La negativa de China a convertirse en el vertedero de occidente está obligando al mundo a enfrentar la crisis de la basura.
Por: Leslie Hook y John Reed, Financial Times. Traducción por: Antonia Santibañez B.

  • 8 noviembre, 2018

Mientras Robert Reed examina una montaña de basura de tres pisos de altura, una delgada bolsa de plástico blanca le llama la atención. “Ese es un plástico problemático”, dice seriamente. “Estas se quedan atoradas en las máquinas, y no hay mercado para ellas”. Le hace un gesto de adiós y la deja flotar de vuelta al montón. 

Estamos parados dentro de la mayor instalación de reciclaje en San Francisco, la que recibe los desechos domésticos, los clasifica y produce pacas ordenadas de material. Vidrios rotos crujen bajo los pies de Reed, un veterano que lleva 20 años en la industria, que explica con orgullo que esta planta, cuyo dueño es una administradora de desechos local llamada Recology, es la más avanzada de su tipo en la costa oeste, usando láseres, imanes y tubos de aire para procesar 750 toneladas cada día. 

“¿Ven todo este papel?”, dice, aproximándose a una montaña de desechos y señalando hacia una caja de Amazon. “Empezamos a recibir muchas más de estas debido a todas las compras online”. Algunos de los materiales clasificados aquí son valiosos, como latas de aluminio, acero y cartón. Pero hay otros sin valor, como tapas de vasos de café o bandejas negras plásticas para comida. 

A medida que llegamos al final del centro de clasificación, pacas y pacas de plástico ordenado se alzan. Desde aquí serán vendidas a unidades de procesamiento, a menudo en Asia. China fue por lejos el mayor cliente el año pasado. 

Más de 270 millones de toneladas de desechos son recicladas alrededor del mundo cada año, según el Banco Mundial, equivalente al peso de 740 edificios del tamaño del Empire State. 

Desde la introducción del reciclaje doméstico en los 80, la recolección ha sido promovida como la respuesta medioambiental para las crecientes cantidades de basura de la humanidad. También se ha convertido en una industria de 200 mil millones de dólares a nivel mundial, según la Oficina de Reciclaje Internacional.

Compañías y compradores se han alineado para comprar estos desechos y transformarlos en nuevos productos: una suerte de proceso de convertir la paja en oro que puede a veces ser increíblemente rentable. En el centro del sistema, hay un enérgico comercio de materiales chatarras enviados alrededor del mundo. Pero este año, todo cambió. 

El 31 de diciembre de 2017, China, anteriormente el centro del comercio del reciclaje global, abruptamente cerró sus puestas a importadores de material reciclado, argumentando que grandes cantidades de desechos eran “sucios” y “peligrosos” y, por consiguiente, una amenaza para el medioambiente. Los precios de la chatarra plástica colapsaron, como también el valor del papel de segunda mano. Repentinamente, el lucrativo comercio que había brotado del envío de reciclaje alrededor del mundo estaba en crisis. 

La nueva legislación china, llamada “National Sword”, es tan drástica que, cuando fue anunciada por primera vez,  muchas personas no creyeron que iba a ser realmente implementada. China y Hong Kong pasaron de comprar el 60% de los desechos plásticos exportados por los países del G7 durante la primera mitad de 2017, a llevarse menos del 10% durante el mismo período de tiempo un año más tarde. “Realmente cambió al mundo, en alguna manera”, dice Reed. “China era el mayor comprador de plástico y papel del mundo”. 

Utilizando datos comerciales públicamente disponibles, FT ha rastreado las exportaciones de desechos de plástico y papel de los países del G7, revelando un dramático incremento en los flujos hacia el Sudeste Asiático luego de la prohibición china. Más de tres docenas de ejecutivos de la industria, legisladores, comerciantes de chatarra y defensores medioambientales a través de EE.UU., Europa y Asia fueron entrevistados para este artículo. 

La investigación reveló una industria que está experimentando una alteración sin precedentes, con el mismísimo propósito del reciclaje puesto en duda. Si bien se ha beneficiado a medida que los consumidores se han vuelto más conscientes de los costos ambientales, el sector ha tenido un lado desagradable durante mucho tiempo. Esto ha sido expuesto por la normativa de National Sword, como una industria plagada por acusaciones de contrabando, corrupción y contaminación que de pronto ha sido foco de todas las miradas. 

