-¿Ya vio la telenovela de Pablo Escobar? -pregunta el chofer del primer taxi que monto en Medellín. De ahí en adelante la pregunta la escucharé cada día. Cómo no: en Caracol TV, el principal canal de Colombia, el culebrón estrella es Escobar, el Patrón del Mal, la teleserie del capo sudaca y sus oscuros amores […]

  • 20 agosto, 2012

-¿Ya vio la telenovela de Pablo Escobar? -pregunta el chofer del primer taxi que monto en Medellín.

De ahí en adelante la pregunta la escucharé cada día.

Cómo no: en Caracol TV, el principal canal de Colombia, el culebrón estrella es Escobar, el Patrón del Mal, la teleserie del capo sudaca y sus oscuros amores (actúa Angie Cepeda), cruentos asesinatos e intrigas diabólicas.

Es Pablo Escobar reloaded; el mito. El hombre que, según Forbes, fue alguna vez el séptimo magnate del mundo. Claro que Forbes se equivocaba. Una vez hecho el arqueo final, se supo que en verdad Pablo Escobar había sido uno de los hombres más ricos de toda la historia. “Su único error fue haberse metido en política”, dice hoy la gente. Y eso también lo terminaría escuchando más de una vez.

Sea como sea, no es mi primer viaje a Medellín y la diferencia se ve. Si veinte años atrás los diarios se preguntaban, cada mañana, “¿cuántos vamos quedando?”, hoy nadie te presta atención si no hablas de clusters, nanotecnología o edificios inteligentes.  No es chiste; la primera vez que estuve en Medellín vi muertos en las calles. Hoy, pese a que la violencia sigue siendo parte del ADN local, la tasa de homicidios bajó un mil por ciento. Y, en el fondo, hoy Pablo Escobar no es otra cosa que poleras hipsters con el rostro del narco impreso en tintas fosforescentes y, cómo no, ese zoológico-hacienda, a unas tres horas de la ciudad, en el que aún se recuerdan excentricidades como los hipopótamos que el capo trajo de África y que, tras el derrumbe del imperio (bendecido en un principio por Estados Unidos) aún se reproducen en los ríos del vecindario.

Cierto: Medellín está en otra. Es lo que veo mientras recorro la ciudad en el marco de la Semana de la Moda; una feria-fiesta-evento que terminaría por reunir a más de 35 marcas latinoamericanas, sumando ventas por al menos 120 millones de dólares. Eso y la extraña certeza de que en Medellín, como en ninguna otra ciudad de Latinoamérica, sí importan los pantalones pitillo, hasta el tobillo, de Lina Cantillo; o las telas ligeras de Isabel Hinao, la responsable de todo el glam que distingue a la primera dama más estilosa de México al sur, la esposa del presidente Santos.

Sin duda, la de hoy es una Medellín muy distinta a esa Medellín urbano-rural que había conocido la otra vez. Cierto: la bellas mujeres impactan igual que antes pero, aunque la bandeja paisa (con carne, huevos, frijoles) no ha cedido terreno ante el imperialismo sublingual del ceviche peruano, lo cierto es que Medellín al menos ya no es la ciudad caótica; la ciudad del mal y los coches bomba.

Medellín maduró. Medellín creció. Pero eso da lo mismo porque todas las ciudades crecen e incluso maduran. No hay gran mérito en eso. Sí lo hay en que Medellín logró sobreponerse. Se superó.

The Economist tiene una teoría. Tras un sesudo estudio la inteligencia británica llegó a la conclusión, unos meses atrás, de que en el mundo moderno las ciudades que tienen mejor pronóstico, las ciudades que en el futuro serán las más competitivas, no serán las grandes sino las medianas. Ni tan chicas como para que no te vea nadie, ni tan inmensas como para que no exista coherencia social.

El propio The Economist ponía como ejemplo a Medellín; la ciudad perdida de los “paisas” que, una vez extraviada de toda razón, decidió hacer borrón y cuenta nueva; probablemente la única y auténtica innovación. Se sabe: ciudades como Curitiba en Brasil o Monterrey en México, son las que en verdad podrían explicar el reciente “milagro” Latinoamericano; ese evidente boom del cual los intelectuales locales aún ni siquiera se atreven a hablar.

