El viejo continente vive horas decisivas. En eso no hay dos opiniones entre los expertos, como tampoco las hay a la hora de proyectar el futuro: el actual proceso equivale a una destrucción creativa que llevaría a un estadio superior.

  • 19 junio, 2012

 

El viejo continente vive horas decisivas. En eso no hay dos opiniones entre los expertos, como tampoco las hay a la hora de proyectar el futuro: el actual proceso equivale a una destrucción creativa que llevaría a un estadio superior.

“Llegaremos a una clase de Estados Unidos de Europa”

El filósofo y ensayista francés Guy Sorman no suele hacer declaraciones a medias tintas. Quizás por eso para él la situación actual de Europa tiene una lectura alentadora, porque estaría inserta dentro del proceso de destrucción creativa propio del capitalismo; lo cual, inevitablemente, derivará en una realidad mejor.
Por Renato García Jiménez.

Guy Sorman es lo que se conoce como un liberal clásico. Su aguda y particular visión de la sociedad resulta muchas veces provocadora. Puede tener partidarios y detractores, pero difícilmente alguien puede quedar indiferente frente a sus posturas. Por ejemplo, es un defensor acérrimo del libre mercado y la democracia. Sin embargo, asegura que el capitalismo lleva en sí mismo el germen de la crisis, y que la democracia es intrínsecamente decepcionante.

Su diagnóstico sobre el momento que vive Europa también es demoledor y, sin embargo, asegura que el proyecto europeo es un éxito extraordinario y que precisamente gracias a la crisis está avanzando hacia su siguiente nivel.

Pronostica una Europa mucho más integrada aún que antes, una Europa federal, a la que designa en términos generales como Estados Unidos de Europa.

Y este futuro prometedor, asegura, no vendrá de las ricas e industrializadas economías del norte, ni de las arruinadas naciones del sur, sino que, al igual que el sol, aparecerá por el este, desde los estados bálticos y los países que se liberaron de la opresión soviética.

Estos países, ansiosos de libertad, son los que están dispuestos a innovar y están aplicando las respuestas más eficientes a los problemas que atormentan a la región.

Guy Sorman es un intelectual francés graduado de la prestigiosa École Nationale d’Administration y profesor de la Universidad de París. Es un influyente filósofo y ensayista, además, un profundo conocedor del proceso chileno.

-La crisis económica está cambiando el rostro de Europa y su sistema de estado de bienestar está en el centro del problema. ¿Cree que esto llevará a la desaparición de un rasgos que ha sido característico del modelo europeo en el último siglo?
-Este no será el fin del estado de bienestar, porque es básico para los europeos; pero es claro que el sistema es responsable, en parte, de la crisis. Fue creado después de la II Guerra Mundial cuando la demografía era muy positiva y el crecimiento, muy alto. Pero ahora no sólo no podemos financiarlo, sino que el costo del sistema está dañando el crecimiento de la economía, porque significa que los salarios son muy altos y los mayores costos laborales restan competitividad a la industria. Pero políticamente es muy complicado eliminarlo. Ningún gobierno realmente quiere hacerse cargo del tema. Ha habido algunos avances. Alemania, Dinamarca y Suecia han rebajado los beneficios en la última década. Otros países como Polonia elevaron la edad de jubilación. Pero eso no significa que el estado de bienestar va a desaparecer.

-¿Entonces sobrevivirá de un modo atenuado?
-Sí, porque no veo que hasta ahora haya surgido una nueva mentalidad de la sociedad. En cierto sentido, la crisis no es suficientemente severa como para que se consideren reformas profundas, como la privatización del sistema de pensiones en Chile. Nadie realmente cree hoy que eso sea posible.

-¿Pero bastará con esta corrección parcial para salir de la crisis?
-Mi posición es que no es suficiente. Si queremos que Europa vuelva a ser competitiva tenemos que revisar completamente el viejo sistema, no sólo el estado de bienestar, sino también la legislación laboral.

Los únicos países que realmente están afrontando este desafío son los del este de Europa. Ellos miran al modelo de bienestar y dicen “eso no es lo que queremos, queremos algo que nos ayude a crecer rápido”. Son países jóvenes desde el punto de vista político y económico, y como estuvieron mucho tiempo bajo la influencia soviética, quieren una sociedad más basada en la libertad. Polonia ha sido muy exitosa. Los estados bálticos están atrayendo mucha atención. Los países como Estonia, que tiene un impuesto de tasa plana, son muy pocos en el mundo, y les está yendo bastante bien. En Dinamarca ha habido cambios muy interesantes. La gente mira a ese país y ve cómo ha sido capaz de reducir el desempleo simplemente haciendo cambios a la ley. Y el resto de la región va a seguir su ejemplo. Estoy muy esperanzado en que las innovaciones que van a ayudar a sacar a Europa adelante vendrán de esta parte del continente, no de Alemania y mucho menos de Francia.

