En San Francisco, Estados Unidos, el bioquímico chileno Sebastián Bernales dirige Praxis Biotech, una empresa que creó en 2016 y que busca dar con una droga que frene enfermedades como el alzhéimer y el cáncer. ¿Cómo? Interviniendo el proceso en el que la célula decide seguir reproduciéndose o matarse. Entre sus socios figuran Pablo Valenzuela, Eduardo Ergas, José Luis del Río e Isidoro Quiroga.

  • 17 enero, 2019

Con la huella digital se abren las puertas de los laboratorios de Merkén. Adentro, en el segundo piso del edificio de la Fundación Ciencia & Vida, trabaja un grupo de 25 científicos silenciosamente. Algunos miran imágenes en computadores, otros utilizan balanzas analíticas y pipetas; hay piezas oscuras donde se analizan tomas microscópicas de conexiones neuronales y salas refrigeradas donde se almacena todo tipo de células.

Sebastián Bernales es quien dirige lo que pasa ahí adentro. El bioquímico de la UC, PhD en UCSF, lo hace desde San Francisco, donde trabaja codo a codo con el biólogo celular germano-estadounidense Peter Walter. Juntos formaron a fines de 2016 Praxis Biotech, la empresa matriz –dueña del laboratorio Merkén– que busca crear una droga que ayude al tratamiento de enfermedades como el alzhéimer, el parkinson y el cáncer.

La apuesta es compleja y altamente riesgosa. Eso Bernales lo sabe. Pero si logra dar con la molécula que está buscando, no solo sería un hito para la ciencia y un aporte para los pacientes que sufren estas enfermedades. También podría transformarse en un excelente negocio. La línea de investigación en la que trabaja Praxis es de UPR (Unfolded Protein Response), el descubrimiento que hizo Walter que hace referencia a todos los procesos celulares que controlan la formación de proteínas: desde la unión de aminoácidos en cadenas proteicas hasta que alcanzan su forma activa tridimensional. En simple, lo que el biólogo descubrió fue el detalle de lo que ocurre cuando las células empiezan a producir muchas de estas cadenas y no alcanzan a plegarse, lo que deriva en proteínas tóxicas que terminan por matar a las células. “Cuando esto pasa, la célula tiene que decir, ¿qué hago? Pongo todas mis energías en tratar de aumentar mis capacidades para plegarlas y vivir, o me mato”, explica el científico.

“Lo que ha pasado en los últimos años”, dice, “es que hemos visto que hay muchas enfermedades en las que el proceso está alterado: donde esto de que se mate la célula no funciona, por ejemplo en el cáncer; o por el contrario, el proceso está demasiado activo, como el caso del alzhéimer, y se te mueren las neuronas”, señala.

El equipo que dirige, y que tiene una unidad también en India, a través de los laboratorios IBS, donde otros 30 científicos hacen las moléculas y las pruebas químicas de la investigación para generar los potenciales fármacos, está enfocado en seis blancos moleculares. Una vez que tenga las moléculas que funcionen en cada una de ellas –lo que debería ocurrir en el próximo año y medio– comenzaría la fase de prueba en distintas enfermedades. Cada etapa del proceso está protegida con propiedad intelectual.

La idea de Bernales es que una vez descubierta la molécula, un grande del rubro farmacéutico los compre, tal como le sucedió en 2016: trabajaba en la compañía de biotecnología Medivation y, tras dar con un remedio para tratar el cáncer de próstata, la firma fue adquirida por Pfizer en 14 mil millones de dólares.

 

El salto a Estados Unidos

Sebastián Bernales es el segundo de seis hermanos. Hijo del médico psiquiatra y terapeuta familiar Sergio Bernales y de la pediatra Carmen Odino, lo obvio, dice, era que estudiara medicina. Pero no lo convencía, así que optó por Bachillerato. Una vez adentro escuchó una charla del bioquímico Bernardo González y se dio cuenta de que eso era lo que estaba buscando. “Siempre me atrajo hacer experimentos: armar, desarmar, jugar a ser un detective y tratar de descubrir lo que pasaba. El proceso me gustaba mucho más que el resultado”, cuenta.

