Es una leyenda en el mundo del vino. En los 60 fue el principal accionista y director de Concha y Toro. Batalló contra la reforma agraria y según muchos “salvó” a la vitivinicultura chilena. Fue pionero en California y hoy es dueño de un cotizado viñedo de Napa Valley. Amigo de Francis Ford Coppola, no deja de mirar a Chile: hace poco compró una de las viñas más exclusivas en Colchagua. Aquí, por primera vez, habla largo y tendido sobre negocios, el país y la política.

  • 28 febrero, 2012

Es una leyenda en el mundo del vino. En los 60 fue el principal accionista y director de Concha y Toro. Batalló contra la reforma agraria y según muchos “salvó” a la vitivinicultura chilena. Fue pionero en California y hoy es dueño de un cotizado viñedo de Napa Valley. Amigo de Francis Ford Coppola, no deja de mirar a Chile: hace poco compró una de las viñas más exclusivas en Colchagua. Aquí, por primera vez, habla largo y tendido sobre negocios, el país y la política. Por Marcelo Soto

¿Está retirado, don Agustín?
-Jubilado, no… LIBERADO –contesta riendo. Repite la palabra, marcando cada sílaba. Se le ve feliz en su casona de Zapallar, con una vista impagable a la caleta. Es una vieja construcción, que compró y remodeló hace unos años, nada pretenciosa pero de gran confort. Un poco como el dueño: un tipo austero, que tiene esa elegancia sin aspavientos que en Chile parece haberse perdido. No sé muy bien por qué, pero me recuerda a Nicanor Parra, a esos señores antiguos, criados en el campo, pero cosmopolitas. Es serio, pero no grave; relajado, aunque se nota que tiene don de mando. En medio de la entrevista, eleva la voz y le pide a su mujer –que de pronto conversa animadamente con la fotógrafa– que guarde silencio, porque “estamos grabando”.

Agustín Huneeus Cox –hermano de Pablo, el escritor, y de Francisco, un reconocido siquiatra y editor– es una figura casi mítica en el mundo del vino. No sólo en Chile, sino en Estados Unidos, donde llegó en los 70, antes de que los tintos y blancos de California alcanzaran la fama internacional. Le han hecho elogiosos perfiles en The New York Times y en Wine Spectator –que le otorgó el premio a la personalidad del año en 1996–; sus opiniones son seguidas con atención en la industria nacional y extranjera, pero rara vez da entrevistas. Hoy hace una excepción.

Huneeus cuenta que la casa donde me recibe era hace siglos la casona donde vivía el cuidador del fundo que era Zapallar antes de convertirse en el balneario que es hoy. Dice que siempre que viene a Chile pasa todo el tiempo que puede allí, frente al mar, y que en ese lugar ha organizado cenas notables, como una con su gran amigo Francis Ford Coppola (vecino suyo en Napa) en 2008, junto a un selecto grupo de cineastas chilenos. “Estaban Andrés Wood y varios productores de cine que gozaron. Yo traté de convencer a Francis para que filmara acá, porque en ese momento tenía muchos problemas en Argentina con los sindicatos, con la película que estaba rodando. Fuimos al Congreso y almorzamos con Fernando Flores y Evelyn Matthei”.

Hombre transversal y bien conectado, otras de sus grandes amistades en California son la escritora Isabel Allende y su marido, Willie Gordon. Con este último, de hecho, hace un tiempo se vino volando desde Estados Unidos a Chile en una avioneta. Como no tenían mucha autonomía de vuelo, fueron parando en distintos países latinoamericanos: una especie de viaje para redescubrir el continente al estilo del que hizo en los 50 Ernesto Guevara –antes de ser el Che– en moto.

Pero Huneeus, claro, poco tiene que ver con los barbudos de Cuba. Durante los 60, como presidente de los embotelladores chilenos de vino, protagonizó una dura batalla contra el proyecto original de la reforma agraria, que establecía que ninguna empresa ni persona jurídica podían poseer tierras agrícolas en Chile. “Yo di la pelea de que si eso era así se destruía la posibilidad de que Chile fuera un país productor de vinos. Porque para ser productor de vinos uno tenía que tener tierras. Eso lo logramos, pero me costó muchos enemigos. Y ese cambio en la ley salvó a la viticultura”, afirma, sin falsa modestia.