-¿Cree que en esta crisis el modelo de capitalismo europeo de cierta manera ha salido derrotado frente al estadounidense, que no ha sido tan afectado?
-Es verdad que, mirado como un todo, a EEUU parece estarle yendo mejor que a Europa. Al menos todavía muestra cierto crecimiento. Pero si se observa en detalle, ni EEUU ni Europa pintan un cuadro homogéneo. Europa sigue creciendo en el norte, en Alemania, y está en recesión en el sur. En EEUU, el norte está en declive. Y cada estado es diferente. Texas está viviendo un auge y California está en una crisis severa, como la de España. Además, en el caso de EEUU influye la demografía. El PIB crece a una tasa cercana al 2% pero un punto porcentual de eso proviene sólo del incremento de la población. Si se mira el crecimiento per cápita, no le está yendo mucho mejor que a Europa. La crisis, en realidad, es muy parecida a ambos lados del Atlántico. El capitalismo estadounidense tiene sus propios problemas de corrupción y regulación. California está paralizada por la regulación y los impuestos. Al igual que Europa, EEUU necesita una renovación. Si Europa debe reformar al sistema de bienestar, EEUU debe reformar su sistema de salud.

En realidad, ya no hay un modelo de capitalismo europeo y uno anglosajón. Ahora todos están bastante orientados al libre mercado. En Europa ya no quedan países realmente socialistas.

-¿Hoy se habla mucho de una crisis del capitalismo?
-El capitalismo ha estado en crisis desde que se inventó. La crisis está implícita en el capitalismo porque no es un sistema bien definido que esté escrito en piedra. Se trata de algo que está en constante flujo. La innovación dentro del capitalismo es responsable en cierto sentido por la crisis, porque todos estaban buscando innovaciones en la industria financiera, en las organizaciones corporativas y en muchas otras áreas. Así es que estar en crisis es el estado normal de los asuntos. Hay muy pocos periodos en los cuales el capitalismo haya sido estable. Por definición no puede ser estable, porque depende de miles y miles de decisiones.

-¿Entonces estamos condenados a repetir eternamente los ciclos de auge y caída?
-Lo que tengo que decir sobre eso es lo siguiente: los ciclos de auge y caída están dentro del sistema porque el sistema requiere innovación. Cuando se innova, se destruyen muchas de las actividades previas. Se trata de una destrucción creativa. El proceso mismo es caótico. En la URSS nada nunca era destruido. Recuerdo que en los años 70 y 80, cuando viajaba por Rusia, podía ver fábricas construidas antes de la guerra que seguían funcionando porque nada era nunca cerrado ni destruido. En Europa, y más aún en EEUU, se ven muchas fábricas cerradas, porque los capitalistas aceptamos el proceso de destrucción creativa y los soviéticos no. Por eso desaparecieron.

-Pero antes de la crisis Occidente vivió una década de auge. Algunos incluso sugerían que habían desaparecido los ciclos económicos…
-El problema de la innovación es que nunca se sabe cuándo va a funcionar, incluyendo el mercado financiero. La crisis de 2008 estuvo ligada al surgimiento de los instrumentos derivados. Éstos fueron una innovación muy importante y durante 20 años todos decían que eran fantásticos, porque permitieron que muchos inversionistas llegaran a financiar más negocios, y la prosperidad no sólo de Occidente, sino países como Brasil, China, India, vino del hecho de que los inversionistas tenían más dinero y podían asumir mayores riesgos. Así es que la innovación puede ser muy buena por 20 años y de repente ya no funciona más. Aunque es indispensable para el crecimiento, la innovación siempre alterará la economía. Pero podemos encontrar formas de moderar su impacto. No podemos evitarlo, porque siempre llegan del lugar que menos se espera. Cuando se trata de regular un sector, surge una crisis en otra área que no estaba regulada. Pero cuando aparecen los problemas, la responsabilidad de los gobiernos y economistas es no empeorarlo. El tema no es cómo evitar la caída, sino cómo evitar el estancamiento, o que una recesión se convierta en una crisis mayor.

-¿Y hasta ahora, los gobiernos han aliviado o empeorado los problemas?
-Ahí está el debate típico entre los liberales clásicos, que dicen que no hay que hacer nada y esperar a que el mercado se repare solo, y los neo keynesianos, que dicen que hay que inyectar dinero, reducir las tasas de interés y aplicar planes de estímulo. Y mi posición, como todos los liberales clásicos, es que la mayor parte de las decisiones tomadas al comienzo por el gobierno de Barack Obama en EEUU y seguidas por Europa y Japón han empeorado las cosas, porque la política de gasto público que partió en 2008 sólo aumentó la deuda y no creó empleo. Y ahora tenemos un problema fiscal que no es consecuencia de la crisis financiera, sino de las políticas keynesianas que se implementaron en 2008 y que ahora están detenidas en todas partes.

