que piensa la gente es un discurso que se repite entre los políticos, sobre todo en tiempo de elecciones. ¿No es caer en la demagogia que criticas?

-No, porque lo he comprobado por mi cuenta. La verdad es que la política se hace totalmente de espaldas al país. Basta ver el Congreso. Cuando era ministro y tenía que negociar con los parlamentarios, siempre las reuniones eran en oficinas cerradas. Todo el edificio es como un búnker, que no mira a la ciudad. Eso en el plano simbólico, que es el aspecto que como escritor me interesa más, es relevante. Y se evidencia en cosas concretas. Te doy un ejemplo: estaba un día con unos vecinos, que probablemente ganan el sueldo mínimo, y en un momento en la radio los diputados discutían si hacían un reajuste a sus dietas o no, y eran 600 mil o 800 mil pesos más. Eso escucharlo en un cerro de Olmué, ¡es un insulto! ¡No se dan cuenta de la indignación que causan! Mira, las elites que no ven las demandas y malestares de su sociedad, terminan en el paredón. El pueblo se venga después, te pasa la cuenta. Y este sentimiento de rabia es transversal.

-¿A qué crees que se debe el actual escenario?

-El problema radica en que todos los actores piensan en el corto plazo. Aquí es interesante reflexionar sobre instituciones que sí tienen visiones de largo plazo, que son fundamentalmente las FF.AA. Si hay una institución que tiene visión de largo plazo son ellas.

-Es delicado el tema: nadie quiere a la FF.AA. inmersas en la coyuntura.

-Capaz que me acusen de estar golpeando los cuarteles. ¡No! Lo que digo es que carecemos de visiones de largo plazo. Y las FF.AA. podrían ser un aporte en ese sentido. Imagino que deben observar con mucha preocupación el actual momento. Sería muy interesante conocer qué piensan con respecto a Bolivia, Perú, la influencia creciente del narcotráfico. Si analizas los países exitosos y los que fracasaron, el subdesarrollo se caracteriza por vivir al día, en cambio las sociedades que triunfan miran a 30, 40 años. Aquí todo es cortoplacista.

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-¿Ves a la izquierda y a la derecha con el mismo déficit?

-La izquierda tiene un punto a su favor: se da cuenta de que hay un malestar, una voz que surge, cosa que no percibió la derecha. Eso es un gran plus, pero al mismo tiempo una ocasión desperdiciada, porque cuando levanta el diagnóstico y cuando hace la receta va en la dirección incorrecta. Debido a su ideologismo, tiene muy poca fantasía para elaborar alternativas que sean modernas y adecuadas al mundo actual. Posee buen olfato, pero pésima gestión. La derecha, al contrario, se equivoca al no ver los síntomas, pero sabe de recetas y de administración.

La expresión más gráfica de esto es lo que dijo hace poco Guillermo Teillier, líder del PC: los capitales aquí no son patrióticos, los capitales se van. O sea, no ha entendido nada este señor, desde los años 70. Lo que es peor: ni siquiera ha leído a Marx, que afirmó que el capital es el único animal que para atacar, huye.

-El dinero no tiene patria, como dicen.

-Si no se ha dado cuenta de eso, vive en la luna. Y explica lo que pasó en los países comunistas. No fue solamente la resistencia ideológica de la mayoría de la población lo que acabó con ellos, sino en gran medida la incapacidad económica del sistema para subsistir y competir con Occidente. Por ahí hay algo que todavía la izquierda no logra entender.

 

Bachelet y las dictaduras

-¿Qué te pareció esta frase de Bachelet sobre la RDA, cuando dijo que recordaba y valoraba el modelo social que le dio seguridad para criar a sus hijos?

-Me parece patético. En todo el mundo el régimen de la RDA está condenado, por los alemanes, por la historia. Entonces, que salga un presidente de Chile a defender una parte de ese sistema no resiste análisis, yo pienso que es un error, un faux pas (tropiezo). ¿Sabes lo que pasa? Todas las dictaduras tienen también resultados que mostrar a su favor.

-¿Rescatas algo de la RDA?

