Por: Juan Ignacio Piña, socio de Balmaceda, Cox & Piña abogados

  • 19 julio, 2018

El cierre de varias de las causas aglutinadas genéricamente como “financiamiento ilegal de la política” parece estar dejando un sabor amargo. Y ello porque los juicios abreviados –en que una parte acepta los hechos negociando con la Fiscalía una salida que garantiza la condena pero el cumplimiento en libertad– se aparecen como un término que, además de espurio, implica una impunidad insoportable. Más allá de los casos concretos y de que dicha sensación no sea necesariamente correcta, la pregunta que deberíamos hacernos es por qué la opinión pública ya no se satisface con ninguna otra sanción que no sea el encarcelamiento efectivo. Esto especialmente si consideramos que, a pesar de todo lo que se diga, no estamos frente a esos delitos que estremecen y que por su violencia o por la calidad de las víctimas producen en la ciudadanía un rechazo visceral y una sed incontenible de castigo.

Más allá de sus vicisitudes procesales, el caso Penta puede ayudar a comprender la cuestión. Al explotar el caso, que tenía como destinatarios de financiamiento ilegal a un solo sector del espectro político –la entonces oposición–, con visible hipocresía el otro sector –el oficialismo– quiso aprovecharse políticamente y estrujarle los máximos rendimientos. Digo “hipocresía” porque después se conocieron las maniobras del propio ministro del Interior (prontamente caído en desgracia) para evitar que se investigara a SQM, donde las líneas de financiamiento estaban abiertas para los distintos sectores. A partir de ese momento, la política nacional comenzó a judicializarse. La necesidad de devolver la mano con otras derrotas judiciales se hizo imperativa (diputados de Chile Vamos se hicieron parte en el caso Caval) buscando revancha. El caso Corpesca incendió aún más el ambiente, pues permitía poner en tela de juicio una legislación dictada donde hasta hoy subsisten fuertes discrepancias ideológicas. Este punto puso las causas judiciales en el centro de la agenda política.

Si a eso sumamos una cobertura en los medios nunca antes vista (transmisión de audiencias en vivo, interpretación periodística de los acontecimientos procesales con escasa rigurosidad, “stands” de los matinales apostados en vivo en el Centro de Justicia, interpretación psicológica de los garabatos que hacían los imputados durante la audiencia, etcétera), el festín estaba servido. La peor consecuencia de este espectáculo fue que la distinción entre los delitos investigados –de diversa gravedad también– comenzó a diluirse y hoy difícilmente la ciudadanía opinante distingue la infracción tributaria de algunos casos, con los graves cohechos investigados en otros.

Del mismo modo, las posiciones de los actores en el proceso, transmitidas en vivo y sin matizar, fueron muy intensas en un comienzo. El Ministerio Público y del Consejo de Defensa del Estado alegaron con vehemencia e incluso se obtuvieron medidas cautelares personales intensas –el CDE ha mantenido inalterada su posición inicial–. Incluso los fiscales a cargo de la causa terminaron por abandonar el servicio por supuestas discrepancias en la forma en que su fin comenzaba a decantarse.

Después de todo esto, que el resultado final emane de una negociación genera naturalmente una sensación insatisfactoria. Las expectativas generadas se hicieron inmensas y se hace difícil entender que después de haber pensado por tanto tiempo que lo que aquí se jugaba era esencial, su solución final se alcance con un acuerdo entre partes que parecían irreconciliables.

Sería miope pensar que el sistema completo no sale magullado con esto. A veces al ciudadano de a pie no le parece razonable la lógica judicial y en general los actores del juicio se consuelan pensando que ello se basa en su falta de conocimiento técnico. Probablemente en este caso sea más razonable reconocer que la insatisfacción ciudadana se funda en la más sencilla aplicación del sentido común. No podemos hacerles creer por tantos años que aquí nos jugamos la vida y después pedirles aceptar las tablas como si fuera una partida de domingo entre amiguetes.