-Los acontecimientos de los últimos meses, ¿han cambiado en alguna forma su visión sobre el euro?
-No realmente. El origen de la crisis no está en el euro. Lo primero que yo leo en el periódico todos los días es la cotización del euro frente al dólar. Y me sorprende que todos hablen de la crisis del euro y presagien el fin de la moneda, cuando yo veo en los mercados financieros una moneda extremadamente estable. Ha caído algo respecto de hace tres años, pero en el último año su declive ha sido menor. Las tasas de interés en los bonos del Tesoro alemán son cero e incluso negativas, lo que significa que los mercados financieros de todo el mundo siguen comprando euros. El mercado confía en el euro porque la moneda depende de la legitimidad del banco que la emite. El euro no es manejado por los gobiernos sino por el Banco Central Europeo, que ha construido una gran confianza.

-Pero algunos creen que Europa estaría mejor sin el euro.
-Suprimir el euro es técnica y legalmente imposible, y desde el punto de vista económico no tendría sentido. Si los griegos dejan el euro estarán en una posición terrible. Perderían todo y no ganarían nada. Cuando escucho a Paul Krugman, me pregunto cómo pueden haberle dado el Premio Nobel. Su argumento de que si Grecia vuelve a la dracma su producción se abarataría y saldría de la crisis me recuerda cuando estaba en la escuela en los años 60 y la gente hablaba de las devaluaciones competitivas como la receta mágica para reactivar una economía. Eso es una mierda.

Si Grecia abandona el euro implica que dejaría de pagar sus deudas y la inversión extranjera colapsaría. Además, aunque la dracma fuera muy barata, Grecia básicamente no tiene nada que ofrecer, no tiene una industria. No tiene un problema de moneda competitiva. Su problema es de mala administración del país.

-¿Entonces la crisis tiene más que ver con el mal manejo fiscal?
-El problema es que hay demasiado déficit en los países en el sur de Europa. Para ser parte del euro hay que respetar ciertos parámetros. El déficit público no puede ser más de 3% del PIB y actualmente no tenemos las instituciones necesarias para hacer que esas reglas se cumplan. Pero en el futuro tendremos estas instituciones, serán creados los mecanismos y se respetarán las reglas.

-¿Cómo se imagina en ese sentido el futuro de Europa, en cinco años más?
-Quizás sea muy optimista, pero cuando miro su historia desde la segunda guerra mundial, Europa sólo ha avanzado hacia una integración cuando hemos tenido crisis. Ha ido avanzando de crisis en crisis.

Hoy existe un consenso en que necesitamos cierta clase de presupuesto federal y Tesoro federal y una garantía federal para el sistema financiero. Sólo se requiere ahora la producción política que lo ponga en práctica. No hay alternativa. O toda Europa desaparece, o avanza hacia una mayor integración.

En cinco años a partir de ahora tendremos un sistema económico que estará mejor integrado, una especie de Europa federal. Llegaremos a alguna clase de Estados Unidos de Europa.

Y más allá de estas decisiones técnicas y financieras, veo a Europa en un progreso muy significativo de su identidad. Las generaciones jóvenes siguen viajando y estudiando en toda la región y si se les pregunta cuál es su identidad no dirán que son de un país o de otro, sino que son europeos.

-¿Pero esa idea no contrasta con el surgimiento de los partidos más pequeños y radicalizados que han entrado a los parlamentos en muchos países de la región en las últimas elecciones debido a la molestia de la gente con los planes de austeridad?
-Crisis como las actuales permiten que grupos marginales como estos políticos skin head exploten sentimientos nacionalistas, pero no estamos en los años 30. Siguen siendo grupos muy pequeños. Lo que a mí me asombra de Europa es lo racional y razonables que han sido la mayoría de los partidos. Si se mira el mapa político de Europa no hay ningún partido extremista en ningún gobierno. Todos son de centro, de centro-izquierda o de centro-derecha. Ya ni siquiera hay gobiernos socialistas como los de los años 80. Desde que comenzó la crisis, hace cuatro años, nadie ha propuesto cambiar el libre mercado por alguna alternativa. Nadie ha renunciado al libre comercio y la globalización. Nadie está proponiendo volver a un sistema comunista. Hay un consenso en el capitalismo y en la globalización que nunca antes habíamos tenido.

-Pero sí hay una división entre los que proponen que para salir de la crisis se requiere mantener una disciplina fiscal austera y los que piden fomentar más el crecimiento…
-Esta oposición es un slogan político sin sustancia. No sé qué significa. Todos están a favor del crecimiento. ¿Quién querría austeridad? La pregunta es cómo conseguir el crecimiento. Alemania cree que equilibrar el presupuesto y tener una moneda estable es la solución porque atrae inversión privada y los emprendedores asumen más riesgos de largo plazo y hay más crecimiento. Lo que es muy raro en este debate es que se supone que Francia es pro crecimiento, y está en recesión, y se supone que Alemania es pro austeridad, pero ellos sí están creciendo.

No hay un consenso entre los economistas, pero yo diría que la mayoría cree que la mejor manera de salir de esta crisis es equilibrar el presupuesto, tener una moneda estable, mantener las fronteras abiertas y hacer más competitivos los mercados.

