Por: Claudia Bobadilla y Claudia Fischer, fundadora y directora ejecutiva
Fundación RAD

  • julio 19, 2018

Actualmente, somos un poco más de 7 billones de personas las que habitamos nuestro planeta y se pronostica que el 2100 llegaremos a los 11,2 billones. La expectativa de vida en los países OCDE hoy es de 79 años. Todo indica que, con los avances científicos y tecnológicos, podremos vivir 130 años sin mucho esfuerzo. Seremos más, y viviremos más, por un buen tiempo, en este mismo planeta.

¿Seremos capaces de convivir? ¿Cómo diseñaremos esta convivencia en el futuro, más allá del nivel personal o país, sino que a nivel mundial? Se requiere de un cierto respeto y armonía global de la que hoy estamos, lamentablemente, lejos.

Hace un mes, 27 chilenos junto a Ochoalcubo y Fundación RAD viajamos a Japón para explorar su cultura; el conjunto de prácticas que define su identidad y la manera en que construyen sociedad. La expedición se basó en la premisa de que en Japón el budismo está presente no solo en las ceremonias, sino que se vive y practica en lo cotidiano, con fuerte influencia en diversas disciplinas, y en particular, en su arquitectura. Una arquitectura de lo público y lo privado, de lo moderno y de la restauración, del futuro, pero también del respeto a la tradición.

En Tokio, las avenidas de neón conviven en armonía con pequeñas calles donde aparece lo humano, la cercanía, el vecindario. Cada casita con su pequeño antejardín es un sutil recordatorio de nuestra unión con la naturaleza. Nos alejamos de la capital para visitar las islas del mar de Seto, donde un filántropo visionario ha encargado a arquitectos de la talla de Tadao Ando, Ryue Nishizawa y Kazuyo Sejima, la construcción de museos que son obras de arte en sí mismos. En pequeños, casi deshabitados, pueblos de pescadores aparece discretamente, casi parte de la misma naturaleza: la obra del hombre. Todo es sutil. Nada es estridente, nada aparece como impuesto, y nada es agresivo. Es poesía viva, y como tal, nos deja mudos, reflexivos y conmovidos.

La armonía, el respeto y el silencio se vuelven nuestros compañeros de viaje. Nadie grita o habla por teléfono en el tren. No hay basureros en las calles, ya que cada uno es responsable de su basura. La comida, desde la más simple a la más refinada, es bella y delicada. Y el avance tecnológico no es el protagonista, más bien, se camufla en la escena, pasa a segundo plano.

Aquí está el desafío del futuro. ¿Seremos capaces de convivir juntos? Sin cohesión social parece muy difícil. Necesitamos espacios públicos inclusivos, valores compartidos y conciencia permanente del cuidado y respeto por la naturaleza y los otros, para poder construir un futuro común.

Una frase de la exhibición del museo Morí plasma la esencia de nuestra reflexión: “Solo lo bello es funcional. Los espacios arquitectónicos deben ser bellos no solo para cumplir sus objetivos, sino que porque solo a través de la belleza le damos sentido a la humanidad”.

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Japón en otros ojos

Charles Kimber, gerente comercial y de Asuntos Corporativos de Arauco

“Qué privilegio… ya son más de 40 viajes a Japón y sigo maravillado con este país y lo que podemos aprender de él. Junto a 26 otros chilenos apreciamos parte de su cultura, el respeto a las tradiciones, la forma de hacer las cosas, la disciplina y la consistencia, el método, no solo fijarse en los resultados, el valor de la estética desde la naturaleza, hasta la intervención en las urbes y como a la vez esa misma sociedad urbana necesita del mundo rural y su identidad. Hablamos de compromisos con el largo plazo, no a la ‘ganada corta’; también de la estética y la calidad, no solo en el contenido o el producto final, sino también en cómo se hizo y cómo se empaqueta y se presenta”.

Mario Araya, socio de Kibernum

“El museo Teshima está ubicado en la isla del mismo nombre, y su diseño (que tomó mas de seis años) y construcción fueron realizados por uno de los íconos de la arquitectura japonesa contemporánea, Ryue Nishizawa, con quien tuvimos el privilegio de compartir gran parte del viaje. Dentro de este museo no se exhiben obras de arte. Su estructura es, a su vez, el contenido y el museo en sí. Se debe entrar con los pies descalzos, pues en el piso están distribuidos unos orificios y unos pequeños artefactos de plástico desde donde surgen gotas de agua, que gracias a que el piso es impermeable y disparejo, se van moviendo como si estuvieran vivas, como si danzaran. Todo esto generó en mí un estado contemplativo que aún me sobrecoge y me emociona. Me encantó experimentar cómo una obra es capaz de producir emociones tan profundas y propiciar la admiración y la contemplación al mismo tiempo”.