Los terroristas —explica Harari en 21 lecciones para el siglo XXI-, no piensan como generales sino como productores de teatro. El miedo es la historia principal. El ataque contra el WTC fue, en ese sentido, hollywoodense, además con un número excepcionalmente alto de víctimas. Como escenificación teatral del mal, nadie lo olvidará.

  • 13 septiembre, 2018

Por Rafael Rincón-Urdaneta Z. Fundación para el Progreso

Cuando el vuelo 175 de United Airlines embistió la Torre Sur del World Trade Center (WTC), estábamos todos agolpados frente al televisor, en la oficina de emergencias del campo petrolero donde trabajaba. Impactados y con las manos en la cabeza, presenciamos en directo el ataque terrorista más horriblemente espectacular de la historia. Fue un 11 de septiembre hace 17 años, casualmente poco después de que empecé a aprender el árabe y a conocer desde dentro el Islam, en cuyo nombre se han cometido las barbaridades más retorcidas.

Recordando el episodio, quisiera compartir tres ideas sobre el terrorismo islámico en nuestro tiempo.

La primera es la teatralidad y la maestría de los terroristas en el arte de controlar las mentes de millones, y de sacudir estructuras e instituciones políticas. En frío, el terrorismo produce relativamente pocos daños materiales y un limitado número de víctimas, al menos en comparación con guerras, delincuencia y crimen organizado, dictaduras, enfermedades e incluso accidentes de tránsito. Hay abundantes y muy buenas definiciones de terrorismo, pero para Cindy Combs, la autora de Terrorismo en el siglo XXI es justamente la síntesis de guerra y teatro, una dramatización de la violencia perpetrada contra víctimas inocentes y escenificada ante una audiencia con la esperanza de producir miedo. Los terroristas —explica Harari en 21 lecciones para el siglo XXI-, no piensan como generales sino como productores de teatro. El miedo es la historia principal y la desproporcionada relación entre la fuerza real de los actores y el pavor que inspiran es brutal. El ataque contra el WTC fue, en ese sentido, hollywoodense, además con un número excepcionalmente alto de víctimas. Como escenificación teatral del mal, nadie lo olvidará.

Lo segundo: nunca han tenido los terroristas tantas herramientas tecnológicas para el trabajo de inteligencia y operaciones y para sus montajes teatrales, con la correspondiente difusión de atrocidades y mensajes. Incluso para lanzar a infames villanos, vía Internet, del anonimato al estrellato viral. Un ejemplo es Jihadi John, aquel hombre vestido de negro que apareció degollando en 2014 al periodista estadounidense James Wright Foley, secuestrado dos años antes y cuidadosamente puesto de rodillas con un overol color naranja. La escena está cargada de símbolos, partiendo por el mismo verdugo: ¿No es perturbador ver a un asesino emblemático del Estado Islámico (Daesh) hablando con nítido acento británico, como diciendo «estamos entre ustedes, malditos infieles»? La maquinaria tecnológica y de comunicaciones de Daesh es profesional: videos muy bien filmados; revistas online, como Dabiq; trabajados hashtags en Twitter y reclutamiento de combatientes vía Internet e incluso con videojuegos. La Ciber-yihad.

Lo tercero es la ideología. Durante la Guerra Fría, la confrontación ideológica del comunismo fue un pilar de la estrategia estadounidense. Aunque el desafío frente al terrorismo islámico es diferente, hay ciertas similitudes. Una es el peso del factor ideológico. El islamismo o Islam político es, además de una cuestión religiosa, una ideología. ¿Quiénes eran o son Osama bin Laden, Ayman al-Zawahiri, Abu Musab al-Zarqawi y Abu Musab al-Suri? Terroristas, estrategas y líderes, pero también ideólogos y/o con una intensa formación ideológica. ¿Qué movió a Mohammed Atta, Ziad Jarrah, Hani Hanjour, Marwan al-Shehhi y a 15 hombres más a secuestrar cuatro aviones para irse al Paraíso como mártires el 11S, matando a tantos inocentes? ¿Locura? ¿Por qué Islam Yaken, un acomodado joven egipcio, cosmopolita y aficionado del Fitness —el «yihadista hipster»—, se unió a Daesh hasta morir en una operación suicida en Kobane, Siria? Por todo esto, Ayaan Hirsi Ali, en The challenge of Dawa (Hoover Institution, 2017), sugiere que combatir el terrorismo por medios militares es insuficiente y presenta un gran reto: hacer frente a la penetración ideológica y al adoctrinamiento como precursores de la yihad.

El terrorismo seguirá marcándonos por largo tiempo, o al menos no es previsible que desaparezca mientras ciertos grupos, de naturalezas distintas, lo vean como un método para lograr sus fines. Las tres ideas descritas son también ámbitos desafiantes para la democracia, para los musulmanes de bien… y para todos los que estamos en la mira.