Lo que hoy llaman austeridad deberían llamarlo presupuesto equilibrado y moneda estable, y todos están de acuerdo en que eso es importante. Incluso el presidente francés, Françoise Hollande, al primer día de ser electo, dijo “necesitamos un presupuesto equilibrado y una moneda estable”. Nunca antes escuché eso de un candidato socialista. En cierto sentido, Hollande está compartiendo el pacto de austeridad, pero debería llamarse pacto de estabilidad.

-¿Cree que la clase política y los gobernantes han estado a la altura de las circunstancias?
-Todos nuestros gobiernos han sido muy racionales y moderados, pero ninguno ha estado realmente a la altura. Son las dos caras de una misma moneda. Si se tiene gobiernos moderados, no se puede esperar que al mismo tiempo sean carismáticos. En general, todos son más bien mediocres, nadie está planteando soluciones radicales. Pero eso es porque todos nos hemos vuelto más democráticos y eso implica cierta clase de negociación permanente. La época en que teníamos gente como el general De Gaulle o Adenauer quedó atrás. Estamos viviendo en un nuevo periodo histórico, en el que las sociedades se están volviendo más democráticas y los líderes deben negociar, y ya no pueden aparecer con un gran plan e imponerlo.

-Algunos intelectuales proponen que hace falta una refundación de Europa.
-En realidad lo que es notable e inesperado es que la historia europea ha sido muy exitosa. El proyecto fue definido básicamente en 1947 por Jean Monnet y seguimos la misma guía desde entonces. Ésta tiene básicamente dos aspectos: primero, desde el comienzo, la integración no ha sido un proyecto económico sino político, para evitar las guerras dentro Europa. Y ahora, por primera vez en muchos años, no tenemos ningún conflicto en tierra europea. Y segundo, Europa ha seguido un camino contra-intuitivo. Monnet tuvo la idea extraordinaria de que para conseguir una Europa unificada y pacífica había que construir primero lo que él denominó la solidaridad e interdependencia económicas. Esta es la razón de por qué todo este proceso ha sido dominado por la economía. Es un concepto muy novedoso tener libre comercio antes que una organización diplomática o de gobierno. Esto es invertir la historia. Muchos no entienden por qué el euro se creó antes de tener un gobierno económico central. Pero es la misma idea. Primero se crea la moneda y, como consecuencia, se descubre que se necesita un gobierno económico unido.

Los fundamentos se mantienen desde el comienzo y funcionan bien. No se necesita una refundación de Europa. La economía es el motor pero no el fin. El fin es una unión política más fuerte, una especie de federación. Si volviéramos a la vieja discusión diplomática no nos llevaría a ninguna parte. Es gracias a que tenemos este problema del euro que ahora entendemos que necesitamos una unión política más fuerte.

Lo que yo espero es una unión más federal. Actualmente votamos por un parlamento europeo sobre bases nacionales. Cada país designa su parlamento local y luego envía miembros al parlamento europeo. Hoy, y lo ha dicho la canciller alemana Angela Merkel, entre otros, hemos descubierto que no podemos seguir votando sobre bases nacionales si queremos resolver la crisis europea. Debemos votar sobre una base europea, por un partido político a nivel europeo, y descubrimos eso como consecuencia de la crisis.

-Usted siempre ha seguido de cerca el proceso político y económico en Chile. ¿Cómo entiende esta paradoja de que el país exhibe buenos indicadores económicos y de crecimiento, y, sin embargo, el apoyo al gobierno se mantiene como uno de los más bajos?
-El presidente Piñera me hizo la misma pregunta cuando estuve en Santiago (Sorman se ríe con tanta fuerza que se llega a atorar), me dijo: “¿Cuál es mi problema?”. Lo primero que le dije es que no debería importarle. En Chile el presidente es elegido por un período, así es que no va a repostularse. Él fue electo sobre una plataforma y debería implementar el programa para el cual fue electo. No debería preocuparse de las encuestas sino actuar como estadista, y eso es todo.

Segundo, ningún gobierno hoy en día es popular. Tal como dije que el capitalismo es destructivo por definición, la democracia es decepcionante por definición. La gente está siempre desilusionada de sus gobiernos. Si un presidente es electo el domingo, el lunes ya habrá algunos decepcionados. Esto tiene que ver con el proceso democrático. Las elecciones elevan las expectativas de la gente y cuando terminan, se decepcionan. No es un problema particular de Piñera, ni de Chile. Es un tema del sistema democrático.

Y tercero, en el caso de Chile, la pura noción de que el candidato de la derecha pueda ser el presidente todavía no está tan bien aceptada debido a Pinochet, y a que la Concertación estuvo por mucho tiempo. Por primera vez ahora tienen a un presidente conservador y muchos chilenos no están completamente reconciliados con esta idea, y no aceptan realmente la victoria de Piñera. Por eso hay tantas protestas de estudiantes, ecologistas, etc.

