Arquitectónicamente no es el clásico pueblo de montaña con refugios alpinos. Tampoco cuenta con hoteles de lujo. Pero la Parva tiene algo que la ha convertido en el lugar preferido del jet set criollo: un ambiente familiar único que alberga más de una historia.

  • 31 julio, 2012

Arquitectónicamente no es el clásico pueblo de montaña con refugios alpinos. Tampoco cuenta con hoteles de lujo. Pero la Parva tiene algo que la ha convertido en el lugar preferido del jet set criollo: un ambiente familiar único que alberga más de una historia. Por Carla Sánchez M.; fotos, libro “El Esquí en Chile” y Centro de Ski La Parva.

Buenas canchas, laderas soleadas y el silencio de la montaña. Un par de bajadas y luego un pisco sour en el restaurant 3100. Esa es la rutina de muchos parvinos, como se denomina a quienes cada fin de semana se arrancan de la ciudad para disfrutar de este centro de ski ubicado a sólo 50 kilómetros de Santiago.

Un oasis que no existiría si André Bossonney no se hubiera entusiasmado con la invitación que le hizo el entonces embajador de Chile en Francia, Gabriel González Videla. “Tienes que venir a Chile porque no tenemos nada más que un cordel”, le comentó quien años más tarde se convertiría en presidente, según consigna el libro “El esquí en Chile”. Recién comenzaba la Segunda Guerra Mundial y Bossonney prefirió colaborar con la resistencia francesa antes de aventurarse al sur del mundo. Pero la imagen de más de 4 mil kilómetros de cordillera lo convenció. En 1946 agarró sus pilchas y cambió los Alpes por los Andes. Agustín Edwards, segpun cuenta la historia, fue el encargado de recibirlo.

Durante un día de excursión, Bossonney, que partió en Chile como profesor de la Escuela francesa de ski en Farellones, descubrió La Parva. “Podría ser un muy buen centro de ski”, le habría comentado a su amigo Emile Allais, campeón olímpico francés que era jefe de la Escuela de ski de Portillo. ¿Quién pondría la plata para hacerlo? Pensaron entonces en su amigo, el multimillonario cubano Néstor Carrillo, quien buscaba invertir en proyectos en Sudamérica. Se asociaron a Hernán Briones y empezaron a tirar las primeras líneas para echar a andar La Parva.

“El primer andarivel era una silla muy primitiva que se usaba en unas minas del norte de Chile”, recuerda León Koifman, uno de los próceres de La Parva. A sus 85 años el deporte blanco sigue siendo su pasión. Lo descubrió cuado estudiaba en la escuela dental de la Universidad de Chile, en plena década del 40. “El ski era muy escaso, no había profesores, uno aprendía de los amigos. Como no había andariveles teníamos que subir a pie, deslizarnos y después volver a subir caminando”, recuerda.

Andrés Lederer fue otro de los aventureros que se enamoró de La Parva. Aprendió a esquiar a los 12 años en su natal Hungría, de

En la década de los 50 empezaron a levantarse los primeros refugios. Hoy existen más de mil y la idea es sumar unos 300 más conservando la esencia familiar que ha caracterizado al centro.

la cual tuvo que arrancar a causa de la guerra. “Subíamos en esos camiones infames que partían de la Plaza Italia a las 7 de la mañana. Eran abiertos, tenían bancos en los cuales íbamos sentados con los esquís en la mano. ¡Llegábamos arriba a las diez de la mañana tan congelados que nos caíamos de sólo pararnos!”, ríe Lederer, quien a sus ochenta y tantos sigue esquiando, pese a que ya casi no le quedan rodillas.

Subir por el día era toda una odisea. Cómo poder pasar más tiempo en la montaña se preguntaban estos fanáticos. Bossonney y compañía ya habían comprado a Hans von Kisling unas 2.500 hectáreas del cerro La Parva, en 1952, y levantaron los primeros refugios. Hasta que llegó la oportunidad para Lederer. “Ricardo Schmidlin, un amigo suizo, me contó que le habían ofrecido un terreno de mil metros cuadrados en La Parva a un dólar el metro. Yo no tenía casa, ni auto para llegar, pero decidí meterme en el proyecto”, cuenta. Cómo no tenían plata, sumaron a un tercer socio, Hans Bosshard y el año 59 construyeron una cabañita para los tres. “Era un sacrificio llegar. No había camino, las casas no tenían calefacción pero lo pasábamos fantástico. Los sábados hacíamos fiestas y al día siguiente estábamos esquiando. ¡A veces apenas podía subirme a los esquís!”, recuerda Lederer.

“Lo más divertido era que los autos quedaban enterrados en el camino entre Farellones y La Parva. André Bossonney tenía un jeep belga y salía con una cadena a sacar a los que quedábamos empantanados”, recuerda Koifman. Una camaradería que hoy extraña.

Todo pasando
El desarrollo de La Parva vino de la mano de otra leyenda del esquí en Chile: Henry Purcell. En 1962, la sociedad Hotel Portillo compra el centro y comienza el desarrollo urbano con la construcción de edificios en la zona de la Parva baja y la instalación de nuevos andariveles.