Los pergaminos de Huneeus impresionan. Cuando tenía 23 años, se hizo cargo de Concha y Toro, entonces una empresa sin destino. Pensaban liquidarla, pero decidió apostar por su potencial exportador y empezó el camino hacia la internacionalización de la compañía. Luego inició una destacada carrera en el gigante de las bebidas y licores, Seagram, donde llegó a tener a cargo 16 bodegas de EEUU, Francia, Argentina, Nueva Zelandia, España, Italia y Alemania. Esa experiencia le sirvió para descubrir California y su tremendo futuro. Llegó allá cuando los vinos de esa zona eran perfectos desconocidos en el mundo. Tomó una viña que estaba a punto de quebrar, Franciscan, que vendía no más de 20 mil cajas a muy bajo precio y la hizo crecer hasta llegar a vender 500 mil cajas anuales. Cuando ya era una compañía afianzada y exitosa, decidió venderla y quedarse, entre otras cosas, con Quintessa, uno de los viñedos más afamados de Napa, y con Veramonte, su emprendimiento chileno en Casablanca.

“La crisis ya está bastante superada en Estados Unidos, pero nos afectó”, reconoce. “Nuestra clientela principal allá son los restaurantes de alto nivel, donde una botella de Quintessa vale 250 a 300 dólares. Ese segmento obviamente se vio perjudicado, pero todo indica que la economía se está recuperando”.

Quintessa, en efecto, es una mezcla tinta que vale 150 dólares la botella y produce unas 10 mil cajas al año, con la asesoría de Michel Rolland, uno de los enólogos más famosos del planeta. Uno de los secretos de ese vino, y que por primera vez revela, es que tiene una pizca de carménère. “Yo llevé el carménère de Chile para allá y lo planté en Quintessa y da un vino excelente, son dos hectáreas y todo lo que produce entra a Quintessa”. El conglomerado de Huneeus además incluye Faust, una viña más grande en Napa que produce un vino de unos 60 dólares la botella, con un volumen de 20 a 30 mil cajas anuales. También en California, en Sonoma, posee Flowers, un pinot noir de alta gama. Aunque dice estar alejado de las decisiones ejecutivas, sigue apostando y dando que hablar. Considerado por muchos colegas como un visionario, cada decisión que toma es vista con interés, como una señal de los rumbos que tomará la industria. Su última apuesta fue comprar Neyén de Apalta, uno de los viñedos más exclusivos en Colchagua, con el que potenciará su oferta chilena, agregando a los vinos costeros de Veramonte un súper tinto que combina carménère y cabernet sauvignon.

Sin ir más lejos, Huneeus cree que Chile debería hacer un vino de apelación, una mezcla tinta que incluya algo de carménère, para darse a conocer en el mundo con un vino único, tal como hicieron en Napa cuando lanzaron el nombre meritage –él fue uno de los precursores de la idea– para poner a ese valle californiano en el mapa.

1. Política
Sentado en un espacioso y cómodo salón, bebiendo una copa de Montsecano 2010 –“uno de los pocos pinot noir que me han impresionado de Chile”, admite–, Huneeus acepta revisar su trayectoria y hablar, cómo no, de la industria vitivinícola, de la economía y la situación del país. Sobre esto último comenta que, aunque vive en California, visita a menudo Chile y le llama la atención la mala calidad del debate público.

“Es muy curioso lo que pasa. Yo veo un país que está funcionando bien, hay mucho más bienestar que antes: obviamente todavía hay pobreza, un cierto grado de descontento, pero es un país que afronta esos problemas y busca soluciones, es un país que percibes que va andando bien. Cuando lees los diarios, en cambio, y te metes en la cosa política, es una cosa tan diferente. Porque la política chilena está muy desastrosa. Y difícil de entender. Yo me pregunto: ¿tiene alguna importancia toda esta tontera política? ¡Qué me importa que el binominal o no binominal, que pelee Larraín con el presidente o que al presidente lo sorprenda que la DC se uniera con RN! En fin. ¿Tendrán importancia esas peleas? (…) Lees la prensa chilena y crees que este es un país paralizado por el desastre político”.