Para hacer las cosas aún más complicadas, los conservadores en Chile están muy divididos: tienes el liberal clásico, como Piñera, y tienes al conservador católico, que es crítico de Piñera, pero está en el gobierno, lo que complica las cosas para él. Pero, otra vez, ¿a quién le importa?


“No creo que sea el fin del estado de bienestar”

Moisés Naim, uno de los analistas más influyentes de la actualidad, dice que el Viejo Continente ha tardado demasiado en tomar las decisiones para enfrentar la crisis. Pero se muestra optimista: “No hay nada más sano para alguien que tiene malos hábitos que sobrevivir a un infarto. Europa puede recuperarse”. Por Fernando Vega.

Acababa de salir de una entrevista para la BBC cuando habló con Capital. En la misma semana en que el mercado ponía en duda el rescate financiero de España y Chipre anunciaba que también tendría que estirar la mano, el intelectual de origen venezolano Moisés Naim se convirtió en uno de los personajes más demandados para poner en perspectiva los últimos acontecimientos.

Autor de varios libros y ensayos sobre economía internacional, globalización, desarrollo económico y geopolítica, Naim es considerado uno de los analistas contemporáneos más relevantes. Su capacidad para separar la anécdota del marco general y advertir las tendencias y cambios en un mundo cada vez más globalizado lo tienen convertido en colaborador habitual de medios como El País y The Washington Post, además de haber sido editor en jefe de la revista Foreign Policy entre 1996 y 2010. Uno de sus libros más exitosos inspiró el documental Illicit: the dark trade, que ganó el Emmy en 2009.

Premio Ortega y Gasset de periodismo 2011 a la trayectoria profesional, Naim no se anda con rodeos. Habla con dureza del rol de Alemania y en especial de su canciller Angela Merkel; de la falta de liderazgo de los políticos europeos para afrontar las turbulencias y de lo doloroso que será superarlas. Pero también expresa su confianza en el futuro del proyecto de unión continental y de su moneda, el euro.

-¿Por qué el mercado no creyó en el rescate de España?
-Lo más importante del rescate de España no es lo que dice sobre España, sino que lo que dice sobre Alemania y su cambio de posición. Hasta ahora, Alemania se había negado a aceptar intervenciones y rescates como el que hoy apoyó y le está dando a España. Los montos, formatos y la forma en que lo ha hecho revelan que las autoridades alemanas quieren mandarle una señal muy fuerte al mundo de que ellas no van a permitir que los países europeos vayan a caer en barrena. Hasta hace muy poco, ese no era el mensaje que estaban entregando.

-¿Y a qué se debió este cambio?
-La principal explicación de este giro es una sola palabra: pánico. Pánico a que si hay una corrida bancaria en España, si hay una profunda desestabilización, todo el proyecto europeo puede colapsar y eso quedará registrado históricamente como responsabilidad de las autoridades actuales en Alemania y en especial de Angela Merkel.

-¿Han sido el país germano y su canciller demasiado rígidos?
-Europa está en un proceso de aprendizaje que ha sido lento y doloroso. Y ha llegado tardíamente a las decisiones. Hoy, Grecia está intentando hacer cambios que eran inimaginables hace unos años; España e Italia están llevando a cabo reformas a las que los políticos anteriormente ni siquiera se atrevían a mencionar en público; Portugal e Irlanda han hecho ajustes que se habían negado a hacer por mucho tiempo. De la misma manera estamos viendo cómo Alemania está dispuesta a hacer cosas que prometió que nunca haría. El mundo estaría mucho mejor si estas decisiones, en vez de retrasarlas tanto, las hubiesen tomado antes, evitando así mucho sufrimiento humano.

-¿La gravedad de la crisis podría obligar a Merkel a seguir modificando sus exigencias de austeridad?
-Alemania y la señora Merkel han ido cambiando de posición. Cuando uno compara lo que dijeron al principio con lo que hacen hoy en día, resulta que han cambiado muchas de sus afirmaciones. Antes dijeron que no permitirían la participación del FMI y hoy el FMI es clave en la troika que define las decisiones sobre Europa. Lo mismo sucedió con el rescate de algunos países y la intervención del Banco Central Europeo (BCE). Dijeron nunca jamás… y lo han ido aceptando. Creo que la canciller se verá obligada a seguir modificando sus posiciones

Los partidos “crecimiento” y “austeridad”
-¿Han estado los liderazgos europeos a la altura de las circunstancias?
-Una de las cosas que puso de manifiesto esta crisis es que hay muchos jefes y poco liderazgo. El liderazgo es una característica muy etérea, que incluye legitimidad, incluye carisma, competencia técnica, una visión de futuro que entusiasme a los demás y mucha valentía combinada con integridad. Hay muchos jefes que se disfrazan de líderes y tratan de mostrar que tienen estos atributos. Pero en los momentos de crisis se les borra el maquillaje y terminan mostrando lo que realmente son.

