Jorge McKay Alliende tiene apellido con sabor a galletas y una historia con olor a chocolates. Cómo no, si creció viendo cómo su padre –Jorge McKay Harseim–, llevaba las riendas de la compañía familiar e inventaba delicias como el Súper 8 –llamado así en honor al octavo de sus hijos–, las Criollitas o las obleas. […]

  • 5 abril, 2013
Alexander McKay

Alexander McKay

Jorge McKay Alliende tiene apellido con sabor a galletas y una historia con olor a chocolates. Cómo no, si creció viendo cómo su padre –Jorge McKay Harseim–, llevaba las riendas de la compañía familiar e inventaba delicias como el Súper 8 –llamado así en honor al octavo de sus hijos–, las Criollitas o las obleas.

Con el slogan “galletas McKay, más ricas no hay” en su ADN, el destino natural de Jorge junior –52 años, casado, seis hijos–, era desplegar su vida profesional en algún lugar del universo de las “cosas ricas”. Y así fue: después de años trabajando en otros rubros, en 2006 dejó de pelearle a su historia y puso en marcha la chocolatería La Fête. De eso ya ha pasado una década y hoy cuenta con 22 locales a lo largo de Chile y una facturación que este año, espera, alcance los 14 millones de dólares.

Inspiración veraniega

Sentado en un sillón del local de La Fête en La Dehesa –el primero de todos– Jorge McKay cuenta con entusiasmo la historia de la empresa. Y la de su familia, que por razones obvias están íntimamente unidas. “Más que haber comido toneladas de galletas y chocolates cuando era niño, lo que realmente marcó mi infancia –y me sigue marcando como empresario– fueron la austeridad, el compromiso con su gente y la audacia emprendedora de mi padre”, reflexiona mientras toma un café. Sin chocolates, eso sí.

Esas cualidades fueron las que él quiso replicar cuando se lanzó a la aventura con La Fête. En febrero de 2006 McKay se fue de vacaciones al sur con su amigo Giancarlo Fantoni y pensando en hacer algún negocio juntos, surgió la idea de una chocolatería fina. En honor a la justicia, hay que decir que fue la mujer de Fantoni la que tuvo el chispazo, pero McKay puso la genética y la intensidad que hizo que la idea cobrara vida.

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En julio de ese mismo año inauguró la primera fábrica, en Quilicura; en octubre abrió las puertas del primer local, y en noviembre debutó en Parque Arauco. A la fecha, él y Fantoni han invertido unos 10 millones de dólares. En 2012 pasado tuvieron ventas por 11 millones de dólares, acaparando el 40% del mercado de la chocolatería fina y coronándose como el principal actor de esa industria.

¿Planes 2013? Tres nuevos locales, cada uno con una inversión de 100 mil dólares, en La Dehesa (Los Trapenses), Plaza Egaña y Temuco, que se suman al recién inaugurado en Puerto Varas. Eso, más lanzamiento de nuevos productos y líneas especiales en galletería y chocolatería. Y el término de la ampliación de la fábrica, que les costó tres millones de dólares.

A la piscina

Esta historia empresarial, que contada suena bonita, no fue tan fácil en la práctica. Cuando partió con La Fête, McKay ya tenía seis hijos, estaba en su minuto peak de gastos y para desarrollar el negocio no sólo tuvo que renunciar a su trabajo, sino también echar mano a sus ahorros. Porque la inversión inicial fue de 300 mil dólares, financiados a medias con Fantoni. Y bueno, había que darle de comer a la familia.

Como el tema implicaba no sólo riesgo, sino costos, antes de partir habló con su mujer. Y juntos hicieron lo propio con sus hijos. Los niños lo apoyaron. De hecho, a contar de ese momento los dos mayores dejaron de pedirle plata y su mujer se dedicó a ayudarlo en el nuevo emprendimiento. Durante tres años no hubo vacaciones, se acabaron los clubes y los restoranes. Y la casa se puso en venta.

Los amigos también lo apañaron. Gerardo Alcalde, jefe del laboratorio de McKay, se subió al carro y lo ayudó con los primeros productos y las mezclas. Tomás Dittborn, de Dittborn y Unzueta, se hizo cargo de la imagen corporativa y de la publicidad. Las arquitectas Lillian Allen y Elodie Fulton diseñaron los primeros locales; y Augusto Undurraga, de Parque Arauco, aportó el análisis comercial.

Formación espartana

Preocupado de que su hijo se formara con estrictos valores, desde muy chico Jorge McKay padre llevó a su hijo a la fábrica de la familia y lo puso a trabajar en labores como reparto u horneado de galletas. Durante los veranos lo hacía trabajar a lo menos un mes. Todo ello marcó la vida de McKay Jr.

Cuenta que en su casa eran tan austeros, que pese a lo que creían sus amigos, no había ni chocolates ni galletas a destajo. Los fines de semana podían darse algún gusto, pero la mayor parte del tiempo, si querían comer cosas ricas, él y sus ocho hermanos tenían que robarlas de la despensa, como cualquier hijo de vecino.

Y como lo que se hereda no se hurta, con la misma escuela está ahora educando a los suyos. De hecho, su mujer es la jefa de visual de La Fête y su hija mayor está a cargo de las ventas institucionales y de las tiendas. A los demás los lleva a trabajar por períodos en labores menores. Y de chocolates a manos llenas, ni hablar. •••

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Una idea con historia

Jorge McKay Jr. se sabe de memoria la historia de la empresa de galletería y chocolates que fundaron sus antepasados en 1892, y que más de cien años después –en 1989– vendieron a Nestlé en 42 millones de dólares. Una operación que fue dolorosa y hasta devastadora desde el punto de vista emocional, según recuerda. De hecho, él fue el último en cerrar la puerta por parte de la familia fundadora, pues se quedó cerca de un año como jefe de marketing con Nestlé. Pero después emigró.

La idea original es mérito de su tatarabuelo, el escocés Alexander McKay. Los primeros pasos los dio su bisabuelo George, luego vino su abuelo y, posteriormente su padre, quien en los 60 se hizo cargo de la empresa, asumiendo la gerencia general.

“Para la época, mi papá era un empresario muy de avanzada. Fue exitoso en tiempos muy difíciles, a fines del gobierno de Eduardo Frei Montalva, la Unidad Popular y comienzos del gobierno militar. En 1970 inauguró la fábrica más moderna de chocolates de Sudamérica. Fue el primero en hacer jugo en polvo, el primero en desarrollar snacks como el Súper 8 y el primero en hacer suflés”, cuenta.

Bajo su mandato, se construyó una moderna fábrica de chocolates y se cerró la compra de Hucke en 1979. Ahí heredaron la Negrita, el Sahne Nuss y el Trencito. También las galletas Tritón.

Ya hacia fines de los 80, McKay era una empresa que facturaba 50 millones anuales y el grupo era dueño también de Chamonix, Gelly y Amasa, fabricante de margarina industrial. Pero las cosas se complicaron con la devaluación del dólar, las deudas crecieron y, aunque podrían haber seguido adelante, decidieron vender.