El empresario sostiene que una de las razones de este ambiente calamitoso es la breve extensión del mandato presidencial. “Sin duda que la presidencia de cuatro años es desastrosa, porque ya estamos hablando de la próxima elección presidencial. Ya todos los ministros son candidatos, y llevamos recién dos años. O sea, el primer año es para descubrir dónde queda el baño, y el tercero y cuarto para prepararse para la próxima elección. Entonces, hay un solo año que se gobierna en Chile”.

Y agrega: “(Además…) el manejo político parece que anduviera por un lado separado de la realidad económica. El otro día leí una tesis que decía que si bien es cierto que la dictadura tuvo todos los problemas ligados a un régimen dictatorial, no es menos cierto que la limpieza del sistema económico se pudo hacer gracias a que había dictadura, porque era tal el enredo económico, la cantidad de reglamentaciones, de institutos, el control del cambio, el control de todo, que cada uno era un burocracia enorme. Todo eso se limpió. Hoy económicamente funcionamos macanudo, pero ese mismo enredo que había en los 70 en la parte económica ahora lo tenemos en la parte política. Lo que hace falta es que venga una escoba y barra la parte política, y quede una cosa más nítida y transparente, más limpia”.

-¿Cómo evalúa el gobierno de Piñera?
-No estoy capacitado para darte una respuesta. Considero que el país está bien, y no veo ningún disparate que se haya hecho. Lo único que se habló el año pasado fue del asunto estudiantil. Creo que efectivamente hubo un abuso en el sistema, por toda esta creación de los créditos, de la cantidad de universidades que dan títulos sin mayor valor, del esfuerzo enorme que hacen las familias más modestas por meter a sus hijos en las universidades… a nosotros se nos llenaba la boca diciendo que el 70% de los estudiantes era primera generación universitaria. Y resulta que el 50% de esos alumnos se salía al primer año después de haber quedado endeudado hasta las orejas. Todos esos abusos está bien que se denuncien y combatan. Ahora, cómo se hacen y cómo se controlan las manifestaciones, es otra cosa. No puede ser que el estudiantado defina cómo se maneja el país.

-¿Sería perjudicial una reforma tributaria?
-A los empresarios nunca nos gusta que nos suban los impuestos, pero si ese es el precio de estabilidad y prosperidad del país, bienvenido.

2. Emprendimiento
Agustín Huneeus dice que está liberado, porque ya no está en el mando ejecutivo de sus empresas, rol que hoy ocupa su hijo. “Yo soy liberado, otros dicen jubilado, pero yo prefiero decir liberado. Liberado de toda tarea que no sea de mi agrado. Me dedico a las cosas que me encantan, como degustar vinos, o filosofar sobre el vino. Es Agustín Francisco quien maneja totalmente la compañía, lo hace muy bien y lo hace a su manera, que es mucho más moderna. Llega una edad en que uno tiene que entregarle a la próxima generación. De lo contrario sufrimos el síndrome del príncipe Carlos: el pobre todavía está esperando que la señora le entregue la corona, y ya está viejo”.

-Una de las cosas que se han discutido en Chile es la fragilidad de la cultura del emprendimiento. Se dice que los grandes empresarios no apoyan iniciativas de riesgo. Usted que viene de una cultura californiana, que es más emprendedora, ¿cómo ve el panorama?
-Chile es una sociedad muy especial, muy conservadora y muy tradicional. Además yo diría: viven muy bien en Chile. Entonces, no estoy seguro de que el chileno, en primer lugar, esté dispuesto a tomar riesgos de fracaso. Para ser empresario hay que fracasar. Es como tratar de aprender esquí pero que sea una vergüenza caerse. Si tú no te puedes caer esquiando, no puedes aprender a esquiar. Y si tú no puedes fracasar con tu emprendimiento no puedes aprender a ser emprendedor. Esa es una cosa clave.

-¿El empresario chileno le tiene mucho miedo al fracaso?
-Claro. Socialmente una quiebra en Chile es el fin de la carrera.

