Nunca es fácil llevar el nombre del padre, pero hay casos y casos. Este es uno de aquellos que lo han cargado sin traumas. A mucha honra. Además del apellido, también heredó la pasión por la política. Su padre era DC y él es socialista. Aquí, el hijo del conde, a un mes de su partida, rompe el silencio y dice que Chile requiere un nuevo pacto social. Por Bárbara Gutiérrez.

  • 4 octubre, 2011

Nunca es fácil llevar el nombre del padre, pero hay casos y casos. Este es uno de aquellos que lo han cargado sin traumas. A mucha honra. Además del apellido, también heredó la pasión por la política. Su padre era DC y él es socialista. Aquí, el hijo del conde, a un mes de su partida, rompe el silencio y dice que Chile requiere un nuevo pacto social. Por Bárbara Gutiérrez.

Si fuera por las millas recorridas, se podría decir que ha dado varias vueltas al mundo. Si se consideran los cargos que ha ocupado, pocos podrían atribuirse que saben más que él sobre cómo se ve este país desde fuera. Si se ahonda en su trayectoria, queda claro que Juan Gabriel Valdés Soublette (64 años) es de esos hombres que son embajadores permanentes de Chile.

Pero quiso cambiar de rumbo. Esta vez, hacia adentro. ¿Su nuevo destino? Valdivia, la ciudad donde se instaló algunos meses y desde donde –tal como su padre, recién fallecido–, quiere llegar al Senado.

Tras días cargados de emociones y tristezas, Valdés intenta volver a la cotidianeidad y a la contingencia política. De a poco, pues esta entrevista la da desde Buenos Aires, minutos antes de partir junto a su madre, Silvia Soublette, a un concierto de su hermano Max en el Teatro Colón.

-Entre tantos discursos, cartas, columnas o reportajes sobre su padre, ¿hay algo que usted no supiera de Gabriel Valdés?
-Para mí no ha cambiado su imagen, era tan cercano a él que no debo disimular mis sentimientos; su muerte me ha acompañado como una especie de dolor permanente. Me fue tan presente, que mi recuerdo principal es la persona en la intimidad, en su sentido del humor, en las cosas que hacíamos cuando yo era chico, cuando teníamos la casa en Valdivia, la casa en Cachagua… Es un peso de una ausencia que uno nunca se la imagina igual a como es, aunque sabes que el momento va a llegar. Él no estaba bien desde hace algún tiempo y todos nos dábamos cuenta de que el proceso era irreversible, pero es muy distinto sentirlo directamente… Uno descubre dolores que no había sentido antes.

-¿Cuán cercanos eran?
-Mucho, al punto que no creo que haya pasado más de dos noches en Haití, mientras viví allá, sin hablar con él. Me acuerdo que cuando estaba en el Consejo de Seguridad de la ONU, en pleno conflicto iraquí, nos reíamos porque decíamos si graban lo que hablamos por teléfono –lo que era cierto, como lo comprobamos después– peor para ellos porque nosotros vamos a seguir conversando las cosas igual y te voy a seguir contando las cosas que me están pasando. Eso es algo que me hace mucha falta, aún me cuesta imaginar que no puedo hablar con el.

-¿Cómo es llamarse Gabriel Valdés, hoy?
-Ha sido siempre un distintivo que llevo desde niño. Creo que una sola vez me paró un señor en la calle y, como yo esperaba la pregunta obvia, me sorprendió cuando me preguntó si era nieto de don Horacio Valdés, lo que era verdad… La cantidad de saludos y cartas que hemos recibido desde distintas partes del mundo demuestran que mi padre era una figura que trascendía mucho el cuadro nacional. El otro día, en una conferencia que di en Bolivia, un señor se me acercó para decirme que toda su vocación se la debía a él. Y era alguien que yo no había visto nunca. Mi padre era una persona que marcaba profundamente a quienes lo conocían. Cuando me dicen qué suerte la suya de haber tenido el padre que tuvo, lo aprecio absolutamente.

