Los bioquímicos chilenos Sebastián Bernales y Sergio Quezada se sumaron a Droia, un fondo de inversiones belga enfocado en el desarrollo de drogas en etapa inicial para tratar enfermedades genéticas. Su objetivo no es sólo buscar empresas dónde poner las fichas, sino también convocar a inversionistas nacionales a participar. Hay al menos seis family office interesados.

  • 26 junio, 2020

El 25 de mayo, el Ph.D. en Biología Celular de la Universidad de California Sebastián Bernales expuso en BTG Talks sobre el rol de la ciencia en el nuevo orden económico tras la pandemia. En poco más de una hora contó su historia y habló de cómo invertir en esa disciplina. Bernales conoce los dos lados del negocio: trabajó 9 años en el desarrollo y comercialización de una droga para el cáncer de próstata en la empresa Medivation -que se vendió a Pfizer en 14 mil millones de dólares-, y luego fundó con el Premio Nacional Pablo Valenzuela, y los bioquímicos Peter Walter y Bill Rutter, la empresa Praxis Biotech que no sólo desarrolla tecnologías, sino también incuba startups desde San Francisco. Hace rato que Bernales venía dándole vueltas a la idea de meterse a un venture capital. Faltaba encontrar la oportunidad.

En paralelo, el también bioquímico y Ph.D. Sergio Quezada, trabaja desde hace varios años en el instituto de cáncer del University College London en la línea de la inmunoterapia. Ahí desarrolló una molécula -conocida como “anti-CD25”- que fue licenciada por la firma Tusk Therapeutics y luego adquirida por laboratorios Roche, uno de los más grandes del mundo, por 758 millones de dólares. Quezada y Bernales coincidieron en la UC, y trabajan juntos hace años en diferentes proyectos ligados al cáncer. Cada cierto tiempo reflotaba una inquietud: “Los dos queríamos dar acceso a Chile a temas científicos de impacto”, relata el segundo desde EE.UU.

Fue en marzo de este año cuando Luc Dochez, socio de Droia Ventures, invitó a Bernales a sumarse a la firma como Venture Partner (socio de riesgo) y a Quezada como asesor científico. La apuesta: abrir un fondo de inversión global enfocado en empresas de desarrollo de fármacos en fase inicial para el tratamiento de enfermedades de origen genético. El socio de Pablo Valenzuela y director de Fundación Ciencia & Vida comenzó a contactar a algunas personas en Chile que podían estar interesadas en poner capital. Entonces recibió la llamada de BTG Pactual. “Nuestros clientes nos dicen que quieren invertir en biotecnología”, le dijeron. Luego vino la charla, y “se generó una bola de nieve”, dice el bioquímico. A la fecha está en conversaciones avanzadas con seis importantes family office chilenos -con quienes se ha reunido varias veces vía Zoom- para sumarlos al fondo de entre 150 y 250 millones de euros que pondrá su fichas en alrededor de 10 compañías. De ellas, se espera que al menos la mitad tenga números azules y que “un par sean tremendamente exitosas”, tal como ya le ocurrió a Droia en su primer fondo: en gran parte gracias a Tusk, ya pagaron más de 80 millones de euros a los inversionistas en un fondo de 62 millones, y hay acuerdos por alrededor de 700 millones de euros: 545 millones por earn outs (ganancias en base al desempeño futuro del negocio)  y 180 millones de euros por royalties.

“Son apuestas de alto riesgo, a largo plazo, donde importa el proceso. Yo me siento responsable de ayudar a que los que participen entiendan las tecnologías y que haya historias de éxito en Chile en esta área. Uno es el retorno económico, pero el otro es participar en inversiones con sentido e impacto”, dice Bernales.

El ADN

El punto de partida lo dio el belga Luc Verelst. El empresario -que hizo su fortuna en el área de la construcción e inmobiliaria- dio un giro a su carrera en 2008 cuando su hermana enfermó de cáncer al endometrio con muy mal pronóstico. Verelst se abocó a investigar exhaustivamente todos los tratamientos disponibles. Contactó a una serie de biotecnólogos y médicos, quienes lo ayudaron a encontrar las drogas que finalmente lograron su cura. En el camino se dio cuenta de dos cosas: que la información que existía para los enfermos era confusa y de difícil acceso -lo que desembocó en la creación de la Fundación Anti Cáncer-; y de que quería invertir en biotecnología, con el sueño de terminar con la enfermedad. Para llevarlo a cabo fundó en 2014 Droia Ventures, y se aventuró a levantar un primer fondo de 62 millones de euros enfocado en empresas que desarrollaran tratamientos para esa enfermedad.

En el trayecto se cruzó con Luc Dochez. Belga también, farmacéutico, economista y MBA en Vlerick Management School, Dochez era CEO de Tusk Therapeutics. La firma privada de inmuno-oncología era parte del portafolio donde invirtió el fondo Droia I. Tras la venta de la empresa biotecnológica a Roche, el ejecutivo empezó a trabajar part-time para Droia. La compañía estaba levantando en esos momentos un segundo fondo oncológico por 165 millones de euros. Fue así como en la búsqueda y creación de nuevas compañías donde invertir, Dochez conoció a Sebastián Bernales. El bioquímico estaba trabajando en distintas iniciativas contra el cáncer en la empresa Black Belt, parte del fondo Droia I, donde es socio de Quezada, con quien Dochez había coincidido en Tusk.

