Como productor general del encuentro, el periodista Daniel Trujillo, de amplia trayectoria en Capital, tuvo acceso al backstage de la cita con el ex vicepresidente norteamericano en CasaPiedra. Esto es parte de lo que vio, supo y preguntó. ¿Dónde hay un baño? Eran las 16.45 horas cuando Al Gore y su esposa Elizabeth ingresaron al […]

  • 18 mayo, 2007

Como productor general del encuentro, el periodista Daniel Trujillo, de amplia trayectoria en Capital, tuvo acceso al backstage de la cita con el ex vicepresidente norteamericano en CasaPiedra. Esto es parte de lo que vio, supo y preguntó.

¿Dónde hay un baño?

Eran las 16.45 horas cuando Al Gore y su esposa Elizabeth ingresaron al salón de protocolo del Aeropuerto Arturo Merino Benítez. Luego de saludar a la delegación de bienvenida, encabezada por el gerente de Estrategia y Nuevos Negocios de Chilevisión, Alejandro Carboni, y el director ejecutivo de Oikos Chile, Hernán Castro, Gore quiso ubicar rápidamente la puerta de un baño. En su primer intento dio con un closet. Luisa Martínez, productora de Exhibits, le señaló la indicada. Entonces entró raudo pero no para lo que usted está suponiendo: sacó su inseparable blackberry y sostuvo una enérgica conversación. La misma escena se repetiría después en CasaPiedra: una antes de ingresar al salón VIP, para saludar a las autoridades, otra después de su conferencia, y una tercera después de la reunión con Michelle Bachelet.

 

La cena que no fue

Reunirse con Ricardo Lagos era una de las prioridades en la apretada agenda de Al Gore en Santiago. Un día antes que él, había llegado a Santiago Emily Trievel, ejecutiva de la agencia Harry Walker que desde hace medio año acompaña a Gore en todas sus conferencias. Su misión principal era coordinar con los organizadores “una actividad altamente confi dencial”. Tan secreta que ella misma la desconocía y solo le sería informada poco antes. El anuncio nos generó inquietud entre los organizadores: ¿reunión privada? “Tal vez va a La Moneda”, pensó alguien durante la reunión de coordinación con el equipo de Carabineros, encargado de su seguridad en Chile.

-No, no vamos a Palacio -advirtió el oficial al mando.
-¿A ver? ¿Usted sabe algo? -le preguntamos a coro.
Igual no pudimos sacarle nada.
-Bueno, en eso consiste mi trabajo -dijo, y cambió el tema.

La conjetura se mantuvo por largo rato, hasta que Emily Trievel recibió una llamada. Pero de todos modos costó que soltara la firme. La reunión era con el ex presidente Lagos. confesó.

A la postre, como la salida desde Buenos Aires se retrasó más de una hora y media, Gore no pudo ir a la casa de Lagos a cenar. Pero ese encuentro se cambió por una reunión a puertas cerradas entre ambos paladines del calentamiento global por espacio de 20 minutos en el mismo salón que un momento antes ocupara para similar efecto la presidenta Bachelet. Obviamente, nadie supo de qué hablaron.

Briefing con pescado y lluvias mil

 

Seis meses de intensas gestiones y preparativos se vieron coronados cuando Al Gore ingresó al salón Lo Curro, de CasaPiedra, donde se desarrollaría otra de las actividades inamovibles de su visita: la reunión de briefi ng, donde debíamos entregarle toda la información sobre el seminario y en el que poco más tarde Al Gore desplegaría toda su potencia. (El hombre es de estatura e impronta solemne. Sus ojos verdes ligeramente rasgados miran con intensidad, saluda con un viril apretón de manos, al punto que ensaya una elegante reverencia. Sonríe mucho, asiente, agradece y guiña el ojo, coqueteando a las mujeres presentes).

Como había poco tiempo, Gore aprovechó de devorar un delicioso fi lete de pescado blanco con ensalada, que su entorno había solicitado con insistencia el día anterior, mientras le explicábamos detalles de la concurrencia y del programa del seminario, respondiendo a sus dudas.

