Ya basta de discutir sobre el modelo. Lo que hay que hacer es avanzar hacia una mayor capacidad institucional para gobernar. Así lo cree el director del think tank fundado por Andrés Velasco. Un socialista de tomo y lomo que pretende hacer dialogar a liberales y socialdemócratas en la Concertación. Y lo está logrando.

  • 7 septiembre, 2007

Ya basta de discutir sobre el modelo. Lo que hay que hacer es avanzar hacia una mayor capacidad institucional para gobernar. Así lo cree el director del think tank fundado por Andrés Velasco. Un socialista de tomo y lomo que pretende hacer dialogar a liberales y socialdemócratas en la Concertación. Y lo está logrando. Por Cony Stipicic H.; fotos: Enrique Stindt.

 

Es un sentido militante socialista, pero jamás sería candidato. Su ser de izquierda convive con un racional cientista político, amante de la lógica europea, súper conocedor de los intríngulis de la política francesa y –además– miembro del directorio de Expansiva.

 

Sin contradicciones vitales, Alfredo Joignant –director del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Chile y asesor de algunas reparticiones públicas, además de columnista y panelista de TVN– tiene una explicación derechamente ideológica a su condición de socialista en Expansiva: está ahí para “fomentar un diálogo liberalsocialdemócrata, con el fin de contribuir a la renovación ideológica y cultural de la Concertación. Y para eso hay que tener apertura de mente”, explica. No es el único en el esfuerzo; también están Oscar Landerretche hijo, actual secretario ejecutivo del consejo asesor para la equidad, y el abogado y segundo hombre del think tank, Javier Couso.

 

Y han logrado cosas interesantes, como el documento “Somos más, queremos más y podemos más”, una mirada algo autocomplaciente pero también fría y desafiante, basada en el diagnóstico de que Chile tiene que iniciar cambios institucionales profundos porque el modelo de gobernabilidad actual (“asistencialista y autoritario”) no le sirve para desenvolverse con éxito en un mundo globalizado.

 

 

 

-Expansiva es muy distinta del Partido Socialista: en modernidad, en ideas, hasta en el glamour. ¿No se le hace algo incompatible?

-Es que no tiene mucha importancia ser socialista en los hechos. Más difícil es hablar de socialdemocracia al interior del PS. Pero yo me siento muy cómodo ahí, tengo mis mejores amigos, es una cultura que me hace sentido geográfi co e incluso afectivo. Y, francamente, no veo ninguna incompatibilidad entre el glamour de Expansiva y el carácter popular del Partido Socialista.

 

 

-¿Y diría que efectivamente hay diálogo entre dos culturas tan distintas?

-Absolutamente. En la discusión para elaborar el documento, por ejemplo se instaló la cuestión tributaria y debatimos hasta qué punto no estamos siendo, en este caso como Expansiva, asimilados a la negativa al alza de impuestos. Y cuando se hace esa pregunta, nadie tiene un rechazo de principios, esa es una diferencia muy grande con los liberales de derecha.

 

 

-Carlos Peña criticó que organismos como Expansiva y sus documentos terminen solo siendo fácticos. ¿Cómo se materializan las ideas que ustedes elaboran? Porque tampoco logran plasmarlas en los partidos políticos.

-La columna de Peña plantea algo que es cierto, pero que tiene un error. Es verdad que gente muy brillante que viene del mundo de la tecnocracia y que incluso es independiente, como el propio Andrés Velasco, hace que efectivamente surja la pregunta de cuáles son los niveles de responsabilidad política de ese tipo de personas, el famoso accountability. Pero así como este asunto se les plantea a los tecnócratas, también debiera hacerse respecto de los columnistas. Yo pediría un mínimo de responsabilidad individual en eso. Pero hay un segundo elemento. La pregunta es por qué este mundo tecnocrático tiene tanto poder. Y eso se debe a la debilidad de los partidos. Si la tecnocracia tiene presencia, y muy importante, en este gobierno, es porque los partidos han sido muy débiles. Y ahí hay toda una reflexión crítica que hacer sobre el rol y el papel productor y reproductor de ideas de los partidos, que no están cumpliendo a cabalidad su tarea.

 

 

-¿Eso explica, a su juicio, que Expansiva tenga tantos ministros en el gabinete de la presidenta Michelle Bachelet?


-Claro. Por lo tanto, yo asumo la crítica, la comprendo y en más de algún aspecto la comparto, pero al mismo tiempo creo que hay que agregar el componente de los partidos para explicar esta situación. Finalmente, aquí hay responsabilidades compartidas.

 

 

-Carlos Ominami es de la opinión que no existen dos almas en la Concertación.


-Yo comparto el juicio de Ominami. Efectivamente, en el mundo social de la Concertación, el alma liberal a la Expansiva tiene escasa existencia y presencia real. Y eso no se compadece con su enorme presencia a escala de gobierno. Pero, insisto, la responsabilidad en eso no es tanto de Expansiva como de los partidos. Y la decisión de que las cosas sean así es presidencial.

 

-¿Habrá querido mandar una señal la presidenta con esos nombramientos y el respaldo que permanentemente le da a Velasco?

