El libertador y el dictador, el chileno y el peruano, el militar y el estadista, el patriota y el eterno extranjero. Parece que hay tantos O’Higgins como puntos de vista uno escoja para contar su historia. Por lo mismo, el periodista y escritor Alfredo Sepúlveda se sintió con total derecho para escribir la suya. “Bernardo”, el resultado de esta aventura, acaba de llegar a las librerías. 

  • 21 septiembre, 2007

El libertador y el dictador, el chileno y el peruano, el militar y el estadista, el patriota y el eterno extranjero. Parece que hay tantos O’Higgins como puntos de vista uno escoja para contar su historia. Por lo mismo, el periodista y escritor Alfredo Sepúlveda se sintió con total derecho para escribir la suya. “Bernardo”, el resultado de esta aventura, acaba de llegar a las librerías. Por Christian Ramírez, fotografía de Verónica Ortíz.

 

Si le preguntan cómo es que acabó escribiendo durante más de dos años una biografía de Bernardo O’Higgins, Alfredo Sepúlveda dirá que es culpa del joven Picasso, Hernán Cortés y Muhammad Ali. O mejor dicho de las respectivas biografías de esos personajes, publicadas por Norman Mailer, Hugh Thomas y David Remnick. De hecho, el trabajo de este último –un redactor de The New Yorker– captó, en especial, su atención: -Durante buena parte de Rey del mundo, su libro sobre Ali, Remnick se dedica a hablar de sus “enemigos”, de los otros boxeadores; de modo que cuando el lector llega por fin al protagonista, el telón de fondo está prácticamente armado. Ahí uno entiende por qué es tan importante retratar el contexto, el paisaje físico y mental, al momento de contar la historia de alguien.

 

El otro detalle es que dio cuenta que esta clase de libros –“biografías de divulgación, como les llaman los americanos”, agrega– apenas existen como mercado por estos lados, de modo que ¿por qué no intentar escribir alguna? Más que de un tema en particular, se había enamorado del formato. Y ahí es donde se aparece en su cabeza Bernardo, el Libertador.

 

 

 

O’Higgins y la exclusión

 

 

-Llegué a O’Higgins por un interés histórico, pero ante todo por curiosidad. Hasta ese momento, Sepúlveda había hecho bastante periodismo en El Mercurio, publicado un volumen de cuentos (Sangre azul), una novela (Las muchachas secretas) y se encontraba a cargo de un proyecto en la Universidad Alberto Hurtado, pero esto de hacer narrativa histórica le resultaba algo nuevo.

 

-De hecho, me gustaría aclarar algo antes de seguir: investigué bastante para escribir Bernardo, pero éste no es un texto académico, de esos con citas a pie de página. Estoy listo para que los historiadores me den con todo, si quieren; yo, por mi parte, prefi ero verlo como una larga crónica, una especie de gran reportaje acerca de una persona que alcanzó estatura de mito, pero que no se preocupó de dejar demasiadas huellas de su paso. Al revés que otros próceres, O’Higgins no escribió memorias. Ni siquiera se molestó en llevar un diario militar, como sí hizo Carrera.

 

 

-Lo que deja terreno libre a mucha mistificación y conjetura…


-Peor. Mucho del material que sobrevive está claramente pasado por la censura de quienes querían recordar lo que les convenía, o también se quedó oculto, se perdió o simplemente se robó. Incluso si uno quisiera, no hay mucho con qué condenarlo. Creo que un gran motivo para escribir sobre O’Higgins es el tiempo que ha transcurrido desde que se contó su historia en un formato popular. La gente se acuerda del libro de Jaime Eyzaguirre, pero éste escasamente se lee hoy en día. De modo que al momento de volver a narrar su saga muchas cosas resultaban nuevas: desde lo “pequeño” –la existencia de otra hermana, aparte de Rosa, y la de una hija que tuvo con su empleada, Petita–, hasta investigar el nivel de odio que acumuló con sus enemigos y que llegó al extremo de la aniquilación.

 

 

-¿Hasta qué punto el propio carácter del personaje resultó una novedad respecto de lo que tradicionalmente aparece en los libros?


-Bastante, si se parte del instante en que O’Higgins comenzó a identificarse con los valores patrios. Eso ocurrió recién en 1869, cuando se le hizo un tardío funeral de Estado y se inició su mito de padre fundador. Pero antes la situación fue muy distinta. El joven Bernardo, que llegó a Chile en 1802 –después de vivir su adolescencia y juventud en Lima, Cádiz y Londres– era una suerte de marciano, insertado de golpe en un mundo que recordaba vagamente de niño. Algo parecido puede decirse del anciano que vivió en el exilio y que, a mi parecer, murió sintiéndose tanto peruano como chileno. Cuesta encajar la imagen del icono, con la de la persona que escribe cartas a su padre, el virrey del Perú, sin que éste le conteste, y aún así siga tratando de agradar, de integrarse, de caer bien. Para Sepúlveda, este último rasgo fue uno de los más interesantes de su travesía o’higginiana: en su condición de “extranjero” Bernardo no era de los nuestros –alguien con un circuito ya formado de relaciones en Chile– como los Carrera y, sin embargo fue él, y no José Miguel, quien cimentó la crucial alianza con Argentina. No era un tipo con formación militar, pero, puesto en el trance de guerrear, luchó palmo a palmo junto a sus soldados (algo poco común en un oficial) y se dejó atrapar por el espíritu castrense casi al extremo de anular su personalidad.