-¿Y eso en EEUU no pasa?
-No. No pasa nada. Allá, dicen: ah, te fue mal, vamos a la otra, aprendiste. En ese sentido, es otra mentalidad.

3. Trayectoria
El padre de Agustín, José Agustín Huneeus Salas, fue un ingeniero precursor en varias áreas. Según cuenta Pablo Huneeus en su blog: “echó a andar la Sociedad Austral de Electricidad, integró la Milicia Republicana, dirigió la agrupación de generadoras eléctricas del país, capitaneó la Compañía Sud Americana de Vapores, CSAV, cuando en plena II guerra mundial el vapor Toltén fue hundido por un submarino, fundó la Academia Musical de Providencia, organizó la primera empresa pesquera destinada a producir industrialmente alimentos marinos (SOPESA) y construyó para la familia una de las más finos y firmes palacetes de Providencia”.

El palacete al que se refiere el escritor queda en Lyon 1177 y hoy da cabida a la Universidad Gabriela Mistral. Pablo Huneeus –en el mismo blog– comenta que cuando su padre decide retirarse le entrega la “corona imperial” de las empresas familiares a “su primogénito masculino, Agustín Huneeus Cox, a la sazón de apenas veintitrés años”. El escritor añade que “el novel gerente general, no contento con haber gestionado la venta de Lyon 1177, a poco andar enajena la pesquera. Azuzado por Eduardo Guilisasti Tagle… compra el paquete accionario que le da el control de la viña Concha y Toro”.

Esa, claro, es la versión de Pablo, el escritor. La historia de Agustín es la siguiente:

“Yo fui invitado a CyT por un amigo, que era corredor de bolsa, mayor que yo, Eduardo Guilisasti padre”, comienza explicando el empresario. “Eduardo convidó a varios conocidos, entre lo que estaba Carlos Cruzat, para intervenir en Concha y Toro, que estaba muy desvalorizada en bolsa, y a lo mejor liquidarla. El inventario de vinos que tenía CyT era tan alto que podíamos pagar las acciones que estábamos comprando… Para hacerlo me pidió este grupito que me hiciera cargo por un tiempo, seis meses… pero aquí estoy… esos seis meses se transformaron en bastantes años. Llevo 55 años en el vino”.

-¿Por qué decidió quedarse?
-Yo no tenía relación con el vino, salvo por mi padre, que tomaba y guardaba vinos. Yo no tenía idea. Pero empecé a verle el gran potencial en una época en que no se exportaba vino y empecé a sentir la pasión al recorrer las viñas. De repente probaba vinos y eran magníficos, y otros que eran más o menos. Me empecé a entusiasmar y me salí de la pesca… y aquí estoy.

-¿Cuáles fueron sus desafíos en Concha y Toro?
-Estuve doce años en esa empresa, fui director gerente durante ese periodo y el principal accionista. Y nos fue muy-muy bien. Fui el primero en desarrollar la exportación, creé un network internacional, empezamos exportando a Perú, Colombia, Venezuela, Brasil y México. Después llegamos a Estados Unidos golpeando las puertas. EEUU era brutalmente difícil, un mercado muy cerrado. Te hablo del año 65. Para el vino chileno lo único que querían en EEUU era un vino a 3,75 dólares la caja de 12 botellas, imagínate… Tenían que ser caramayolas, y tenían que decir chilean riesling, el blanco, o chilean burgundy, el tinto. El primero de alemán no tenía nada, con suerte era un sauvignonaisse (cepa blanca de baja calidad) y el segundo no tenía nada de pinot noir. Pero en Latinoamérica nos fue muy bien. Después, cuando vino la UP, las cosas se pusieron difíciles.

-¿Vendió las acciones?
-Sí, claro.

-¿No se arrepiente?
-Sí, me encantaría haberlas mantenido. Las vendí por nada. En esa época Concha y Toro entero llegó a valer 200 mil dólares. Todo. Tú te podrías haber comprado la compañía en 200 mil dólares (se ríe). Y ahora vale mucho más de mil millones.