La prohibición de China también puso al descubierto la disconforme economía que se esconde tras el reciclaje doméstico, y gatilló una profunda reexaminación de la práctica. Este es un “momento de la verdad” para la industria del reciclaje, dice Don Slager, director ejecutivo de Republic Services, la segunda mayor compañía de administración de desechos en Estados Unidos. Él estima que solo su compañía perderá 150 millones de dólares en ingresos debido a la normativa china de la National Sword. 

Eric Kawabata, gerente general para Asia Pacífico con TerraCycle, una compañía de reciclaje localizada en EE.UU., dice que la prohibición china creó una “crisis global en los desechos plásticos”. Japón, donde vive, era un gran exportador para China antes del veto. “Ahora toda esta basura se está apilando en Japón y no hay nada que hacer con ella; los incineradores están funcionando a su máxima capacidad”, dice. 

Técnicamente, China todavía acepta algunas formas de chatarra, pero ha establecido un nivel tan alto para la limpieza de los materiales que pueden importarse, que la mayoría de las personas de la industria lo considera una “prohibición”.

En Estados Unidos, muchas compañías han tenido que enviar reciclaje a los vertederos porque no hay dónde más ponerlo, un doloroso revés luego de décadas de crecimiento en programas de reutilización. EE.UU. exportó 30% menos de desechos plásticos el primer semestre de 2018 comparado con el año anterior, según datos de FT. En su lugar, gran parte del material terminó en basurales. 

Globalmente, cerca de la mitad del plástico para reciclaje es comercializado fuera de EE.UU., según un estudio reciente de Science Advances. Muchas ciudades que antes recibían ingresos por sus programas de reciclaje, ahora tienen que pagarles a camiones para que se deshagan del material. A principios de 2017, una paca de plástico de baja calidad podía venderse en 20 dólares por tonelada en California, pero un año después, cuesta 10 dólares desecharla.

La normativa de National Sword “nos reta a admitir que reciclar no es gratis”, dice Zoe Heller, directora legislativa asistente en la agencia estatal de reciclaje CalRecycle. “De lo que realmente se está hablando en California, Estados Unidos y el resto del mundo es que no ha habido un cambio de paradigma en cómo pensamos sobre el reciclaje globalmente”. 

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Nadie sabe más de esto que Steve Wong, quien fue alguna vez el rey de la chatarra plástica de China. Su imperio recopiló cerca del 7% de las importaciones totales de desechos plásticos de del país, con activos que estima valían cerca de 900 millones de dólares. En su lugar, hoy enfrenta deudas, luego de liquidar fábricas y otras propiedades. Sus ojeras sugieren que los últimos años no han sido fáciles. Establecido en Los Ángeles, criado en Hong Kong y ciudadano británico, siempre está trasladándose. “La vida se ha vuelto difícil”, dice. “Escuché sobre la prohibición china, pero no esperaba que las cosas se volvieran tan severas, tan difíciles para los recicladores”, dice. 

La carrera de Wong ha seguido el surgimiento de China como el centro del reciclaje del mundo. A medida que el país se convirtió en una potencia de la manufactura global en los 90 y 2000, sus fábricas crearon una vasta fuente de demanda para materias primas. Esto presentó un mercado listo para los productos que salen al término del proceso de reciclaje, por ejemplo, pellets plásticos hechos de material reutilizado que pueden convertirse en suelas de zapato o en miles de otras cosas de uso diario. 

La creciente demanda coincidió con el desarrollo del reciclaje en el mundo occidental. Una particularidad del sistema de comercio global también ayudó: las embarcaciones que partían llenas de mercadería “Hecho en China” a menudo regresaban a casa con muy poco en ellas. Había una oportunidad para llenar sus contenedores con basura reciclada. 

Las primeras compañías de reciclaje de China hicieron fortunas tomando ventaja de esto. La primera multimillonaria femenina del país, Zhang Yin, construyó su compañía, Nine Dragons, importando papel desde EE.UU. y operando trituradoras en casa. La combinación de China de demanda rápida, mano de obra barata y la negligente regulación ambiental sellaron el trato como el núcleo del reciclaje del mundo. 