-Su padre marcó una época en la política chilena, pero también en la sociedad. Le decían “el conde”… ¿Cuánto de conde tiene Ud.?
-No creo tener demasiado (ríe). Creo que había una típica visión un poco caricaturizada, pero que en el caso de él se tornó simpática por una razón: existía el Topaze, que era capaz de poner eso en un dibujo y transformar a un ser humano en una persona simpática. No era necesariamente un ataque. Uno arrastra esas cosas porque la gente lo ve de determinada manera, pero hay mucha gente que me ha dicho cuán sencillo era mi papá una vez que lo conocían, aunque a veces daba la impresión de ser más distante. Yo aprendí la sencillez de él.

-Hace un tiempo, el columnista Carlos Peña decía que en Chile había gente, como su padre, que por su estatus social no opinan sino que “certifican”.
-Sí, lo hablamos varias veces. Carlos Peña es un gran intelectual, pero tenía una gran obsesión, que no abandonó ni el día de la muerte de mi padre.

-La crítica apuntaba a la inexistencia de una meritocracia, un tema que ronda en Chile.
-En mi discurso en la catedral hablé de Gabriel Valdés y su pasado oligárquico que representaba ese mundo del siglo XIX y que fue, por lo demás, el mundo que hizo a Chile, y todos los valores y principios que traía consigo. Fue un hombre que luchó, que en su calidad de abogado fue ascendiendo. Durante su vida valoró mucho el mérito y, por lo tanto, siempre eligió para tener a su lado a los mejores, a los más inteligentes.

Otro Valdés versus Frei

-¿Dónde ha enfocado sus ánimos en estos últimos meses?
-Estuve en Haití la semana pasada, en una delegación que ayudará en un proceso de convergencia que se está buscando entre el Congreso y el presidente. De allá me vine a la reunión binacional Chile-Argentina de la región de Los Lagos, la cual me interesa porque hay un retrato muy preciso de la situación, tanto de pasos como de infraestructura, comercio y salud en las zonas fronterizas.

-¿Ya se instaló en Valdivia?
-He estado muchos años en el terreno internacional y siento que he cumplido una fase. Ahora quiero servir en Chile y me gustaría poder ayudar a desarrollar una región que para mí, por razones afectivas y estéticas, es la mejor del país. Estoy disponible para competir en un cargo en el Senado por esa región y me he encontrado con una respuesta muy simpática de la gente. Quiero crear una fundación para favorecer la participación de los jóvenes en el debate público, para desarrollar una visión sobre cómo la región puede tener una dimensión internacional y para trabajar más aún en la participación en la cultura. La idea de la fundación ha estado prendiendo y estoy esperando el momento de iniciar mis clases en la Universidad Austral. No es fácil, porque mis principales tareas tienen que ver con consultorías internacionales, pero ya terminé mi casa, está todo funcionando, ahora es sólo cuestión de pedir que me junten un poco de leña y puedo llegar.

-Un traslado completo, con familia incluida.
-Sí, claro. Por supuesto que mi mujer me ha acompañado y está entusiasmada con la idea. He llevado a las nietas, pero mis hijos no han ido, salvo Bernardo –el segundo de mis cuatro hijos– que es el arquitecto de la casa.

-Si usted va a la senatorial, competiría con Frei. Curiosamente, su padre y el actual senador no tenían buenas relaciones. ¿Se repite la historia?
-En mi caso no hay eso. Tengo una gran amistad y mucho reconocimiento por Eduardo Frei Ruiz-Tagle, fui su ministro de Relaciones Exteriores. Aunque hemos conversado, no hemos tocado el tema en forma directa aún. Queda tiempo y le corresponderá a él decidir qué es lo que desea hacer, yo estoy diciendo lo que yo quiero hacer. Creo que no corresponde elaborar más sobre el tema.