-Se tiende a pensar el debate como un contraste entre austeridad y crecimiento. ¿Es correcta esa dicotomía?
-Hoy día Europa está dividida en una insólita confrontación entre crecimiento y austeridad. Y eso, además de ser muy reduccionista, es un error. Austeridad y crecimiento son los dos únicos partidos que hoy en día definen la política en el mundo europeo. Esa no puede ser una visión de futuro o una idea que llegue a entusiasmar a nadie.

El modelo de bienestar
-¿La crisis de Europa marcará el final del modelo de bienestar y el triunfo del modelo capitalista anglosajón?
-No lo creo. Eso de los dos modelos contrapuestos es una caricatura. Creo que en todas partes va a haber un cambio de posición y que algunas de las ideas fundamentales del modelo social europeo van a seguir estando presentes, pero con más moderación. Lo que pasó en muchos casos es que el modelo social fue llevado a extremos en que no pudo ser financiado, y eso no es bueno para nadie.

-¿Se van a eliminar en Europea los subsidios para pen-sionados y desempleados?
-No, pero tampoco los van a dejar tal cual, para que la gente pueda retirarse a los 50 años como ocurría en Grecia. Tampoco van a permitir que el seguro de desempleo dure por plazos muy largos. Otro aspecto que va a ser reformado será el caso del cheque por hijo que el Estado entregaba en España, por ejemplo. Eso ya ha sido eliminado, pero no es catastrófico para el modelo social europeo ni implica su abandono.

El futuro del euro
-¿Cómo ve el futuro del continente ahora que se habla hasta de un corralito por la eventual salida de Grecia del euro?
-Nadie sabe qué pasará. Lo que sabemos es que los griegos están aprisionados entre el caos que generaría la salida del euro y el esfuerzo y el dolor que implican quedarse dentro de la zona monetaria. La decisión aquí no es escoger entre ir la playa o ir al hospital: las dos alternativas son muy dolorosas y eso implica mucho sacrificio. Según las encuestas, el 70% de los griegos no quiere salir del euro, pero nadie sabe cómo van a evolucionar las condiciones que se le exigirán a Grecia y nadie sabe qué va a pasar en las próximas elecciones.

-Después de todo lo que ha pasado, ¿sigue siendo un entusiasta del euro?
-Yo soy un gran entusiasta del proyecto del euro y de la unidad europea. Creo que el mundo, y no sólo los europeos, necesitan un bloque unido en ese continente. Hubo diseños y pecados originales del euro ya muy conocidos y sobradamente discutidos, como eso de tener una moneda común pero no una política fiscal común o una supervisión bancaria común. Eso es un defecto importante, que se dijo que se iba a solucionar, pero no lo hicieron y ahora esta crisis probablemente va a obligar a moverse por fin en esa dirección.

-¿Es optimista ante el futuro de Europa?
-Soy optimista, porque no hay nada más sano para alguien que tiene malos hábitos que sobrevivir a un infarto. Tener un susto cardiaco hace que la gente coma más lechuga, haga más ejercicio y deje de fumar. Hay muchos malos hábitos que Europa había adquirido, y cuando los deje va a volver a ser ese gran continente con un inmenso capital humano, mucha riqueza, gran infraestructura y otras cosas muy válidas y necesarias en este siglo.

-Chipre también admitió que puede pedir un rescate de manera inminente. ¿Qué país viene en la lista de los caídos en Europa?
-La lista es muy conocida e incluye a Italia; y si Italia y España caen en una espiral de caos, Francia también puede verse afectada y el deber de las autoridades es prepararse para esa contingencia.


Un mal despertar

El sueño europeo sufre un golpe fatal. El gran error fue creer que economías tan distintas podrían compartir una moneda única y hacerse homogéneas gracias a ella. Por Marc Prat Sabartés

La actual crisis económica, que se originó en los Estados Unidos, ha acabado siendo la crisis de Europa y del euro. En estos momentos es evidente que entre las víctimas de la crisis se encuentra el proyecto de unidad europea. Si analizamos el origen de dicho proyecto, en los años cincuenta del siglo XX, veremos que había dos motivos fundamentales para apostar por una integración económica de Europa Occidental. El primero era político: hacer imposible otra guerra entre las naciones europeas.

La primera mitad de siglo XX fue testimonio de la inmensa capacidad de destrucción que podían generar las rivalidades nacionales. Sobre las ruinas de las ciudades destruidas, de los millones de cadáveres, de las miserias morales de la guerra, de un continente dividido, los políticos de Europa Occidental se confabularon para que eso no volviera a suceder nunca más. La manera más eficaz y políticamente más viable era desarrollar un mercado común, ya que las instituciones económicas compartidas generaban menos reticencias de los ciudadanos que las de carácter político.

Además, había un segundo motivo, estrictamente económico, que justificaba el mercado común: la existencia de fuertes economías de escala en la producción de bienes industriales. Sólo con un gran mercado era viable la producción de coches, electrodomésticos o de muchos otros bienes. Si los países de la Europa Occidental querían seguir siendo potencias industriales, debían compartir un mercado único.