Poco a poco, el centro invernal se fue transformando en un lugar mítico. Así lo piensa al menos Patricia Anguita, quien decidió que su vida no estaba en la ciudad, sino que en la montaña. Influenciada por Tony Racloz, el primer profesor de la escuela de ski, empezó a entrenar junto a su hermano Raúl, Federico García y Marcial Marambio, entre otros. “Hicimos de la montaña nuestro lugar. Se empezó a correr la voz que había una tropa de locos que vivía en La Parva y que habían cortado con la ciudad, la civilización e incluso los estudios”, cuenta. Dividía su tiempo entre los entrenamientos, clases a principiantes y viajes en verano a Estados Unidos para comprar equipos que luego se peleaban los fanáticos locales. No sabe cómo lo hizo, pero incluso logró titularse de historiadora.

“Tony Racloz le empezó a dar forma a La Parva. Copió todo lo que se hacía en los Alpes franceses e inventó técnicas como pasar un rodillo de madera grande para aplanar las pistas”, comenta la presidenta del Club de Ski Andes. Un método bastante más moderno que el utilizado en los cincuenta por los coetáneos de León Koifman y Andrés Lederer. “Antes de las carreras, los corredores pisaban la pista con los zapatos y después bajaban derrapando con los esquís para dejarla lisa”, recuerda Koifman,

Convertirse en un centro de ski masivo no forma parte de la ecuación de La Parva. La idea, dicen, es no perder su carácter familiar.

quien sigue compitiendo en la categoría ski masters.

El Campeonato Mundial de Ski de 1966 en Portillo marcó un antes y un después en el nacimiento de estrellas locales. Y La Parva contribuyó con varias. La lista la engrosan los hermanos Hernán y Felipe Briones, Hernán y Fernando Boher, Roberto y José Luis Koifman, Dieter y Nils Linnenberg y Paulo Oppliger, entre otros. “Si hay algo de lo que me siento orgullosa es de haber llevado a mis hijos Mikael y Maui Gayme hasta las Olimpiadas”, comenta Patricia Anguita sobre sus vástagos que desarrollaron una importante carrera internacional.

Pero no todo era sacrificio. Las fiestas en los 70, según cuentan, eran memorables. El mismo Racloz tenía una discotheque a la cual incluso subía gente de Santiago por la noche. “Estaba todo pasando en La Parva. Adquirió tal estatus que todo el mundo quería tener un departamento”, recuerda Patricia Anguita, dueña del restaurant café Olímpico, un clásico del lugar.

Pero llegó la crisis del 82 y la avalancha económica dejó sepultado el desarrollo del centro. Al menos por un buen tiempo. “Desgraciadamente los Purcell tuvieron que vender. Leonidas Vial y Eliodoro Matte, entre otros, se hicieron cargo de la deuda y hoy son los actuales dueños”, explica Koifman, quien le dio varios consejos al creador de LarrainVial para que aprendiera a esquiar.

100% chileno
Si el verano es sinónimo de Zapallar, el invierno es La Parva, dice Patricia Anguita: “Los Paulmann, los Luksic, los Kaufmann, los Matte, todo lo más granado de la sociedad chilena tiene refugio aquí”, comenta.

¿Cuál es la gracia de La Parva? Thomas Grob, ex corredor y actual gerente del centro, cree que la clave es su concepto familiar. “Si bien es bastante grande –son 800 hectáreas- conserva esa esencia donde todos se conocen. Por ejemplo los niños van a visitar a sus amigos a otros refugios. Socialmente es muy agradable”, explica Grob.
A diferencia de otros centros de ski de la zona central, La Parva no cuenta con hoteles. Lo único que está en carpeta es un hotel boutique. Convertirse en un centro de ski masivo no forma parte de la ecuación. “A los turistas les encanta La Parva porque lo consideran auténtico. No les gusta el concepto de lo fake. Ellos saben que no tenemos la infraestructura que hay en los grandes centros de Europa, pero lo aceptan porque existe ese espíritu de originalidad”, explica Grob.

Sin considerar el negocio inmobiliario- el principal ingreso del centro-, La Parva factura aproximadamente 3.500 millones de pesos al año. Los planes de crecimiento contemplan 300 viviendas más, que se sumarían a los casi mil refugios que hoy existen, sumado al desarrollo de nuevos andariveles, según detalla Grob.

Patricia Anguita cree que La Parva es uno de los centros más versátiles de Chile –de hecho tiene pistas de descenso homologadas por la Federación Internacional de Ski-, pero que debiera modernizarse: “Tiene todo tipo de pistas, muy buena calidad de nieve, pero definitivamente faltan andariveles y más máquinas para aplanar pistas”.

Andrés Lederer es cauto respecto al crecimiento del centro. El desarrollo, dice, amenaza el principal activo: la nieve. “La ciudad es caos. La luz y el calor derriten la nieve. Nunca más tuvimos tres metros”, se queja. “¿Quieres que te cuente una anécdota? Cada año que termina en 8 no hay nieve. Pasó el 68, un año tan seco que con suerte cayeron 300 metros. El año 2008 fue igual”, confidencia mientras cruza los dedos para que vuelva a nevar, gran detalle que ha faltado esta temporada