Por Carla Sánchez M. Fotos: Verónica Ortíz Hace cien años, la innovación se limitaba a la invención de nuevos artefactos. El auto, el televisor y el computador, sólo por nombrar algunos inventos que cambiaron el curso de la historia. Pero las buenas ideas –dice Jay Rao, profesor de Babson College– “se copian rápido y muchas […]

  • 16 mayo, 2014

Por Carla Sánchez M.
Fotos: Verónica Ortíz

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Hace cien años, la innovación se limitaba a la invención de nuevos artefactos. El auto, el televisor y el computador, sólo por nombrar algunos inventos que cambiaron el curso de la historia. Pero las buenas ideas –dice Jay Rao, profesor de Babson College– “se copian rápido y muchas de ellas mueren en el camino”. Entonces, se dijo que había que innovar en el servicio. Aparecieron las empresas punto com y “de repente la innovación en los negocios se tornó muy importante”. Poco a poco, cuenta el profesor, grandes compañías empezaron a morir. ¿Qué es lo que las estaba matando?, se preguntó Rao. Después de años de estudio y muchas estadísticas en mano obtuvo la respuesta: no era la falta de recursos ni de tecnología, sino la cultura corporativa que no permite que las buenas ideas se concreten.

Junto al académico Joseph Weintraub, creó InnoCociente, una herramienta para medir el coeficiente de innovación de la cultura corporativa. Una metodología que se está aplicando en una treintena de empresas en el mundo y que ahora está disponible en nuestro país.

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La idea es rediseñar la estrategia de una compañía luego de haber realizado un diagnóstico previo mediante encuestas online o presenciales. “Queremos entender la cultura corporativa porque es muy compleja. No puedes simplemente empacar tal o cual modelo, tienes que entender los códigos de tu empresa. Creamos esta metodología para ayudar a las compañías a implementar el diálogo. Es como ir al doctor y someterse a un examen físico para saber en qué estamos bien y en qué estamos fallando”, explica Rao.
Para este profesor de origen indio, la innovación es una disciplina, tal como el marketing o las finanzas. Por ende, se puede enseñar, aplicar y, lo más importante: medir. “Tú no te despiertas un día y dices ‘voy a ser innovador’. Como en cualquier disciplina, para ser un maestro, tienes que practicar”, enfatiza.

-¿No se trata, entonces, sólo de ser creativo y tener buenas ideas?
-Todo el mundo tiene ideas, dime quién no. Lo que importa es la habilidad para lograr que esas ideas escalen, independiente de que seas una pequeña, mediana o una gran compañía. Lo que la mayoría de los ejecutivos persigue es una cosa: el crecimiento. Eso es también lo que un país necesita. Si no creces no puedes crear nuevos empleos.
 

-¿Cómo se puede medir la innovación?
-Al igual que cualquier disciplina, la única diferencia es que es relativamente nueva –tiene 20 años de existencia– por lo que hay que crear las herramientas para evaluarla. Por ejemplo, en 3M han desarrollado el “índice de la vitalidad” para medir el porcentaje de los ingresos que venían de productos que no existían cinco años atrás. No me refiero a cambiar el color de un cuaderno o de una taza, sino que a crear nuevos productos, servicios, nuevas soluciones que antes no existían. Pero la innovación es una ciencia social, no tiene leyes o normas, sólo principios generales de los cuales hemos aprendido un montón en los últimos 30 años y podemos medirlos.

 

LA FÓRMULA PERFECTA

Rao ha estado varias veces en Chile –8 para ser exactos– y le encanta la forma en que los chilenos hacen negocios. “Son humildes y eso es clave para la innovación”, asegura.

-¿Es Chile un país innovador?
-Para ser un país pequeño, pienso que están invirtiendo mucho tiempo y dinero en la innovación. Eso es una buena señal.

-Sin embargo, Chile tiene una de las tasas más bajas de inversión en I+D de la región…
-Sí, y eso tiene que cambiar. Chile creció muy bien, incluso ahora lo está haciendo, pero cada vez más lento. Partieron con una economía basada en la agricultura y muy dependiente de los recursos naturales y la minería…

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-Seguimos dependiendo de ellos…
-Sí, y dependen demasiado de ellos. Para convertirse en un país desarrollado de la OCDE, para alcanzar el poder adquisitivo de los países de Europa occidental tienen que convertirse en una economía del conocimiento. Y la única forma que tienen para alcanzarlo es invirtiendo en educación. En Chile, a pesar de que ha aumentado el PIB, la inversión en educación se ha estancado.