Analizado desde estos dos objetivos fundacionales, el proyecto de integración europea ha sido un éxito absoluto. Los países europeos occidentales han vivido una segunda mitad de siglo XX de prosperidad económica y de paz.

En mi opinión, han sido precisamente los éxitos de las sucesivas fases de integración los que los han llevado al fatal último paso en falso: la unión monetaria. Ésta ha resultado un fracaso porque los países de la Eurozona no constituyen un área monetaria óptima, debido a que no tienen un mercado de trabajo plenamente integrado –los distintos idiomas son una fricción importante– ni disponen de transferencias fiscales potentes a nivel europeo. Creer que economías tan distintas podrían compartir la misma moneda, o que el hecho de tener una moneda única las homogeneizaría rápidamente, ha sido un inmenso error.

La fuerte crisis económica internacional ha puesto en evidencia la disfuncionalidad de la zona euro, una integración monetaria sin integración real del mercado de trabajo ni integración política. Los países del sur de Europa no han podido devaluar para ajustar sus economías, y los del norte son reticentes a políticas expansivas que les ayuden a salir de la actual situación.

Quizás esta crisis fuerce a una mayor integración fiscal y política, pero las identidades nacionales siguen siendo muy potentes en el viejo continente. Los europeos sólo querían ser buenos vecinos, pero pueden acabar viéndose forzados a compartir un mismo hogar.

 


El origen y la salida

El responsable no fue el estado de bienestar sino los desbordes financieros. Y la solución, lejos de la austeridad, pasa por combinar señales de consolidación fiscal a mediano plazo con incentivos urgentes al crecimiento.Por Osvaldo Rosales

Es cierto que en varios casos europeos el sistema de seguro de desempleo está sobredimensionado, pero culpar al sistema de bienestar europeo o a excesos fiscales por la actual crisis es un craso error. De hecho, España tenía saldos fiscales y de deuda pública más sanos que los de Alemania. Las cosas hay que decirlas por su nombre: la crisis europea fue una crisis de desbordes financieros, desregulación, burbujas inmobiliarias, banca irresponsable, calificadoras de inversión que no cumplen sus tareas y autoridades complacientes con el ambiente de euforia del gasto. Los elevados niveles actuales de déficit y deuda pública son una consecuencia de la crisis financiera y de los rescates a los bancos, y no su causa.

Ya en plena crisis, la enfermedad se agrava por las recetas aplicadas. Surge la curiosa tesis de la austeridad fiscal como estímulo al crecimiento (algo así como hacer ejercicio para engordar), obligando a severos recortes fiscales para restablecer la confianza y el crecimiento. Nada más lejano a ello. Ajustes fiscales en presencia de recesión, abultados niveles de deuda y elevadas necesidades de financiamiento sólo conducen a mayores primas de riesgo, mayor déficit e insustentabilidad de la deuda pública. Tras el rescate bancario en España, la prima de riesgo ascendió a máximos históricos; se reduce la calificación de la deuda soberana y queda claro que el país ibérico enfrentará recesión este año y el próximo, incumpliendo sus metas de déficit.

El accionar de las autoridades europeas ha sido tardío e ineficaz. Las salidas a esta compleja situación existen y no hay aquí espacio para examinarlas: sistema europeo de garantía de depósitos financiado con impuesto a las transacciones financieras, emisión de eurobonos, supervisión y regulación financiera comunitaria, coordinación fiscal. Por supuesto, la salida de mediano plazo exige consolidación fiscal, niveles sostenibles de deuda pública y reformas estructurales que impulsen productividad e innovación. Pero ni la consolidación fiscal ni las reformas estructurales se pueden abordar adecuadamente en escenarios de recesión y elevado desempleo.

Con políticas de ajuste recesivo, la salida de la crisis se irá alejando. Las economías afectadas en la zona euro no pueden devaluar para mejorar sus cuentas externas y tampoco es sensato pedirles que la devaluación real opere vía altísimas tasas de desempleo, caída del salario real y recorte en las prestaciones sociales. Esa es una receta para la ingobernabilidad. El camino es otro: combinar señales precisas y contundentes de consolidación fiscal a mediano plazo con incentivos al crecimiento en el corto plazo, encabezados por inversión pública en infraestructura, con fondos provistos por el Banco Europeo de Inversiones. Las economías más fuertes; Alemania, en particular, deben aceptar una tasa de inflación mayor que la de sus socios en problemas para mejorarles su competitividad, reconociendo que, al final, Alemania ha sido un gran beneficiado con la adopción del euro.

Estas concepciones tecnocráticas para abordar la crisis van desmoronando el pacto social europeo que privilegió la sanidad y educación públicas, el seguro de desempleo y otros logros que hicieron de Europa un lugar envidiable. Las políticas neoliberales de Reagan y Thatcher cambiaron esta tendencia y las actuales medidas de ajuste fiscal para enfrentar la crisis financiera aceleran este cambio.

