Intercambiar favores, bajo un modelo donde todos los servicios tienen el mismo valor, es la clave de operación del Banco del Tiempo, una iniciativa que opera en Peñalolén y que tiene felices a sus cuentacorrentistas. Por María Luisa Vicuña.

  • 25 junio, 2008

 

Intercambiar favores, bajo un modelo donde todos los servicios tienen el mismo valor, es la clave de operación del Banco del Tiempo, una iniciativa que opera en Peñalolén y que tiene felices a sus cuentacorrentistas. Por María Luisa Vicuña.

¿Ha recibido alguna vez el llamado de una ejecutiva ofreciendo abrir una cuenta en un banco? Lo más probable es que su respuesta sea afirmativa, fiel reflejo de la ya conocida “guerra” de las casas financieras por captar nuevos clientes. Pero ¿qué pasaría si lo llaman para ofrecerle una cuenta en un banco, sin requisitos de dinero ni liquidaciones de sueldo, sino sólo limitándose a ofrecer lo que sabe y le gusta hacer?

A simple vista, suena sospechoso y así lo deben haber sentido los habitantes de la comuna de Peñalolén, cuando recibieron hace un año la oferta del Banco del Tiempo, una institución que tiene clientes, cuenta correntistas y agentes, pero que no maneja dineros, sino horas de trabajo.

Responsable de la iniciativa es la corporación Cívica, formada con la misión de desarrollar proyectos de participación ciudadana y potenciar una sociedad civil más activa y organizada. Tras esa línea de trabajo fue que llegaron a los bancos del tiempo, instituciones que en Estados Unidos y Europa existen desde hace veinte años, pero sin una versión en Sudamérica.

La idea no es más que la institucionalización del favor por favor. Cada persona inscrita en el banco tiene derecho a pedir un servicio, a cambio de una actividad que ese mismo individuo comprometió. Una especie de canje o trueque de favores. ¿Por qué no se pagan los servicios? Precisamente, porque la gracia es que todo valgan lo mismo, lo que implica –por ejemplo– que una hora de atención de un abogado tiene igual valor que una hora de trabajo de un carpintero. Una peluquera puede acceder a la atención de un doctor, sin pagar dinero, sino intercambiando lo que sabe hacer: cortar el pelo. El concepto que grafica este negocio se denomina “1 hora = 1 peso”.

El primer Banco del Tiempo en Chile y en Sudamérica es el que se instaló hace un año en la población Las Torres 3, en Peñalolén. Luego vino el segundo en la Villa Santa María, de la misma comuna.

En poco tiempo, Chile ha batido récord: se inscriben 100 personas mensualmente –cuando en España no superan las 80– y el tiempo transado cada mes alcanza a las 30 horas, muy por encima de las 10 horas de su par ibérico.

Para formar parte de este singular banco, es necesario inscribirse, señalar los servicios que puede prestar (incluidos hobbies e intereses) e informar su disponibilidad de horarios. A cambio, recibe un listado de los demás clientes, con las actividades ofrecidas y se le entrega una chequera-tiempo, con la que se pagan las atenciones recibidas y se acumulan las horas realizadas, para luego cobrarlas.

Para Mauricio Dorfman, presidente de Cívica, es muy importante que toda la gestión y presentación del Banco del Tiempo sea de primer nivel, aunque eso signifique gastar más recursos: “Tenemos que funcionar como cualquier banco. No porque aquí no se transe dinero, sino horas de trabajo, vamos a ser menos estrictos. Como Cívica, asesoramos a la comunidad que recibe este banco por seis meses; luego nos retiramos y ellos siguen funcionando en forma independiente. Por lo mismo, si esto no es profesional desde el primer día, el proyecto no resulta”.

Los resultados están a la vista. Luego de familiarizarse a través del Banco del Tiempo, los pobladores de la Villa Santa María se organizaron y consiguieron los fondos para construir un jardín infantil, proyecto que anhelaban hacía mucho tiempo.

El Banco del Tiempo tiene contemplado abrir nuevas sedes en Santiago: Puente Alto, Macul y Conchalí. Y otros países de América latina están pidiendo la asesoría local para replicar el modelo.