-Se puede rescatar algo, desde luego, pero hay que ver el marco completo. Hay una frase que después debes pronunciar. Todas las dictaduras tienen algo positivo que mostrar, todos los dictadores tienen una parte humana, que uno puede celebrar. Tú puedes hablar de Castro y decir qué gran memoria tiene. Qué afable.

-Hasta Allamand habla con admiración de Castro.

-Claro. “Ay, se acordaba de mi nombre, me recibió a las tres de la mañana, hablamos tres horas”. Eso tiene sentido y lo puedes decir si a continuación agregas: pero es un tipo que gobierna Cuba hace 56 años, mediante un partido único, donde jamás le ha preguntado a la población qué opina en elecciones libres y secretas. Recordemos que hay gente que celebra los Volkswagen y las autopistas de Hitler. Son factores objetivos, reales, pero a continuación tienes que decir: fue una de las peores dictaduras de la historia. Sobre la URSS, lo mismo: puedes mencionar que había pleno empleo, el Estado se hacía cargo de ti, y te daba salud gratuita, pero no puedes olvidarte del rostro real de Stalin. Cuando nosotros vamos a analizar a un dictador, por sus características personales, hogareñas, de amor a sus nietos, a sus mascotas, y nos quedamos allí, estamos cometiendo un grave error, y estamos pasando a justificar o ignorar las violaciones a los DD.HH. Falta siempre agregar la otra parte. La gratitud con los países comunistas, donde viví, y trabajé siempre; la gratitud porque encontré un lugar donde vivir y dormir, con tranquilidad, escapando de Pinochet, tiene que venir acompañada de una segunda frase, y es la segunda frase, el silencio de no pronunciar la segunda frase, lo dañino para un político. Y habla de tu visión de lo que son los DD.HH. y de lo que es una sociedad democrática. Eso es lo grave. No es haber dicho qué bueno era el sistema de salud, sino de haber omitido una segunda frase que tienes que decir. Eso es lo tremendo.

-¿Conoces a la presidenta?

-No. Ella se fue de la RDA meses antes de que yo llegara de vuelta de Cuba a Berlín, en 1979. Me dicen que la vieron leyendo Detrás del muro, en un avión, pero tapando la portada (risas). Conozco a la mamá, porque a inicios de los 70 estábamos en la misma universidad en algunos cursos, en el Departamento de Antropología Social de la Chile. Ella era la esposa del general Bachelet, en esa época debe haber tenido 40 y tantos años, y era estupenda, el sueño erótico de todos los alumnos… Era una mujer muy distinguida, elegante, socialista. Ahí nos conocimos. Nunca más la vi hasta que nos encontramos de nuevo en Chile, en alguna actividad, y me reconoció. Siempre fue muy amable. Después, cuando estaba de ministro, la invité a actividades de La Moneda donde hablaba el presidente en grupos muy pequeños. Cuando se inauguraron las salas de La Moneda con nombres de los poetas más importantes, nos reímos mucho porque ella dijo: “Me gusta que Ampuero recuerde que éramos compañeros, porque la gente piensa que tengo muchos menos años de los que tengo”.

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Machismo y funas

-La izquierda no perdona que se cambien de bando. A Justo Pastor Mellado, por ejemplo, cuando votó por Piñera, muchos le hicieron la cruz. Para ti debe haber sido difícil. ¿Te sientes aislado?

-Si mi único referente fuese Chile, a lo mejor me preocuparía. La izquierda chilena habla mucho de la diversidad, pero no la puede vivir en sí misma. Habla en términos teóricos de la diversidad, pero en la vida práctica es tan elitista como alguien que no sale del Club de la Unión y nunca hace negocios o trata con nadie que no sea de su círculo. Chile es un país de muchas tribus.

-¿No te han funado? Jorge Edwards contaba que cuando estaba de embajador en París, la comunidad chilena de exiliados le había hecho varias protestas. Hasta rayados ofensivos en la embajada.

