Por Diego Uribe, socio y CEO de Idemax
Año: 2069

  • 19 agosto, 2019

Son las 8:15 PM del 4 de enero de 2069 y me acaba de pasar a buscar el driveme para ir al cumpleaños de mi hija Sol, que cumple 50 años, mientras yo curso ya los 91, con una salud física y mental inédita. Obvio, si hace ya 30 años que la medicina preventiva basada en perfiles genético-individuales reemplazó al sistema de salud que atendía enfermedades. La verdad es que si bien ya casi no me enfermo (¡nadie se enferma!), la vida se puso un poco plana y algorítmica, y debo confesar que una de las cosas que me da un inmenso placer es salirme de mi “plan físico-mental” y ver cómo saltan las alarmas y notificaciones hasta en los calzoncillos.

Me subo al “pod” y empieza a sonar la música que programé con el pedido del vehículo y en el compartimiento de carga está el regalo comprado y perfectamente envuelto, porque aún prefiero llegar yo con el obsequio a que simplemente lo entregue un drone. Todavía no me acostumbro tanto a subirme a un vehículo en que no hay un conductor. Igual era interesante en los tiempos de Uber y Cabify hablar con el chofer y entender por qué estaba ubereando y si era hostigado por los taxistas “legales”, y todo el desequilibrio que se gestó a partir de los tiempos de la transformación digital y la irrupción dura y masiva de la inteligencia artificial y la súper computación.

El año 2043 fue clave. Ese año, la política en Chile tomó partido de esta disrupción socio-tecnológica y con ello se acopló a las nuevas facciones y corrientes que ya se habían instalado diez años antes en el mundo. Ese año se aprobó la ley de inteligencia artificial y sistemas autónomos, que reconocía legalmente que las decisiones tomadas por sistemas autómatas tenían validez legal en sí mismas, sin la necesidad de contar con una contraparte humana como corresponsable de dichas decisiones. Por lo tanto, la política ya no se trataba de un continuo de izquierda–derecha en el desgastado debate de control del Estado versus las libertades individuales, como lo había sido durante los últimos 200 años, sino que se establecían dos nuevas ideologías políticas que polarizaban a la población. Por un lado, el liberalismo sociotecnológico, que abogaba por dar rienda suelta a la proliferación de los sistemas inteligentes autónomos como mecanismos de orden social; y por otro, un conservadurismo humano céntrico, cuyo motivo era relevar al ser humano como único posible ente sujeto a derecho. Yo fui uno de los que voté a favor de esta ley, viendo la inevitabilidad de la disrupción tecnológica como algo que ya no se podía contener, pero claramente sin entender en profundidad sus implicancias psicológicas, sociológicas y políticas.

En la mitad del cumpleaños le pregunto a mi nieto Lucas, de 17 años, cómo va su banda de música (si es que se le puede llamar música a lo que “tocan”) y me cuenta que no tiene tiempo para ello. Yo le pregunto por qué y me dice con algo de tristeza, pero a su vez con convicción, que su manager virtual de vocación profesional le sugiere que, dado su perfil psicológico, aptitudes y las condiciones laborales proyectadas para los próximos 5 años, debe dedicar 10 horas de estudio y práctica para aumentar las probabilidades de éxito en el campo del diseño paramétrico de interiores. Le pregunto si le gusta eso y me contesta con un tibio “supongo que sí”. Como pocas veces lo hago, decido desconectarme el máximo que la ley permite estar fuera del grid (2 horas) y volver caminando a casa.