Por Daniel Villalobos, escritor
Foto: Verónica Ortíz
Año: 2040

  • 18 agosto, 2019

En las primeras décadas de este siglo, nuestros padres alimentaron el poder de megacorporaciones a partir de un puro y simple deseo: no olvidar. No perder el recuerdo del día que fueron al campo, de la primera vez que saltaron de un trampolín o de la fiesta de cumpleaños donde todos terminaron borrachos.

La internet en esos años se volvió un repositorio de recuerdos que, en muchos casos, no solo eran públicos sino que perdían todo control de copyright. La foto de un niño capturada por sus padres y subida a una página personal o a instancias hoy día ya difuntas como Twitter y Facebook, podía eventualmente ser replicada al infinito y tener toda clase de usos involuntarios, algunos de ellos bastante ilegales.

Eran los primeros años de la tercera vida digital, el Viejo Oeste salvaje de las redes sociales y la transmisión de datos sin control de los estados. Fueron los últimos años de la utopía del capitalismo autorregulado y la confianza casi ciega en la buena fe de la empresa privada. Es por eso que tiene todo el sentido que quienes nacimos y vivimos nuestra infancia en esos años ahora formemos parte de la generación que más agresivamente combate la subida y transmisión de imágenes y textos personales a la red.

Hoy día, más de ochenta byronbytes de fotografías, videos y audios de carácter personal son eliminados de la red cada segundo. Lo que nació en los años 30 como la iniciativa de una pequeña ONG europea para devolver la privacidad a una generación de niños noruegos, hoy se ha convertido en el negocio más floreciente, complejo y multifacético de la industria.

Se dice que toda generación está condenada a resistir los valores de sus padres. Lo que nadie nos avisó es que en nuestro caso lo que resistiríamos es un impulso natural y muy humano, como es el impulso de registrar la felicidad. Nuestros padres hicieron públicas nuestras infancias en la red. Millones de extraños a los que jamás conoceremos consumieron nuestra intimidad como parte de sus feeds y redes sociales.

Pero –y esto siempre debe ser, valga la paradoja, recordado– esto fue hace casi una generación. Es difícil recordar la falta de regulaciones sobre contenido digital que era el panorama universal en los primeros veinte años del siglo. Como dicen algunos, existía un contexto. E incluso es bueno mencionar que muchos de estos registros que hoy nos causan vergüenza, horror o simple molestia, fueron puestos en la red por personas que nos amaban, que nos deseaban lo mejor y que tenían un deseo legítimo (aunque descaminado) por compartirnos con el resto del mundo.

Compartirnos. Compartir. Ese verbo, hoy directamente prohibido en el lenguaje de las compañías de internet (¿cómo puede ser compartido algo que genera billones en las bolsas?), es quizás la palabra clave para entender el abismo que nos separa de nuestros padres en este sentido. Ellos veían la imagen de sus hijos como un subproducto parental del cual ellos, los padres, tenían plenos derechos de copyright.

El cambio al respecto está ocurriendo. Y viene, como en muchos casos, apoyado en una iniciativa de enorme éxito comercial. No todos los olvidos digitales son de igual calidad, se depende en muchos casos de qué empresa se contrate o qué plan puedan pagar los usuarios, pero ese es un defecto y no una característica. Lo esencial es que el derecho a que nuestras infancias desaparezcan de internet es hoy un artículo de fe que nadie discute. Más aún, la puerta ha quedado abierta para el siguiente paso lógico: que la migración de nuestras conciencias a aparatos digitales que hoy está siendo ofrecida por los planes de salud incluya la opción de reinventar por completo y para siempre nuestros pasados personales.