Moran Cerf era un hacker de computadoras que trabajaba para bancos y grandes organizaciones hasta que la neurociencia lo conquistó. Hoy intenta hackear el cerebro para descubrir cómo y por qué tomamos las decisiones que tomamos, y cómo podemos intentar ser más felices a través de las opciones que hacemos en la vida.

  • 11 octubre, 2018

Todo fue culpa de Mario Bros. Moran Cerf era un niño como cualquier otro, tratando de pasar etapas en el juego de computador. Pero no le salía fácil, así que decidió que tenía que hacer algo. En vez de practicar, decidió meterse en el software del programa y hacer cambios por su cuenta para lograr avanzar y salvar a la princesa del juego. Algo que había aprendido a hacer como usuario de computadores desde los seis años. “Tuve la suerte de tener acceso a un computador desde muy joven, cuando todo se hacía manual. Y creo que fue fácil en esa época y aprendí mucho de cómo podía cambiar computadores y programas y a abrir cosas que no se suponía que debían abrirse”, cuenta. 

Moran nació en Francia, pero se mudó a Israel cuando era muy pequeño. A los 18 años ya era un conocido en el mundo de los hackers. De hecho, ha reconocido que cuando Julian Assange –el creador de Wikileaks– salió a la luz pública, recordó su nombre de algunos de los foros de hackers en los que participaba virtualmente. Como muchos otros de su generación, fue reclutado por el ejército israelí. “Aprendí a hackear de una manera significativamente mejor, así que conocía los riesgos a los que estaban expuestas las grandes corporaciones y también las personas”, explica. Se acercó a los bancos, a quienes les decía: “Un día necesitarán poner todos los servicios que entregan hoy en persona, en Internet, y en ese momento alguien podría robar todo su dinero. Por qué no me dejan ayudarlos para impedirlo”. En un principio, no lo escucharon, pero terminó siendo uno de los primeros hackers corporativos. “Empecé a trabajar en todas las compañías que puedas imaginar, todos los grandes bancos, las organizaciones, pero incluso ahí, la gente no sabía cuán grande podía ser esto. Solo ahora está empezando a entender cuán peligroso es este tema. Y hay que considerar que hasta ahora, ninguna cosa realmente mala ha sucedido”, alerta.

Pero Cerf tenía otras cosas en mente. Le interesaban mucho los sueños y lo rondaba siempre la idea de entender el comportamiento humano de una forma más profunda.  

Hoy, a sus 43 años, Cerf es un neurocientífico que ha protagonizado varias charlas TED y que hace clases en la Kellogg School of Management. A Chile vino por primera vez la semana pasada para participar como speaker principal de Becoming, un encuentro organizado por Idemax, la Fundación Rad, el Instituto de Matemática y Computación de la UC y revista Capital. 

 

Hackear el cerebro

En 2005, cuando tenía 27 años, todo cambió. Después de vender su compañía, Moran buscaba qué hacer con su vida. Decidió consultar a uno de sus héroes: un científico, pero no cualquiera, sino Francis Crick, quien antes de dedicarse a la neurociencia había trabajado como hacker durante la Segunda Guerra Mundial descifrando el código alemán, el Enigma, en un equipo junto a Alan Turing. Cuando terminó la guerra, Crick fue contactado por el biólogo James Watson que lo invitó a trabajar con él a Estados Unidos. Watson, había descubierto la molécula del ADN, pero no podía descifrarla. Así fue como ambos lograron descubrir cómo funciona el ADN. Ganaron el Premio Nobel de Ciencias en 1953 y empezaron a hacer hacking para explicar la biología en humanos.     

A Cerf se le abrió la cabeza. Le contó su historia a Crick y este le dijo: “Estás perdiendo tu tiempo trabajando para bancos y gobiernos. Deberías utilizar tus conocimientos en ciencia. Usamos los mismos mecanismos que usas para hackear computadores, en cerebros. Si decides hacer eso y estudiar neurociencia, te escribo una recomendación”.

Dieciocho meses después, Cerf estaba instalado en el Instituto de Tecnología de California, Caltech, cursando un doctorado en neurociencia. 

El hacker ya había estudiado física en el college y había cursado un máster en filosofía, así que sabía de matemáticas, pero también conocía cuáles eran las preguntas interesantes que la ciencia podía responder. “De alguna manera hay algunas preguntas que siempre encontré interesantes. Siempre estuve interesado en los sueños y en cómo estos podían cambiar tu comportamiento al despertar. Entonces empecé a ocuparme de eso”.

Otra cosa que llamaba su atención era el libre albedrío. “Quería saber si uno va al supermercado y elige algo para comprar, cuándo ocurre esa decisión: una vez que veo el producto y elijo comprarlo, o viene a mi cerebro antes. Y también me interesaba explorar cómo al variar nuestras decisiones, podíamos cambiar algo que no nos gustara de nosotros mismos. Pensé que quizás la neurociencia me permitiría responder todas estas preguntas”, recuerda y agrega: “Yo sabía que para estudiar esto tenía que tener acceso a los pensamientos más profundos de una persona, particularmente aquellos que no se pueden expresar. Hay muchas cosas que pasan en el cerebro a las que no tenemos acceso. No sabes por qué amas algo, pero lo amas. No sabemos por qué hacemos lo que hacemos”.

Cerf conocía los tratamientos que se estaban haciendo con pacientes con epilepsia, a los cuales les insertan electrodos en el cerebro para registrar su actividad, identificar episodios, saber cuál fue el gatillante de este, en qué lugar del cerebro se generó y luego curarlo. Así que pensó: “¿Por qué no entramos a un cerebro y vamos preguntando a las personas sobre sus sentimientos y opciones, para ver qué partes se activan frente a ciertos estímulos, fotografías, colores, objetos?”. 