Cuando se estaba licenciando, pero aún sin el título –que implicaba otros dos o tres años de tesis–, vio en el diario una nota sobre el rol de la bióloga Bernardita Méndez, fundadora de Ciencia & Vida, en Chiron, la empresa de Biotech fundada por el Premio Nacional de Ciencias, Pablo Valenzuela, en California, y que por esos días estaba siendo vendida. A través de la hermana de la bióloga, que también era terapeuta familiar, Sebastián Bernales dio con el teléfono de Méndez y su marido en EE.UU.

“¿Quién eres tú?”, le preguntó Valenzuela, muy acelerado. “Doctor, estoy viendo si podía hacer la práctica con usted”, le respondió el estudiante. “Mira, yo estoy en medio de una negociación, pero si quieres, vente, te lo autofinancias”, le dijo. Y cortaron.

Al poco tiempo, Bernales llegó a Chiron con el objetivo de trabajar en biología molecular por un mes. Hizo “buenas migas” con Valenzuela, congeló la universidad y se quedó seis meses. “Vi a un chileno único a cargo de un imperio tecnológico, en una de las empresas pioneras de biotecnología, que transformó la ciencia para que pudiera ser aplicada y un aporte concreto en salud humana”, cuenta Bernales sobre esos días. Corría 1999.

Al poco tiempo se ganó una beca del Instituto Médico Howard Hughes para trabajar otros tres meses con el académico de la Universidad de California San Francisco (UCSF) Peter Walter. Y de ahí comenzó su doctorado en esa universidad, solo con su licenciatura y sin haber recibido su título profesional.

Mientras hacía el doctorado, y con el apoyo de su mentor Valenzuela, comenzó a organizar una actividad anual que conectara a los científicos con Chile. Partieron llevando académicos a dar charlas a Santiago y desde hace más de diez años organizan el Science & Friendship, un evento que congrega a 15 estudiantes chilenos y 15 gringos que se reúnen en Chile para hablar de ciencia. Este año lo hicieron en octubre, en Puerto Varas, junto a la Sociedad de Biología Celular de Chile y luego fueron a los observatorios Paranal y Alma. En la iniciativa participa, además, el empresario Eduardo Ergas, quien se encarga de darles glamour a las visitas de los científicos: los lleva en helicóptero a almorzar a Valle Nevado, o incluso a la Antártica, “para poner en el mapa a la ciencia de Chile. Es algo que no se olvidan nunca más”, dice Bernales.

Prueba y error

En 2007 y después de hacer un postdoctorado, Bernales tenía decidido regresar a Chile a trabajar en su propio laboratorio en la Fundación Ciencia & Vida. Pero a la semana recibió una llamada del médico estadounidense David Hung, ofreciéndole ser parte de Medivation: una empresa virtual, sin laboratorios, en Estados Unidos, cuyo norte era una droga que tenían para el alzhéimer. Después de llegar a un acuerdo con Pablo Valenzuela para ocupar los laboratorios en Chile para esa investigación, ingresó a Medivation como empleado 13. Nueve años más tarde era el vicepresidente del área de descubrimientos biológicos de la compañía.

Desde ahí vio cómo la droga del alzhéimer fracasó en la fase 3 del protocolo que la FDA exige, cuando su eficacia falló: no tuvo diferencia con el grupo placebo. “La droga venía de Rusia y había demostrado que lograba frenar el deterioro de las capacidades cognitivas. Repetimos todo el procedimiento y mantuvo su efecto, pero a los pacientes con placebo les sucedió lo mismo”, cuenta.

La compañía entonces decidió intentar un nuevo experimento y compró una segunda droga a un profesor de UCLA para bloquear el receptor de andrógenos como tratamiento contra el cáncer. La molécula funcionó en las tres etapas y se convirtió en un éxito, con un gran impacto en los pacientes, lo que llevó a Bernales de vuelta a San Francisco en 2013. Tres años más tarde, Medivation estaba vendiendo mil millones de dólares al año, y fue adquirida por Pfizer en 14 veces ese valor. El chileno tenía un porcentaje “mínimo” de la compañía, “como el típico empleado gringo que recibe stock options”, cuenta, y todo el expertise para partir de cero una empresa similar: se unió con el entonces VP de química de la compañía, el indio Jit Chakravarty, y crearon Praxis Biotech, con Peter Walter como socio.

