La diseñadora de moda Luz Briceño cambió las pasarelas de Milán y Shanghái, por laboratorios y pipetas. Hace tres años cerró su tienda La Joya Design y junto a dos socias creó The Copper Company, empresa que desarrolla textiles con nanopartículas de cobre. Desde ahí encabeza su última tarea: crear mascarillas para frenar el contagio del Covid-19.

  • 27 marzo, 2020

Corría el 2010, cuando los vestidos elaborados por Luz Briceño (38) daban vuelta por las pasarelas del mundo. Pero hace tres meses que no recibe más pedidos para confeccionar ropa. “Nada de eso me hace sentido”, confiesa.

Todo partió el 2000, año en que la diseñadora de moda y textil –estudió en la Universidad del Pacífico y luego en la escuela Felicida Duce, Barcelona– se mudó de Chile a España y desde ahí, seis años después, creó la marca La Joya Design, que se convirtió en su trampolín para abrirse camino en el mundo de la alta costura. Exportó sus colecciones a lugares como Dubái, EE.UU., Colombia, Argentina, Brasil y Europa. Formó parte de las pasarelas más importantes en Milán, Shanghái, Tokio y Ciudad de México y sus diseños aparecieron en las más reconocidas revistas del rubro, como Vogue y Cosmopolitan. Una vez en Chile, en 2006, compartió una tienda en Alonso de Córdova con la diseñadora de calzado Bárbara Briones. Le fue bien, vendía entre 8 y 10 millones de pesos mensuales, y los pedidos iban en alza. Su nombre se convirtió en un referente en la industria nacional: en 2013 fue nombrada presidenta y fundadora de la primera asociación gremial de diseñadores de moda en Chile.

Pero hace tres años decidió dejar todo eso. Luz Briceño cuenta que en ese período comenzó su transición de las pasarelas de moda a los laboratorios. Puso candado a su tienda, empezó a atender en la casa y en 2014, junto con dos socias –Rocío Cassis, encargada de la producción textil, y Soledad Silva, quien ve el área comercial–, crearon The Copper Company, una empresa que desarrolla textiles técnicos e inteligentes que promueven la salud, la higiene y la sustentabilidad: las telas son compuestos de nanopartículas de cobre, metal conocido por sus cualidades antimicrobiales y cuyas raíces son chilenas.

El match

Fue en un viaje de trabajo a Japón, el 2012, cuando partió todo. Luz llegó a Tokio a encabezar una exposición de moda, cuando se hizo la pregunta: “¿Qué le puedo vender a un asiático?”. Masticó la idea un par de días y la respuesta llegó casi de inmediato. “¡Cobre!”, pensó ella. “Tiene propiedades antimicrobiales y es parte de la identidad chilena”, explica. Se propuso confeccionar diseños elaborados con ese material. Era un experimento “curioso”, pero estaba dispuesta a hacerlo.

Al aterrizar en Chile, no perdió más tiempo: fue directamente a las oficinas de Codelco. Habló con Víctor Pérez, uno de los creadores de Codelco Lab –el centro de innovación de la empresa que apoya emprendimientos de usos alternativos del cobre–, y le contó su idea. Desde la cuprífera respondieron que contaran con ellos. Así, Luz buscó otro partner para su emprendimiento. “Tenía que ser alguien del mundo textil”, indica. Y se acercó a la fábrica de telas de Jalil Cassis. El empresario, de 85 años y uno de los precursores en este mercado local, le pidió a su hija Rocío que se hiciera cargo de este proyecto: “Conocí a alguien igual a ti, pero yo no le puedo seguir el ritmo. Necesita a una persona que la acompañe a todas partes”, le dijo a su descendiente. Fue así como Luz y Rocío Cassis se asociaron: cada una se quedó con un 50% de la empresa. Esto ocurrió hace cuatro años, cuando la historia recién comenzaba.

Su emprendimiento tenía que financiarse: al día de hoy, “han logrado levantar”, como dice Luz, cerca de 200 millones de pesos de Corfo, Codelco, Sercotec y ProChile. Con ese capital, más otro que consiguieron por diferentes lados, desarrollaron un hilo confeccionado en China, compuesto de nanopartículas de cobre y óxido de zinc, y pudieron llegar al color blanco. “Es algo que nunca antes se había hecho. Todos los productos elaborados en cobre tienen el color del metal”, relatan.