Junto a Hong Kong, importó 81 mil millones de dólares de desechos plásticos entre 1988 y 2016, según el estudio de Science Advances. Sin embargo, esta actitud más laxa cambió varios años atrás, cuando China se puso serio acerca de limpiar su medioambiente. La industria del reciclaje cayó en desgracia, debido en parte a la corrupción y las pobres prácticas medioambientales, pero también porque los oficiales de gobierno no querían que el país fuera visto como el vertedero del mundo. 

China también quería manejar su propio sistema de administración de desechos. Plantas de reciclaje mal administradas que botaban aguas residuales y que contaminaban el ambiente seguían apareciendo, a pesar de los repetidos esfuerzos del gobierno para descontaminar el sector. 

“China finalmente se dio cuenta de que era un déficit neto para su país tomar toda esta chatarra”, dice Jim Puckett, director de Basel Action Network, una organización sin fines de lucro enfocada en el peligroso comercio de desechos. “El daño a las aguas subterráneas y el daño al aire tienen grandes costos económicos”, dice.

En 2013, China introdujo una legislación llamada “Green Fence”, la que reforzaba las regulaciones existentes en el reciclaje. Wong dice que fue ahí cuando su compañía comenzó a perder dinero. Cuando National Sword llegó, las cosas se volvieron aún peor. “Conozco a gente que ha terminado en bancarrota”, dice. Algunos comerciantes de chatarra chinos han incluso terminado en la cárcel como parte de los esfuerzos del país de limpiar la industria. 

Con la puerta de China cerrada a principios de año, la mayoría de los residuos plásticos han fluido hacia el Sudeste Asiático, donde se ha gatillado un nuevo tipo de crisis medioambiental. Según estimaciones de Wong, de los 1.700 importadores con licencia de China, al menos un tercio se ha trasladado hacia ese sector del planeta. La región ha sido inundada con chatarra plástica en cantidades mucho mayores de las que puede manejar. 

En el período de unos pocos meses, Malasia se ha convertido en el mayor importador de residuos plásticos del mundo, con un volumen que es ahora el doble del de China y Hong Kong. Entre el primer semestre de 2017 y el primer semestre de 2018, Vietnam vio sus importaciones de chatarra plásticas duplicarse, mientras los cargamentos a Indonesia se elevaron 56%, según datos compilados por FT. El país que ha visto el mayor incremento de porcentaje de todos es Tailandia, donde las importaciones se dispararon un 1.370%. 

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En el puerto de Laem Chabang, en la costa este de Tailandia, el sol pega fuerte en una copada autopista de seis carriles y una línea de transporte ferroviario. Este es el puerto más concurrido del reino y la principal puerta para el libre comercio con el mundo exterior, una vitrina para la economía exportadora tailandesa. 

Pero este año el puerto ha ganado notoriedad entre los ambientalistas tailandeses por otra razón: es la entrada principal para las importaciones récord de plástico, desechos electrónicos y el resto de la basura mundial. En mayo, la policía se abalanzó en el terminal C3, donde revisaron siete contenedores y encontraron residuos electrónicos –peligrosos si es que no son desechados de manera segura– falsamente declarados en la aduana como plástico. 

En Tailandia, el endurecimiento de medidas ha incluido una serie de redadas en instalaciones de procesamiento de desechos, vertederos y puertos. El Departamento de Trabajos Industriales, que supervisa la administración de desechos, declaró a FT que las importaciones de plástico serían prohibidas en dos años. La mayoría del plástico ha estado entrando al país violando las reglas puestas por el ministro, dice Banjong Sukreeta, un director subrogante. “Encontramos que los importadores estaban trayendo chatarra plástica no solo para usarla en sus propias fábricas, sino que la revendían y la enviaban a otras fábricas para procesarla. Eso va contra las reglas”, dice. 

“En nuestras inspecciones de plástico, 95% violaba las reglas y no pasaba la inspección”, agrega Bangjon. 

Mientras tanto, cientos de instalaciones de procesamiento de residuos han aparecido cerca del puerto, a menudo desencadenando quejas de locales sobre la contaminación que producen. Una mujer que controla estas plantas –no todas completamente legales– es Penchom Saeteng, la directora de Ecological Alert y Recovery Tailandia, una agrupación sin fines de lucro. Ella enumera más 1.300 compañías involucradas en reciclaje, vertederos o procesamiento de desechos electrónicos en las ocho provincias alrededor del puerto. 