-No me ha pasado. Pero la funa es un método de lucha de la izquierda dura, cuando no está en el poder. Cuando está en el poder la funa no es necesaria, porque se utilizan las turbas divinas, que es enviar al pueblo enfurecido a romper los actos de protesta. Así pasa en Cuba y Venezuela. Las Damas de Blanco y los opositores cubanos son reprimidos directamente por gente que llega en buses, agentes vestidos de civil, todo organizado. El que estableció el concepto de turba divina fue Tomás Borge, del Frente Sandinista. Es lo que vimos en La Moneda cuando pasaron los camiones.

-¿Esa izquierda de la que hablas tiene una deriva totalitaria?

-Muchas veces pensamos que el fascismo es una cosa de derecha, yo creo que es una actitud que puede estar también en la izquierda. Surge cuando un sector quiere imponer su hegemonía al costo de anular o exterminar las fuerzas contrarias a su proyecto. Es pensar que los DD.HH. de quienes piensan distinto no valen tanto como los de tus camaradas.

-¿Te quedan amigos en la izquierda?

-Sí, amigos que fueron muy radicales, estaban en el MIR, por la lucha armada, por cortarle el cogote a un montón de gente, y terminaron siendo socialdemócratas algunos, otros de derecha, algunos incluso le estiraron la mano al yerno de Pinochet (risas). Bueno, se arreglaron, se acomodaron. En un sistema democrático, si no están condenados, tengo que reconocer que eso es válido.

-¿Te tomó por sorpresa lo de SQM?

-Ponce Lerou tiene todo el derecho a financiar los partidos que quiera dentro del marco de la ley. Ahora, es impresentable que gente de izquierda, hablando a diario contra el pinochetismo, y con toda la razón, haya recibido durante años dineros de alguien tan cercano a Pinochet. Eso es una bancarrota moral tremenda. Pero más allá de eso, me preocupa que parte de ese sector aún no rompa con su pasado totalitario. Todavía hay partidos en el Gobierno que admiran a Castro, a Chávez y saludan al régimen norcoreano. Eso no pasa en ninguna democracia del mundo.

-¿Confías en este segundo o tercer tiempo? ¿Crees que Valdés y Burgos aporten una mayor racionalidad?

-Pienso que no entendemos lo que está pasando. Hablas de racionalidad. Acá hay un elemento que me parece que no es plenamente racional. Creo que hay una rectificación retórica que no va acompañada de la rectificación en los hechos y eso es lo que desordena el análisis, y hace que crezcan el escepticismo y la desconfianza. Lo vimos con mucha claridad con la entrevista a Nicolás Eyzguirre, un caso único en la historia de América Latina, donde un ministro importantísimo del gobierno plantea que prácticamente todo está muy mal hecho, que es inaceptable lo que está pasando. La pregunta es si habló como individuo, como ministro o lo consultó con la presidenta. Al día siguiente el portavoz dice que representa lo que piensa la presidenta. Si están todos de acuerdo dentro de la oposición y dentro del Gobierno, entre los ministros y hasta la presidenta, de que las cosas están mal hechas, ¿cuándo viene el golpe de timón? Ahí hay algo que racionalmente no puedo seguir.

-Se ha dicho que este Gobierno da un paso adelante, y dos atrás. Las contradicciones en Educación, por ejemplo, son llamativas. O el fuego cruzado que aparece una y otra vez en la Nueva Mayoría.

-Estas citas casi semanales de las cúpulas del oficialismo, donde se ratifica la amistad cívica, son un ejercicio ritual, que ya carece de sentido. Uno sabe que si algo se dice el lunes, ya el miércoles va a contradecirse. Le quita seriedad a la política, pero también desubica a la oposición, porque tiene el lunes a un adversario político claro, al que va a atacar, o con el que puede negociar, y el miércoles ya se le movió la foto. Es la falta de liderazgo. Ahora, lo que me preocupa a mí es esta necesidad convertida en un ritual, de todos estos señores, que son hombres, que tienen que ir a respaldar a la señora, a la presidenta, que es una dama. Y ellos mismos acusan que hay machismo en quienes la atacan. ¡Es debilitar más la imagen de la presidenta, ellos no deberían ni acordarse de que es hombre o mujer!