En la primera ronda de inversión se sumaron Pablo Valenzuela, Bill Rutter, Agustín Huneeus y Eduardo Ergas como fundadores, además de otros minoritarios, y lograron juntar cerca de 4,5 millones de dólares. A principios de 2018 se incorporaron, entre otros, José Luis del Río e Isidoro Quiroga en una nueva ronda de financiamiento.

Actualmente Praxis está trabajando en seis blancos moleculares para los que está buscando drogas, para poder activarlos o inhibirlos. En un año y medio de investigación, cuatro de ellos ya tienen protección a través de varias solicitudes de patentes y los dos que quedan están cerca de obtenerlas, dice el científico. “En dos de ellos, además, estamos cerca de ver cuál es esa molécula para hacer el paquete e ir a la FDA. Eso debiera ocurrir de aquí a un año y medio. Si funciona, tenemos posibilidades reales de modificar una enfermedad y ahí tendría que salir a buscar un partner estratégico para seguir desarrollándola”, señala.

“Esto es puro gasto, es súper riesgoso, pero es maravilloso el poder aplicar conocimientos de ciencia básica y buscar un impacto en salud humana. Es lo que me apasiona. Soy muy cuidadoso con los recursos porque sé que si no me queda más plata y tengo que cerrar, necesito tener activos, y esa es la propiedad intelectual o la participación en distintas empresas”, dice. Si bien el 90% de los recursos de Praxis van para encontrar nuevas drogas, hay un 10% con el que participa en distintos startups de biotecnología, a quienes les presta asesoría a cambio de un porcentaje de propiedad (ver recuadro).

Ministerio de Ciencia

Hace dos semanas Sebastián Bernales pisó La Moneda por primera vez. Fue invitado junto a un grupo de científicos a almorzar con el presidente Sebastián Piñera y las nuevas autoridades del recién creado Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación. El bioquímico es cercano a ambos: con Andrés Couve coincidió en la Sociedad de Biología –donde el actual ministro era presidente– y con Carolina Torrealba, en la Fundación Ciencia & Vida. Con ella se reunió nuevamente la semana pasada en La Moneda.

-Mario Hamuy reprochó el nombramiento de Andrés Couve porque este había sido muy crítico del nuevo ministerio…

-Parte de lo que hacemos como científicos es tratar de dar rigurosidad a las decisiones que se toman. Y yo creo que él participó activamente de ese proceso, que era dinámico, donde uno recibía información y tenía que cuestionarla. Eso solo hace tener un mejor proyecto. Las críticas de Andrés son parte de ese proceso.

-¿Cómo evalúa la gestión de Hamuy en Conicyt?

-Lo conozco poco como para opinar en detalle. Pero creo que este es un momento en que todos debiéramos apoyar: sabemos que no es un ministerio fácil, que tiene que armarse de cero, pero también es un momento histórico para la ciencia de Chile. El ministerio es el punto de partida para que esta disciplina llegue a La Moneda, para que haya una voz de los científicos y para que empiece a servir a este país. Y puede ser un aporte a la economía en Chile, a la forma como pensamos y a la política.

-Más allá de lo simbólico, el ministerio tiene un presupuesto muy acotado…

-Estamos en números muy por debajo de cualquier índice cuando se compara con otros países. En Estados Unidos es 2,7%; Israel, un poco más de un 4%. Pero todas las señales que he visto: que se forme un ministerio, la reunión con el presidente, los diálogos con el ministro y subsecretaria, el apoyo de la comunidad científica, el viaje a la Antártica, me parece que son muy buenas. Y creo que hay mucho interés de la gente porque actividades como Puerto Ideas se llenan, lo mismo con el Congreso Futuro. Hay un hambre por saber. La ciencia puede darles profundidad y contenido a las cosas.