Y eso que está ahí. Se siente. Se ve.

 

Metamorfosis

Tras un desayuno de los organizadores con la prensa internacional, la gente de Inexmoda -las cabezas de la Semana de la Moda- nos trasladan al centro deportivo René Higuita; todo un guiño al mítico futbolista, héroe local.

Grande y bien mantenido, el centro está en el corazón de un barrio que apenas unos años atrás se consideraba de alta peligrosidad. Luego, los buses reptan por los cerros (Medellín está al fondo de un valle, flanqueado por verticales montañas) y la mañana termina en un jardín infantil muy moderno, bien mantenido y totalmente gratuito para las familias del sector.

-Antes aquí -me sopla uno de los anfitriones- ni siquiera entraba la policía.

Otro tanto ocurría en los cerros que están justo enfrente: en el barrio de Santo Domingo el cual, a mediodía, es bendecido por el sol templado que suele encender al Valle de Aburrá.

Durante la época dura, Santo Domingo fue uno de los barrios más degradados por el narcotráfico. Hoy, en cambio, el corazón de Santo Domingo es la Biblioteca España, de Giancarlo Mazzanti, un magnánimo edificio que se ha convertido en particular símbolo de esta metamorfosis. Otro tanto se hizo en La Francia y Andalucía, rudos barrios que ahora están unidos por un gran puente; todo gracias a lo que en Medellín se llamó los “22 pactos de convivencia en zonas violentas”, la misma lógica que permitió, por ejemplo, que en la conflictiva zona se construyera Explora, el MIM colombiano.

¿Qué pasó? Según no pocos, buena parte del milagro es obra de Sergio Fajardo, un matemático que ocho años atrás se tomó la alcaldía de Medellín con una sui generis ecuación que rápidamente se transformó en slogan:  “Si quitas violencia y pones oportunidades sociales, el resultado es esperanza”, decía Fajardo.

Tiempo después el periodista y escritor Alonso Salazar, su sucesor (apoyado por Juanes, el músico) hizo otro tanto. Y, ya alejado del sillón municipal, Salazar se dio maña para crear Ruta N, un insólito proyecto que hasta el día de hoy busca consolidar un círculo virtuoso en torno a la tecnología y así convertir a Medellín en “la” ciudad Latinoamericana del conocimiento.

La idea está ahí. De hecho, hace poco, el MIT escogió a Colombia para celebrar, por primera vez en Latinoamérica, su conferencia más importante sobre tecnologías emergentes. Y la ciudad elegida fue, cómo no, Medellín; la ciudad moldeable, mediana, a mano, abarcable, la ciudad a la que el BID le acaba de aprobar un proyecto por 450 millones de dólares para sanear su río; convirtiéndose así en la primera urbe latinoamericana que lo intenta.

Cuento aparte es el Parque Tecnológico Manantiales, reserva forestal ubicada en el Alto de Las Palmas, cerca del aeropuerto José María Córdova, donde día a día se estimula la innovación. A ello se suma que la multinacional Kimberly Clark ha abierto un centro en el que se monitorearán temas de nanotecnología, ergonomía y bioingeniería. Línea a la que se suma Hewlett-Packard (HP), la cual con una millonaria inversión, tendrá en Medellín el centro de desarrollo desde donde buscará fortalecer su presencia en la región.

Está claro: el mundo no sólo mira a Medellín como un destino de inversión para abaratar costos, sino como un insólito ecosistema dispuesto, casi genéticamente, a mimar y cuidar lo que está por venir.

Medellín crece. Y, sin ir más lejos, ya se sabe que todos los gigantes del retail chileno que anuncian inversiones en Colombia tienen a Medellín entre ceja y ceja.  Y, por lo mismo, la ciudad ya está inscrita en la carta Gantt de gigantes como Ripley, Paris e incluso La Polar que, según se anunciara unas semanas atrás, planea invertir en Colombia al menos cien millones de dólares.

Chile, está claro, cree en Medellín. Pero el mundo también. De hecho la última semana de marzo sesionó ahí la Asamblea del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), organismo que abrió los debates con el slogan “El mundo cree en Medellín”. Y, claro, a esas alturas la pregunta que uno también se podía hacer era: ¿Cree Medellín en Medellín?