-Díganme, ¿cómo se advierten en Chile los efectos del cambio climático? ¿Hay alguna señal que la gente identifi que claramente con este fenómeno?
-Bueno –respondí– teníamos un dicho popular: “abril, lluvias mil”. Pero hace unos 10 años eso ha estado cambiando y la temporada de precipitaciones comienza más o menos en junio y es más corta. Uno escucha a la gente sencilla, a los taxistas, comentar que el clima está cambiando.

-Ya veo, qué interesante -comentó, masticando un generoso trozo de lenguado a la plancha.
Muy aplicado, retuvo la información, la procesó y comparó con sus propios informes, para luego exponerla ante el público durante su impresionante performance:
“Chile está en la zona del mundo que tendrá muchas más olas de calor que las que tiene ahora. Considerando el alza sostenida que ha experimentado la temperatura del planeta, en el futuro parte importante de Chile estará en una zona del mundo que tendrá muchos más días secos. Tendrán que olvidarse del tradicional abril lluvioso y esperar ahora hasta julio”.

 

Esta foto no me la pierdo

 

¿Qué vamos a hacer ahora?, preguntó Al Gore mientras autografiaba libros. El itinerario indicaba una escala en VIP, para saludar a las autoridades y anfi triones y esperar el momento de salir a escena. Ahí lo esperarían los organizadores: Sebastián Piñera, a quién saludó afectuosamente, junto a Jaime de Aguirre y Mario Conca, la plana mayor de Chilevisión; y Agustín Edwards del Río y Cristián Zegers, por parte de El Mercurio, además de los ministros Alejandro Ferreiro y Ana Lya Uriarte. Se mostró sorprendido y expectante cuando supo que además estaba esperándolo el ex presidente Patricio Aylwin, a quien le interesaba mucho saludar. Una vez en el salón, previa escala en los servicios para hablar por teléfono, saludó cordialmente a todos y le pidió al fotógrafo presente un favor especial, señalando a Lagos y Aylwin: “¿Podría retratarme junto a estos amigos? Esta foto no me la pierdo”.

También conversó muy interesado con Darío Salas Sommer, cuya presentación sobre la Ecología Interior llamó poderosamente su atención. Incluso se llevó un ejemplar del libro, del mismo título, traducido al inglés y autografi ado por el autor.

Tipper de shopping, catando vinos y mariscos
Mientras su marido hablaba en CasaPiedra, la esposa de Al Gore, Elizabeth –Tipper para los amigos– recorría Santiago acompañada de un guía turístico. No quiso ser acompañada por un guardaespaldas y partió feliz al Pueblito de los Dominicos, donde compró un bolso de cuero; luego fue al Mundo del Vino en Isidora Goyenechea, donde degustó diversos mostos y adquirió algunas botellas, pagando en promedio 80 dólares por cada una, para luego ir a cenar con la persona del staff que la acompañaba y el guía Francisco Guardiola al restaurante Puerto Marisco. Feliz le contó a su afamado esposo que el paseo había sido un agrado porque nadie había reparado en ella.

¿LA CASA BLANCA? ¿PARA QUE?
Esta era de rigor. La intervención de Al Gore estaba a punto de comenzar, cuando el periodista que hay en mí se impuso al productor.

-¿Puedo preguntarle algo, señor Gore?
-Claro, lo que quieras…

-¿Va a ser otra vez candidato a la presidencia?
-Ah… esa pregunta. Bueno, no ahora, de eso sin duda. Tengo demasiados compromisos durante los próximos cuatro años, mucho trabajo y además, estoy empeñado en esto, que me motiva mucho.

-Pero no lo descarta…
-No, pero por ahora me pregunto, ¿la Casa Blanca? ¿Para qué? Todavía es necesario hacer muchos cambios culturales y sociales antes de que un presidente pueda llegar a hacer lo que me gustaría hacer. Prefi ero invertir estos cuatro años en esto y después, tal vez, las condiciones sean más favorables.

-Ya veo…
Entonces un aplauso señaló que debía entrar al auditorio. Gore abrió unos centímetros la puerta, dando un vistazo, y soltó un ¡wow! al ver la escenografía.

-OK, la hora de actuar ha llegado –dijo sonriendo, me tendió la mano y luego fue absorbido por una descomunal ovación.