-¿Qué actitud deberían tener los líderes de la Nueva Mayoría?

-Primero, ser leales con ella, no atacarla ni hacerle actividades cuando ella no está. Que el presidente Lagos, al que le tengo un gran respeto, haya hecho esa declaración dentro de La Moneda, eso no ha pasado nunca en la historia de Chile. O lo de Nicolás Eyzaguirre, algo verdaderamente insólito. La están debilitando. Hay un machismo de los mismos que la quieren defender del machismo.

-¿Qué le recomendarías a la presidenta?

-Tiene que salir a defenderse, pero hablando de las cosas que son importantes. No bailando cumbia, no evitando los temas o diciendo que son cosas artificiales, sino enfrentando los problemas. Puede marcar el discurso y decir no necesito a nadie que me venga a apoyar, no necesito una defensa viril, yo soy la presidenta, esto es lo que pienso y a esto los convoco. Ella tiene la llave para salir bien, todavía. •••

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Las bilaterales de Piñera

Ampuero tiene una relación cercana con Sebastián Piñera, y hablan con cierta frecuencia. Todavía recuerda el nerviosismo que le causaban las llamadas “bilaterales” cuando era ministro. “Se hacían cada 2 o 3 semanas, él llegaba con sus asesores, y tú con los tuyos, pero 48 horas antes, ni un minuto más tarde, tenías que enviarle a su equipo la información de todo lo que había hecho el ministerio. Él no aceptaba una cosa coloquial, era muy formal. Te sentabas, le entregaban una copia a él, sacaba una regla y los lápices de colores que tiene y empezabas a leer el informe oficialmente. Y él iba subrayando algunas cosas. De repente mirabas sobre la mesa y te dabas cuenta de que ibas en la página 8, eran como 15, y él iba ya como en la 12. Luego, empezaba a preguntar. Uf, estaba al tanto del mínimo detalle. Y después dejaba tareas: usted ministro, tiene que tener esto, esto y lo otro. Plazos, horas. Estaba el equipo tenso, porque siempre te pillaba, porque estudiaba todo. Eran famosas estas reuniones, los mozos traían café, y el ambiente era de una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Me han dicho que ex ministros le han preguntado a los mozos: ‘y, bueno, ¿cómo están las bilaterales?’. ‘Ya no hay’. Es otro estilo. Duraban 45 minutos a 1 hora y afuera estaba esperando otro ministro”.

-¿Piñera es tu candidato para las próximas presidenciales?

-Todavía no ha tomado la decisión. He hablado con él, y no estoy tan seguro de que él quiera de nuevo, que su familia quiera que vuelva, porque esto que está pasando, que es pesado, va a ser peor para el próximo gobierno. Si esto sigue así, cómo en el próximo gobierno pones orden de nuevo. El principio de autoridad, encauzar la economía, la confianza de los inversionistas, todo eso se ha perdido y es muy complicado de recuperar. Además, la izquierda va a tirar todo a la calle. Este gobierno ha sido muy malo y lo tremendo de un gobierno malo es que no sólo genera una cosecha magra, sino que lo peor es para el que viene, lo que tiene que cosechar y rearmar, y replantar. Por eso no diría que está absolutamente convencido. Claro, se da cuenta de que su imagen creció, por comparación, y eso le da alegría. Porque se esforzó 24 por 7. Y es verdad: no me dejaba tranquilo nunca.

-Es probable que Chile siga apostando por más izquierda en una nueva elección.

-Lo que puedo aventurar es que sea una segunda vuelta entre ME-O y Piñera, y sería un escenario difícil, porque Piñera diría que hay que volver a trabajar, ponerse las pilas, esto no es fácil, no va a proponer nada que después se le escape de las manos. Y ME-O y la izquierda dura van a plantear que si hemos fallado, es porque no fuimos lo suficientemente coherentes y radicales en nuestras reformas: hay que hacerlas hasta el final y el resultado nos va a premiar después. El pronóstico sería muy malo. Por eso pienso: cuidado. Todavía no hemos llegado al fondo de la crisis.