“Fui irresponsable, me ganó el vicio y la embarré. Perdí mi fortuna de años en un par de meses. Los 2 mil dólares diarios que llegué a recibir vendiendo maní y almendras confitadas en las esquinas más populares de Nueva York se convirtieron en deuda y me alejaron de mi familia. A mis 61 años decidí reinventarme y me atreví a llamar a don Horst Paulmann para proponerle instalar mis nuevos carros de maní premium “By Conejo” en sus supermercados. El coronavirus me tiene frenado, pero voy a lograrlo y con eso traer a mi familia de vuelta a Chile”, dice Luis Martínez.

  • 10 junio, 2020

Mi sueño siempre fue trabajar en un banco. Así es que, en 1985, con 27 años, entré a trabajar como salvavidas de la piscina del estadio San Jorge del Banco Estado. Después de un par de años, en 1991, llegué a ser asistente de uno de los gerentes, pero el sindicato –que en esos tiempos eran súper politizados– me tachó de facho por ser leal a mis jefes y tuve que renunciar. El haber terminado cuarto medio en el colegio La Gratuidad de la comuna de San Joaquín, donde nací, fue fundamental para llegar allí.
En marzo de 1991 decidí probar suerte en Estados Unidos, donde decían que “todos los sueños se cumplían”. Sin saber ni una gota de inglés, llegué a Nueva York. Gracias a unos contactos que mi papá –“El cara de loco” Martínez–, jinete del Hipódromo de Santiago, tenía en el Belmont Park Race Course de esa ciudad, pude sacar una licencia para trabajar como paseador de caballos. Caminaba desde las 5 hasta las 11 de la mañana, por lo que me quedaba todo el resto del día libre. En un principio trabajé en una lavandería en el Trump Tower, haciendo aseo en oficinas y como mozo en fiestas.
No voy a olvidar cuando, a los tres meses de haber llegado, caminando por la 5ta Avenida, sentí ese típico olor a maní confitado que vendían en las ferias a las que me llevaba mi mamá. Me acerqué al tipo que los vendía y por coincidencia era chileno. Me contó que ganaba 150 dólares al día, ¡lo mismo que yo me hacía en una semana! En ese momento decidí ser manicero. Pero el mejor.
Cuando partí, había muchos maniceros de varias nacionalidades, sobre todo árabes. Pero yo tenía algo especial. Disfrutaba lo que hacía y lograba que todos los que pasaban cerca de mi carro me compraran. Nunca tuve complejos con estar detrás del carro. Y eso hasta ahora. Me gusta la calle, que se me acerquen, me gusta vender rápido y ver a los clientes abriendo las bolsas de maní.
Al cuarto año había juntado 14 mil dólares y me quise volver a Chile. Pero justo entonces conocí a Carrie, la gringa con las cejas más lindas que había visto en mi vida. Lo primero que pensé fue “pucha qué lindos serían nuestros hijos”. Fuimos a una fiesta en Long Island, en casa de Roxana, una amiga en común. Bailamos salsa y no nos separamos nunca más. El 4 de mayo de 1995 nos casamos y a los pocos meses nació Ash, nuestro primer hijo, que vino con la marraqueta debajo del brazo.
Al tiempo me dieron el permiso para instalarme en la esquina de la 45 con Broadway y eso cambió mi vida. Vendía en promedio 600 a 700 dólares diarios. Y así fui conquistando otros lugares, porque donde ponía el ojo me iba bien. Llegué a tener 18 carros y vender dos mil dólares diarios. No creo que haya otro que tenga la experiencia que tuve yo en las calles de Nueva York.


Del barrio Hell’s Kitchen –cerca de Times Square–, donde viví los primeros meses, nos mudamos a Long Island, a 40 minutos de Manhattan, porque era más tranquilo y seguro. No me importaba manejar esa distancia todos los días. Arriba de mi camioneta Dodge sentía que en dos minutos estaba en la casa.
Fue tal mi éxito, que en el año 2000 llegó la periodista Mercedes Ducci con el equipo del programa Contacto para hacerme una nota, como uno de los emprendedores que “la habían hecho en Estados Unidos”. Haciendo el reportaje conocieron a mi segundo hijo, Luke, que tiene un síndrome, y me invitaron a Chile a contar nuestra historia en la Teletón. Aceptamos y cuando llegamos a Santiago, decidimos no volver. Nos fuimos a vivir cerca de Reñaca, puse mis primeros carros en el sector 1 y 3 de la playa y vendía también en las galerías del Festival de Viña.
Me hice tan conocido que la Universidad Mayor me dio un premio por “Superación a la pobreza”. En la ceremonia me sentaron al lado de don Horst Paulmann y en un momento me dice “me encanta tu ñeque”, y yo le respondo “y a mí me gustan sus Jumbos”. Gracias a ese encuentro y mi insistencia, logré instalar mis carros en 20 de sus supermercados.
El 2009 metí las patas. Me porté mal, fui infiel y con eso perdí a mi señora y a mis hijos, que se fueron de vuelta a Estados Unidos. Vendí la marca Nuts 4 Nuts en Estados Unidos, pero le dejé en arriendo el permiso para trabajar en la 45 con Broadway a un amigo chileno, por si alguna vez decidía volver. Agarré a mis 20 mejores maniceros y junto a mi hijo Ash nos fuimos a Europa a vender maní. Recorrimos Suecia, Chipre y España, pero de la pura pena caí en las fiestas, en el vicio, en el lujo y en las drogas. Por la cocaína perdí todo. Pagué el precio más grande de mi vida: dejar de ver a mi familia.
Un día me levanté y le pedí al Señor una segunda oportunidad. Sentí que me decía que volviera donde había empezado, donde mi papá me había mandado por primera vez. El 14 de junio de 2015 regresé al Belmont Park a trabajar como paseador de caballos, además de vender maní dentro del hipódromo. Junté todos los dólares que gané y el 1 de enero de 2016 recuperé mi esquina. En dos años me rearmé.

Después de dos años decidí volver a Chile, y reinventarme con el nombre “By Conejo”, una línea premium de maní confitado, mote con huesillos y completos. Saqué la patente comercial para vender en una esquina en Rosario Norte y para instalar dos carros en el Subcentro de la estación Escuela Militar, en Las Condes. Le di el palo al gato. Con esos y otros cuatro carros vendo cerca de 6 millones de pesos al mes y tengo a seis personas contratadas. Lo único que espero es pagar una deuda que tengo, comprarme una parcela preciosa y traer a mi familia de vuelta a Chile.
Por el momento, estoy viviendo con mi hermano en Graneros, Sexta Región, porque con el coronavirus no anda nadie en las calles. Pero aquí como no hay cuarentena, me resulta fácil vender a los vecinos del lugar. Volví a llamar a don Horst Paulmann para instalarme en los Jumbo, pero quedó pendiente por esto de la pandemia. Estoy seguro de que tendré una gran oportunidad de generar trabajo una vez pasada esta crisis. Las esquinas del mundo son unas minas de oro para cualquier familia que quiera emprender con alguna delicia chilena de forma profesional.
Soy el mejor manicero del planeta. Nunca me voy a rendir y creo que todo lo que me ha pasado se convirtió en experiencia. Nunca me he sentido derrotado; solo me gasté los billetes que yo mismo logré y ahora debo salir a buscarlos nuevamente porque aprendí la lección, y esta vez no fallaré.