Por Ángel Carcavilla, director general Carcavilla
Año: 2069

  • 19 agosto, 2019

Mientras escribo esto, la fe Católica en Chile se encuentra en un proceso de irreversible caducidad, el tiempo corre en su contra, su derrumbe es inminente y probablemente cuando abran esta carta solo quedarán las ruinas y el mal recuerdo de una de las instituciones más poderosas que hubo en la tierra.

El gran refugio para el alma apenas será recordado como una curiosa manera que tuvieron los humanos para calmar la angustia de vivir. ¿Me equivoco?

Aunque en el futuro les suene insólito, hubo un tiempo en que la iglesia tenía la potestad para influir sobre todos los poderes y opinar a su antojo sobre los asuntos morales, políticos, familiares y económicos que quisiera. Su poder era ilimitado e irrefutable pero curiosamente actuó como si Dios no existiera. Tras una seguidilla de escándalos atroces fue perdiendo su influencia en la legitimidad moral que sustentaba. De a poco sus santos se volvieron verdugos y su iluminación terminó en el abismo de las tinieblas. A esa altura el diablo parecía más honesto, confiable y decente. De a poco Dios se convirtió en una palabra que no significaba nada, apenas una rama de la literatura fantástica, como solía decir Borges.

A principios del siglo 21, con caudales de información científica no se pudo demostrar que existía algún tipo de Dios.

¿Quién con un mínimo de sentido común podría sostener que hace dos mil años un judío nacido de una virgen resucitó tres días después de ser crucificado? Sin duda un atentado contra la razón y el sentido común, algo tan absurdo como haber creído en los dioses de la mitología griega.

Tampoco se pudo demostrar que Dios no existía pero frente a las aberrantes prácticas de quienes dirigían el culto, la mayoría optó por las nuevas formas de Dios que ofreció el mercado y empezaron a ocupar el espacio que le solía pertenecer a este, como el new age, las religiones orientales, el veganismo y un larguísimo etcétera.

Muchos decidimos comprometer la vida sobre la base de esta creencia insensata, pero cada vez se hacía más complejo creer en el increíble. Cuando abran esta carta en 50 años más probablemente de las iglesias solo queden las ruinas y la confirmación final de la imposibilidad de que algo semejante a Dios hubiera existido. Pero es aquí donde termina y comienza todo porque justamente el gran misterio de la fe, es curiosamente su esencia misma creer en algo que se sabe no es cierto.