Enero 2012. Sol. Toldos blancos. Mesas de madera. Loza y vasos estilosos. A un costado, enormes braseros esperando ser encendidos al atardecer. Aparentemente, en Los Coirones de Cachagua el panorama es similar al del verano pasado, cuando un grupo de empresarios santiaguinos se asoció al histórico dueño local para reimpulsar el restaurante playero. Pero la historia es otra: en menos de 10 meses el propietario murió, sus cinco hijos quisieron seguir solos y los inversionistas capitalinos apenas pudieron pelear su permanencia.

  • 25 enero, 2012

Enero 2012. Sol. Toldos blancos. Mesas de madera. Loza y vasos estilosos. A un costado, enormes braseros esperando ser encendidos al atardecer. Aparentemente, en Los Coirones de Cachagua el panorama es similar al del verano pasado, cuando un grupo de empresarios santiaguinos se asoció al histórico dueño local para reimpulsar el restaurante playero. Pero la historia es otra: en menos de 10 meses el propietario murió, sus cinco hijos quisieron seguir solos y los inversionistas capitalinos apenas pudieron pelear su permanencia. Por Catalina Allendes E.; fotos, Verónica Ortíz.

Fue a mediados del 2010 cuando enfrentado a la posibilidad de perder la concesión que tenía desde hacía más de 30 años, Alejandro Estrada Estrada consideró por primera vez buscar un socio para sacar adelante su pequeño tesoro playero: Los Coirones de Cachagua.

Estrada, un selfmade man de la cocina que llegó buscando suerte a este conspicuo borde costero hace casi 40 años, se hizo de este local gracias a las gestiones del entonces alcalde Juan Sutil, quien visualizó en él un emprendedor para este balneario. Según cuenta Marisol, la hija de Alejandro, su papá “era chef del Morea, un restaurante que había en Zapallar, y un día don Juan le dijo Alejandro, te estás perdiendo, yo te voy a conseguir un rinconcito en Cachagua”. Y así fue. Su padre tomó el reto y se trasladó al balneario contiguo con un quiosco, al que después le hizo terraza y techo para protegerlo del viento. De a poco, fue agregando infraestructura hasta convertirlo en lo que es hoy: un restaurante con más de 40 mesas y un nombre bien plantado.

En las mesas de este clásico cachagüino, camino a la Isla de Los Pingüinos, en plena playa, se ha sentado lo más granado de la socialité chilena que veranea por esos lares. Por mucho tiempo, fue el único restaurante en Cachagua –aunque estaba bien de capa caída– y por años, el clásico punto de encuentro de los jóvenes durante las veladas veraniegas. Memorables fiestas de año nuevo y bailoteos playeros son parte del inconsciente colectivo de muchos veraneantes de la zona.

Una historia llena de buenos momentos, pero que por esas cosas de la vida derivó en una situación compleja que obligó a Alejandro Estrada a incorporar un socio, para pagar deudas. En lo inmediato, la dolorosa decisión fue acertada, ya que vio a su restaurante resurgir y convertirse en lo más top del verano 2011 en la zona. Sin embargo, la determinación le trajo consecuencias de otro calibre pues, al perder el control del establecimiento cayó en depresión y tiempo después murió.

El trágico final de Estrada abrió un capítulo lleno de conflictos y tensiones: sus hijos, en memoria del padre, decidieron terminar la sociedad con los inversionistas y recuperar solos el local. Todo, tras las nuevas y blancas bambalinas.

La mano de Michelle

Sin remontarse a los orígenes, habría que decir que en 2005 se registró un hecho clave en esta historia: ese año venció la concesión que Sutil le entregó a Estrada a comienzos de los 70, y su renovación ya no era tan fácil. Los tiempos habían cambiado. El tranquilo y familiar balneario había dado paso a una demandada localidad y la municipalidad –entonces, en manos de Federico Ringeling– quería sanear la entrega de ese terreno. Así, le señaló a Estrada que la concesión debía ser solicitada a la gobernación marítima, a quien le corresponde la jurisdicción del borde costero. Y, claro, la legalización no fue precisamente expedita. Transcurrieron cinco años llenos de incertidumbre, lo que llevó a detener las inversiones y debilitó el potencial del restaurante. La familia, desesperada, no escatimó gestiones: “cuando se casó la hija de Francisco Vidal aquí –en ese entonces, éste era ministro de Defensa–, vino la presidenta Bachelet y le contamos lo que estábamos pasando. Ella nos ayudó a apurar el trámite”, recuerda Marisol Estrada. De hecho, cuenta que en enero de 2010 su padre y ella fueron hasta La Moneda, citados por la entonces presidenta, que les prometió ayudarlos.

La llegada del glamour

Las tratativas palaciegas lograron apurar la concesión y en 2010 Alejandro Estrada logró la renovación por otras década, debiendo pagar retroactivamente los años que tardó el proceso. Eran 48 millones de pesos: un dineral para Estrada en esos momentos. Vendió una parcela que tenía en la zona, pero sólo juntó poco más de 20 millones. Apremiado por las circunstancias, tuvo que buscar un socio.