-¿Está a favor de la educación gratuita? ¿Sería buena para un país como Chile?
-En la mayoría de los países desarrollados, la educación primaria es mayormente gratis. Hay que avanzar en esa dirección. Para un país en vías de desarrollo es un desafío ambicioso…

-¿Eso podría empujar la innovación en el país?
-La innovación ocurre. Viene de la ciencia, de la tecnología e incluso de los modelos de negocios y los cambios en el comportamiento humano. Y en aceptar nuevas formas de hacer las cosas.

-¿Cree que la reforma tributaria que se va a aplicar en nuestro país va a afectar a la innovación?
-Sin duda que sí, pero no puedo predecir de qué manera. Si miras las estadísticas en Estados Unidos, cuando el Gobierno gastaba más dinero en I+D, el PIB crecía muy bien. Actualmente, el presupuesto para I+D se ha estancado en Estados Unidos a pesar de que en términos reales gastan mucho dinero y son el número 1 del mundo en ello. Por otra parte, tener muchos recursos disponibles te pone perezoso. Si gastas demasiado dinero serás menos innovador. La falta de agua en Israel ha provocado la creación de empresas extraordinarias en el manejo de ese recurso.

-¿Dónde, a su juicio, debe generarse la innovación?
-Los grandes emprendedores vienen de grandes compañías. Esa data existe. Los emprendedores exitosos no crecen en el campo, no se levantan un día y dicen ¡Hey, voy a crear Crystal Lagoons! Como lo hizo Fernando Fischmann. En Chile, debieran preguntarse cómo crear 10 compañías como ésa en 5 industrias diferentes. Eso es lo que Chile necesita. Que en el mundo se hable de estas empresas. Y no necesitan tener muchas, porque son un país pequeño. Mira el caso de Estados Unidos, el 10% del PIB viene de las 100 compañías más grandes. No necesitan crear otras nuevas, sino lograr que las existentes crezcan. Tenemos demasiadas compañías pequeñas estancadas.

-Pero ahí surge el problema de la concentración económica del poder en manos de unos pocos…
-Por supuesto, y eso debe manejarlo el Gobierno. Pero ¿quién crea la mayoría de los empleos? No son las compañías pequeñas. Si el Gobierno realmente quiere aumentar la riqueza de la clase media y baja, deben concentrarse en las compañías líderes, que están creciendo, no en crear más compañías pequeñas.

-Según la Asech, las pymes son “el motor de la economía” porque que representan el 95% del total de las empresas del país que generan el 80% de los puestos de trabajo…
-Sí, efectivamente crean empleos, ¡pero nunca escalan! Son empresas que sobreviven, pero que no van a llevar al país a tener una economía basada en el conocimiento. •••

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“¡No necesitamos mas apps!”

“Cualquiera puede ser un emprendedor, según la definición popular”, dice Rao. Pero lo importante, agrega, es que “antes de fundar más startups que diviertan sólo a algunos con sus tecnologías sexy, hay que crear más empleos”, advierte.

-Pero a lo mejor están creando riqueza, porque la tecnología no necesita tanta mano de obra…
-Exacto, y ése es el problema. Mayormente se trata de trabajadores independientes. Hay miles de personas creando nuevos apps, pero esos apps no alimentan a millones de personas que lo necesitan, no crean empleos. Si soy un político, estaría más interesado en generar más puestos de trabajo en vez de crear más apps. Comprar votos es fácil, no tienes que ser brillante para hacerlo –vengo de un país que compra votos todo el tiempo– pero espero mucho más de Chile.

-Pero dar vida a un negocio propio y no trabajar toda la vida detrás del mismo escritorio, ¿eso no es surgir?
-Nosotros en Babson enseñamos el emprendimiento y vemos todo lo que sufren los emprendedores. Hay muy pocos Bill Gates o Steve Jobs.