Por Sascha Hannig Nuñez, Estrategia y Asuntos Globales, Fundación para el Progreso.

  • 2 agosto, 2019

En un futuro cercano, usted podrá (o deberá) tomar la decisión de implantarse un chip en el cerebro. La incisión será de un diámetro similar al de una moneda chilena de 10 pesos, pero sus consecuencias podrían incluso obligarnos a evolucionar. Con dicha interfaz, seremos capaces de comunicarnos con las máquinas, recibir impulsos de información y tener todos los datos de nuestro complejo sistema neuronal, en una simple app de teléfono. Aunque suena a película de ciencia ficción, pronto será parte de la realidad.

Para algunos, este tipo de implantes son una alternativa a los invasivos tratamientos para pacientes con epilepsia, o para encontrar una cura contra fuertes enfermedades mentales como la esquizofrenia. Pero para otros, como Elon Musk, es la forma de conectar el cerebro a una computadora, y es esencial para ganarle a la inteligencia artificial (IA). Y es que, por primera vez en la historia, las máquinas amenazan con superar aquello que tanto nos orgullece como especie: nuestras capacidades cognitivas. ¿Y si pudiéramos simplemente mejorar nuestros cerebros?

El empresario sudafricano, creador de Paypal, y actual cabeza en Tesla Inc., Space X y The Boring Co., es fundador de la empresa Neuralink, que hace solo unos días anunció su primer prototipo de implante cerebral: un aparato con miles de hebras más delgadas que un cabello que se implantan directamente entre las neuronas para recepcionar y transmitir información. En el lanzamiento fue explícito en sus preocupaciones: “Incluso en el escenario más benigno de IA, nos vamos a quedar atrás. Pero con una interfaz cerebro-máquina, podemos seguirles el paso”, aseguró.

La gran duda que ha surgido (y de lo que Musk hizo más de un chiste en la presentación) es hasta qué punto la empresa tendrá “control” sobre los cerebros en los que se instalen sus dispositivos. Al fin y al cabo, dicha tecnología puede llegar a usarse desde funciones tan simples como controlar un computador sin teclado, hasta (en el futuro) enviar información directo a nuestras cabezas.

Lo cierto es que el transhumanismo, o la idea de evolucionar artificialmente, se está convirtiendo en una opción viable para muchos. Los deportistas paraolímpicos ya casi pueden competir con los atletas totalmente dotados. En Suecia, miles de personas se han insertado chips de identidad en las manos. En Chile no estamos en la cola de este desarrollo. En el país han surgido emprendimientos para instalar prótesis en 3D de manera económica, y un dispositivo para contrarrestar los impulsos del párkinson. El transhumanismo es un debate ético que se ha abordado incluso en la academia nacional.

En el futuro, no será raro que, tal como los teléfonos se han convertido en una extensión de nuestros dedos, estos aparatos se vuelvan una extensión de nuestras vidas, tal como las prótesis lo son para los pacientes médicos. La alternativa, según los más fatalistas, es quedar obsoletos frente a las máquinas.

Sabiendo todo esto, ¿se implantaría usted un circuito así en la cabeza?.