Cada mes en Chile mueren seis pescadores. Y aunque muchos de ellos no saben nadar, no ocupan salvavidas porque les incomoda. Liderando su propio emprendimiento social, la hija mayor de Felipe Cubillos diseñó un innovador traje, un “air bag de mar”, que promete salvar muchas vidas en muchos mares.
Por: Constanza López
Fotos: Verónica Ortíz

  • 17 enero, 2019

Papá, he estado pensando que me gustaría ayudar a alguna comunidad vulnerable, hacer un voluntariado, quizá ir a África.

-¿Quieres ayudar? Te llevo, está aquí, a 20 minutos.

Fue a mediados de 2011. Felipe Cubillos se subió a su jeep con su hija mayor, Amalia, y condujo hasta el Campamento San Francisco, en San Bernardo. Él conocía bien el lugar y a su gente, pues venía apoyando pequeños emprendimientos a través de Desafío Levantemos Chile hacía varios meses. Finalmente el trayecto duró un poco más de 20 minutos, pero a Amalia le quedó muy claro que había que “empezar por casa”.

El 2 de septiembre, el avión de la Fach en que volaban Felipe y cinco de sus compañeros de Desafío, se estrelló contra el mar al intentar aterrizar en Juan Fernández. Los 21 pasajeros del Casa 212 fallecieron instantáneamente.

“Desafío no puede morir en ese avión”, pensó Amalia, aún incluso en medio del shock por el accidente.

Un día después tomó las riendas del proyecto sin imaginarse el segundo tsunami que vendría entonces, el suyo personal. Congeló ese semestre de Diseño en la UDD, se echó la pena al hombro y se subió al carro de Desafío como directora.

Amalia hizo de Constitución su centro de operaciones, pues en esos días el trabajo estaba focalizado en las localidades costeras –Iloca y Duao– que el mar había arrasado el 27F. “Quizá porque vengo de una familia de navegantes, empatizaba mucho con los pescadores y con su trabajo, pasaba mucho tiempo con ellos, me colaba en sus asados…”.

Entonces se produjo una sincronía muy particular, una sincronía entre una obligación y una realidad, que de algún modo marcaría su futuro más allá de Desafío y del legado de su padre. Amalia tenía pendiente su proyecto de título –un traje salvavidas ideado por ella que ya había pasado la etapa de anteproyecto– cuando comenzó a darse cuenta de los riesgos que día a día corren los pescadores. “En Chile mueren ahogados seis pescadores al mes”, explica hoy, sentada en un café de Vitacura en una tarde de verano, ultra calurosa. “Y a pesar de que muchos de ellos no saben nadar, no usan el salvavidas porque dicen que los que hay les entorpecen demasiado sus maniobras, que no les permiten moverse ágilmente, que son muy incómodos”, explica.

-Suena como a Tercer Mundo…

-No creas. Las estadísticas de la FAO hablan de 32 mil pescadores muertos cada año en el mundo. Es muy sorprendente lo invisibilizado que está esto.

En agosto de 2013, Amalia sintió que había cumplido un ciclo en Desafío, y que el proyecto ya tenía un norte claro. “En Desafío aprendí y crecí mucho. Pero también me di cuenta de que me faltaba harto para estar ahí, me faltaba conocerme a mí misma, saber en qué era buena y para qué era mala, de modo de saber mejor desde dónde aportar”, dice.

Vendió su auto y partió por tres meses al Sudeste Asiático con una amiga.

-Fue la primera vez que hiciste un alto desde la muerte de tu papá, casi dos años después del accidente.

-Sí, no fue un viaje introspectivo ni nada que se le parezca, pero es cierto. Me pasó que me había empezado a cansar, a necesitar tiempo para mis proyectos. Y cuando uno no está completamente bien con uno mismo, la ayuda no es de la misma calidad. Estando en Myanmar viví el segundo aniversario de la muerte de mi papá, por primera vez sola, sin homenaje, sin evento de Desafío, lejos de mi mamá y hermanos. También lejos del mar. Me lo lloré completo.

 

Airbag de mar

De vuelta a Chile, sin tener aún muy claro qué iba a hacer, un llamado telefónico le dio el impulso que necesitaba. Era Juancho, un pescador amigo de Duao que la había aconsejado en el diseño de su traje salvavidas: ‘Ya puh, Mery, sigamos’, me dijo”.

Partió pasándole su prototipo a los pescadores para que ellos lo usaran y le fueran dando feedback. “Después nos juntábamos y me decían ‘vamos a tomarnos un shop’ y ahí me hacían dibujos en una servilleta…  Esto sí, esto no va. Al principio la jardinera tenía varios bolsillos, cierres y agarres para herramientas. Pero ellos me decían: ‘Déjalo lo más liso posible, porque nosotros estamos todo el rato pasando redes y nos quedamos enganchados’. Así empecé a simplificarlo”, cuenta.

