Por Javier Urrutia, ex director ejecutivo de Canal 13
Año: 2030

  • 18 agosto, 2019

Chile es sede del Mundial de Fútbol junto a otros países de la región. El mundo nos mira con una atención que nos es la habitual y nos ven por sus pantallas. Yo tengo casi 60 años y no sé si el partido de La Roja lo estoy viendo por televisión o no.

Claro, para los que nacimos frente al televisor (ese aparato mágico y central en nuestras vidas de entonces) esto que veo no tiene nada que ver con aquello. Pero tampoco lo es nuestra selección y para todos los efectos tampoco lo es Chile.

En mi infancia y adolescencia el televisor era verbo, sustantivo y adjetivo. Bueno, era todo. Por ahí veíamos un mundo lejano y en colores, más brillante que el de nuestro Chile gris. Era la principal fuente de entretención familiar, hegemónica en la entrega de información, relevante y capaz de convocar a todo el país en torno a su programación. Los hitos de nuestra historia se habían transmitido y visto por la pantalla del televisor y no había mucho más que discutir.

Hoy no es así. No lo es para mí, ni mucho menos para mis hijos y nietos. Hoy cada chileno mayor de 6 años tiene varias pantallas a su disposición. Esas pantallas no son televisores como cuando yo tenía 6. Son dispositivos inteligentes que les permiten acceder a todo y en todas partes. Son artilugios que te dan, pero que también te quitan y se llevan. Saben de ti más que tus amigos más íntimos. A su edad yo tenía que esperar una semana completa para ver un capítulo de mi serie favorita en el horario que el canal decidía transmitirlo. En cambio, ellos reciben en sus dispositivos y cuentas no sólo lo que quieren ver sino cientos de alternativas customizadas para ellos en base a sus consumos y preferencias pasadas, no por obra y gracia de un programador sino por los algoritmos que son capaces de analizar la data y proponernos contenidos en base a mi historia y a lo que otros con gustos similares han consumido.

Por qué me sorprende tanto si todo ha cambiado así. Recuerdo cuando salíamos a almorzar los fines de semana de niños y las dos o 3 alternativas que teníamos para elegir. Carnes, comida italiana y ya. De adulto vi explotar la gastronomía en Chile de la mano de la llegada de los chefs peruanos y las opciones pasaron a ser muchas. Hoy, ya casi nadie sale a comer. Todo llega a tu casa desde los cientos de opciones ya sea que quieras una arepa, un shawarma, comida tailandesa o vietnamita. Ni mi nieto conoce una cazuela ni logro explicar lo que era un control remoto. Todas estas alternativas están cargadas en la pantalla brillante que es la pared de mi pieza. Si con el cursor puedo elegir qué comer y quién me lo trae porque me sigue sorprendiendo los cientos de contenidos que tengo para elegir y que dentro de esas opciones estén las marcas que alguna vez fueron sinónimo de televisión, pero que hoy son un proveedor más.

En la pared veo el partido de la Roja mientras como un chicken tikka masala que alguien me trajo hasta mi casa. Más de la mitad de nuestros seleccionados no tienen nada que ver con el Carlos Humberto de mi infancia ni con Pato Yáñez. Son todos enormes y muy similares a una selección europea o latinoamericana. Mulatos todos. Como nuestra gastronomía actual.

Cuando trabajaba para algún canal, alguien me dijo que la televisión era un espejo de la sociedad en la que vivíamos. Hoy creo que es más bien un holograma capaz de reflejar las distantes tribus sociográficas que al final del día son nuestra muy diversa sociedad. Chile no es ya gris y homogéneo. Es multicolor y diverso.

El contenido es un zeitgeist cultural que se despliega y desarrolla en tiempo real en todas nuestras pantallas y la gente quiere verlo y observarlo mientras sucede, pues esa es la única forma de ser parte de las conversaciones que genera para así sentirse parte de algo mayor que ellos mismos, sentirse cool y trendy. En eso también cambió todo. Qué miedo ser único e individual, qué importante estar oculto entre otros para no tener que hacerme cargo de nada. Me valida la pantalla porque tras ella están las interacciones con otros como yo. Eso me acompaña porque quizás ya no sé estar con otros en realidad y sin la interface del proveedor de contenidos. Son relaciones más seguras y si me incomodo, los bloqueo.

Hay toneladas y toneladas de data y ese es el presente y el futuro de los contenidos. Veo el partido y el algoritmo estará calculando que ofrecerme una vez que suene el pitazo final. Es esa acumulación y análisis de los datos, lo que permite a los proveedores de contenido mantenerse en el juego. La inteligencia artificial sabe si me interesan las noticias (locales o de algún otro lugar), si me atraen los deportes y cuáles, si lo mío son los documentales o el cine. En fin, los directores de programación responden a algoritmos y quienes dirigen lo que antes se llamaban canales, en realidad gestionan marcas y sus atributos para estar en las primeras interfaces de los dispositivos de las audiencias.

Por un momento pienso a cuántos proveedores de streaming estoy suscrito. No lo sé. Al menos a 4. Todos los que entiendan que los pilares del servicio son el contenido original, recomendaciones personalizadas y algoritmos inteligentes empujados por datos. El que me de eso, tendrá mis pesos.

Veo el partido y soy audiencia. Busco y demando los contenidos personalizados para mis intereses, el que satisfaga mis demandas tendrá mi disposición al pago. Cualquier otra cosa sería un ejercicio anacrónico y los 60 son los nuevos 40. Ayer el noticiero me notificó que no viviré menos de 100 años.

Sí, estoy viendo el partido y estoy viendo televisión. No tengo muy claro quién da el partido. Podría ser Facebook, Netflix, Amazon, algún canal local o la aplicación de la FIFA. Qué importa en realidad. Soy un televidente-consumidor-cliente. Elijo conectado, luego existo.