-Usted decide irse de Chile, durante la UP. ¿Por qué?
-Me intervinieron la compañía inmediatamente, y no tenía una buena relación con el gobierno. Yo acababa, como presidente de los embotelladores de vinos de Chile, de luchar contra la ley de reforma agraria. Fui autor de la excepción que permitió a las empresas vitivinícolas salvarse de la expropiación. No era auspicioso el panorama. Entonces el 71 me fui a Argentina, donde Edgar Bronfman, al jefe de Seagram, la casa de bebidas alcohólicas más grande del mundo en esa época, me invitó a que me hiciera cargo de sus empresas en Argentina, cosa que hice, y luego de eso me puso a cargo de toda el área de vinos internacionales. Entonces me trasladé a Nueva York. Allí aprendí una brutalidad. Manejábamos Champagne Mumm, Barton & Guestier de Burdeos. En California era presidente de Paul Masson. Teníamos bodegas en Toscana, Mosela, en La Rioja. Luego de 4 años, cuando conseguí mi estatus de inmigrante, dejé la compañía y me fui a California y ahí empecé con un pequeño viñedo.

-¿Qué le llamaba la atención de California?
-Me di cuenta del potencial que tenían los vinos californianos, que todavía no eran famosos, pero al probarlos veías que había algunos magníficos… Era igual a Chile, la flora, la fauna, el clima. Era evidente que si uno quería estar en el vino tenía que estar en California. Podría haber vuelto a Chile, pero en esa época (75-76) las cosas estaban terribles, la vitivinicultura estaba enterrada, no existía. Entonces empecé en el valle central de California y terminé en Napa, con una empresita que también estaba a muy mal traer y que logré levantar, Franciscan. Creció a tal punto que la vendí. A mí, las cosas muy grandes en el vino no me gustan; cuando se transforman en demasiado industrial o comercial, pierdo el interés. Es estupendo que haya crecido y gracias a ello es que pude hacer lo que hice, que fue quedarme con la crema, que era Quintessa, en Napa y Veramonte, en Casablanca, y algunas otras propiedades en California.

-Usted llegó a San Francisco un poco antes del boom, de la famosa cata de París en que vinos de California les ganaron a los mejores vinos de Francia en una degustación…
-Yo estaba en California para la cata, pero no en Napa. Empecé con una viña en el valle central, de gran productividad, con vinos más bien ordinarios. Era una época en que California lo que más vendía era un vino blanco que se llamaba chablis, que no tenía ninguna definición, podía ser lo que tú quisieras, un vino más bien dulzón. Todas las compañías de Napa necesitaban tener un chablis, y entonces yo les hacía un chablis en mis bodegas del valle central. Así empecé a conocer gente y a entender Napa. En esa época estaba recién surgiendo Robert Mondavi y nos hicimos muy buenos amigos. En fin, así empezó todo.

-En los 90, usted también creó Veramonte, la primera viña establecida en Casablanca.
-Veramonte lo creé primero como fuente de abastecimiento desde Chile para mi organización de venta de Franciscan en EEUU. Hicimos una asociación con Eduardo Chadwick, y ahí inventamos Caliterra. Pero luego decidimos con Eduardo separar caminos, debido a que él tenía ciertos objetivos diferentes a los míos. El mío era abastecer el mercado norteamericano, el de Eduardo era hacer una empresa internacional. Y lo ha hecho muy bien, por lo demás, con Errázuriz. Precisamente en Errázuriz había probado vinos de Casablanca y decido entonces hacer lo que había visto que se había hecho en Napa. Hasta ese momento en Chile la viticultura estaba en manos de grandes compañías, que tienen de todo, en todas partes, a todos precios. Me di cuenta de que el futuro no está en eso; el futuro está en empresas más chicas, más especializadas, más centradas en un área de producción, muy influido por lo que había hecho Mondavi. Inventamos la idea de Casablanca, empezamos a promoverla e hicimos la hermandad Napa-Casablanca. Fue una época muy entretenida.

4. Chile versus California
-¿Qué tan diferente es el mundo del vino en California del chileno?
-Hay más similitudes que diferencias. Pero yo creo que en Estados Unidos hay más empresarios comprometidos con el hacer-personal. Es decir, en EEUU el dueño de la viña está en la bodega. En Chile, el dueño por lo general está en una oficina magnífica en una torre hecha por Borja Huidobro en El Golf… (risas). Son empresarios que hacen otras cosas muy bien, y llegan al vino después de una trayectoria en otros negocios. No es el vino su empresa; el vino es casi hobby de mucha gente en Chile.