Aquí es donde entran en escena la dueña del restaurante Eladio, Paola Mondiglio, su marido, Arturo Marinetti, y el constructor Francisco Pumpin. Estrada conocía a la pareja desde hacía años, pues se habían casado precisamente en Los Coirones y él había hecho hasta de padrino de matrimonio. Por su experiencia en la cadena de restaurantes, fue la primera a la que se le ocurrió llamar. Y alternativas tenía: el dueño del Chiringuito de Zapallar estuvo años tratando de convencerlo de embarcarse en un proyecto conjunto, así como Lería, uno de los dueños de Marbella e impulsor de Cantagua, por nombrar algunos.

“La verdad es que don Alejandro nos llamó bien desesperado y a nosotros nos costó tomar la decisión. Veraneábamos allá y si nos asociábamos, íbamos a tener que ir a trabajar”, cuenta Arturo Marinetti. Pero aceptaron el desafío. En pocos meses limpiaron, remodelaron lo que alcanzaron y trajeron buena gente de Santiago para abrir el restaurante en enero de 2011, lo que fue todo un éxito.

Los Coirones volvió a ser el centro de la vida social local. De los 30 millones de pesos por temporada que vendía Estrada, pasó a más de 150 millones de pesos.

Pero la apuesta de los empresarios santiaguinos era mucho más a firme: “lo que hicimos ese verano salió muy bien, pero fue improvisado. Ahora había que construir un restaurante grande, bien hecho, moderno, y para eso fue necesario cerrar a fines de febrero pasado”, relata Marinetti.

El verano pasado, Los Coirones volvió a ser el centro de la vida social local, cuando la pareja Mondiglio-Marinetti entró al negocio. De los 30 millones de pesos por temporada que vendía Estrada, pasó a más de 150.

Estrada aceptó a regañadientes. En sus 30 años en ese rincón playero, nunca había visto las puertas de Los Coirones cerradas. El trío Mondiglio, Marinetti, Pumpin acordó pagarle un sueldo mientras durara la remodelación. “A mi papá le vino una depresión tremenda. Nosotros le dijimos que tenía que poner una cláusula que dijera que nunca se cerraría el restaurante, pero mi padre era muy buena persona y decía si ellos aceptaron ser mis socios cuando lo necesité, no puedo pedirles más. Todo eso gatilló su enfermedad”, acusa Marisol.

“No pretendíamos cerrar el negocio, lo queríamos tener abierto todo el año, pero había que remodelarlo. Las condiciones que tenía no eran las adecuadas ni en la cocina ni en baños; había que botar todo y hacerlo de nuevo. Creo que eso nunca lo entendieron los hijos”, señala Marinetti.

La muerte

Marisol insiste en que su padre se sentía como si le hubieran cortado las manos. Y a juicio de la familia, fue la depresión la que terminó en un paro respiratorio que en mayo del 2011 le quitó la vida. Ese episodio hizo al clan Estrada tomar una decisión: debían abrir lo más rápido posible el restaurante y en ese apuro no cabía el proyecto de Marinetti, Mondiglio y Pumpin.

“Hablamos con la Paola (Mondiglio) y ella nos dijo es cierto ustedes se la pueden, sigan solos”, relata Marisol Estrada. Pero no fue tan fácil. Las ganancias del año pasado aparentemente no lograron financiar toda la operación 2011 y, a juicio de los empresarios capitalinos, aún queda una deuda pendiente. Arturo Marinetti trata de bajarle el perfil y admite que, aunque existe, “no se la vamos a ir a cobrar, sabemos que están con harto esfuerzo tratando de salir adelante solos”.

Marisol Estrada, en cambio, asegura que todo quedó saldado el verano pasado. Incluso, ante la duda, le pidieron nada menos que al abogado Luis Ortiz Quiroga, veraneante de la zona, que les hiciera un pequeño informe en que se zanjaran las dudas. Sin embargo, Marinetti sostiene que sólo ha oído que existe, pero como “no queremos pelear ni tampoco vamos a ir a cobrar, no nos ha interesado”.

El matrimonio Marinetti Mondiglio optó por tomarse el episodio con otra filosofía: “un verano de harto trabajo, en vez de estar de vacaciones, una iniciativa exitosa, que podría haber sido un tremendo proyecto, pero que ya no fue”.

En la vereda opuesta, en cambio, los Estrada Vargas están esperanzados en sacar adelante el negocio. Araceli, Marisol, Conde, Marco y Li Sandra. Ciento por ciento familiar, unos hacen de barman, otros en la caja y otros a cargo de los proveedores y el personal.

A decir verdad, este verano el restaurante no ha sido tan taquillero como en 2011. Pero igual se llena de gente.

Los inversionistas capitalinos prefieren no pensar demasiado, respirar profundo y descansar en las arenas cachagüinas.