Camila, la nueva imagen país

-Usted estuvo a cargo de la Fundación Imagen País y le tocó el momento en que Chile estaba en el peak de popularidad por el rescate de los mineros. ¿Qué queda hoy de ese “chilean way”?
-Los estudiantes condujeron a todos a darse una especie de palmada en la cabeza, diciendo que ya no quieren más una sociedad en que las desigualdades regidas por el mercado sean la tónica principal. Tengo la sensación de que cambió el paradigma que orientaba a la sociedad chilena y tenemos que hacernos cargo de eso. La idea de que la usura puede ser el motor del sistema global es algo que hoy está produciendo explosiones en el mundo entero. En Chile, la Concertación pretendió cuadrar dos nociones que podían andar un tiempo juntas. La primera era que el mercado elegía a los ganadores y la segunda, que el Estado protegía a los más desfavorecidos. Y claro, esas dos nociones se enfrentan de una manera imposible de resolver.

-Entonces, ¿todo parte de una equivocación de la Concertación?
-No percibimos lo suficiente hasta qué punto estábamos desarrollando dinámicas que eran contradictorias. La gran gracia del movimiento estudiantil es que le ha hecho a todo el mundo darse cuenta que esto llegó a un punto de inviabilidad.

Para mí siempre la medida de las cosas es si le puedes explicar a un holandés lo que está pasando y éste lo encuentra razonable. Y tengo la sensación de que hay una cantidad de cosas de esta sociedad que no se pueden explicar a un holandés, porque las va a encontrar insensatas. El drama del gobierno de Sebastián Piñera es que parece incapaz de enfrentar el nuevo pacto social que Chile requiere y que le cabe una tarea bien triste, que es acomodar marginalmente lo que ya fue. La solución de este tema ni siquiera pasa por grandes definiciones actuales, sino que va a ser la próxima elección la que va a adquirir un carácter plebiscitario entre dos maneras de mirar a la sociedad.

-¿Qué sensación estamos dando hacia el exterior, con movilizaciones y un gobierno con un 22% de aprobación?
-No tengo la impresión que la imagen de Chile se vea alterada por las manifestaciones estudiantiles. De hecho, creo que pueden resultar muy atractivas para el mundo exterior, no sólo porque aparece como una sociedad que está viva, sino porque nosotros hemos sido vistos –como lo muestran todas las encuestas en América latina–, como una sociedad fenicia que no tenía principios mayores y en la que la ganancia de dinero era la obsesión colectiva. Por lo tanto, aquí estamos viendo una sociedad que tiene gran fuerza en términos de sus propios valores. Ahora, al mismo tiempo, muestra un gobierno que está en muchas dificultades, porque si todas las noticias que llegan son de estudiantes pegándose con la policía, uno no piensa que la culpa es de los estudiantes, sino que parece que el gobierno que está ahí no es el adecuado. De hecho, la primera pregunta que le hacen a uno es cuánto le queda. Es triste, pero es así.

-Y en esa misma lógica, un personaje como Camila Vallejo, ¿le suma al país?
-Sin duda. Amigos periodistas afuera me cuentan que esto es un fenómeno, es notable. Tanto Camila Vallejo como Giorgio Jackson u otros dirigentes han llamado la atención del mundo por su inteligencia, la madurez con que se expresan, el conocimiento de los temas que están tratando y, por lo tanto, ahí hay otro plus. Claro que es un plus conflictivo. La percepción que se tiene de Chile sigue siendo muy buena, pero es evidente que ello no está acompañado de la percepción que se tiene del gobierno.

-¿Y en que quedaron el gobierno de excelencia y la nueva forma de gobernar?
-De pronto uno siente que está frente a aprendices. No quisiera entrar en detalles directos, pero muchas veces creo que se está imitando a un gobierno, no haciendo uno de verdad. Hay figuras que son más sólidas, pero es evidente que hay un problema y que no ha logrado todavía convencer al país de que lo puede conducir con estabilidad y tranquilidad.