-Bueno, eso habría que preguntárselo a ella. Pero yo interpreto esto haciendo una lectura biográfica de la presidenta. Ella viene de los sectores más de izquierda del PS y se transformó en candidata cuando nadie en las elites estaba pensando en su nombre. Decir otra cosa es contarse un cuento. La presidenta se impuso en contra del mundo de los partidos, aun cuando hoy día eso se niegue. Incluso en más de una ocasión, uno pudo escuchar que Michelle Bachelet, antes de que fuese incluso candidata, era un accidente de tránsito. Frente a eso, ella se instala en un clima de desconfianza que no se ha resuelto completamente hasta hoy. Bachelet seguramente confía en un mundo políticamente aséptico, en alguien como Andrés Velasco, para graficarlo en una persona. Y desconfía más del mundo de los partidos. Ahora, yo soy un convencido de que los tecnócratas se tienen que someter a la política.

 

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-¿Y ve algún intento de “los Velasco” por someterse a política?

-Falta mucho. Yo creo que a Andrés Velasco le cuesta enormemente someterse y entender que él, por sí solo, no tiene ni un solo voto en este país. Los votos los pone el pueblo a través de los partidos.

 

 

-¿Y eso explica el rechazo que hay en ciertos sectores hacia su figura?

-En el Congreso ese rechazo es a nivel de la Concertación.

 

 

-¿Y contribuye al resquemor que despierta Expansiva?

-Sí. Y eso personalmente me molesta. Yo quiero mucho a Andrés Velasco, lo respeto enormemente. Pero a mí me molesta la asociación que hay entre él, Eduardo Bitrán y nosotros. Porque la Expansiva de hoy tiene poco y nada que ver con la de ayer.

 

 

 

Modelo: “discusión absurda”

 

 

-El matrimonio entre tecnocracia y política no anda bien.


-Funciona mal.

 

 

-¿Y eso por qué pasa, porque la tecnocracia es muy soberbia, porque los partidos están tan desgastados que no tienen ninguna legitimidad para imponerse?

-Pasa por esos dos elementos, pero yo agregaría una tercera dimensión: el carácter extremadamente vertical del presidencialismo chileno, en donde a los presidentes les cuesta sostener y mantener el contacto y la complicidad con los partidos. Es fácil gobernar en un régimen presidencial tan vertical y unilateral. Por eso creo que el régimen chileno se tiene que despresidencializar. Si así fuera, habría más poder en el Congreso y, por lo tanto, en los partidos, lo que cambiaría la manera en que la presidenta se relaciona con estos y también en cómo nombra su gabinete. No estoy hablando de un gobierno de los partidos, pero tampoco se puede hacer un gobierno sin ellos.

 

 

-En el documento ustedes dicen que a este país la carrocería le quedó chica porque tenemos un modelo muy autoritario y asistencialista. ¿Qué le hace pensar que la clase política chilena va a estar dispuesta a variar ese sistema?

-Yo creo que las variaciones se están produciendo. Hay una serie de reformas a instituciones existentes o en creación. Dos ejemplos: la superintendencia de educación, el instituto de derechos humanos o el del patrimonio. El mundo político no necesariamente se da cuenta de lo que está produciendo, que es más Estado. Pero en el documento nosotros abogamos por reformas más sistemáticas, en donde eventualmente se tendría que alterar la lógica y la naturaleza de ciertos procesos administrativos que hacen extremadamente lento e ineficaz al Estado.

 

 

-¿Y por qué pensar que es más Estado lo que este país necesita?

-Es que es una sociedad sin canales institucionales públicos y sin regulaciones es una sociedad profundamente anarquizada. Soy de los que pienso que la discusión del famoso modelo económico es algo absurda, porque el que actualmente nos rige, aún cuando uno podría agregarle otros componentes, dejó de ser hace tiempo el mismo modelo de Pinochet. Entre otras cosas porque hay mayores regulaciones de por medio. Como coalición, hemos reformado tanto el modelo que hay que superar la discusión y avanzar hacia una mayor capacidad institucional para gobernar. Cuando yo hablo de más Estado, no necesariamente estoy hablando de grandes números, de grandes volúmenes de personas y de recursos, estoy hablando de un Estado estratega, más inteligente pero también más caro.

 

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-¿Cree que haya espacio para iniciar también una discusión sobre el cambio de modelo político?

-Esa es una discusión mayor y difícil, porque no es absolutamente racional. Hay un componente traumático, casi psiquiátrico, porque hay una especie de refl ejo condicionado en una parte poco ilustrada del mundo político, donde el régimen parlamentario es percibido como un sinónimo de la guerra civil de 1891. Huele a inestabilidad, ineficacia y cosas de ese tipo, lo que es un absurdo. Yo tengo una opción preferente por el parlamentarismo, pero como creo que eso es bastante inviable, me la jugaría por un régimen semipresidencial.

 

 

-¿Qué cosas cambiarían si tuviéramos un régimen semipresidencial?