 

 

-Es decir, ¿O’Higgins como un Zelig cualquiera?


-No es para tanto. Pero sí llama mucho la atención que incluso después de muerto, en 1842, la forma en que se utilizó su persona para reivindicar la idea de Estado- Nación fue contradictoria. En los primeros años, la sensación ambiente le era adversa: O’Higgins todavía tenía el mote de enemigo (más aun después que su postura frente a la Confederación Perú-Boliviana resultara demasiado tibia), mientras el recuerdo de Carrera resurgía como símbolo entre la juventud ilustrada, casi como un ideal romántico. Años después la cosa se da vuelta y alguien como Diego Barros Arana –un tremendo escritor, su Historia General de Chile me fue de mucha ayuda– aparece exculpando a un personaje que ya está dotado de rasgos épicos. No hay caso: la vida de O’Higgins siempre ha sido narrada en forma partisana.

 

 

 

Lo que cambió, lo que sigue igual

 

 

Tanta controversia, querella e intriga, resultan buen material dramático, pero en vez de convertirlo en la respuesta nacional a algo como Alexandros, Sepúlveda dice prefirió poner cierta distancia y, en vez de distraerse con un argumento de teleserie, dejar espacio para tomar cierta distancia.

 

 

-Bernardo podría fácilmente haberse convertido en una actualización de los viejos Episodios nacionales de Liborio Brieba, o una especie de librorespuesta al reciente telefilme sobre O’Higgins, producido por Canal 13.

-Es justo lo que traté de evitar. Primero porque no me resultaba cómodo ponerme a insertar diálogos modernos en la boca de personajes que venían emergiendo de la Colonia. En mis historias me gusta que la gente suene actual, que se suba al metro, por decirlo de algún modo; y, mientras más investigaba sobre el Chile de comienzos del XIX, más resultaba una ciudad de otro planeta, de otro mundo. Uno más violento, sin duda, y donde la vida humana se medía por otro sistema de valores. El Santiago de 1810, es un mundo que llora muy poco a sus muertos.

 

 

-Aunque me imagino que hay cosas que se mantienen iguales, ¿qué, por ejemplo?

-La política. Ahí están las zancadillas, las traiciones y los odios, y también la idea de la excepcionalidad chilena, esa tendencia a situarnos siempre como el centro de las cosas. Hombres comunes sujetos a situaciones extraordinarias. Ocurrió entonces y ocurre ahora: la impresión de que Chile es un lugar asediado por fuerzas externas de las que hay que defenderse. En esa época en particular, estábamos sometidos a una elección imposible. O nos declarábamos fi eles a Lima y nos sentábamos a esperar que las Provincias Unidas (Argentina) vinieran a borrarnos del mapa, o nos aliábamos con las Provincias para enfrentarnos a los realistas. La historia que uno lee en el colegio tiende a pasar por alto esas zonas grises, tiende a pintar de blanco y negro y olvida que esta gente se largó a hacer una revolución apoyándose en ideas, en conceptos, que habían leído en los libros y a los que le habían asignado un valor casi sagrado. Hay que pensar que en 1812 la Revolución Francesa y de la independencia de Norteamérica eran un recuerdo lejano (aparte que, para nuestros efectos, Estados Unidos fi guraba como aliado de España) y que la república, que tanto defendían estos “patriotas”, era un concepto que no estaba precisamente de moda. Pese a ello, cuando San Martín se planteó fugazmente la posibilidad de conducir el movimiento hacia una monarquía, O’Higgins fue tajante en decir que esa no era una opción.

 

 

-¿Qué hay sobre el paralelo entre O’Higgins y figuras contemporáneas como Pinochet? Es un tema que no se ha estudiado mucho y en el libro queda más que esbozado.


-Es interesante como en ambos se puede observar un enorme apego al mundo militar, por contraposición al civil. Ahora, Pinochet celebró los 200 años del natalicio de O’Higgins en 1978 en plena crisis limítrofe con Argentina y de algún modo sintió una gran identificación con el personaje, pero al tiempo que reivindicó la figura de Portales, el mismo que en su época aborreció la idea de O’Higgins como héroe y mesías. De modo que, contradictoriamente, Pinochet es o’higginista y portaliano. Es como mezclar agua con aceite.

 

 

 

Bernardo pop
Tal como su autor quería, Bernardo –el libro– se parece en más de algo a sus modelos gringos: tiene tamaño paperback, generosas 570 páginas, letras que cubren casi toda la portada y un detalle: una imagen de O’Higgins que no está sacada ni de cuadros de la época, ni de textos de historia. Es la ilustración que representaba al héroe en esos viejos álbumes de padres de la patria, editados a fines de los 70 por Mundicrom (ver imagen). “Es una bonita idea, pero no es mía. Fue de la diseñadora, Francisca Toral”, apunta Sepúlveda, aunque concede que en su fuero interno, la idea de Bernardo como un icono pop le resulta menos creíble que, digamos, la de un Manuel Rodríguez: “yo diría que es al revés: O’Higgins es lo anti pop. En términos frívolos, hoy resulta mucho más cool ponerse una camiseta con la imagen de Rodríguez que una con la cara del director supremo. El primero es y será un mito popular. Don Bernardo, en cambio, hoy está convertido para bien o para mal en una respetable estatua.