Jan Gehl (81 años) llega todos los días a su oficina en Copenhague en bicicleta. Su mujer también, al igual que el 45% de los habitantes de la capital danesa. “Es una ciudad muy agradable. Y el gobierno ha trabajado durante varias décadas para lograrlo”, asegura Gehl al teléfono. “Hemos hecho mucho por las personas, […]

Jan Gehl (81 años) llega todos los días a su oficina en Copenhague en bicicleta. Su mujer también, al igual que el 45% de los habitantes de la capital danesa. “Es una ciudad muy agradable. Y el gobierno ha trabajado durante varias décadas para lograrlo”, asegura Gehl al teléfono. “Hemos hecho mucho por las personas, los peatones, la vida pública y las bicicletas”.

El danés ha dedicado los últimos 50 años a la investigación urbanística, enfocado en cómo hacer ciudades a escala humana. Al principio como académico de la Real Academia de Bellas Artes de Dinamarca, y desde el año 2000 en Gehl Architects, la firma que fundó con Helle Søholt y que hoy tiene oficinas también en San Francisco y Nueva York. “Muchas de las cosas buenas de Copenhague pueden rastrearse hasta los estudios que nosotros hicimos”, dice.

Gehl es una estrella de la arquitectura mundial. Aunque nada más distinto a un starchitect, como se conoce a los diseñadores de los edificios ícono, como Norman Foster o Bjarke Ingels. “Yo no soy ese tipo de arquitectos, yo veo la situación diaria de cómo vive la gente ordinaria. Hay algunas ciudades que son famosas por estos edificios emblemáticos, pero hay otras como Melbourne, Copenhague y Lyon que son famosas porque son ciudades agradables. Y creo que es mejor ser reconocido por esto que porque llamaste a un starchitect para que hiciera un gran edificio”, agrega.

-¿Cree que los arquitectos se preocupan más de hacer obras lindas que útiles?

-Creo que actualmente la situación es mejor que lo que era hace 10 o 15 años. La peor época de starchitects fue en los 90, porque ahora cada vez hay más personas que son sensibles a las características básicas para que la gente viva bien en las ciudades.

El urbanista vendrá por primera vez a Chile en octubre, como invitado estrella del festival Adictos a la Capital, que organizan Santiago Adicto y revista Capital para celebrar la ciudad y buscar soluciones a los principales problemas que afectan a nuestra metrópoli. “Seguro que habrá reacciones cuando vaya, les contaré qué se ha hecho, porque cada vez hay más proyectos para humanizar las ciudades en vez de proyectos guiados por la tecnocracia o las finanzas”, dice.

La buena fiesta

Cuando Jan Gehl estudió arquitectura en los años 50 en la Real Academia de Bellas Artes de Dinamarca, el modelo de ciudad que le enseñaron, reconoce, era el de Brasilia: una urbe que desde un avión se ve muy bien –con forma de un águila, con el Parlamento a la cabeza, y con los edificios de gobierno diseñados por Oscar Niemeyer en grandes bloques–, pero que una vez abajo, para sus ciudadanos no es agradable.

En ese entonces, se hablaba de dejar atrás el modelo urbano como se desarrollaba hasta ese minuto para cambiarlo por edificios individuales, rascacielos y grandes autopistas, porque los autos estaban comenzando a inundar las metrópolis. Eso era progreso, modernismo. Aunque sin ciudad, ni espacio público, piensa Gehl.

Cuando se casó con la sicóloga Ingrid Mundt, Ghel se enfrentó por primera vez a preguntas incómodas: ¿por qué los arquitectos se interesan más en las formas que en las personas? ¿Por qué los académicos salen a las 4 de la mañana a sacar fotos de los edificios para mostrárselos a los estudiantes sin que haya personas circulando en ellos?

En 1965, la pareja se trasladó por seis meses a Siena a estudiar la vida de la piazza italiana: cómo se movía la gente, dónde conversaba, cómo utilizaba los espacios públicos. Con ese material, de vuelta en Copenhague publicó una serie de artículos sobre cómo la arquitectura influía en las personas y de qué manera se podía mejorar la habitabilidad de los barrios, que causaron furor. Las herramientas que planteaba –y que están en su libro Cities for people, publicado en 37 países– comenzaron a ser utilizadas en la planificación y recuperación de urbes en todo el mundo.