“Cuando hablamos de reciclaje, el concepto es bueno y los objetivos son buenos”, dice. “Pero si la industria del reciclaje es buena, ¿por qué América, Europa, Corea y Japón tienen que exportar a otros países? ¿Puedes responderme eso?”, agrega.

Es una pregunta que más y más gente se está haciendo, mientras los gobiernos alrededor de la región tratan de resolver cómo responderla. Luego de que pacas de plástico se apilaran en los puertos de Vietnam esta primavera, el país declaró que no se “convertiría en el vertedero del mundo” y dejó de tramitar licencias para importadores de papel, plástico, metal y otros desechos. 

Malasia también ha estado batallando contra una serie de fábricas ilegales de reciclaje que han aparecido para procesar el plástico que China no quería. A principios de este mes, el ministro Yeo Bee Yin dijo que el gobierno estaba congelando las importaciones de desechos plásticos. Una investigación reciente de Greenpeace Unarthed descubrió reciclaje británico en vertederos malayos, incluyendo costales de municipios locales de Hammersmith y Fullham y de Kensington y Chelsea. 

En Tailandia, instalaciones de reciclaje turbias se han convertido en el blanco de la furia nacional. A principios de este año, las redadas policiales fueron transmitidas en vivo en la televisión, agitando un debate local sobre los plásticos y la ola de desechos electrónicos, partes viejas de computadores, teclados y teléfonos. 

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En medio de los campos de yuca en el pueblo de Thathan, en la costa este de Tailandia, las lonas azules apenas ocultan montones de desechos electrónicos expuestos al aire libre. Residentes locales dicen que los camiones llenos de basura electrónica comenzaron a llegar poco después de año nuevo, 10 o 20 por noche. Para abril, la fábrica china y tailandesa He Jia Enterprise había comenzado a quemar el plástico de la basura electrónica para extraer cobre de ella, cubriendo los campos con humo nocivo que hizo que algunos lugareños se sintieran mareados. 

“Es uno de esos olores que se quedan dentro de tu nariz y que hacen que se sienta irritada”, dice Panpuch Srithat, una lugareña que administra un pequeño negocio. “Traen cosas que nadie quiere a nuestro país”, continúa. “Ellos solo ganan y ganan. ¿Y quién pierde? Nuestro país pierde”, agrega. 

Los desechos electrónicos son mucho más tóxicos para procesar que la mayoría del plástico doméstico, porque contienen una gama de sustancias dañinas, incluyendo metales pesados como plomo. 

Defensores medioambientales como Jim Puckett, de Basel Action Network, lo ve como una evidencia del fracaso del sistema de comercio global. “Esto sucede debido a las reglas del libre mercado, donde puedes subir cosas a un bote y puedes llevarlas a un lugar donde esos controles no son tan altos”, dice. 

Para los gerentes de He Jia, ellos no han hecho nada malo. La fábrica cambió de dueños en abril, luego de las protestas. El gerente general, Winaaithorn Rakkbuathong, declara a FT que la planta está siguiendo todas las regulaciones medioambientales y las leyes de comercio. 

La Convención de Basel, creada en 1989 para regular el comercio de residuos peligrosos, dice que la basura electrónica solo puede ser exportada a países en desarrollo con su consentimiento. Sin embargo, no regula el comercio de plásticos, y existe un debate creciente en Tailandia y en todo el mundo sobre si estas medidas son suficientes.

“La gente ha estado trasladando bienes a diestra y siniestra, sin chequear si es que pueden reciclar esa cantidad o no”, dice Surendra Borad Patawari, directora ejecutiva de Gemini Corporation, una compañía comercializadora de plástico y metal en Bélgica. “Deberíamos estar obligados a chequear: ¿tienen ellos (los importadores) instalaciones de reciclaje?”, dice.

Más regulación deberían estar en camino: a principios de este año, Noruega introdujo una propuesta que agregaría algunos tipos de desechos plásticos a la lista de materiales regulados bajo la convención. Si se aprueba, cargamentos de ciertos desperdicios plásticos requerirían aprobación previa de los países receptores. 