-¿Y esto se refleja en la calidad o potencial de los vinos?
-Creo que estamos detrás históricamente. Si bien Chile antecede a EEUU como fuente de producción de vinos finos, la realidad es que Chile de repente deja de ser productor de vinos finos, desde el 70 hasta el 90. Son veinte años en que la vitivinicultura chilena está muerta: no se plantan parras, no se importa un barril, no se trae una máquina nueva, no hay nada. El negocio era intolerablemente malo. Renace en los 90, cuando empiezan a surgir empresas más pequeñas, como eran entonces Errázuriz, Montes, Veramonte, Lapostolle. Empresas más chicas con gente más dedicada. Y empieza también a haber una carrera de enólogo buena en la universidad, empieza a haber críticos inteligentes, empieza la cosa. Nuestra viticultura, que nosotros creemos que es tan antigua, es muy nueva. Data de 1990. Tenemos poca historia. Napa tiene más historia, y está más orientado a la dupla terroir y variedad, que es la base de la calidad.

-Guillermo Luksic decía en esta misma revista que los vinos chilenos son mejores que los de California, pero que faltaba que los críticos de EEUU se dieran cuenta.
-Como en toda zona vitivinícola, en California hay vinos excelentes y hay vinos malos. Lo mismo pasa en Chile. Cuando llegas a un grado de excelencia, es difícil decir cuál es mejor. No hay verdades empíricas. El rango lo pone tu paladar, no es un dato objetivo. Yo he visto a críticos como Robert Parker (considerado el más influyente de EEUU) y James Laube (que califica a los vinos californianos en Wine Spectator), que cambian totalmente su criterio por el mismo vino: en dos días de diferencia prueban el mismo vino: con le dan una calificación distinta. En Chile los puntajes de Parker y de otras revistas se usan como si fueran realmente una medición absoluta, pero tú sabes que no es así. Decir que Chile es mejor o peor que California es una apreciación suelta. A uno en primer lugar le gusta aquello a lo que está acostumbrado. Esa idea de que los vinos pueden ser clasificados por una numeración a mí me parece aberrante. Es degradar el vino. Me encanta que haya críticos, que describan el vino, su estructura, su acidez, sus aromas, pero que me digan este vino tiene 92 puntos, por lo tanto te va a gustar más que este otro que tiene 91, no lo creo. Ahora, ¿por qué todo el mundo busca el máximo puntaje? Porque es para un vino lo que el papel de diario es para un asado: sirve para encender, es un fogonazo que vendes en ese momento, pero dura poco. A los pocos días ya hay otro que tiene mejor nota. Por lo demás, creo que hay dos vinos. Hay el vino masivo, comercial; y el vino de terroir. Cuando me hablaste de Guillermo Luksic, por ejemplo, él tiene de los dos. Tiene San Pedro, que es vino commodity, y tiene Altaïr y Tabalí que son exquisiteces.

-De hecho, tienen un viñedo que se lo compraron a ustedes: Talinay en Fray Jorge, en la costa de Limarí, donde han hechos grandes vinos, ¿No se arrepiente de haberlo vendido?
-No (risas). No me arrepiento nada, porque era nuestra estrategia. Nosotros compramos un terreno ahí más o menos grande, con un grupo de inversionistas amigos, y para prestigiarlo necesitábamos que enólogos de primera categoría, como Felipe Müller, hicieran vinos allí y que empresarios como Luksic lo publicitaran. Para nosotros, que a Tabalí le vaya tan bien no puede ser mejor, porque tenemos mucho terreno todavía, y vamos a plantar y a seguir haciendo crecer esa zona.