El traje creado por Amalia es una jardinera de PVC, liviana e impermeable, de color naranjo fuerte (el color internacional para equipos de salvataje), que cuenta con un sistema de flotabilidad automática que se activa con la presión de la caída al agua. “Opera como los airbags de los autos, es un sistema pasivo de seguridad, que no molesta cuando no se necesita, pero que se activa en caso de emergencia”, explica ella. Tiene una luz estroboscópica que puede ser vista desde el aire o desde el mar, cintas reflectantes, un silbato y dos sistemas de inflado, manual y automático. Además, está diseñado de tal manera, que si la persona llega a caer inconsciente en el agua, el traje voltea el cuerpo para que las vías respiratorias queden despejadas. “La flotabilidad automática está incorporada a la jardinera del pescador, por lo que no es incómoda como un salvavidas tradicional y sí es mucho más efectiva”, agrega.

Con el airbag de mar, Amalia se saco un 7 en su examen de grado y se tituló de diseñadora. Mala para los números y para los negocios, según ella, les pidió ayuda a una prima y un amigo ingenieros comerciales para que la apoyaran en la comercialización en calidad de socios fundadores. Luego postularon a un fondo Corfo administrado por la incubadora UDD Ventures con el que obtuvieron un capital de 60 millones de pesos. Uno de los últimos requisitos de este fondo fue una ronda de inversionistas, a través de la cual se sumaron tres nuevos socios: Manuel José González, Camila Vial y Jaime Cruz.

Había nacido Kataix.

 

“Todavía no somos los Cornershop de la pesca”

Kataix era el espíritu protector del pueblo Selk’nam y el mismo que eligió su padre en 2008-2009 para “La Colorina”, la embarcación con que compitió –y obtuvo el segundo lugar– en la Portimao Global Ocean Race, la célebre carrera náutica con la que dio la vuelta al mundo. “Es el mismo espíritu que queremos que proteja a cada persona que usa nuestra marca”, dice Amalia.

El primer pedido que recibieron vino, justamente, de la caleta de Duao, aquella donde Felipe Cubillos llegó el martes 2 de marzo de 2011 en el helicóptero de un amigo, e impactado por el desastre y la desolación que había dejado el tsunami, inició Desafío Levantemos Chile. Unos años más tarde, 47 pescadores de Duao compraban, gracias a un fondo de Administración Pesquera, trajes salvavidas diseñados por su hija Amalia.

A poco andar, Kataix obtuvo el primer lugar como mejor iniciativa tecnológica en el Fishlab del Centro de Innovación de la Universidad Católica y luego fueron invitados a exponer en la Bienal de Diseño de Madrid, donde ganaron el Premio a la Innovación. Mientras tanto, la Armada de Chile lo certificó y homologó como dispositivo de salvamento.

-¿Cómo ha sido la experiencia de emprender? En general, los emprendedores jóvenes chilenos se quejan del exceso de burocracia.

-Bueno, yo quería hacer una empresa que me permitiera vivir y que ayudara a las personas. Solo tiempo después me di cuenta de que estaba siguiendo los mismos pasos que cualquier emprendedor. Mis socios han sido clave en la profesionalización de Kataix, nos han ayudado con contactos, estrategias de venta, comunicación, entre otros. Porque la burocracia en Chile, efectivamente, es un tema: las patentes, el IVA, la denominación de origen, los códigos arancelarios, los trámites ante notario, certificaciones… Hemos tenido montones de trabas. Además, el sistema de flotabilidad de nuestro traje se fabrica en un país con el que no tenemos tratado de libre comercio, entonces importarlo es tremendamente difícil.

-La experiencia de Cornershop reveló que tampoco hay muchos capitales ángeles o inversionistas dispuestos a jugárselas en emprendimientos innovadores.

-Nosotros todavía no somos los Cornershop de la pesca (ríe). Pero así es, y todo el mundo me lo ha dicho: que este traje podría tener mucho más éxito fuera de Chile. Y me da pena, encuentro frustrante que haya que tener éxito afuera para poder ser validados en nuestro país. Hace unos meses, en una feria, los noruegos se volvieron locos, pero aún estamos en los trámites para poder exportar, en los papeleos de la patente y la certificación de origen.

-¿Las mujeres tenemos alguna característica que nos facilite el emprendimiento social?

-Creo que tenemos ciertas habilidades que nos permiten empatizar y conocer muy bien al usuario; ponerse en el lugar del otro es el punto de partida para innovar. Independiente de hombres y mujeres, creo que el espíritu de los emprendedores es imparable y con eso sí que me siento identificada; las ganas de solucionar una necesidad que tenemos al frente es una energía que no para nadie. Creo que si confías en la solución que estás entregando, no hay diferencia en quién la ofrece.

Emprender desde las pasiones

Amalia se termina su segundo vaso de agua sin gas cuando suena su celular. La llama Patricio Pueyes, pescador de Los Vilos, donde hace unas semanas se ahogaron tres colegas suyos, para contarle que la asociación gremial postuló a un Fondo de Fomento para la Pesca Artesanal, para comprar trajes para los 34 pescadores que aún no tienen.

-Ustedes tienen dos tipos de clientes: los pescadores artesanales y las empresas pesqueras. Bien distintos al momento de elaborar estrategias comerciales.