De estos experimentos salió una luz: el cerebro, cuando tiene que tomar opciones simples, decide 10 segundos antes de que el cuerpo efectúe la acción. “Puede ser una película, algo que comprar, algo que quieres decir. Cualquier decisión que tomes, yo puedo saber cuánto antes tu cerebro la tomó”, explica. 

 

La felicidad

Sus investigaciones lo llevaron a indagar en el cerebro humano desde diferentes perspectivas. En 2016, por ejemplo, su equipo fue capaz de entrar en los sueños, descubrir qué soñamos y ver cómo percibimos esto una vez despiertos.  

También ha incursionado en las aplicaciones que la neurociencia puede tener en el marketing. “Hasta ahora –dice– este se basa escencialmente en dos cosas: lo que dices y tu comportamiento pasado. Entre esos dos, creo que el comportamiento pasado es mejor que preguntar. Pero el tercero es el mejor: mirar dentro de tu cerebro”. Hoy, a través de dispositivos que se instalan en la cabeza en un focus group, Moran y su equipo pueden indagar en lo que las personas realmente quieren y sienten al ver una imagen determinada. Cerf también ha trabajado en la Casa Blanca ayudando a la implementación de políticas públicas, a través de un mejor entendimiento de los prejuicios y temores que tienen las personas frente a ciertos cambios. 

Pero lo que realmente le interesa a Moran Cerf es cómo estas herramientas pueden cambiar el comportamiento: “Se puede ayudar a las personas a dejar de fumar si miramos sus cerebros cuando su guardia está baja, por ejemplo, cuando están dormidos, de modo que cuando se despiertan no querrán fumar más. También podemos ayudar a las personas a entender cuándo es el mejor momento para tomar decisiones: por la mañana o por la noche, o también que logren percibir realmente cuándo tienen hambre y cuándo solamente se trata de ansiedad”. 

Ahí es cuando entra en juego la felicidad. El científico es un convencido de que no se trata solo de una palabra, sino una característica que está en el cerebro. “Todo el mundo busca la felicidad, podemos estudiarla. Llegar a lo que la gente quiere”, dice.

Moran asegura que la neurociencia sabe dónde la felicidad está ubicada: en la parte frontal del cerebro. 

-¿Cómo se mide la felicidad? 

-Hay partes del cerebro que codifican felicidad, y se mide principalmente por cuán asimétrica está la actividad del hemisferio derecho respecto del izquierdo. Mientras más a la derecha, más feliz. Se ha comprobado esto con la que es considerada la persona más feliz de la Tierra, el monje budista Matthew Richard, que además es científico y que ha entrenado su cerebro a través de la meditación para ser más feliz, para fijarse en lo positivo y ver más compasión en el mundo. 

-¿Se puede entrenar el cerebro para ser más feliz?

-Definitivamente. Hay cosas que podemos hacer que incrementan la manera en cómo el cerebro codifica la felicidad. Ejercicios simples de recuerdos que pueden enviar instantáneamente endorfina al cerebro. Sabemos que las personas solas, aunque no les gusten las otras personas, solo con interactuar y darle al cerebro una acción comunicativa, buena o mala, lo hace pensar y procesar diferente y eso nos hace felices. También sabemos que lo espiritual nos da felicidad. 

-¿Y el contacto con la naturaleza? 

-Tiene que ser algo que creas que tenga un significado. También dormir incrementa la felicidad. No es claro si la gente es feliz si duerme mejor o si dormir mejor te hace feliz, no está claro qué causa qué, pero es claro que hay una conexión. No tiene que ver con la cantidad de horas. Importa qué tan bien duermes, la calidad. 

 

Cerebros alineados

-En tus investigaciones mencionas que las personas de las que nos rodeamos también pueden ser determinantes.

-Es algo que aprendimos en los últimos tres años: los cerebros se comunican, incluso sin palabras. Entonces, hay mucho significado con solo las acciones que los demás nos envían. El olor, por ejemplo, es muy poderoso. El cerebro realmente se comunica en el lenguaje corporal y lo que ocurre es que las personas comienzan a presentar patrones de comportamientos similares, no solo a tener el mismo estilo, sino que también a reírse de las mismas bromas, o enojarse de las mismas cosas. Esto se aplica a parejas, amigos e incluso grupos. La gente piensa que tiene una serie de características comunes, pero lo que no sabe es que comienza a crear una característica general por sí sola. 

-¿Cómo se relaciona esto con la felicidad?

-Está comprobado que si tienes gente alrededor tuyo que es feliz, aumenta el nivel de felicidad significativamente en 1,5 puntos. Si estás rodeado de gente que no es feliz, te hunde. Si tienes gente inteligente, comienzas a ver el mundo un poco diferente y a pensar un poco más. Las personas que nos rodean tienen un alto impacto en lo que terminamos siendo y cambian nuestro comportamiento. 

-¿Qué pasa con las relaciones virtuales? ¿También se alinean los cerebros si compartes mucho con tu grupo de Whatsapp?

-Cambia y no cambia. Cambia solo si creemos que la comunicación puede no ser verbal. Pero si hablas por teléfono, no alineas tu periodo con tus amigas. Hay estudios que dicen que las personas pueden tener hasta 150 amigos. Y eso no cambia, incluso si tienes en tu perfil de Facebook cuatro mil amigos. El hecho de que tengas mucha gente en el mundo que llamas amigos que están conectados contigo, no cambia el hecho de que tengas a gente que tiene un significado para ti, que puedas aprender de ellos. Lo que sí cambia es la forma en la que procesamos el mundo en general.