5. El dólar
-Uno de los temas que más preocupa a la industria del vino es el dólar, que está muy bajo.
-Hay algo que no funciona, there is something wrong in this picture, como dicen los americanos. Chile exporta a un promedio de menos de 30 dólares la caja, y el dólar está a menos de 500 pesos. Esas dos cosas no calzan. ¿Por qué? Porque Chile ya no es un país de costos bajos. Nuestra mano de obra ha subido muchísimo, gracias al desarrollo social y económico y a las políticas de bienestar, y estamos felices de eso. Pero no estoy seguro de que la productividad haya crecido al mismo nivel. El costo de producir uva, de producir vino en Chile, de la botella, no son menores. Chile no es ya un productor barato, por lo tanto no podemos seguir vendiendo vinos a precios tan bajos. O si lo vamos a hacer, el dólar tiene que subir.

-¿Debe intervenir la autoridad?
-Yo no soy economista, no me metería jamás a decir qué tienen que hacer. La comunidad chilena, que es el gobierno, la gente, los empresarios, tiene que optar por un modelo económico y hoy está optando por un modelo que es monoproductor, exportador de commodities. Pienso que, cuando eres exportador de commodities, mantener una paridad cambiaria tan baja no permite el desarrollo de diversificación manufacturera, industrial, y ciertas cosas, como el vino, que compiten en un mercado internacional difícil, sencillamente pueden morir. Ahora, ¿qué significa eso para Chile? Obviamente a Chile le va bien, tenemos empleo alto, hay mucho más bienestar que antes, la pobreza ha caído… entonces, obviamente el modelo funciona para algo. La pregunta es si el modelo va a funcionar para todo el espectro productivo y a la larga. Al vino en esta coyuntura le cuesta sobrevivir. Gran parte de las bodegas chilenas están ahogándose. Con el dólar a menos de 500 pesos no van a poder salir a flote. Y también sucede que ahora las viñas, todas, están tratando de subir los precios, pero por cada segmento de precio que nosotros subimos en el extranjero hay 20 viñas de otros países que quieren tomárselo. Es una competencia feroz.

 

El vino y sus definiciones
El futuro del carménère. “Yo me acuerdo que cuando manejaba Concha y Toro, hace mucho tiempo, el vino menos valorizado que teníamos era el malbec, que le llamábamos cot, era lo más penca… y de repente Argentina sale con que pueden hacer un malbec estupendo. ¿Quién te dice que no podemos hacer lo mismo con el carménère?”

Una bandera. “Una idea que siempre he tenido es que nos pongamos de acuerdo los enólogos chilenos de hacer un vino que tenga un componente importante de carménère. Que cada uno lo mezcle como quiera, siguiendo ciertas reglas y que le pongamos un nombre propio que nadie más en el mundo pueda usar. O sea, lo mismo que hicimos en Napa cuando creamos el meritage, que es una mezcla de cabernet sauvignon y otras cepas tintas”.

El desafío país. “La participación internacional de Chile en el negocio del vino tiene que cambiar de cara. Chile ha dejado de ser un productor de bajo costo, que es como se presentó al mundo al principio. Con el dólar actual y con la relación costo de hoy no es negocio. Si no sacamos vinos de mayor valor, no nos va a resultar”.

El terroir de Apalta. “Yo creo en los vinos que tienen razón de ser. Lo que busco son terroirs diferentes y especiales, pero son muy escasos y difíciles de encontrar. Neyén de Apalta es uno, como lo es Quintessa en Napa”.

Veramonte en Casablanca. “Yo soy el primero que saca vinos de Casablanca. Es cierto que Pablo Morandé en los 80 plantó las primeras viñas, pero los que descubrieron que esas viñas eran especiales fuimos nosotros. Somos la primera viña que se hace en la zona costera y los primeros vinos que anuncian un estilo diferente, de maduración más larga y de producción más baja, y por lo tanto más intensos”.

Los pecados de la industria. “En Chile todos plantamos todo en todas partes y todas las viñas pretenden tener de todo en sus viñedos y que sea excelente, cosa que evidentemente es imposible. La próxima etapa es la diferenciación por zona y por variedad”.

El pinot noir chileno. “El pinot noir se da bien en muy raros terroir. Es muy diferente al syrah, que es bueno en casi todos los climas y casi todos los terroirs; es la variedad más buena persona que existe. El pinot noir, en cambio, es la variedad más exigente y estamos recién empezando a descubrirla”.