Tres grandes eventos deportivos tienen al Estado invirtiendo más de 220 millones de dólares en infraestructura deportiva y al fútbol profesional pidiendo recintos con mayor aforo. ¿Cuál es la sostenibilidad de estas mega obras después del corte de cinta, el aplauso y el papel picado? ¿Pasaran a ser elefantes blancos? Por Michael Boys.

  • 8 mayo, 2012

Tres grandes eventos deportivos tienen al Estado invirtiendo más de 220 millones de dólares en infraestructura deportiva y al fútbol profesional pidiendo recintos con mayor aforo. ¿Cuál es la sostenibilidad de estas mega obras después del corte de cinta, el aplauso y el papel picado? ¿Pasaran a ser elefantes blancos? Por Michael Boys.

 

A fines de febrero de 2007, un orondo personaje con más pinta de Viejo Pascuero que de poderoso dirigente del fútbol pisó suelo chileno por segunda vez. Lo había hecho 20 años antes, con ocasión del Mundial Juvenil de 1987, a cargo de la delegación de su país, Estados Unidos. Chuck Blazer, miembro del comité ejecutivo de FIFA, regresaba para cumplir entonces la misión de inspeccionar las potenciales sedes del Mundial Femenino Sub 20, que se jugaría 21 meses más tarde.

Blazer, con 180 kilos y 62 años a cuestas, debió recorrer en cinco días 14 estadios, desde Antofagasta a Temuco. Cuando iba llegando al último, el por entonces derruido Lucio Fariña de Quillota, lanzó una sentencia hacia la comitiva que lo seguía en silencio: “desde el 87, todo en este país ha cambiado. Las ciudades, los hoteles, las autopistas, los aeropuertos, hasta cómo se viste la gente. Pero los estadios están incluso peor”.

 

 

 

 

El mensaje llegó a oídos de la presidenta Michelle Bachelet, espoleado por una entrevista de La Segunda en la que otro de los inspectores decía que el Mundial Femenino Sub 20 no podía realizarse con las condiciones de infraestructura de ese momento.

Bachelet, en medio de su difícil primera mitad de gobierno, tenía dos alternativas: o mandaba a los emisarios de la FIFA a pedir estadios a otro país, o se ponía a las órdenes para el lucimiento de su propia administración. “No se preocupe, estarán todos los recursos necesarios para renovar los estadios”, le dijo a Blazer en La Moneda. Y cumplió.

La historia que siguió es conocida: después de 45 años de manos de gato, refacciones de mentira y abandono, el Estado se comprometió con un proyecto que sobre la marcha se denominó Red de Estadios del Bicentenario, que en su primera etapa invirtió 110 millones de dólares en demoler y reconstruir los coliseos de Coquimbo, La Florida, Chillán y Temuco. El torneo fue un sonado éxito y, coincidencia o no, la popularidad de Bachelet comenzó a remontar desde el famoso “zapato volador” con que la presidenta reabrió el Germán Becker en la capital de La Araucanía.

La “experiencia del estadio”

Los estadios son a una ciudad moderna lo que en otro tiempo fueron las catedrales: hitos urbanos, obras que coronan el genio de un artista y lugares de reunión de masas adoradoras; claro que ahora, de ídolos laicos y pedestres. Y tal como aquellos edificios religiosos, los estadios convocan a la feligresía con menos frecuencia que la esperada para cualquier construcción de tamaña envergadura.

El tema de la sostenibilidad de los recintos deportivos mayores es una interrogante mundial, porque en todas partes capotó el modelo clásico. Ese de los elefantes blancos que albergaban partidos una vez a la semana o cada quince días, que se llenaban dos veces al año y que debieron abrir sus puertas a otro tipo de eventos para mitigar el desangre financiero de sus sostenedores.

La violencia en los estadios, otro cáncer que no conoce fronteras, también jugó su parte en degradar a estos reductos hasta convertirlos en oscuras cloacas, campos perfectos para el entrenamiento en combate de fuerzas de orden y delincuentes. La “experiencia del estadio” se transformó en algo tan desagradable que la gente optó por abandonarla en favor de otras opciones en la industria de la entretención y el tiempo libre.

En Chile, las asistencias de público a las dos principales categorías profesionales de fútbol se mantienen estancadas desde 1995, con alzas y bajas, en torno de los dos millones de espectadores. ¿Será la calidad del producto? Difícil: el Canal del Fútbol (CDF), nacido en 2003 y trabajando con la misma materia prima, llega a 2,1 millones de hogares, y 630 mil de ellos pagan siete mil pesos adicionales por ver en vivo siete partidos de primera división y uno de segunda por fecha. El valor estimado del CDF es casi cinco veces mayor al que Bethia pagó por Mega este año, pero no vale ni un cinco si por a, b o c motivos deja de transmitir su producto estrella: el fútbol nuestro de cada día.

 

 

 

Remodelar o reconstruir

Fue tal el impacto de los nuevos estadios, que el gobierno de Bachelet no pudo (ni quiso) contener la caída del dominó. La segunda fase de la Red de Estadios Bicentenario contemplaba 100 millones de dólares adicionales para la remodelación de otros 15 recintos deportivos: uno por región, más el Nacional. El chorreo volvía a mojar a todos.

