En el Politécnico Federal Suizo de Zurich (ETH) premios Nobel, ganadores de medallas Fields y científicos de varias partes del mundo, analizan fenómenos que van desde cómo las rutas migratorias de las aves se ven afectadas por la energía eólica hasta cómo la inteligencia artificial para clonar la mente humana puede ayudar a entendernos mejor y salvar el planeta.
Por Carlos Jerez Hanckes, Profesor Asociado, Director del Instituto de Ingeniería Matemática y Computacional UC.

  • 26 septiembre, 2018

Desde hace algunos meses estoy realizando un periodo sabático –un concepto muy lejano a la playa que varios podrían imaginar– como profesor invitado en el Politécnico Federal Suizo de Zurich (ETH Zurich por sus siglas en alemán). Por sus aulas enseñan numerosos ganadores de Premios Nobel y entre sus exalumnos se incluye a un tal Albert Einstein. Afuera de mi oficina veo pasar rápidamente a Alberto Figalli, ganador de este año de la medalla Fields –lo que podría ser equivalente al inexistente Nobel de matemáticas, pero entregada cada cuatro años a alguien menor de 40 años. Fácil.

En Chile, pocos conocen al ETH Zurich, quizás debido a la discreción de los mismos suizos y seguramente por nuestra infatuación por los países de habla inglesa. Sin embargo, es la única institución estatal con total gratuidad ubicada entre los 10 mejores establecimientos de educación superior del mundo (rankings QS, Times), no tiene sistema de admisión más allá que la obtención de la Matura, examen rendido al finalizar la enseñanza media. Extrañamente, no recuerdo que haya sido mencionada en el debate nacional de hace algunos años… ¿esto querían lograr? 

Siendo financiada por el gobierno federal, el ETH Zurich participa en múltiples iniciativas público-privadas para mejorar la calidad de vida de los residentes suizos, con vistas a prepararse a los próximos 100 años. En el edificio principal, de 1854, abierto a todo público prácticamente el año entero, veo rotar constantemente conferencias, talleres y encuentros mundiales con temas que van desde cómo resolver los problemas generados por la energía eólica en la rutas migratorias de aves, pasando por cómo integrar los registros médicos para un sistema nacional de salud preventiva basado en datos, cómo hackear códigos genéticos para enfrentar a los crecientes superbugs –bacterias resistentes a todo antibiótico–, hasta el uso de inteligencia artificial para clonar la mente humana y lograr entendernos mejor –sí, entender nuestra propia inteligencia a través de inteligencia artificialmente creada–. De pronto, siento que mi trabajo de investigación pasa a ser un grano de arena relevante en el contexto global. Y hasta ahí íbamos bien. 

Tomo un café con un investigador recién llegado de Nueva Zelanda y rápidamente me cuenta sobre las últimas conclusiones en relación con el calentamiento global. Le pregunto ¿cuán mal estamos?, me responde en inglés: “We will have to engineer our way out soon…” (tendremos que “ingeniar” nuestra salida pronto). Quedo perplejo. Se me vienen varias películas de “ciencia ficción” a la mente. Me pregunto ¿desde cuándo existe la Ingeniería Climática? ¿No requiere su práctica de un consenso mundial? ¡Pero si los EE.UU. y otros países no respetan los acuerdos de Kyoto o París y muchos políticos cuestionan a los mismos científicos! Me preocupo aún más. ¿Estamos formando profesionales en Ingeniería Climática? Ninguno. Se nos une otro profesor a la conversación y nos dice: “Ingeniería Social. ¡Ahí está la solución!”. What? El uso de inteligencia artificial en redes sociales y otras herramientas de ingeniería nos permitirían modificar el comportamiento social no solo para ganar elecciones, sino para quizás salvar al planeta…

Ahora cuestiono mi rol como padre. ¿Cómo preparamos a nuestros hijos para un mundo en donde el clima deberá ser modificado artificialmente y en donde la inteligencia colectiva es influida artificialmente para salvarnos? Tengo algunas pistas, pero creo que necesitamos repensar nuestros acuerdos como sociedad, dejar las posturas ideológicas del jurásico y mirar al futuro, enfrentar los desafíos y aceptar buenas dosis de ingeniería. ¡Las que sean!