Llamando al orden

-En la vereda suya las cosas no están muy bien, tampoco. ¿Cómo saldrá adelante la Concertación? ¿Es cuestión de “convergencia”?
-La Concertación tiene temas de identidad que ya están resueltos y que no se pueden ni deben cambiar: la unidad del centro y la izquierda es parte de la esencia. Nadie que pretenda gobernar este país puede no pensar que si no están juntas, las probabilidades de que vuelva a ganar la derecha son muy altas. Esta es una alianza política y no un movimiento social. Al mismo tiempo, siento que a la Concertación le ha costado mucho encontrar un discurso común que incluya un conjunto de planteamientos que a la sociedad le resulten atractivos en el nuevo contexto. Pero no sólo eso: se requieren lealtad y disciplina. A mí me llama la atención algunos parlamentarios que celebran a los estudiantes por su capacidad de unidad y disciplina interna, pero que ante la primera reacción de su presidente de partido salen a atacarlo. Es verdad que no hay transformaciones sin ideas y ciertas rupturas, pero tampoco hay transformaciones que se mantengan sin disciplina ni lealtad. Si esos componentes no están, se hace muy difícil ofrecerle seriamente una posibilidad de gobierno al país.

-¿Quiénes, a su juicio, se vislumbran para retomar el liderazgo de la Concertación?
-Si los partidos políticos no son capaces de atraer líderes, quiere decir que no están bien dirigidos. Hay un sentimiento de que los partidos, más que abrirse a la gente, imponen sus posturas. Ahí está el problema, pero yo no tengo ningún afán de caer en aquello que critico, que es descalificar a los dirigentes.

-¿Es el momento para que la Concertación esté hablando de presidenciables? ¿Sólo Michelle Bachelet garantizaría un regreso al gobierno?
-Es evidente que Michelle Bachelet tiene un liderato ya conquistado en los corazones de la gente que vota o que ha votado históricamente por la Concertación. Ese es un factor muy determinante de lo que viene. Sin embargo, no creo que el tema de hoy sea el proceso presidencial. Lo que tenemos que hacer es ponernos de acuerdo para pensar y decirle al país lo que le ofrecemos para una elección que viene, que va a ser claramente plebiscitaria entre dos formas de concebir la sociedad y el desarrollo. Si la Concertación no es capaz de prepararse para eso y no es capaz de poner eso sobre la mesa, naturalmente no va a haber liderato suficiente para inventar otra cosa.

 

La crisis y el chip de los economistas
-¿Le pone un ingrediente adicional de incertidumbre el cuadro económico mundial y cómo pueda impactar en Chile?
-El cuadro internacional es muy grave y siento que los niveles de incertidumbre de aquello que hoy se siente estable es una cuestión impresionante. Nuestra dependencia del factor cobre, nuestro afán de mirar al Asia -que es un producto que tampoco sabemos cómo va a evolucionar-, el cuadro de cierre europeo, el proteccionismo que posiblemente se viene de manera bastante inevitable en los países desarrollados, nos deben llevar a una reflexión mucho más a fondo sobre cómo debe ser nuestra relación con el resto de América latina. Estamos metidos en un vértigo y nos cuesta mucho reflexionar con tranquilidad.

-¿Cómo evalúa las relaciones con la región?
-Las relaciones internacionales son muy de administración de temas, no hay ninguna iniciativa real. No me gustó el discurso en ONU del presidente Piñera, creo que no podemos entrar en discursos defensivos en esa materia. Por otro lado, la crisis no ha terminado para nada y no hemos sabido evaluar las consecuencias sociales de esta crisis; básicamente, porque las predicciones han caído en manos de los economistas, y ellos no tienen la variable social incluida en el chip cerebral. Resulta que les llaman externalidades a los procesos de irrupción social más graves que ha vivido Europa desde la Guerra Mundial. Hay que entender qué puede significar eso desde el punto de vista de las decisiones económicas y las restricciones que nos va a plantear en nuestro modelo exportador. En ese cuadro, creo que nuestra política hacia América latina es absolutamente prioritaria, principalmente con Brasil -como me repetía mi padre-; hay que desarrollar la relación con Brasil.