Al teléfono el belga asegura: “Tengo una pasión por los desordenes genéticos”. En su trabajo anterior, en la empresa de biotecnología Prosensa, conoció de cerca la distrofia muscular. “A los 5 años un niño deja de caminar, a los 14 está en silla de ruedas, a los 20 entra a ventilación y entre los 25 y 30 se muere. Quise hacer algo al respecto”, dice. Y agrega: “Llegué ahí solamente por una oportunidad de negocios. Pero luego me di cuenta de que cuando sea viejo, no solo quiero ser un hombre de negocios exitoso, sino saber que contribuí al mundo”. Comenzó con pequeños emprendimientos ligados al área, hasta que conoció Droia Ventures. “¿Por qué mejor no unimos fuerzas?”, pensó. Ya como socio de la firma hizo su apuesta: levantar un tercer fondo pero enfocado solamente a las enfermedades genéticas.

“Escogimos el peor día para comenzar a levantar las inversiones”, reconoce: dos días antes de que se decretara el “lock down” en Bélgica. “En este tipo de inversiones es muy importante el contacto cara a cara, y eso no se podía hacer. Además, había mucha incertidumbre, y los mercados se estaban desplomando”, relata. “Pero últimamente acá las cosas se están recuperando. Han pasado 3 meses, hemos levantado poco mas de 100 millones de euros y tenemos mucho en el prospecto. Ha andado mas rápido de lo que esperábamos”, agrega.

Se cierra el círculo

Al otro lado del Zoom, en Londres, Sergio Quezada viste camisa blanca con mangas arremangadas, collar y usa unos grandes audífonos. Está en su laboratorio donde investiga distintos métodos para fortalecer los anticuerpos. A ojos de varios científicos su descubrimiento en inmunología es “de esas historias que son una en un millón”.

“Tusk era una compañía biotecnológica chica donde Droia I había invertido 30 millones de euros, y que tenía un par de drogas que estaban investigando para la inmunoterapia. En una de esas conversaciones científicas el fundador me dice ‘¿tienes algo interesante en tu laboratorio?’. Y yo le respondí: ‘mira, tenemos este descubrimiento nuevo (anti-CD25), pero es súper complicado y no creo que sea vendible porque va contracorriente’. Y me dice ‘me interesa cualquier cantidad’. Y así partimos”, relata.

El rol del bioquímico en Droia III será precisamente revisar -junto con Bernales- la ciencia de las empresas donde invertir. “Cuando alguien dice ‘esta droga es la última chupada del mate’, yo ahí entro a revisar todos los datos. Nos metemos debajo del capó para comprobar si es así y si vale la pena invertir en esa área en particular”, relata. El otro chileno, en tanto, tendrá también un rol en los directorios de las compañías para guiarlas en su desarrollo.

Existen dos formas para entrar al fondo: directamente -con ticket superiores a 3 millones de euros- o a través de un vehículo de inversión que está estructurando BTG Pactual con montos más reducidos. Dado que la financiera está presente en Colombia, Perú y Brasil, es probable que haya aportantes de esos países. LarraínVial también ha mostrado interés en tener un vehículo de inversión. Hasta ahora Droia Ventures tiene inversionistas principalmente belgas, además de algunos británicos, franceses y suizos. Ellos son family offices, además de compañías de seguros y bancos. Pese a estar ubicado en Europa, la mitad de las compañías donde participan están en Estados Unidos, donde también pretenden entrar. “Somos muy especialistas desde el punto de vista del foco científico, pero geográficamente no tenemos limitaciones”, dice Dochez.

Droia III ya ha realizado dos inversiones, ambas dedicadas a enfermedades cerebrales: QurAlis, que busca terapias contra la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) y la Demencia Frontotemporal; y Vico Therapeutics, enfocada en la Ataxia Espinocerebelosa y el Corea de Huntington.

Este sería el primer fondo de este tipo que llegue a Chile. A la fecha Corfo tiene algunas iniciativas menores en ciencia inicial y Alejandro Weinstein, ex gestor de CFR Pharmaceuticals, se enfoca en empresas tecnológicas a través de su fondo de inversión de riesgo Olive Tree.

“Así como hay quienes apuestan por desarrolladores de autos eléctricos, hay quienes optan por la cura de enfermedades, señala Dochez. Y agrega: “El Covid-19 ha demostrado lo importante que es tener una industria farmacéutica robusta, porque habrá nuevas terapias y hay potencial de hacer una vacuna en un año gracias a la ciencia que hemos construido. La pandemia hizo evidente que somos vulnerables”.

El CEO de Praxis dice que las fases clínicas se han visto afectadas actualmente porque los hospitales están dedicados al Covid y está siendo más difícil reclutar pacientes para pruebas. Por el contrario, el interés por ser parte de investigaciones en fases tempranas ha aumentado.

“Al final aquí es donde parte todo. Porque si somos exitosos, eso se comunica dentro del círculo social. De ahí, si logramos hacer una buena labor educativa -de que este es el tipo de ciencia que podemos hacer- pienso que podríamos llegar mucho más allá que solamente el foco de este fondo. A mí me gustaría que se formara una mentalidad, que esa misma gente apoyara luego a ideas de chilenos. Porque eso ayudaría a que haya más investigación y desarrollo en Chile, donde nos sobran los buenos científicos e ideas, pero a veces faltan recursos y contactos para escalarlas. Esto va a tomar años, pero sería un éxito”, remata Quezada.