-Modificar el régimen es redistribuir el poder y supone introducir mecanismos inéditos de ejercicio de la responsabilidad política. En un régimen semipresidencial los gobiernos pueden caer, lo mismo que en los regímenes parlamentarios, pero no cae el presidente. Se produciría un mayor dinamismo de la vida política. Por ejemplo, en el climax de la crisis del Transantiago habría caído todo el gabinete, porque el sistema le entrega un cierto nivel de protagonismo racional a la oposición y le hace bien a la democracia que ese tipo de cosas ocurran, sin pasar por grandes crisis. Que caiga un gobierno en un régimen semipresidencial no es una crisis mayúscula. Eso está dentro de la lógica. En un régimen presidencial eso no puede ocurrir y no se pueden ejercer responsabilidades, sino a través de procedimientos gravísimos y muy grandilocuentes, como las acusaciones constitucionales.

 

 

-¿No le falta calidad al Congreso chileno para tener mayor poder?


-Si hablamos de calidad en los parlamentarios, yo respondería razonando comparadamente. El Congreso chileno, en sus dos cámaras, con sus díscolos incluidos, es un lujo al lado de los congresos latinoamericanos. Ahora bien, el problema de la calidad está muy sujeto también al tipo del régimen y a la calidad de las personas. Esta última está fuertemente predeterminada por la calidad de las instituciones, en este caso, por la del Congreso. Y como éste es débil y sus congresales no brillan por méritos propios, se lucen a través de la farándula, la lógica del espectáculo, el show político que no lleva a ninguna parte.

 

 

-¿Cree que la percepción de la gente respecto de la calidad de sus parlamentarios puede mejorar con mayor protagonismo?

-Sí, pero nunca completamente. Aquí hay un problema también mundial. No pensemos que modificando el régimen vamos a solucionar todos los problemas de nuestros políticos.

 

 

-El documento de Expansiva se titula “Somos más, queremos más y podemos más”. ¿Podemos pero no nos atrevemos a más?

-No nos atrevemos a más porque, de alguna manera, a la Concertación le ha costado asumir que este es el primer gobierno de funcionamiento plenamente normal en democracia, que no se tiene que hacer cargo de la transición, porque ésta se extinguió. Por eso, de haber un quinto gobierno de la coalición, éste tendrá que ser literalmente un nuevo gobierno, con nuevas coordenadas y con nuevos problemas. Es más, la Concertación va a tener que entender que sus propias reformas han producido beneficios, pero también problemas, y eso también exige un trabajo programático de otro tipo.

 

 

-¿Cree que la Concertación es capaz de reinventarse?

-Estoy totalmente convencido de que sí. Por dos razones. Primero, por defecto, porque la Alianza no será capaz de transitar de una coalición meramente electoral a una de gobierno. Pero hay una razón que forma parte de la propia Concertación: hay gente de la elite que no está presente plenamente en este gobierno y que está reactualizándose en los centros de estudio con frutos que se van a ver en un par de años. No es razonable que personas como Ricardo Solari o Enrique Correa y tantos otros se vayan de la política a los 50 años. Esa gente no está mirando al techo.

 

 

 

El dilema del PS

 

 

O Ricardo Lagos o José Miguel Insulza. Un duelo que según Joignant puede esperar.

 

-¿Está en un dilema presidencial el socialismo?
-No, porque ninguno de los dos candidatos ha tomado una decisión. Es un lujo que un partido tenga que optar entre dos monstruos como Insulza y Lagos. Y no es razonable tener que optar hoy por uno de los dos cuando ninguno de ellos se ha definido. Tampoco es racional casarse con uno en contra del otro. Habrá que esperar. Además, no es tiempo de definiciones.

 

 

-¿Quién asegura mejor el éxito de la Concertación?

-Todo depende del estado en el cual se encuentre la coalición inmediatamente terminadas las elecciones municipales. Todo depende de si José Miguel Insulza logra constituirse en un actor socialmente popular. De Ricardo Lagos, no tengo ninguna duda que cuando empiece a intervenir en la agenda pública su curva de popularidad se va a elevar a niveles estratosféricos. El problema no se le plantea a Lagos desde ese punto de vista. Es Insulza el que tiene una dificultad que resolver.

 

 

-El dilema presidencial se extiende a la DC, que no parece estar dispuesta a un tercer presidente socialista.

-Ese es un factor que uno no puede soslayar, pero al mismo tiempo la DC tiene un problema interno. Soledad Alvear, que es la mejor posicionada, no tiene a todo su partido detrás. No tiene a Adolfo Zaldívar, ni a Marcelo Trivelli, ni a Eduardo Frei. Pero, al mismo tiempo, la DC no puede exigir en esto. Las decisiones de elites están lo suficientemente damnificadas como para seguir en esa senda.

 

 

-Pero las encuestas también.

-Sí, las encuestas también. Tendría que producirse un desequilibrio muy, muy considerable en favor de Soledad Alvear para que el mundo PS-PPD decline sus candidaturas. Pero también reconozcamos que algún día habrá que incursionar en lo que Francia hizo hace ya mucho tiempo: competencia en primera vuelta, con voto de preferencia primero y útil en segunda.

 

 

-Y eso puede ser un punto de quiebre para la Concertación.

-Es peligroso porque no tenemos cultura y lo nuevo produce temor.