-Así es. La cifra total de pescadores artesanales en Chile está muy desactualizada, porque hay caletas muy alejadas y dispersas y porque las personas cambian de oficio con frecuencia, así es que resulta muy difícil precisarla. Pero se calcula que son alrededor de 75 mil. Ellos dependen de fondos públicos para comprar el traje (que vale 190 mil pesos). Evidentemente las pesqueras tienen cifras algo menor de accidentes, pero el riesgo de caídas al agua y el porcentaje de operarios que no saben nadar es el mismo. Incluso saber nadar no les asegura de salvarse si se caen al agua en nuestro mar, que no tiene nada de pacífico. Porque los rescates muchas veces no son sencillos. Pero con el traje van a flotar y eso duplica el tiempo de supervivencia en el agua, porque conservas el calor que consumirías nadando. En el caso de las empresas, hemos sido capaces de innovar también en el modelo de negocios: diseñar en conjunto planes de Responsabilidad Social Empresarial y facilitarles los lazos de confianza con las comunidades pesqueras.

-¿Cuál es tu sueño para Kataix?

-Queremos que Kataix llegue a todos los tripulantes embarcados de Chile; y luego del mundo. Pero nuestro concepto va mucho más allá del traje salvavidas. Creemos profundamente en el cuidado del medio ambiente y del planeta, en el trato justo y en las relaciones humanas responsables. Pensamos que, de algún modo, en torno al mar y la pesca existe un “círculo incompleto”, porque mucho se habla de lo saludable que es el pescado y los beneficios de sus proteínas, que está perfecto, pero nadie está pensando en el riesgo que corre cada día la persona que lo saca del mar. Tenemos que cuidar a los pescadores, hacer sustentable y sostenible la pesca artesanal, y tenemos que cuidar el mar. Capacitarlos también a ellos mismos para que mantengan limpias sus caletas y no boten sus deshechos al agua.

Algo de ese “círculo virtuoso” al que Amalia aspira a llegar con Kataix, se vivió hace unas semanas en Zapallar. La municipalidad compró 57 trajes para los pescadores de sus dos caletas. “Y también, junto a la Armada, les hicimos una capacitación, en primeros auxilios y comunicaciones en altamar”, cuenta. Y agrega: “Si bien empezamos por la pesca artesanal, nos hemos dado cuenta de que podemos aliviar a otros sectores en temas de seguridad marítima, es por eso que los estamos moviendo entre las salmoneras e incluso empresas que prestan servicios a petroleras. Nuestra solución está enfocada en tripulantes embarcados, pero no olvidamos por qué empezamos, eso nos fija las metas y es por ello que estamos en proceso de certificación como Empresa B”.

-¿Nunca te ha tentado la política, un gen que está bien presente en tu familia? Tu abuelo Hernán Cubillos fue canciller, tu tía Marcela es ministra de Educación y fue diputada muy joven…

-No, parece que a mí no me tocó ese gen. Sé que la política es una gran herramienta para producir cambios sociales, pero no soy políticamente correcta ni me gusta la exposición. Ya la viví y no me gusta. Hay que tener cuero de chancho, y parece que prefiero jugármela desde el lado del emprendimiento, “pastelero a tus pasteles”, como decía mi papá.

-Además, con Kataix de algún modo lograste reunir todos tus mundos: el diseño, el trabajo social, el mar, el legado de tu padre, ¿no?

-Pero no lo hice por mi papá; eso me pasó al principio, en Desafío, que sentía que le estaba cumpliendo. Luego entendí que lo que él me hubiese dicho era “anda y cumple tu sueño”, así es que me fui súper tranquila. Efectivamente, Kataix es fruto de todo lo que me gusta, por eso le dedico toda mi energía. Sabemos que queda mucho por mejorar, desde los primeros trajes a los actuales hay un mundo, por eso es importante emprender desde nuestras pasiones, porque es difícil y lento, pero si es algo que te gusta, estás dispuesta a todo.

-¿Qué lugar ocupa Felipe Cubillos hoy en tu vida?

-Uno muy presente. Mira todo lo que lo he citado a lo largo de esta conversación. De una forma medio loca, siento que él me ayuda a tomar decisiones. Y todavía su partida sigue siendo muy dura, sobre todo cuando siento que hay cosas que comienzo a olvidar. 

Pero que nadie se engañe: Amalia Cubillos Toro (30), casada hace poco más de un año con el abogado y emprendedor José Tomás Daire, no suena para nada triste. Solo es auténtica y honesta. Mientras navega en la burocracia del emprendimiento social, ya tiene diseñadas varías líneas más de productos enfocados en la seguridad marítima y se prepara para una nueva ronda de capital con la que busca expandir sus fronteras.

“Siempre recuerdo ese día en que mi papá me llevó al campamento San Francisco para mostrarme lo cerca que está la pobreza y una señora que vendía café en un carrito, nos quiso regalar uno, y mi papá no se lo permitió:

-No, no, no –le dijo–. Prefiero comprarlo, el emprendimiento hay que cuidarlo.

“En eso estoy yo. Cuidando Kataix. Protegiendo mi emprendimiento”.