El abogado Gustavo Parraguez y su familia estuvieron contagiados con covid-19. Según él mismo cuenta «vamos de a poco camino a la recuperación total, lo que nos tiene muy contentos». Antes de esto, el jurista había comenzado a escribir este documento que comparte con Capital.

  • 25 junio, 2020

El pretensioso título de estas líneas lo he tomado de una magnífica obra de Stefan Zweig, que -en síntesis – describe el fin abrupto de la época de oro de la Austria Imperial que, junto al resto de casi toda Europa, se precipitó en una completa debacle durante la primera mitad del Siglo XX. Tras describir este ocaso en la obra citada, Zweig -que era judío y fue perseguido- se quitó la vida en 1942, por el insoportable dolor anímico que le causó el derrumbe de la humanidad, tras dos guerras devastadoras, recesión mundial y la violencia proveniente de una abominable irracionalidad de las generaciones de gobernantes y líderes de la época.

En este momento en que violentas olas de cambio definitivo nos han pasado por arriba, cabe preguntarse qué dejamos en el mundo de ayer, el que queda en las últimas dos, tres y hasta cuatro décadas desde 2019 hacia atrás. Los especialistas escribirán miles de carillas sobre multiplicidad de aspectos y enfoques. Con poca ambición (no soy experto), reflexiono en estas líneas sobre uno de ellos. Me refiero al posible cambio en el dominio intelectual mundial de los últimos decenios, desde individuos y sociedades que ligan y vinculan todos los aspectos de la vida a la economía y sus variables, a los cuales llamaremos sólo para alcances de esta columna, “Economicistas”, por un promisorio retorno a los ejes del poder de intelectuales y pensadores. Comprendo que la economía es muy importante, vital -lo ha sido y lo será siempre-, pero cosa distinta es que tiña todo y hasta las almas humanas, al punto de corromperlas.

Lo del “economicismo” arranca preponderantemente en los Estados Unidos en la década de los setenta, y, en resto del mundo, en diversos años poco después. En aquel entonces varios “lobos” del sistema financiero se adueñaron no sólo de todo el dinero, sino también de la política, los valores y la cultura. El llamado capitalismo financiero, que dejó atrás al capitalismo industrial, se asentó en el planeta hasta ahora, en que tras los cataclismos experimentados mucha gente en el mundo se pregunta transversalmente si -posiblemente- ya es hora de que finalice o se renueve.

Uno de los primeros efectos oscuros de aquel cambio en los setenta, fue la reducción paulatina de, entre otros aspectos, la relevancia de la cultura, las ideas y -en suma- del humanismo. El lobo instauró la era del absolutismo del consumo. Desde aquel entonces la sociedad fue progresivamente abandonando a los intelectuales, pensadores y humanistas, hombres que antes eran gravitantes en la colectividad mundial, admirados y respetados. Aclaro que no es mi intención ensalzar aquella época anterior post-segunda guerra mundial, que sin duda exhibió muy graves desatinos históricos (Corea, Vietnam, Guerra fría y varios etcéteras), sino únicamente examinar el origen intelectual y pertenencia de muchas de las decisiones humanas de esa época.

En el naciente orden mundial regido por los economicistas, los humanistas y pensadores ajenos a la economía subsistieron minúsculos como enanos. El duelo se desbalanceó a tal punto que mermaron los ideales de la soñadora generación de los sesenta y primera parte de los setenta. La batalla por las ideas fue muy desigual, la de una hormiga contra un elefante. Es verdad que los economicistas adoptaron las políticas que trajeron, junto a la hegemonía del consumo y del lucro, inmensos progresos materiales, pero ellos vinieron aparejados de un enriquecimiento desigual sin precedentes, que hoy -agravado- está derruyendo la precaria estabilidad del sistema. Lo que viene después -18 de octubre para Chile y pandemia para el mundo- son “noticia en desarrollo” con profundo aroma a cambios muy drásticos.

El cisma generado en nuestro país por las revueltas de octubre de fin de 2019 y en el planeta por la llegada del Covid 19, ha traído de vuelta a “las primeras planas” a los pensadores, filósofos, intelectuales y humanistas. Cientos de ellos, sino miles, han “levantado sus plumas como lanzas” que han arrojado en un sinnúmero de páginas para tratar de entender, explicar o concernir el sanguinario cambio de era. El orden construido por los Economicistas tenía poco de cemento y mucho de cartón, dicen hoy muchos de ellos.

En este contexto naciente, los Economicistas comienzan a ser gente del mundo de ayer. Ya pocos confían en ellos. En esta oscura hora por fin la sociedad, que clama por muchas explicaciones, busca auxilio en intelectuales y pensadores. Hoy los oídos no escudriñan los aullidos del lobo, sino las reflexiones de, por nombrar sólo unos pocos, Judith Butler, Giorgio Agamben, Yuval Noah Harari, Jean Luc Nancy. En Chile comienza el predominio de pensadores como Peña, Caponni (desafortunadamente fallecido hace pocos meses), Fisher, Salazar, Ortuzar y varios más, de izquierda y de derecha.

La sociedad de este mundo nuevo se encaminará, ojalá con profundo sentido de lo humano y suficiente éxito en el intento, conforme a sus reflexiones e ideas. Gracias a su trabajo, ambiciono seamos -como señaló Seneca- “…adiestrados al conocimiento de cosas grandes, sacados de las tinieblas a la luz (…) y (…) con grandeza de ánimo …salir de los estrechos límites de la imbecilidad humana…”.

¡Vivan los pensadores, los intelectuales, humanistas y los filósofos! Les llegó su hora.