-El ministro Couve dijo que un tercio de la tarea debe provenir del Estado y dos tercios del sector privado. ¿Está de acuerdo?

-En cualquier país la ciencia tiene varios actores y uno de ellos es el actor político, el gobierno, en especial con el financiamiento que se da a las universidades para la ciencia básica, promover el emprendimiento con beneficios tributarios o algunos apoyos como los que hace Corfo, además de hacer las políticas públicas. Ahora, creo que es fundamental que los privados se pongan las pilas para apoyar empresas que son más de innovación, que se dedican solamente a la investigación y a sus aplicaciones.

-¿Cree que a los empresarios chilenos les interesa la ciencia?

-Tal vez he tenido suerte, pero he conocido a un grupo de empresarios muy destacados, a los cuales les motiva apoyar este tipo de iniciativas, lo que ha sido muy inspirador. Más de la mitad del financiamiento de mi empresa viene de privados nacionales.

-¿La ciencia puede ser un buen negocio?

-Hay que hacer una distinción entre la ciencia básica y la aplicada. Ambas son muy necesarias e importantes. Yo me dedico a la segunda porque me gusta el impacto que puede tener en la salud humana y en la biomedicina. Me motiva además hacer cosas desde Chile. Como negocio, es una actividad de riesgo, donde la gente tiene que saber que probablemente solo un par de cada diez podría funcionar, y que la idea es que esos dos además financien a los otros ocho y permitan tener un retorno de las inversiones. Pero soy un convencido de que este tipo de emprendimientos, como me ha tocado ver varias veces en California, puede ser un importante aporte a la salud humana en un área que exige mucha regulación y rigurosidad.

Chilenos en los cambios mundiales

Bernales se declara políticamente independiente. Dice que no votó en las últimas elecciones presidenciales porque vive afuera. “Pero mi bandera personal, que se la dije al presidente, es que aprovechemos a los chilenos que estamos en el extranjero para poder contribuir a lo que pasa en el país”, dice.

El científico agrega que a la gran mayoría de los chilenos que trabajan fuera, les motiva mucho que al país le vaya bien y destaca los “atajos” que las autoridades pueden tomar para hacer que más chilenos sean partícipes de los cambios mundiales: “El gobierno de Ricardo Lagos decretó que cuando se estableciera cualquier observatorio en Chile, el 10% del tiempo de observación tiene que ser para astrónomos nacionales. Y eso ha traído tremendos beneficios para la ciencia de nuestro país”, argumenta.

-¿Cree que a los presidentes les ha interesado la ciencia?

-Yo creo que a ningún presidente le ha interesado mucho. A lo mejor con razón, porque en Chile hay otros problemas y prioridades. Sí estoy convencido de que Conicyt y Fondecyt son fundamentales para la ciencia nacional y que ha habido cosas importantes, como la creación de los Institutos Milenio, el 10% de acceso para astrónomos chilenos en los observatorios en territorio nacional, las Cátedras Presidenciales, los Programas de Financiamiento Basales… ha habido chispas que en la comunidad científica han marcado la diferencia, pero no ha sido prioridad. Ojalá esto sea el principio de una nueva era.

Los otros startups

Praxis participa en ocho emprendimientos por medio de colaboración en distintos servicios, tanto a través del laboratorio, como en sus directorios, a cambio de participación. Algunas de estas son:

-Medzyme: trabaja utilizando fagos para la fabricación de antibióticos específicos en humanos. Parte de este grupo ya lo hizo en el sector veterinario para frenar la diarrea de vacas y está siendo un éxito.

-Metagenomi: formado por dos profesores de UC Berkley, trabaja en nuevas herramientas para terapia génica tipo CRISPR que permite cambiar un gen como terapia.

-Mikrovia: Mauro Costa, profesor de Baylor, descubrió que si a un ratón que se usa como modelo de autismo le meten una bacteria en el intestino, empieza a sociabilizar de nuevo. Está estudiando las moléculas que libera la bacteria para elaborarla, maximizarla y escalarla a humanos.