Pero empezó a enchuecarse el árbol: para tapar más piernas con menos ropa, en algunos estadios sólo alcanzó para la primera etapa, como Puerto Montt y Curicó, mientras la segunda debía volver al fondo de la fila de los proyectos; en su mayoría, la “reconstrucción” dio paso a la “remodelación”, el viejo concepto por el que antes se dieron tantas manos de pintura justo antes de un partido importante. Sólo los reductos de Quillota y Copiapó fueron íntegramente levantados desde nuevos cimientos.
Cuando Sebastián Piñera y su administración tomaron el mando –y pese a haberse mostrado críticos de las ingentes inversiones en recintos deportivos de sus antecesores–, ya no podían echar pie atrás. Ni siquiera con las urgencias grado 8,8 generadas en febrero de 2010, porque el costo político en ciudades clave era demasiado alto.

El nuevo gobierno reorientó el plan, lo traspasó íntegramente a Chiledeportes (antes era comandado por Obras Públicas) y hasta lo renombró por Chile Estadios. Con los hoy proscritos bombos y platillos, incorporó más coliseos y anunció “la mayor inversión de la historia en infraestructura deportiva”: 170 millones de dólares. Técnicamente correcto, pero con letra chica: tomó recursos ya asignados en presupuestos anteriores y sumó al plan los recintos del fútbol aficionado, que se llevan el 56% de la torta mediante fondos concursables.

En otras palabras, mucha plata repartida entre muchos es igual a poca plata para todos. Si los estadios de 2008 cumplían austera pero correctamente con los requerimientos de grandes torneos internacionales, los que se vienen construyendo en los años siguientes van bajando la vara en lugar de subirla. Así, desaparecieron las pantallas gigantes, los techos y los asientos individuales en la totalidad del aforo; el HD de la televisión desnuda las falencias de la iluminación y los elementos de seguridad modernos, como sistemas inteligentes de acceso, fueron postergados.

La norma es rescatar lo más posible de lo existente. Pero si echaron abajo y reconstruyeron íntegramente Wembley o el Yankee Stadium, ¿cómo justificar que se salve algo del Regional de Antofagasta o el Municipal de Concepción? Ah, claro, Chile no es Inglaterra ni Estados Unidos… Y entonces, ¿por qué los aeropuertos o las autopistas sí se levantan con los estándares internacionales, pero los estadios no?

 

 

 

 


Las citas de 2014 y 2015

Por un carril aparte, demasiado silencioso para la envergadura de la competencia, corre la infraestructura comprometida por el Estado para la organización de los Juegos Suramericanos 2014, cita a la que Chile debió renunciar en el pasado por presupuestos cortos y manos largas.

Son 50 millones de dólares que se invertirán, principalmente, en el complejo del Estadio Nacional: una medida acertada para renovar el principal complejo deportivo de Chile. Pero otra vez la cifra suena larga y se queda corta: los últimos Juegos, realizados en Medellín en 2010, dispusieron de 145 millones para las edificaciones necesarias que los albergaron.

El principal temor es qué hacer cuando el gran torneo se acaba, se apagan las luces, se barre el papel picado y todo vuelve a las competencias locales. En Italia, varios estadios construidos para el Mundial de 1990 no se llenan nunca; en China, las instalaciones de los Juegos Olímpicos de 2008 son museos que reciben unos cuantos miles de visitantes al año; y en Chile, Cobresal juega en un reducto donde cabe el triple de la población total de la ciudad: el campamento minero de El Salvador, porque en 1986 tuvo que ampliarlo para jugar ahí la Copa Libertadores.

A la actual administración de la ANFP le cayeron del cielo la organización de la Copa Mundial Sub 17 y la de la Copa América; ambas, en 2015. Dos eventos de categoría internacional, en los que Chile podrá sacar brillo nuevamente a su bien ganada fama de buen anfitrión deportivo. Aprovechando la coyuntura, el presidente del organismo, Sergio Jadue, se apuró en pedir un aumento en la capacidad proyectada para los estadios que alojarán a esos certámenes. La razón puede entenderse en una lectura simple: más asientos disponibles para la venta. Sin embargo, la fórmula es discutible a la luz de las tendencias internacionales, que apuntan a la racionalización de los aforos en función de su uso permanente, no excepcional. Y hay que ser realistas: los estadios nacionales se llenan cuando juega la selección chilena, Colo Colo y Universidad de Chile; el resto del tiempo, con muchísima suerte cubren los gastos de su apertura.

¿Por qué? Porque nadie se ha preocupado de la antes mencionada “experiencia del estadio”: al no ser propietarios de los recintos que ocupan –salvo Colo Colo, Universidad Católica, Huachipato y Unión Española–, los clubes profesionales se lavan las manos. Los usuarios “amateur”, en tanto, no tienen ni con qué pagar el agua para lavarse las manos…

Si alguien va al cine, sabe exactamente lo que recibirá por lo que paga. Lo mismo en el centro comercial, el teatro, el concierto o el parque. Afuera ya se dieron cuenta hace rato: el estadio de Neuchâtel, Suiza, tiene un centro comercial que funciona todo el año y en el de Torreón, México, ganan más dinero por lo que venden en restaurantes, puestos y merchandising que lo generado en las taquillas.

Quizás sea tiempo de preocuparse antes del regalo que del envoltorio.