Ola Elvestuen, ministro del Medio Ambiente noruego, le dijo a FT que la Convención de Basel debería ser usada para “tener mejor control del flujo de desechos problemáticos” alrededor del mundo. “Enormes cantidades (de desperdicios plásticos) están siendo comercializados, y muchos de ellos están mezclados, contaminados, son desechos que son difíciles o imposibles de reciclar, y necesitamos un mejor control de ellos”, dice.  

La propuesta de Noruega ya ha reunido apoyo de más de 20 países, a pesar de que la UE se opone a la acción, como también muchos comerciantes de chatarra. 

Adina Adler, directora de relaciones internacionales del Institute of Scrap Recycling Industries en Washington DC, argumenta que la legislación reprimiría el comercio. “La chatarra no es basura, no es porquería, es un recurso valioso”, dice. “Si la propuesta de Noruega es aprobada, podría ser un precedente para más restricciones. Gran parte del mundo en desarrollo no tiene capacidades de reciclaje. Entonces, en la medida en que puedan recolectarlo, lo enviarán a otro país”. 

A algunos les preocupa que se esté gestando una guerra comercial de basura, a medida de que más y más países le cierran sus puertas a la chatarra. “Estamos viviendo en tiempos de nacionalismo, y estas prohibiciones también son parte de eso”, dice Tom Szaky, director ejecutivo de TerraCycle, refiriéndose a los pasos dados en el Sudeste Asiático.

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El efecto dominó de China cerrando sus fronteras a la basura occidental es solo ahora aparente. Una consecuencia es una ola de nuevas inversiones en instalaciones procesadoras de chatarra en el mundo desarrollado. Ahora que China no quiere ser más el destinatario del reciclaje mundial, la carga se está desplazando nuevamente a países más desarrollados, como EE.UU., la UE y Japón.

 “A largo plazo será positivo, porque tendremos que enfocarnos más en nuestra propia capacidad de reciclaje”, dice Karmenu Vella, comisionado europeo para el medioambiente. Él estima que se necesitará un adicional de 250 instalaciones de clasificación y 300 plantas de reciclaje para 2025. Para las compañías que generan la maquinaria necesitada, las ventas están en auge y los libros de pedidos han desarrollado una acumulación de órdenes. 

Lo mismo está sucediendo en EE.UU., y muchos de los inversionistas ahí son chinos. Incapaces de satisfacer su demanda de celulosa o pellets de plástico en casa, las compañías de reciclaje más grandes de China están comprando fábricas o plantas en Estados Unidos. 

Nine Dragons, el mayor fabricante de China de papel y cartón, anunció recientemente que adquirirá dos papeleras en Estados Unidos, y que planea invertir 300 millones de dólares en instalaciones. Otras compañías chinas de reciclaje han invertido en plantas en Georgia, Carolina del Sur, Alabama y Kentucky.

Las nuevas normativas de China también están forzando a los comerciantes de chatarra y productores a hacer más del trabajo sucio ellos mismos, para alcanzar los altos estándares que China sigue aceptando. George Adams, director ejecutivo de SA Recycling, uno de los mayores comercializadores de chatarra metálica en EE.UU., dice que recientemente instaló una nueva línea para lavar desechos de aluminio antes de enviarlos a China. “Puedes comerte mi aluminio, está así de limpio”, dice. Cambios similares están tomando lugar en otras partes: la instalación de Recology en San Francisco recientemente gastó tres millones de dólares en un nuevo sensor óptico que reducirá las impurezas en sus pacas. 

En cuanto a los comerciantes, mientras que muchos han quebrado o dejado la industria, unos pocos han capitalizado el cambio. Uno de ellos es Craipeau, el comerciante localizado en Hong Kong, quien ha cambiado su foco a vender pellets plásticos –los que no están cubiertos en la prohibición de desperdicios– a China. Craipeau actualmente trabaja con una planta de reciclaje en Indonesia, y está planeando abrir nuevas en Polonia y Estados Unidos. 

Mientras tanto, varios programas de reciclaje doméstico han encontrado formas de continuar, aunque a veces de una forma distinta. “Este tema de China me está causando un poco de acidez en 2018”, dice Slager, el director ejecutivo de Republic Services. “Pero en otro nivel estoy francamente entusiasmado, porque nos está dando una razón para despertar y arreglar esta parte del negocio. Una prioridad es limpiar el flujo de reciclaje para que las personas dejen de poner desperdicios sucios en sus contenedores”, dice.