Luz fue enrocando a los fotógrafos, maquilladores y modelos, por papers científicos, infectólogos, estudios y procesos de certificación. El concepto que repite constantemente en la conversación es “science fashion”: productos estéticos y que además tengan un sentido y un beneficio para la sociedad. “Estamos rodeados de textiles, dormimos en ellos y nos vestimos con ellos. Nuestras casas están llenas de textiles”, dice Briceño.

Hoy, esa tecnología textil es la materia prima para una mascarilla reutilizable y antimicrobial, que crearon estos días como respuesta al coronavirus. “Logramos esto en una semana porque teníamos todo hecho de antes: las certificaciones, la tela y los testeos en las clínicas”, comenta Rocío. Por ello, solo les tomó unas semanas crear una cadena de producción completa. Un taller de corte y confección, el desarrollo de un packaging, una tienda online, un sistema de distribución nacional e internacional y conversaciones con Falabella y Latam para la venta de este producto. Estas actividades, confiesan, las han tenido sin pegar una pestaña. Tanto, que en los últimos días se turnan para ver quién pasa la noche en vela.

Rocío comenta que “la idea es que las puedas usar sin que pinche, que no raspen, que no dé alergia a los metales. Es una mascarilla modelo ‘pato’ que te permite respirar cómodamente, y que las bacterias se queden en la zona más lejana y tengan mayor distancia de la boca y la nariz”. Explican que el elemento funciona porque la tela con cobre se vuelve un hábitat desagradable para la reproducción de los microbios, rompe las barreras de la célula y con el tiempo termina matándolos. “Ayudan a prevenir, para que, si tú estás contagiado, no contagies a los demás”, aclara Cassis.

Aún no tienen claro el rango de precio que tendrá este nuevo producto, porque se venderá en distintos mercados para todo tipo de público. Sin embargo, están seguras de que mantendrá un precio justo para que la mayor cantidad de personas puedan acceder a la compra.

“El que quiere tienda, que la atienda”

Además de la oportuna mascarilla, que fue algo que nació casi de improviso, llevan casi dos años desarrollando una línea de cama con Rosen que verá la luz prontamente. “Un tercio del peso de una almohada, después de un tiempo, corresponde a ácaros muertos y sus desechos”, comenta Briceño, mientras habla de las propiedades antialergénicas que tiene el cobre en los productos relacionados con el buen dormir.

Eso no es todo. Están en fase validación clínica junto con la fundación Debra –niños con piel de cristal– para la confección de pijamas con cobre y vitamina D, los que, con sus propiedades bactericidas, disminuyen la infestación de las heridas, a la vez que fomentan la absorción de la vitamina a través de la piel. Esto beneficiaría también a personas albinas y aquellas que tienen quemaduras de algún tipo.

A su vez, el 2015, cuando fue el boom del zica –virus que se contagiaba por medio de la picadura de un mosquito–, desarrollaron un textil de cobre repelente. También crearon poleras luminiscentes para los ciclistas, que se cargan con el sol. Por esta expansión, y por la necesidad de buscar nuevas áreas en las que incursionar, se incorporó al equipo Soledad Silva, ingeniera comercial con experiencia en retail y banca, quien prontamente entrará a la sociedad, con un 15% de participación.

Su modelo de negocio se basa en intervenir en los procesos productivos de las empresas: las compañías entregan la materialidad y les aconsejan cómo lograr sus productos para que después ellos los vendan, y se cobra un royalty. Por ahora descartan abrir una tienda propia. “La verdad, a nosotras nos encanta desarrollar productos e innovar. Una tienda física te consume muchísimo tiempo, hay que estar muy presente”, aclara Rocío. Luz agrega entre risas: “El que quiera tienda, que la atienda”. “Vamos a seguir con la investigación, desarrollo de producto, patente y vender el modelo. Abriremos una tienda en Amazon y ofreceremos las mascarillas online”, adelanta.