 

Dolor de crecimiento

Resulta curioso enterarse que, por sus características geográficas, Medellín es una ciudad industrial que no puede seguir creciendo físicamente. Más encima está lejos del mar. Y, para colmo de colmos, aún debe lidiar con esa terrible fama que se ganó durante las décadas del cartel. Pese a todo, quienes hoy orientan el crecimiento de la ciudad coinciden en afirmar que, si generan sinergias, se le puede doblar la mano al destino. Eso explica que clusters como la moda, la minería, la energía eléctrica e incluso el turismo, hayan desarrollado una impresionante coherencia y trabajo en conjunto, todo lo cual redunda en una inusual red de negocios que, sumado al histórico carácter “paisa” (corajudo, hacendoso, energético) les ha permitido pararse ante el mundo y decir algo así como Sí, okey, antes éramos los  malos entre los malos, pero ahora somos los buenos entre los buenos…

Hay un dato: John Gómez Restrepo, históricamente el gran empresario de Medellín, se hizo millonario gracias a toda la mierda de la ciudad. En serio. No es broma; Gómez Restrepo hizo un negocio brillante cuando logró vender fino papel higiénico, entonces privilegio de los ricos que sólo podían comprarlo en grandes cajas, ingeniándoselas para comercializar en unidades menores. Gracias al éxito, Gómez Restrepo -el patriarca de Medellín- formó más de 40 empresas, cambiando para siempre la historia industrial de Colombia. Y eso gracias al Waldorf: algo así como el papel Confort chileno.

El propio Pablo Escobar aprovechó su momento. Basta saber que, a comienzos de los 70’s, la Casa Blanca había presentado un documento en el que se minimizaba el consumo de cocaína, droga a la cual el gobierno norteamericano categorizaba como exenta de “graves consecuencias sociales”. Y no fue sino hasta 1975, el año en que la Policía Nacional realizó el más grande decomiso entonces conocido, que el cartel (que hacía rato se venía agrandando en las calles) asesinó en represalia a 40 inocentes que nada tenían que ver.

Conocedores de su propia historia, los actuales líderes de la ciudad han aprendido la lección y saben que, actuando mancomunadamente, pueden incluso llegar a marcar pauta en la agenda internacional. Basta saber que, según The Economist, hoy Medellín es la décima ciudad más competitiva de Latinoamérica; la 96 del mundo y, junto a ciudades como Lima y Nairobi, una de las 40 del mundo que más crecerá de aquí al 2016.

Sigue la Semana de la Moda. En pocos días hay talleres, charlas, rondas de negocios; todo abierto a la comunidad que, expectante, asiste en masa a los eventos, incluidas las pasarelas en las que brilla el talento de los nuevos diseñadores, entre ellos el colombiano Camilo Álvarez y el mexicano Cristián Cota, éste último uno de los pocos sudamericanos que también deslumbró en la Semana de la Moda de Nueva York.

Es el leitmotiv de esta fiesta Medellín; si hay un tema en común, ése es que Latinoamérica está hot, tiene ganas y lo que aquí se hace lo sabe el mundo.

Nada muy diferente a lo que pasa con la misma Medellín; la ciudad que en apenas diez años logró consolidar una estrategia basada en la innovación, apoyo al emprendedor y una política urbana que ha buscado la integración en desmedro de la segregación; probablemente el gran Talón de Aquiles de grandes ciudades sudacas como Santiago.

Medellín, la ciudad de la eterna primavera, la ciudad de las flores, la ciudad de Botero, las exclusivas clínicas de cirugía plástica, la ciudad del café y la Milla de Oro, ha cargado los dados a su favor y hoy apuesta al todo o nada. Bueno cosa para una urbe que, hace no mucho, parecía doblegada al miedo, al abuso y a excentricidades como colgar Boticellis en muros tapizados con hoyos de metralleta.

Escobar, el patrón del mal, se llama la serie que estos días nadie se quiere perder en Medellín. Una teleserie que, probablemente, todos ven porque la vida no es muy diferente a la de cualquier culebrón. Es cosa de poner on, echar aguardiente al vaso y esperar para darse cuenta que es de lo más normal que gane el que siempre se supo que iba a ganar.