El tema de fondo es terminar con la subordinación de la política económica a las exigencias de los mercados financieros, desechando de una vez un supuesto básico del pensamiento económico aún dominante: que los mercados financieros son eficientes y racionales y, por ende, deben operar desregulados. Ojalá que Occidente diese una mirada menos arrogante y autocomplaciente al vínculo entre finanzas y producción que se da en Asia Pacífico. Quizás allí podrían comprender mejor los notables logros de estos países en innovación, competitividad y también en equidad.

 


Una ruta para la reinvención

La necesidad de un nuevo ordenamiento aparece como el desafío más inmediato para los estados y las sociedades del Viejo Continente. Resulta prioritario vigorizar una identidad comunitaria desvanecida y alcanzar una lectura común de su historia reciente. Por pablo cabrera

Reflexionar sobre la rica vinculación Europa/Mundus Novus a través de una confluencia de ideas, hechos, circunstancias y formas que han configurado un patrimonio de proporciones, resulta oportuno. Carlos Fuentes, escritor mexicano recientemente fallecido, se preguntaba: ¿es Latinoamérica parte de lo mejor que Europa le promete al mundo? Y respondía: “somos distintos a fin de enriquecer las similitudes. Nos entendemos a nosotros mismos a fin de entender al mundo”. Esta afirmación constituye, quizás, la clave para comprender lo que ahora sucede y evaluar cualquier emprendimiento de ambos en el marco de la globalización y, por qué no, para reinventarse de cara a una modernidad que perfila una nueva civilización.

Cabe aún preguntarse qué es la globalización y cuáles son los desafíos que ella presenta. Las respuestas son variadas, porque es un fenómeno que encierra procesos distintos de carácter económico, político, social, científico, moral, etc. En consecuencia, la discusión respecto de cómo abordarla convenientemente adquiere connotación, conforme su desarrollo provoca transformaciones importantes a todo nivel. Si bien aquélla se ha verificado muchas veces y el debate se ha trasladado de ámbito o lugar otras tantas, su complejidad confirma que se trata de una entelequia devoradora; incluso más que otras, por el avance tecnológico que conlleva.

Se puede afirmar que Europa se ha aproximado a su contexto con una perspectiva de vanguardia, adecuando sus estructuras a una nueva forma de interrelación social, aportando sentido histórico y secuencia de cooperación. La transparencia, como parte consustancial de la globalización, se inserta en su ordenamiento legal y organización institucional con consecuencias estructurales. La caída del Muro de Berlín, ejemplo palpable de su impacto, permea hacia otros sectores del quehacer internacional, irradiando valores tales como paz, democracia, derechos humanos, justicia, economía libre, equidad, solidaridad; asumiendo expresión universal para emprender acciones e iniciativas específicas y refractarias, dignificando la condición humana y expandiendo los beneficios del Estado de bienestar.

Puestas así las cosas, el cuadro actual que presenta Europa acentúa la faceta evolutiva de una dinámica mundial que desafía su arquitectura institucional. La crisis financiera se ramifica e inflinge un daño a la vertiente política, económica, social y cultural europea, abriendo interrogantes sobre la capacidad de sus agentes para mitigar sus efectos. La confusión se extiende y las herramientas para abordar las demandas se muestran limitadas. A partir de allí, se dimensiona el otro componente que singulariza la globalización: la verificación. Para una comunidad empoderada y con capacidad para conocer, asimilar y procesar el cúmulo de información disponible, los medios y las redes sociales adquieren un protagonismo impensado. No resulta suficiente la aplicación de teorías, acciones de mediación o métodos correctivos ya ensayados. Tampoco los planes individuales o indicaciones generadas al amparo de algún organismo internacional son sustentables para enfrentar una crisis de confianza generalizada. Los cuestionamientos actuales son diferentes y exceden la perspectiva económica de las cosas, adquiriendo mayor dimensión humana: el temor, la indefensión, la inseguridad toman formas globalizantes, poniendo a prueba la cobertura de la justicia y de la solidaridad.

La necesidad de un nuevo ordenamiento aparece como el desafío más inmediato para los estados y las sociedades del viejo continente. Resulta prioritario vigorizar una identidad comunitaria desvanecida y alcanzar una lectura común de su historia reciente. Por ende, evaluar el espesor de la participación de cada actor en la agenda global puede favorecer una suerte de purificación institucional, de cara al objetivo de dar gobernabilidad a la globalización y neutralizar ese sentimiento de “indignación”, cultivado por un amplio espectro de la sociedad europea, que encarna una provocación para quienes deben entregar respuestas inmediatas, creíbles e innovadoras a una creciente masa de ciberciudadanos.

Situado en esta perspectiva, el referido ánimo compartido de latinoamericanos y europeos por entender esta nueva realidad tiene algo de paradójico. La textura institucional de la globalización pone demandas simétricas a cada lado, las cuales interactúan hoy de manera diferente para ponderar qué es lo esencial a la hora de definir formas de convivencia y seguridad. La cooperación pareciera ser la llave.