Según Gehl, los ciudadanos adaptan el comportamiento que las ciudades les invitan a tomar: con calles más anchas, hay más tráfico vehicular; con edificios icónicos, hay más turismo extranjero; con espacios públicos, hay más interacción entre vecinos; y con espacios peatonales amigables y ciclovías, hay poblaciones más saludables.

“Una buena ciudad es como una buena fiesta. La gente no se quiere ir temprano”. Esa frase, que ha repetido más de una vez, hace referencia a su tesis central: hay que recuperar las ciudades para las personas y las bicicletas deben desplazar a los automóviles. “Tenemos que estar mucho más atentos a que la gente viva bien y use la ciudad, antes que construir edificios interesantes que se vean a cinco kilómetros de distancia”, señala.

-¿Cómo se logran cambios radicales cuando una ciudad ya está construida por completo?

-He estado muy involucrado en Moscú, donde han hecho milagros en la calidad de la capital, que estaba completamente arruinada por los autos. Ahora se está transformando en un mejor lugar para vivir mediante la restricción a los estacionamientos, la reducción de las pistas de autos y el ensanche de las veredas, además de poner ciclovías.

-¿Ese tipo de cosas funciona en cualquier ciudad? Por ejemplo en Santiago, que es muy extenso, la mayoría de la gente tiene que transportarse en metro o bus. Son pocos los que pueden trasladarse a sus trabajos a pie.

-He trabajado con todas las ciudades de Australia y Nueva Zelandia; algunas en Rusia, Kazajistán y Europa del Este; en Norteamérica y he estado involucrado en algún grado con Bogotá. Y estoy absolutamente confiado de que uno puede mejorar la calidad de vida de las personas en Sudamérica también. Son inversiones muy baratas que funcionan en países con economías no tan buenas. Es mucho más caro hacer inversiones para automóviles, buses, metro, etc.

-Pero me refiero al tamaño de la ciudad, Santiago es muy extenso.

-Pero así también es Londres, Copenhague, las ciudades australianas. Por supuesto que tienes que hacer tratamientos diferentes para las distintas zonas de la ciudad, pero no te daré una receta desde acá cuando no he estado en Santiago. He trabajado en todas partes del mundo y estoy confiado de todo lo que se puede hacer para mejorar la calidad de vida. Porque hay una cosa que es igual en todas partes: ahí viven Homo sapiens. Tenemos las mismas alturas, podemos movernos a las mismas velocidades, tenemos los mismos sentidos, la misma historia biológica, y nos comportamos más o menos parecido en Groenlandia, Qatar o Australia.

Dubái versus Venecia

-¿Conoce algún arquitecto chileno?

-He conocido algunos arquitectos talentosos en conferencias. Y debo decir que tengo muchas ganas de visitar Chile y ver todo esto con mis propios ojos, para tener un diálogo directo con los ciudadanos, políticos y estudiantes.

-¿Hacia dónde deben crecer las ciudades, hacia arriba u horizontalmente?

-No tengo una respuesta correcta a esa pregunta, pero no creo que los edificios altos sean la respuesta. Hay un proyecto en Melbourne muy interesante en barrios donde pueden vivir hasta seis millones de personas y no se permiten más de cinco o seis pisos de altura.

-¿Cómo imagina el futuro de las ciudades en 10 o 20 años?

-No debieran ser como Dubái, ¡para nada! Dubái es muy poco sustentable y poco amigable para vivir, y con muchos starchitects. Creo que las ciudades se volverán más atentas a las necesidades de las personas, más parecidas a Venecia, que para mí es un lugar muy agradable. Y si tú lo combinas con un sistema fantástico de transporte público y bicicletas, tendrás una metrópoli muy buena para el futuro. Yo no soy un creyente de los autos autónomos, ellos no crearán mejores ciudades, sino una industria automotriz más feliz.

-Entonces debiéramos volver a las ciudades del pasado, pero con algunas cosas modernas…

-No, estamos avanzando. Nos dimos cuenta de que algunas de estas ideas modernas no fueron buenas para que la gente creciera, ni tampoco para que envejezca, porque hoy hay una gran parte de la población que es mayor y tenemos que hacer ciudades que también sean buenas para ellos.